Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 1 de noviembre de 2012

“Siete veces al día yo te alabo” (Sal 118, 164)


P. Gabriel Bunge




El hombre, sobre esta tierra, está ligado al espacio y al tiempo. No menos importante que el lugar apropiado es, por esto, el “tiempo adecuado y preferible” para la oración, como afirmaba Orígenes.

Nosotros experimentamos el tiempo como un ordenado alternarse, del sol y la luna, de épocas determinadas. Algunos de estos alternamientos se repiten cíclicamente, mientras en cambio, en su conjunto, el tiempo de nuestra vida corre linealmente hacia el fin. Uno de los secretos de la vida espiritual es, por consiguiente, la regularidad, que  corresponde al ritmo de nuestra vida. Sucede como en cualquier menester o arte: no es para nada suficiente, por ejemplo, tocar de tanto en tanto algunos pocos compases del piano para convertirse en un buen pianista. “El ejercicio es un buen maestro”, también en la oración. Un “cristiano practicante”, según el concepto de los santos padres,  no es un hombre que, más o menos fielmente cumple su deber dominical, sino uno que ora durante toda su vida, día a día y muchas veces al día, que practica regularmente su fe, del mismo modo que, cumple con las funciones vitales necesarias: comer, dormir, respirar… Sólo así su “actividad espiritual” alcanzará la espontaneidad que parece obvia de las funciones vitales.

*

Para el hombre bíblico era algo natural tanto las reglas personales de oración como la participación en la oración comunitaria o en el culto. Daniel se arrodillaba tres veces al día y oraba a Dios (mirando hacia Jerusalén, porque se encontraba exiliado en Babilonia) [1]. Esta era, probablemente, una costumbre común entre los hebreos devotos. Los salmos están llenos de alusiones análogas. Los tiempos preferidos para la oración eran, manifiestamente, a la mañana temprano [2], en la tarde [3] o en la noche [4], es decir, lo momentos de mayor calma del día. Como hemos visto, estos son también los momentos que Cristo prefería para retirarse a la oración solitaria.

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La costumbre de orar tres veces al día, es decir, a la mañana, al medio día y a la tarde [5], o a la tercia, a la sexta y a la hora nona, era ya una regla del cristianismo primitivo [6]. Los antiguos padres se remitieron a los mismos apóstoles, que por su parte, sin embargo, habían sido fieles simplemente a la costumbre hebreas, como muestra el ejemplo de Daniel. Así escribe, por ejemplo, Tertuliano [7] entre el 200 y el 206:

Con respecto a los tiempos de oración no nos es absolutamente prescripto nada, sino de orar “en todo momento” [8] y “en todo lugar” [9].

Tertuliano, después de haber tratado de aquel “en todo lugar”, que hay que entenderlo –él dice- teniendo en cuenta la oportunidad y la necesidad, para no caer en contradicción con Mt 6,5, continúa:

Considerando los tiempos, sin embargo, no es probablemente para nada superflua la observancia exterior de ciertas horas, es decir aquellas horas comunitarias que marcan las partes principales del día -tercia, sexta y nona- que se encuentran nombradas también en la Escritura como las más excelentes. El Espíritu Santo fue derramado por primera vez sobre los discípulos reunidos juntos en la hora tercia [10]. El día en el cual Pedro, con aquel mantel suntuoso tuvo la visión de la comunión [entre hebreos y paganos], había subido a la terraza a la hora sexta para orar [11]. Él mismo, a la hora nona, iba con Juan al templo, donde devolvió la salud al paralítico [12].

Es verdad que Tertuliano no ve, en esta costumbre de los apóstoles, un precepto vinculante, pero considera algo bueno dar a la oración “una forma estable” mediante estas horas. El cristiano, “independientemente de las oraciones normales, las cuales debemos hacerlas también sin propiamente una exhortación, al inicio del día y en la noche”, debería, pues, “adorar a Dios no menos de tres veces al día -al menos- como ofrenda a las tres personas, la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo” [13]. Con esto tendríamos cinco momentos cotidianos de oración, como son hasta hoy conservados por los discípulos de Maometo.

“No menos de” significa ya que el sentido de estas horas establecidas no puede ser el de orar sólo en estos momentos, sea que esto suceda a la mañana y a la tarde, sea que suceda cinco veces al día o también “siete veces al día” [14], como se acostumbró más tarde.

Si bien algunos fijan determinadas horas para la oración, como, por ejemplo, la tercia, la sexta, la nona, es necesario decir que los “gnósticos” oran durante toda su vida, ya que él se esfuerza por estar unido a Dios a través de la oración y, en definitiva, de abandonar todo lo que no le es útil, una vez que ha llegado allá arriba, como uno que ya desde aquí ha alcanzado la perfección de quien se ha convertido en un hombre maduro en el amor.
Además, también la repetición de las horas con sus tres intervalos, que es honrada con oraciones adecuadas, es familiar a los que conocen la tríada bienaventurada de las santas moradas [15] