Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 21 de septiembre de 2012

La vida de Ignacio Brjancaninov

Richard Cemus sj.


Segunda Parte


En la casa paterna

Dimitrij Aleksandrovic Brjancaninov [1], descendiente de una de las más antiguas familias nobles del imperio ruso, futuro monje y obispo con el nombre de Ignacio, nació el 5 de febrero de 1807, en Pokrovskoe, en la provincia de Vologda, en la Rusia septentrional. Por tradición, la familia Brjancaninov estuvo ligada a la corte zarista, que había sido servida por numerosos de sus antepasados sea en armas o en calidad de senadores. Debiendo también sus hijos seguir estas huellas, el latín y el griego fueron parte, desde el inicio, del curriculum escolástico impartido en la casa paterna. Por el gobierno, proveniente de Francia, se apreciaba también el francés, cuya enseñanza era típica de las clases cultas de la Rusia imperial.

El crecimiento de Dimitrio, sin embargo, no sigue del todo las líneas preestablecida de sus padres. Recogido y encerrado en sí, desde la juventud se siente atraído por la vida solitaria y manifiesta la voluntad de ser monje. Pero a los 15 años, en 1822, su padre lo lleva a San Petersburgo para inscribirlo en la escuela militar. Inútil fueron sus intentos de convencer al padre de que su vocación era otra. La tradición familiar lo obligaba a obedecer sin posibilidad de apelación [2].

En San Petersburgo

Una vez  llegado a San Petersburgo, Brjancaninov parece olvidar las aspiraciones monásticas. Su educación y elegancia con la cual sabe presentarse atrae sobre él la atención del gran duque Nicolás Pavlovic, futuro zar Nicolas I, en esa época inspector de la escuela militar. La capital imperial era rica en ofertas culturales y en vida mundana. Él comienza a frecuentar las noches literarias, donde brilla por su arte en la recitación y por sus dotes, encontrando el aplauso de famosos escritores y poetas de la época, entre ellos el mismo Puskin.

Pero pronto, la mundanidad se encuentra con sus verdaderas aspiraciones y comienza a asquearlo. Su mente completamente inmersa en las ciencias y, al mismo tiempo, ardiente de deseo de saber “dónde se esconde la verdadera fe, la verdadera doctrina, libre de extravíos dogmáticos y morales” [3]. En la escuela encuentra a Miguel Cichacev, un joven de la nobleza provincial, con quien comparte sus ideas: su amistad durará toda la vida. Oran juntos, se  dedican a la lectura de los Padres del desierto, eligen una práctica sacramental por entonces del todo insólita: se confiesan y acceden a la comunión semanalmente,  y no una vez al año como se practicaba.

Es en este momento que comienzan, para ambos, las primeras dificultades. Sus estilos de vidas, tan distinto a los de los otros estudiantes, son considerados como inoportunos por algunos cadetes. El joven Brjancaninov llega a encontrarse con un verdadero conflicto interior en el momento en el cual, exigido por la lectura de los santos Padres, confiesa el deber de luchar “con una multitud de malos pensamientos” [4]. El padre espiritual de la escuela, espantado del hecho que se pudiese tratar de ideas políticas, no duda en informar a la dirección. El comandante de la escuela lo interroga y lo pone bajo vigilancia, como estudiante “en riesgo” [5]. Para Brjancaninov es una dolorosa experiencia que, entre otras, le revela las contradicciones en la cual vive la Iglesia ortodoxa rusa de la época llamada “sinodal” [6].

La lucha por la vocación

Ambos amigos buscan, luego, un padre espiritual, fuera de la escuela. Lo encuentran en la Lavra [7] de Alejandro Nevskij, en la capital donde, en aquel período, permanecían algunos monjes formados por el starec Fjodor (+1822) [8], discípulo directo de Paisij Velickovskij, entre los cuales estaba el hieromonje Leonida [9]. “Padre Leonida me ha arrancado el corazón. Lo he decidido: pediré  la dimisión del servicio y lo seguiré. Me dirigiré a él con toda el alma y buscaré la salvación del alma únicamente en la soledad”, contará Brjancaninov a su amigo Miguel después del primer diálogo con el starec [10].

La decisión fue tomada: contra la tenaz resistencia de su padre que no pudo resignarse a la idea de la renuncia a la carrera emprendida por el hijo, y a la consiguiente pérdida del prestigio de la familia cercana a la corte imperial. Apenas terminados los exámenes finales en la academia, él presenta la dimisión. Esto es en enero del 1827.

Informado de cuanto estaba sucediendo, el duque Nicolás Pavlovic, ascendido entre tanto al trono como zar Nicolás I, lo convocó a la corte: las dimisiones no son aceptadas y él es destinado a la fortaleza de Dinaburg [11]. Inicia un período de grandes sufrimientos. Separado también de su amigo Miguel, la única luz de esperanza durante este período de desaliento espiritual es la correspondencia con el starec Leonida. Vista sin embargo la efectiva incapacidad física para desempeñar el servicio, en noviembre de 1827 es liberado de la guardia imperial. Cuando sus padres se enteran del giro en la vida de su hijo, enojados, cortan todo contacto y sostenimiento económico con él. Brjancaninov comienza, como pobre, su nueva vida.

En la búsqueda de un monasterio

Parte sólo para el monasterio de Alejandro Svirskij [12], donde entonces permanecía el starec Leonida con su grupo de seguidores. Poniéndose bajo su guía, pudo finalmente darse a la cotidiana “revelación de los pensamientos” [13] al starec, el cual no evita ocasiones de mortificación, para vencer, en el joven oficial, cualquier alta consideración de sí.

Leonida, repetidamente puesto en duda por la autoridad monástica, que no le agradaba su carisma, abandona el monasterio con algunos discípulos [14]. Brjancaninov, que mientras tanto es alcanzado por Miguel Cichacev, sigue al grupo de Leonida hacia el éramo de Ploscansk, en la eparquía de Orel’ [15].

Pronto, sin embargo, también aquí la situación se vuelve tal que Leonida, con sus seguidores, decide acoger la invitación del higúmeno Moisés a ir a Optina [16]. Es en este momento que los dos amigos se separan de su padre. Lo encontrarán en Optina más tarde, pero no ya como discípulos [17]. Transcurren un cierto tiempo en el monasterio de San Cirilo sobre el Lago Nuevo, en la provincia de Novgorod donde, en la época, vivía el famoso archimandrita Teofano [18]. Habrían seguramente permanecido si Brjancaninov, no soportando el clima insular, no hubiese sido golpeado por fiebre amarilla y por una hinchazón de las piernas, tanto de no poder más caminar si no con muletas. Permaneció por tres meses sin asistencia médica, en junio del mismo año acepta la oferta hecha por los padres de volver a la familia para curarse. Las medicinas hacieron rápido efecto, pero las consecuencias de la fiebre amarilla lo marcaron para toda la vida. También el amigo volvió a su casa, en la provincia de Pskov.

Restableciéndose, deja la casa paterna, pero permanece en la provincia de Vologda, habiendo encontrado protección junto al obispo de aquella ciudad, Estefan (Romanovskij). Éste lo envía a un aislado monasterio de su eparquía [19], donde en enero de 1831 se convierte oficialmente en novicio [20]. Estefan acelera los tiempos y con un especial permiso del Santo Sínodo [21] le confiere el pequeño schema [22], cambiándole su nombre por el de Ignacio, en honor a San Ignacio de Antioquía. El  25 de junio de 1831 lo ordena sacerdote y apenas un año después le confía el monasterio Pel’semskij-Lopotov [23], siempre en la provincia de Vologda. Con solo 25 años Ignacio es superior.

En la conducción del monasterio.

El monasterio Pel’semskij-Lopotov, situado entre bosques y pantanos, estaba casi en la ruina total, con una comunidad reducida a pocos monjes. Ignacio invierte todas sus fuerzas para realizar aquel ideal de la vida monástica que había apreciado por la meditación de los escritos patrísticos. Que no siempre le ha sido fácil, lo testimonia su poesía El canto a la sombra de la cruz, escrita en esa época [24]. Sin embargo, la personalidad del nuevo superior atrae nuevos monjes provenientes de los monasterios donde él había permanecido y en poco tiempo el monasterio florece. El padre y la madre de Ignacio, que anteriormente consideraban una desgracia para la familia el camino tomado por su hijo, ahora agradecen a Dios por haberlo elegido para su servicio.

En el monasterio de Lopotov, Ignacio tiene la alegría de reencontrarse con su amigo Miguel que, recibido el hábito monástico, se vuelve su fiel colaborador [25]. Pero el mal clima no beneficia la salud de Ignacio. El metropolita Filaret [26] le propone transferirlo a un monasterio en las cercanías de Moscú, cuando interviene el mismo zar Nicolás I, quien habiéndose enterado de lo que le sucedía a Ignacio, decide confiarle el éramo de la Trinidad de San Sergio [27] en las cercanías de la capital, con la precisa tarea de hacerlo “un monasterio modelo a los ojos de San Petersburgo”. Elevado al rango de archimandrita en enero de 1834, Brjancaninov, con solo veintiséis años, se encuentra guiando a un monasterio importante [28].

Archimandrita

La paradoja no podía ser más grande. Ignacio, que quería dejar el monasterio Lopotov por motivos de salud, ahora se encuentra sobre el mar del Golfo de Finlandia, un lugar húmedo en una llanura nebulosa, sobre la cual soplan fuertes vientos – verdaderamente un lugar poco adaptado para su frágil salud. Además, contrariamente a cuanto sugiere el nombre pustyn’ (éramo), el monasterio de la Trinidad de San Sergio estaba ubicado sobre una de las principales vías de acceso a la capital y a mitad de camino entre San Petersburgo y Petergof, residencia veraniega de los zar. La amada “hesiquía” había terminado e Ignacio deberá sufrir continuamente la intromisión del “mundo” del cual él quería huir. Hay que agregar que el éramo se encuentra en un estado penoso. Solo la pared de la Iglesia y pocos edificios estaban aún utilizables.

Al estado material del monasterio acompañaba la relajación de los monjes. Los pocos que vivían aún en el éramo mostraban poca disposición a adecuarse a cualquier reforma [29]. Ignacio se encuentra con el deber de guiar un monasterio que, cuando aun estudiaba en San Petersburgo, no quería “ni siquiera ver”. Todo esto habría sido un trabajo pesado incluso para un hombre de óptima salud, pero él no lo es. No hay porque maravillarse si, en su ensayo autobiográfico, Mi lamento (I, A), escribe solo palabras de desaliento.

Superior y padre

El cuidado principal del nuevo superior es hacer una renovación de la vida espiritual y el restablecimiento del orden, según la regla de vida común. Las funciones litúrgicas vuelven a desarrollarse según el ciclo completo del oficio monástico, celebrado con rigor y solemnidad [30]. La competencia de Miguel Cichacev, que rápidamente lleva al canto litúrgico al máximo nivel, atrae a numerosos amantes de la música sagrada. Renombrados compositores del tiempo, como Glinka y Turcaninov, escriben incluso fragmentos musicales para su coro [31]. A pesar de su joven edad, Ignacio se muestra, como ya lo hizo en Lopotov, un verdadero padre que hace de la comunidad una familia unida por vínculos de concordia y comunión espiritual. No sorprende por esto el hecho que, por su ejemplo, muchos jóvenes abandonen el servicio militar y, bajo su guía, abracen la vida monástica [32].

Sus éxitos, llevan a la autoridad eclesiástica a contar con su capacidad nombrándolo, en 1838, inspector de todos los monasterios de la eparquía de San Petersburgo. Para Brjancaninov es sólo un peso. No solo por causa de su débil salud sino también por la creciente animosidad contra él (texto I, A). Fueron, en efecto, emprendidos numerosos intentos de denigrarlo con el emperador [33]. En medio de estas humillaciones Brjancaninov a menudo encuentra consolación en escribir. Textos como Feliz el hombre, La oración del perseguido por los hombres, o bien Palabras de consolación a los monjes sufrientes, son eco y fruto de estas sufridas experiencias que, ofrecidas a Dios, se vuelven momentos de gracia [34].

Brjancaninov no aclara los motivos por los cuales se vuelve objeto de hostilidad. Podemos solo intuir que suscitó envidia su cercanía al Zar y los éxitos obtenidos a tan joven edad. También su hablar franco en orden a los males morales que habían en la sociedad, en la Iglesia y en el monaquismo de su tiempo, no podían más que crearle enemigos. “He conocido”, escribía más tarde, “cuando me encontraba en San Petersburgo, una época en la cual la falta de fe unida a infracciones patentes, intercambiadas por ortodoxos, despedazaban nuestra jerarquía decrépita y ridiculizaban todo lo que era sagrado.” [35] El período ilustrado tan lúcidamente por Ignacio fue el del Alto Procurador Protasov (1836-1855), “el período, quizás, más oscuro en la historia del Sínodo”, en el cual, en la Iglesia, reinaba “la más arbitraria de las burocracias” [36]. En las confrontaciones con Brjancaninov, el Santo Sínodo consideró incluso la posibilidad de exiliarlo a Solovki. Si no hubiese sido por el severo rechazo del obispo de Pskov de tal absurdo proyecto, seguramente hubiese sucedido [37]. El Alto Procurador Protasov, de todas maneras, pone sistemáticamente obstáculos sobre el camino de Ignacio, llegando incluso a sabotear la publicación de sus obras. No son, es verdad, directamente rechazadas, pero sus manuscritos son corregidos y cambiados hasta hacerlos irreconocibles. Brjancaninov reacciona, no sometiendo más, por mucho tiempo, sus escritos a la censura.[38]

Transcurren así otros diez años de dificultades personales, balanceado sin embargo por el florecimiento del monasterio. Pero los esfuerzos no indiferentes, la constante disponibilidad por todos, y además el mal clima, tienen su precio en términos de salud. El archimandrita Ignacio querría estar liberado de su responsabilidad, pero le conceden sólo once meses de convalecencia que los transcurre en el monasterio de Nicola-Babaevskij [39]. Cuando vuelve, en el 1848, si bien debe retomar la conducción del éramo de la Trinidad de San Sergio, sólo piensa en retirarse. En la primavera del 1846 permaneció en Optina con la intención de prepararse una residencia para él y para Miguel, pero no tuvieron ni el permiso del Sínodo, ni el consenso del obispo de Kaluga.

Obispo

Pasaron aún ocho años para que las cosas cambiaran pero en una dirección diversa respecto a lo que Ignacio esperaba. En 1855, en efecto, el mismo año en el cual muere el zar Nicolás I, su protector, el metropolita de San Petersburgo, Gregorio [40], propone al Santo Sínodo nombrar a Brjancaninov obispo de la ciudad caucásica de Stavropol sobre el Mar Negro [41]. Con el beneplácito del nuevo zar, Alejandro II, el 27 de octubre de 1857, Ignacio es ordenado obispo.

Había transcurrido en el monasterio de la Trinidad-San Sergio veinticuatro años y lo había hecho florecer: dieciséis de sus discípulos se habían convertido en superiores de otros tantos monasterios. A pesar de sus méritos y de su conocimiento encumbrado, el obispo Ignacio es tan pobre que no dispone ni siquiera  de los medios necesarios para el viaje hacia su nuevo destino y debe pedir el dinero en préstamo. El 25 de noviembre de 1857 parte y llega a Stavropol sobre el Cáucaso el 4 de enero de 1858 [42].

El nuevo obispo se entrega en el trabajo pastoral, en el cuidado de la liturgia, en la predicación de la palabra de Dios [43]. Promueve la instrucción y la educación de la juventud, usa su autoridad para poner límite a los castigos en las escuelas que se encuentran bajo su supervisión. Las visitas pastorales en parroquias y monasterios de su extensa eparquía lo llevan a estar fuera de la sede incluso por meses enteros. Pero también aquí no le faltan hostilidades. Su carta circular del 17 de enero de 1859, en la cual aconseja a los párrocos de favorecer las agitaciones a favor de la abolición de la esclavitud de la gleba, realizada por Alejandro II en 1858 y en 1861, provocó una violenta reacción con su publicación. Era una cuestión que dividía, en efecto, también al clero [44].

Todo esto exige, por el celo pastoral, muchas energías y hace aún más frágil su salud. Aproximadamente a tres años de su llegada, Ignacio presenta el pedido de dimisión [45]. El 5 de agosto de 1861 es liberado de la tarea y puede dejar Stavropol para ir a su amado monasterio Nicola-Babaevskij. Le es asignada una discreta pensión pero, para pagarse el viaje, también esta vez tiene que pedir dinero a otros.

Los últimos años.

Ignacio llega a su “tierra prometida”, el monasterio Nicola-Babaevskij, en octubre de 1861, junto a un grupo de monjes devotos a él. Sólo permanecerá allí seis años, pero a él le parece que la vida comienza en ese momento. Se dedica a escribir sus obras preparándolas para la publicación [46]. Sus concejos son buscados en muchos ámbitos: conocidos sus conocimientos en homeopatía, los campesinos de los alrededores van a hacerse curar por él. Además, él recibe cada tarde tanto monjes como novicios, y también visitantes externos, para diálogos espirituales.

Viene al encuentro de Ignacio también su viejo amigo Miguel Cichacev. Este será el último encuentro en sus vidas. Ambos concuerdan en el hecho de que Miguel no debe dejar el éramo de la Trinidad de San Sergio donde goza del respeto de los monjes y de todas las necesidades para pasar su ancianidad [47].

En agosto de 1866 visita a Brjancaninov el príncipe heredero, el futuro zar Alejandro III, dando al anciano prueba de la estima que goza en la corte zarista.

Mientras tanto sus fuerzas disminuyen: muere la mañana del 30 de abril de 1867, el domingo de las “mujeres miróforas” [48], cuando había cumplido apenas 60 años. A pesar del desbordamiento del río Volga que, en aquél período, hace difícil a los habitantes que vivían más allá del río ir al monasterio, el día de las exequias se reúne una multitud de cinco mil fieles. Los funerales, celebrados con la liturgia pascual, no hacen más que confirmar las palabras del mismo starets difunto: “Se puede reconocer si alguno se ha adormecido en la gracia del Señor si, al momento de la sepultura de su cuerpo, las aflicciones de los presentes ceden a una inexplicable beatitud” [49].

En 1988 el obispo Ignacio ha sido contado entre los santos de la Iglesia ortodoxa rusa que lo conmemora el 30 de abril según el calendario Giuliano (= 13 de mayo según el calendario gregoriano). En esta ocasión sus restos fueron transferidos al monasterio Tolga en las cercanías de Jaroslavl [50].


Ignatij Brjancaninov
Sulle tracce della Filocalia.
Pagine sulla preghiera esicasta.
Editorial Paulinas. 2006
Págs. 15-29


[1] Las fuentes principales son: Biografia del vescovo Ignatij, composta dai suoi discepoli più vicini nell’ anno 1881 (ver siglas), en Piena raccolta di opere del santo vescovo Ignatij Brjancaninov (desde ahora citado por nosotros como Opere), I. Moscú 2001, 3-86; el escrito autobiográfico Il mio lamento, presentado en la parte de los textos; Lettere scelte reunidas por el higúmeno Mark (Lozinski) (de ahora en adelante citadas como Lettere), Raccolta delle opere, VII, Moscú, 2001; H.M.Knechten, Freude bringende Trauer. Vater Rezeption bei Ignatij Brjancaninov, Waltrop 2003, 7-22; L. Sokolov, Il vescovo Ignatij Brjancaninov. La sua vita, personalità e la sua visione morale-ascetica (en ruso), I-II, Kiev 1915; O.I. Safranova, Antenati, contemporanei e posteri. Per l’historia della stirpe del santo vescovo Ignatij Brjancaninov,  en Opere, III, 531-601. Detalles interesantes son presentados por la Hna. Philareta Engelund, Introduction biographique, in Èveque Ignace Briantchaninov, Approches de la prière de Jésus, Abadía de Bellefontaine, Bégrolles en Maures, 1983.

[2] En la Rusia del Ochocientos era indudablemente insólito que un miembro de la aristocracia fuese ordenado sacerdote o se hiciera monje.

[3] Ver texto Mi lamento (I, A): el envío a los textos contenidos en este volumen será hecho indicando la sección y la letra que lo distinguen en la parte antológica.

[4] Con el término “malos pensamientos” la literatura ascética designa las tentaciones, es decir las imaginaciones que desvían la atención del recuerdo de Dios y de la oración. Ver Introducción, III, nota 23.

[5] Desde la época de Pedro el Grande, el ejército ruso es adiestrado con la ayuda de oficiales prusianos, que a menudo se expresaban con dificultad en ruso y –siendo protestantes- eran del todo ignorantes de la práctica religiosa ortodoxa.

[6] Abolido por el zar Pedro el Grande en el 1721, el patriarcado fue sustituido con el Santo Sínodo, asamblea de obispos metropolitanos por él nombrados. Funcionando como un dicasterio de los asuntos eclesiásticos, el Santo Sínodo es guiado por un Alto Procurador laico, llamado “el ojo del zar”. Fue instaurado un capilar sistema de espionaje y de denuncia entre el clero, que no se sujetó ni siquiera al secreto sacramental. El Reglamento eclesiástico obligaba en efecto a los sacerdotes a transmitir a las autoridades estatales el contenido de la confesión, cuando contuviese información sobre un atentado al monarca. El patriarcado ruso fue restaurado recién en 1917. Para el Reglamento eclesiástico, cfr. A. Piovano, Sarov prima di Serafim. La tradizione dello “starcestvo”, en San Serafim. Da Sarov a Diveevo, Magnano, 1998, 61-98, 64-76: ver Introducción, II, nota 19.

[7] Originalmente lavra designaba un tipo de monasterio que unía elementos de vida eremítica con los de la vida cenobítica. En Rusia se convierte en título honorífico atribuidos a los monasterios más importantes.

[8] “Starec” (se lee “starets”), plural “starcy” (se lee “startsi”) es la palabra eslavo/rusa, que corresponde a la de “anciano” y es sinónimo de “padre espiritual”. En general es un monje (con frecuencia no sacerdote) capaz de acompañar a los otros en el camino de salvación, a través del arte del discernimiento espiritual. La ancianidad aquí no se refiere a la edad, sino a la madurez espiritual del starec. Macario de Egipto (siglo IV), por ejemplo, en su juventud fue llamado “el anciano niño”. De  la palabra starec deriva starcestvo que designa el sistema de formación espiritual basado sobre los starcy. El starec Fjodor vuelve a Rusia desde Rumania ya en el 1801: ver Introducción, p. 37.

[9] Sintéticas informaciones biográficas de todos los Padres y autores espirituales citados son dadas en el Apéndice.

[10] Cfr. Biografía, 22.

[11] Hoy Daugavpils en Litonia.

[12] Uno de los más grandes monasterios de la región de San Petersburgo.

[13] La “revelación de los pensamientos” es una antigua práctica del acompañamiento espiritual, a través del cual el padre ayuda al discípulo a remontarse al origen de los movimientos del alma para discernir cuales seguir y cuales rechazar. El beneficio de esta práctica espiritual está bien descripto por el amigo Miguel Cichacev: “No es raro que suceda que llegues al starec Leonida, reveles a él todo lo que te oprime, y él, con palabras simples y con su bendición, levante tu corazón triste y restituya tu espíritu roto, al punto que te alejes de él del todo renovado, como un hombre renacido, deseoso de reemprender, con celo y voluntad, la lucha interior para la purificación del corazón  de las pasiones” (L. Sokolov, Il vescovo Ignatij Brjancaninov. La sua vita, personalità e la sua visione morale-ascetica, 2 vol., Kiev 1915, I, 82).

[14] I. Smolitsch, Santità e preghiera. Vita e insegnamenti degli “Starets” della Santa Russia, Torino 1984, 103.

[15] El éramo de la Madre de Dios de Ploscansk en la diócesis de Orel se encuentra entre la ciudad de Sevsk y Dimitrovsk, en Rusia sur-occidental.

[16] El monasterio de Optina, al sur de Moscú, se remonta al siglo XVI. Amenazado en su misma existencia por la política eclesiástica de Pedro el Grande, renace a partir del final del Setecientos. Bajo el higúmeno Moisés (1782-1862), Optina se abre a la renovación filocálica, volviéndose el principal centro de irradiación además un buscado lugar por el starcestvo en la Rusia pre-revolucionaria. El nombre de Optina permanence ligado a la actividad de los famosos starcy, especialmente de Leonida, Macario y Ambrosio. Cfr. I. Basin, Mosè di Optina, en Bibliotheca Sanctorum Orientalium, Encilopedia dei Santi, Le Chiese Orientali (desde ahora en adelante: Bibliotheca Sanctorum Orientalium), II, 554-555.

[17] Brjancaninov habría confiado a su amigo Miguel de no estar del todo contento de cómo Leonida lo guiaba porque el starec “no puede resolver todos sus problemas que él debe resolverlos por sí solo”: (Sokolov, Il vescovo Brjancaninov, I 81). No obstante las diferencias, él sin embargo  permaneció vinculado al starec. Cuando él más tarde, en Optina, se volvió objeto de difamación, Brjancaninov no duda en intervener a su favor frente a las autoridades eclesiásticas (cfr. I Basin, Leone di Optina, en Bibliotheca Sanctorum Orientalium, II, 314).

[18] Sobre Teófano cfr. Smolirsch, Santità e preghiera, 91-101. “Archimandrita” es el superior de un gran monasterio, correspondiente a nuestras abadías, pero puede ser también un título honorífico.

[19] El concepto de eparquía en la Iglesia bizantina equivale al de diócesis en la Iglesia latina.

[20] En la Iglesia ortodoxa el noviciado se desarrolla individualemente, a discreción del starec.

[21] El permiso se hace necesario porque durante el period “sinodal” la edad mínima para la tonsura de un monje que no había hecho los estudios de teología era 30 años. Brjancaninov tenía solo 24.

[22] El “schema” es el hábito monástico bizantino: está el “pequeño schema”, del cual es revestido el monje de observancia ordinaria, y el “gran schema” reservado a aquellos (pocos) de observancia estricta.

[23] Enl a tradición bizantina, los monasterios, excepto los “patriarcales”, están sometidos al obispo local.

[24] Cfr. Opere, I, 368-371.

[25] Dotado de una bellísima voz, es experto de música sacra y organiza un coro que contribuye a atraer numerosos visitantes de Lopotov.

[26] Filaret Drozdov (1782-1867), la más relevante personalidad eclesiástica rusa del siglo XIX. Elevado a la sede metropolitana de Moscú en 1826, que Filaret ocupará casi medio siglo. Ha sido canonizado por la Iglesia ortodoxa rusa en 1994.

[27] El Monasterio (éramo) de la Trinidad de San Sergio, fundado en el siglo XVIII en las cercanías de san Petersburgo, es distinto de la Lavra de la Trinidad de San Sergio, situada en la región de Moscú. Se remonta al siglo XIV, está última es el monasterio más importante de Rusia y sede la de Academia teológica de Moscú.

[28] Con el decreto sacado por Catalina II en 1764, fue introducida una doble categoría de monasterios: aquellos que reciben una subvención del estado (subdivididos a su vez en tres clases) y aquellos que no la reciben. Todos los otros monasterios no inscriptos en estas categorías fueron suprimidos. El monasterio de la Trinidad de San Sergio era de la segunda clase. Por mérito de Brjancaninov fue elevado, en 1836, a monasterio de primera clase.

[29] A la llegada de Ignacio, en el monasterio  habían 6 hieromonjes (monjes-sacerdotes), 3 diáconos y 6 novicios.

[30] En el Oriente cristiano las reglas monásticas se encuentran fijadas en el Typikon que comprende también manuales litúrgicos y las rúbricas de las fiestas, como el Directorium para el rito latino.

[31] Michail Ivanovic Glinka (1804-1857), líder de la música clásica rusa, introduce la polifonía de Palestrina y el contrapunto en la música sagrada rusa, dando a ella el carácter típico. El sacerdote Piotr Ivanovic Turcaninov (1779-1856), compositor de la Iglesia de la corte zarista, es conocido ante todo por la armonización de antiguas melodías de la música sacra rusa.

[32] Entre estos no faltaban nobles y oficiales de marina.

[33] El erudito de Oxfor, William Palmer que, en 1840, permaneció por algunos días en el éramo de la Trinidad- San Sergio, señala un incidente en el cual Bjancaninov estaba implicado. Este había aceptado con el permiso del Santo Sínodo, la invitación a almorzar a la embajada de Francia y se entretuvo  dialogando  con un sacerdote católico francés. El hecho, que llegó al zar, tuvo como consecuencia que él fuera relegado en el monasterio. Se necesitó una intervención del metropolita de San Petersburgo para que este castigo fuese suavizado y Brjancaninov pudiese salir a la ciudad, al menos para el pago de los asuntos corrientes del monasterio; cfr. W. Palmer, Notes of a Visit to the Russian Church in the Years 1840-1841, London 1882, 59-60; 223.

[34] Cfr. Biografía, 56.

[35] Engelund, Introduction biographique, 30. Palmer citas, por ejemplo, estas palabras críticas de Brjancaninov  con respecto de la Iglesia ortodoxa rusa: “Nuestro aspecto exterior es bello, hemos conservado los ritos y el credo de la Iglesia originaria, pero este cuerpo está muerto, tiene en sí poca vida”, citado en Flovosvskij, Vie della teologia russa, 311.

[36] Engelund, Introduction biographique, 30.

[37] Se trataba de un austero monasterio situado en una isla del Mar Blanco, en el norte extreme, con un clima prohibido. En su intervención el Obispo Pskov advirtió: “Nos unimos a castigar a aquel que es el honor y el decoro de nuestra institución monástica solo porque en sus relaciones con nosotros él no actúa en conformidad con nuestros puntos de vista, y porque él no permanece por muchas horas esperándonos en casa”: Engelund, Introduction biographique, 30.

[38] Engelund, Introduction biographique, 30.

[39] El monasterio de Nicola-Babaevskij se encuentra en la provincia de Kostroma, cerca de 300 Km al noreste de Moscú, sobre la rivera del río Volga, a mitad de camino entre Kostroma y Jaroslavl’.

[40] Gregorio Postnikov (metropolita de Petersburgo, 1855-1860) tenía fama de ser un hombre extremadamente conservador. Tras sus instigaciones, ya otros hombres excelentes, entre los cuales el archimandrita Macario Bulgakov, futuro metropolita de Moscú, fueron alejados de la capital y enviados a eparquías lejanas; cfr. Engelund, Introduction biographique, 33.

[41] La eparquía del Cáucaso y del Mar Negro ha sido fundada solo en el 1834, en territorio lentamente conquistado por el imperio ruso: se encontraba entonces en un estado desastroso. Stavropol se encuentra a 1621 km al sur de Moscú.

[42] Encontrándose en un lugar desconocido, para Ignacio fue bastante agradable saber que su hermano de sangre, Pedro Alejandro Brjancaninov, había sido nombrado gobernador civil de Stavropol.

[43] Numerosas homilías se remontan en efecto a este período.

[44] La abolición de la esclavitud de la gleba, si bien debida, fue sin embargo una reforma que alteró el tradicional sistema económico ruso sin una alternativa futura: los campesinos se volvieron propietarios de la casa y de una pequeña parcela de terreno, mientras los campos para trabajar debían adquirirlos. Se convirtieron así en pequeños propietarios cargados de deudas, obligados a menudo a vender la tierra o a hipotecarla. La Iglesia se encuentra por esto frente a un problema de grandes proporciones, incluso en los monasterios, donde muchos de los campesinos liberados pero empobrecidos buscaban establecerse como monjes o conversos; cfr. C. Simon, L’ Église orthodoxe russe à la fin du XIX et au debut du XX siècles: isolement et integration, en Histoire du Christianisme des origines à nos jours, XI, 733-786, aquí 760. […]

[45] La renuncia de Brjancaninov no fue, en Rusia del período sinodal, un hecho aislado. Ya en 1768, Tikón de Zadonsk, después de sólo cinco años, dimitió como obispo y se retiró a un monasterio, para dedicarse al ministerio de starec del pueblo. Por los mismos motivos, el obispo Teófano Govorov (el Recluso), en 1872 se retiró en un éramo, donde después vivió en reclusión.

[46] En esto le será de gran ayuda el hermano Pedro que, habiendo dado las dimisiones como gobernador civil de Stavropol, lo alcanza en 1862 en el monasterio donde se queda a vivir como converso.

[47] Hecho monje de gran hábito en 1866, morirá en 1873.

[48] El tercer domingo de Pascua, según el ciclo litúrgico bizantino.

[49] Biografía, 86.

[50] El traslado de las reliquias al monasterio de la Presentación de la Madre de Dios en el templo, en 1988, con la ocasión de la canonización de Ignacio Brjancaninov, es debido probablemente a la importancia de este monasterio, uno de los más antiguos de Rusia, conocido por el ícono de la Madre de Dios “Tolgskaja”,  que se remonta al siglo XIII; cfr. A.I.Komec, La Rusia de los monasterios, Milano 2001, 201-211.

martes, 18 de septiembre de 2012

Ignacio Brjancaninov. Sobre las huellas de la Filocalia.

Richard Cemus sj.

Primera Parte



Prefacio

La Europa del siglo XXI se descristianiza rápidamente. Si bien emerge una sed del absoluto, de espiritualidad e incluso de mística. Abundan ofertas de experiencias “trascendentales”, de nuevas formas de religiosidad, a menudo acompañadas por técnicas de meditación. Estas pueden incluso llevar a un relax del estrés cotidiano, pero no sacian al alma. No sólo reducen la espiritualidad a una mayor conciencia de sí y a la mística a un simple bienestar psico-físico, sino que niegan la centralidad de Cristo para la salvación del hombre.

¿Qué puede decirnos al respecto un monje ortodoxo ruso del Ochocientos, Ignacio Brjancaninov? No es fácil gustar la lectura de su abundante producción literaria. Predomina el tema de la “mortificación” que parece reflejar – incluso demasiado- las vicisitudes del autor, su vida llena de sufrimientos físicos por su salud enferma y también psicológica por la hostilidad del cual fue objeto. Uno se puede preguntar: ¿cuál es ideal de vida consagrada que nos es representado? ¿Es este el monaquismo ruso? ¿Dónde está la alegría pascual, típica de la Iglesia de tradición bizantina, en la divina liturgia y en la mística de la luz, que de buena gana es puesta en contraste con el carácter sacrificial de la misa y de la piedad latina?

Superando una primera impresión, es necesario sumergirse en la lectura de los textos de Brjancaninov, para comprobar cómo crece siempre más el atractivo de este hombre que, siendo joven, cambió el espléndido uniforme de guardia imperial por el hábito negro de monje, prefiriendo a la carrera militar en la brillante San Petersburgo de los zares, la monotonía de la vida monástica, siempre lidiando con problemas y necesidades de todo tipo. Si bien ni un solo día se arrepintió de haber seguido a Cristo.

Y, teniendo en cuenta las grandes distancias de tiempo, mentalidad y carácter de su historia humana y vocacional, uno está tentado de compararlo con su homónimo Ignacio de Loyola, el cual también cambió el campo de batalla contra los enemigos de la corona española por el campo de batalla de su propia alma. Y también tuvo el deseo de ofrecer a otros la propia experiencia de lucha interior. Y quien, para “ayudar al alma” en una crisis del catolicismo a las puertas de la modernidad, compuso los Ejercicios espirituales.

Ignacio Brjancaninov, tres siglos después, convertido también en un experto en el combate espiritual, pondrá el fruto de sus dotes literarios para ayudar a la ortodoxia rusa a renovarse y a huir del letargo en el cual la había lanzado la irrupción de la modernidad. Hijo de su tiempo, él conoce bien las dificultades de sus contemporáneos. Es una época –observa G. Florovskij- en la cual la ruptura con la tradición espiritual oriental, obrada por la convulsión cultural de Pedro el Grande, alcanza su ápice [1]. El alma rusa, extraña al racionalismo ateo del iluminismo, penetrado en Rusia en el tiempo de Catalina II, buscará saciarse de las más variadas corrientes espirituales y culturales provenientes de Occidente: desde el pietismo protestante hasta la masonería francesa. De ahí nace una corriente “mística”, desarrollada sin embargo fuera de la Iglesia ortodoxa, la cual, incapaz de ir al encuentro con las exigencias de la época, ve alejarse no sólo la inteligencia rusa, sino también grandes grupos de la población que son atraída por la sed.

Sin embargo –sostiene Florovskij- en la aridez espiritual de la época postpetrina, estas tendencias “místicas” del Ochocientos, si bien heterodoxas, han representado para la sociedad rusa un pasaje importante: el del renacimiento del sentimiento religioso, sofocado, precisamente, en la Rusia postpetrina:  “Rusia experimentaba el despertar del corazón, si bien  se va a agregar que tal despertar no implica a la mente; la imaginación no estaba aún aprovechada y templada por la tensión de la ascesis intelectual. Por esto los hombres de aquella generación fueron tan fácilmente irritados por la fascinación de las visiones fantásticas. Toda la época está hecha de sueños, de contemplaciones y de suspiros, de visiones, éxtasis y presagios. La disyunción entre corazón y alma, entre pensamiento e imaginación, caracteriza todo el período, que no sufrirá tanto de la ausencia de la voluntad, cuanto de aquella irresponsabilidad del corazón que ha sustituido los preceptos morales con el “sutil sentir”. Por semejante defecto del corazón tuvo origen la debilidad y la fragilidad del pietismo que, al inicio del siglo XIX, atrae y pone a prueba, con sus tentaciones, al alma rusa”. [2]

En este contexto, el joven Brjancaninov busca una orientación para su vida. Recibe el nuevo viento proveniente del Monte Athos a través de Rumania, que comienza a soplar en la Iglesia rusa desde el inicio del siglo, generando poco a poco un vasto movimiento espiritual, llamado “filocálico” por ser fruto de la publicación de la Filocalia, recolección de textos místicos de la enseñanza del hesicasmo. La adhesión de la corriente filocálica dará a Brjancaninov un sólido fundamento patrístico para su formación espiritual y teológica. Dará también –sin embargo- un aumento de tensiones y malentendidos con quien consideraban esto una “novedad”. Pero él persistió. Como ya en el siglo XV, Nilo Sorskij, el padre del hesicasmo ruso, también él está convencido que toda verdadera reforma de la Iglesia y del monaquismo debe iniciarse por la santificación personal, antes que por la mera restauración de las estructuras. Solo un corazón transfigurado por Dios será capaz de dar una forma creíble también a la vida exterior.

En esto consiste el valor de los escritos brjancaninovnianos: guía a sus contemporáneos hacia la divinización de la persona humana, testimoniada por la Filocalia, como fruto de la gracia del bautismo. A fin de que este fruto pueda madurar, necesita focalizar toda la vida en la oración, dejándose progresivamente transformar y por ella conducir hasta la unión mística con Dios. No faltando, en el largo camino hacia esta meta, peligros y desviaciones, uno de los temas más tratados por la Filocalia es la necesidad de tener un buen padre espiritual. Desde los tiempos de los Padres del desierto, en efecto, el acompañamiento espiritual fue considerado indispensable para el camino de la salvación. Es el anciano, experto en las cosas del Espíritu, que habiendo él mismo progresado en este trabajo, se vuelve capaz de conducir a otros con discreción. Dada sin embargo la falta de verdaderos padres espirituales, los libros pueden ayudar. Es esta conciencia de la posible paternidad espiritual por medio de la palabra escrita, que empuja a Brjancaninov a tomar en mano la pluma.

No es casualidad que hoy, cuando la ortodoxia rusa busca seguir sus raíces más vitales, ella considera  al santo obispo Ignacio Brjancaninov como un punto de referencia. Un encuentro con sus textos puede impulsar aún hoy a encaminarse sobre las huellas de la Filocalia, para redescubrir las raíces de la maravillosa común herencia cristiana. Es ella, en efecto, quien constituye fuentes profundas de agua viva, siempre prontas a brotar (Juan 7, 37-38).



Ignatij Brjancaninov
Sulle tracce della Filocalia.
Pagine sulla preghiera esicasta.
Editorial Paulinas. 2006
Págs. 9-12



[1] Cfr. G. Florovskij, Vie della teología russa 1987, 95.

[2] Florovskij, Vie della teología russa, 106.


domingo, 16 de septiembre de 2012

Cartas para persuadir a la práctica de la oración interior - Cartas IX - XV


Arsenio Troepolskij



Carta IX

¡Nuevamente mi alma busca algo nuevo sobre el camino de la contemplación! Nuevamente se esfuerza por encontrar el modo de ser persuadida, de descubrir los métodos más simples para entrar constantemente en ella misma. No deja de leer, de imaginar, de preocuparse por elegir lecturas sobre esto. ¿Cuándo esta desenfrenada agitación se transformará en una actividad constante y en la concretes de una tranquila ocupación?... ¡Cuántas veces has experimentado que los preparativos para la oración te han hecho sólo perder tiempo! El pensamiento que dice: “Leo esto y el espíritu se me inflamará; escribo esto otro e inmediatamente me pongo a orar”, este pensamiento  es la voz de la pereza y el engaño del enemigo… En verdad, si bien la lectura de libros sobre la oración es una gran ayuda para la oración, como han afirmado los padres, es necesario sin embargo que no supere en duración el ejercicio mismo de la oración. Si las personas santas han sacado más provecho por orar y no por las muchas lecturas, significa pues que tenemos necesidad de dedicarnos más tiempo a la oración. Si la oración del corazón nos cansa, podemos dedicarnos a la oración vocal. Pero para que la oración se nos haga siempre más familiar e íntima, debemos cuanto nos sea posible negarnos a nosotros mismos, no rechazar ningún impulso a la oración y no soñar empresas terrenas.
¡Presta atención a esto! Y cada día renueva tu decisión por la oración.

(10 de mayo 1854, en el monasterio de San Nicolás [1])


Carta X

Cuántas veces nos hemos ya decididamente propuesto no dejar pasar en absoluto ningún impulso interior a la oración sin entrar al menos un momento en nosotros mismos. La fecundidad de esto ha sido confirmada por innumerables experiencias. Pero, ¡cómo son inconstantes nuestros propósitos! ¡Cómo fácilmente los olvidamos! Cuánta pérdida trae esto a la paz interior. Tanto esto, como lo contrario, es confirmado por la experiencia.

¡Toma coraje, alma mía! Persevera en la obra emprendida y persuádete de que no hay nada más útil, nada de mayor beneficio como la oración, sobre todo en soledad.

Decide firmemente consagrar a la oración aunque sea un breve momento, aunque sea cinco minutos, a cada impulso del espíritu a la oración, a pesar de cualquier tipo de distracción, y dejando toda ocupación, cualquiera sea. De este modo mostrarás la debida y absoluta atención a la oración del publicano [47].

(7 de junio 1854, en el monasterio de San Nicolás)


Carta XI

La verdadera oración del creyente es fuente, causa, madre de todo bien, paz y salvación: “Todo lo que pidan en la oración con fe, lo obtendrán” [48], dijo Jesucristo. Sin oración no es posible adquirir la virtud, vencer las pasiones, obtener la salvación. “No lo obtienen, porque no piden” [49], decía el apóstol Santiago.

Pero nosotros no podemos orar verdaderamente: no sabemos cómo o por qué cosas orar [50]. No podemos mantener la mente en la pureza y en la atención: el pensamiento del hombre, en efecto, está inclinado al mal desde su juventud [51]. No tenemos la fuerza para generar en nosotros una fe viva en la oración, ya que tampoco la fe viene de nosotros. ¡Es un don de Dios! [52].

Y a nosotros, ¿qué nos queda? ¿Esperar quizás el momento en el cual el Espíritu, que intercede en nosotros con gemidos inefables, despierte dentro de nosotros las condiciones arriba expuestas relativas a la oración, sin las cuales la oración no puede alcanzar el propio fin: “Si bien piden, piden mal” [53]? O ¿esperar que nuestro espíritu sienta estar en el estado más apto para orar, cuando nos preparamos del modo conveniente para la oración, y sólo ahí comenzar a rezar?

¡Absolutamente, no! La Santa Escritura manda orar siempre sin cansarse [54]; orar incesantemente [55]; orar en todo tiempo con el espíritu [56].

De todo esto resulta que a nosotros nos queda orar frecuentemente. La cantidad es dada justamente por nuestra voluntad, mientras que la calidad y la perfección de la oración dependen completamente de la gracia de Dios. La cantidad, en efecto, atrae también la calidad, como observan los santos padres de la Iglesia.

¡Así, recemos lo más a menudo que nos sea posible! ¡Decidámonos absolutamente a dedicar el tiempo de nuestra jornada más a la oración que a los otros ejercicios! ¡No dejemos ni un solo recuerdo de la oración en la mente, ni un solo impulso en el espíritu sin sumergirnos completamente en la oración, suspendiendo todas las ocupaciones y las acciones de los sentidos, por todo el tiempo que nos sea posible! Esta decisión, sin dudas, traerá el fruto esperado: ¡aprender la verdadera oración!

(14 de abril de 1855. En el monasterio de San Nicolás)


Carta XII

¿Por qué te entristeces durante la oración y no rechazas este pensamiento que te turba diciéndote que es vana tu oración distraída y fría, y por consecuencia eres combatido? … Es la memoria del Espíritu que suspira junto a ti. Es la voz de tu ángel custodio. De cualquier modo que sea realizada tu oración, sométete a la voluntad de Dios y esfuérzate solo de orar frecuentemente. Disponiéndote a la oración, no estés sediento sólo de la satisfacción espiritual, más bien decide estar como sea del agrado de Dios mantenerte: en la consolación o en la sequedad. De este modo conservarás la paz interior y evitarás la tristeza [57]. Nosotros mismos, que sin el Espíritu Santo no podemos ni siquiera pronunciar el nombre del Señor Jesús, ¿Seremos capaces de orar como se debe? … Incluso si tu oración se hace para ti un ejercicio oprimente e incluso doloroso, no pierdas el ánimo ni siquiera en esos momentos y continúa orando aunque sea sólo con los labios, considerándote indigno de la dulzura de la oración interior. Soporta los ataques del enemigo y recuerda, que sólo la frecuencia y el coraje de perseverar pertenecen a nuestra voluntad, mientras la verdadera oración es un don de la gracia, como enseñan los santos padres [58], y por esto espera tranquilo la hora de la voluntad de Dios, que es capaz de hacer imprevistamente suave tu oración.

(24 de octubre de 1855, en el monasterio de San Nicolás)


Carta XIII

El voto más importante y el primerísimo deber del monjes consiste en el cumplimiento del mandamiento dirigido en el momento de la tonsura: “Hermano, toma la espada espiritual [59] – y a estas palabras le acompaña la entrega del rosario-; deberás, de hecho, pronunciar incesantemente, cuando estés sentado y cuando te levantes, cuando te acuestes y cuando estés de viaje o en el trabajo, las palabras de esta oración: ¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador!” [60] En este mandamiento están resumidos todos los votos y deberes del monje, por esto éste le viene dado último, casi como conclusión o sello de todas las instrucciones. Y en verdad, si el monje lo cumpliese sin excepción, si se dedicase incesantemente a la obra de la oración, invocando el nombre del Señor Jesucristo en todo tiempo, en este sólo mandamiento él cumpliría todos. No le quedaría tiempo ni para conversaciones que distrajeran la mente, ni para la inactividad, madre de todos los vicios. Incluso en los momentos de distención sería custodiado de las tentaciones gracias a la fuerza de la invocación del Nombre. Cualquier pensamiento malo sería desenmascarado y destruido por la memoria de la presencia de Dios en nosotros. Cualquier intención pecaminosa y cualquier iniciativa oscura, iluminada por la luz de Jesucristo, desaparecería, y el pecado cometido sería al instante purificado por las invocaciones penitentes del nombre de Dios (Gregorio el Sinaíta y Juan de Karpathos) [61]. Toda obra, toda ocupación sería coronada con éxito. Y por esto, aquel que ora incesantemente, ¡viviendo con el cuerpo sobre la tierra, con la mente moraría en los cielos! Y a través del irreprensible cumplimiento del mandamiento de la oración podría cumplir ágilmente también los otros, gracias al poder de la oración de Jesús y a la gracia del nombre de Dios por él invocado, según la palabra de Jesucristo: “Quien permanece en mí, da mucho fruto” [62].

(1º de mayo de 1856. En el monasterio de Nueva Jerusalén [63])


Carta XIV

Imagina, hermano amadísimo, que tu alma y tu corazón adquiriese el gusto del dulce alimento de la oración interior. Que la oración que obra por sí misma calentase tu espíritu. Entonces, tú serías completamente liberado de todo cuanto nos causa aflicción en el largo camino de nuestra vida. Ninguna ofensa, ni desventura, pobreza, desprecio, aridez, tristeza, temor, enfermedad, enemistad, debilidad y persecución podría verdaderamente afligirnos, turbar nuestra paz interior… El recuerdo de la felicidad de la vida de oración, su solo descenso a nuestro corazón, haría que todo esto fuese vencido, expulsado desenmascarado. El ejercicio mismo en la comunión con el nombre de Jesucristo te alegraría y deleitaría también en medio de las grandes desventuras. ¡He aquí el misterio que conduce a una vida feliz sobre la tierra y la salvación en el cielo!... ¡Piensa en ti mismo con atención y esfuérzate en encontrar este tesoro, llevado en vasijas de barro! [64].

(9 de julio de 1856. En Novgorod)


Carta XV

Si alguno siente estar insatisfecho de la propia suerte, atormentado del hastío provocado por la sequedad espiritual, impaciente e inconstante, o si por así decirlo se agita de una cosa a la otra; si, dejándose arrastrar por empresas futuras, es un soñador y, privado de firmeza, se aflige en el presente, todo esto no le viene de ninguna otra cosa sino por haberse alejado del propio fin: alejado de Jesucristo, incapaz de adherirse a él a través de la oración unitiva interior… Esto depende del hecho de que es aún un hombre exterior, un hombre solamente material. No ha tocado la propia vida interior, el propio corazón. No ha gustado ni probado la dulzura de la oración espiritual. ¡Oh! Si el hombre se ligase con un vínculo estrecho a Cristo, si no impidiese a la gracia conducirlo, su corazón conversaría incesantemente con Dios en la oración interior por medio del nombre de Cristo. ¡Entonces todos los sueños, todas las empresas vanas se disolverían! Entonces, no desearía nada sino a Jesús sólo. En cualquier lugar que habitase fluiría un río de paz, alegría, reposo y consolación. Entonces todos sus deseos superfluos se aplacarían, el futuro dejaría de turbarlo, viviría sólo el presente. Habiendo encontrado el Edén dentro de sí, ya no buscaría más –como decía un starets- ni Roma, ni Jerusalén, ni el Athos. En la más completa, indiferencia hacia cualquier lugar, hacia cualquier país, se acostaría en una oscura gruta o en una esquina polvorienta de una choza semioscura, estaría justamente como en la cama de un rey o mejor aún. Nada en la vida podría atemorizarlo, habiendo ya renunciado a sí mismo y habiéndose abandonado a Jesucristo, en la incesante consolación de la oración en su Nombre. Todos los peligros, todos los asaltos, todos los sueños, los terrores de la noche, las fieras y los bosques impenetrables no tendrían sobre él el más mínimo efecto. Éste permanecería ya en un mismo lugar, anhelando el ocultamiento de sí –“buscando esconderse”, como dice Gregorio el Sinaíta-, y no sería ya más capaz de peregrinar… Aquel que posee la alegría espiritual en el corazón está ya liberado de todo lo que procura aflicción en la vida. No hay ninguna tribulación exterior que pueda turbarlo. Él está sólo en la mitad, en el mundo: su espíritu está con Jesús en el cielo. Todas las desventuras, las enfermedades, es como si no las advirtiese. El encuentro con la misma muerte es para él como encontrar una mensajera de delicia y reposo. ¡Observad a estos! ¡Observarlos con atención: su mismo aspecto, el comportamiento exterior expresa la paz de su condición interior! En estos hijos de la gracia resplandece la auténtica renuncia a sí mismos. Para ellos las injurias, la pobreza, las humillaciones son dulces. La misma fatiga y las privaciones les consuelan. ¡Oh dulcísima oración interior! ¡Tómame en tu espacio reluciente y misterioso! ¡Lígame con los vínculos de la dedicación a ti y de la separación de todo lo que es corruptible, por amor a Jesús! ¡Enciende en mí tu fuego inextinguible: el fuego del dulcísimo amor por el Señor!

(11 de marzo de 1834. En la pustyn de Optina)


Arsenij Troepol’skij
L’ esperienza della vita interiore.
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. 2011
Págs. 54- 61.


[1]  El monasterio de San Nicolás en Malojaroslavec en la provincia de Kaluga, fundado en el siglo XIV.

[2] “Dios, ten misericordia de mí, pecador” (Lc 18,13).

[3] Mt 21,22

[4] Palabras del apóstol Santiago dirigidas a los hermanos que viven en la distracción: Santiago 4,2.

[5] Cf. Rom 8, 26.

[6] Gen 8,21

[7] Paráfrasis de Ef. 2,8.

[8] Cf. Santiago 4,3

[9] Cf. Lc 18,1.

[10] Cf. 1 Ts 5,17.

[11] Cf. Ef. 6,18.

[12] Aquí y en otros lugares es utilizado unynie, el término técnico para designar la akedia.

[13] Cf. Infra, p. 63, n 68.

[14] Cf. Ef 6, 17.

[15] Cita del rito de tonsura y vestición del pequeño hábito (mantija).

[16] Los juicios expuestos en este párrafo  se encuentran en las enseñanzas de Gregorio el Sinaíta y en los Cien capítulos de avisos  a los monjes de la India de Juan de Karphatos, que vivió seguramente en la época de Diádoco y Nilo el Sinaíta, con los cuales Fozio se confronta. Cf. Dobrotoljubie III, pp. 75-102; La Filocalia I, pp. 400-427.

[17] Juan 15,5.

[18] El monasterio de la Resurrección llamado Nueva Jerusalén, a 70 kilómetros de Moscú, fue fundado en 1656 por el patriarca Nikon sobre el modelo de la iglesia jerosolimitana de la Resurrección de Cristo. Los oficios litúrgicos en el monasterio siguen el rito de la iglesia de Jerusalén.

[19] Cf. 2 Cor 4,7.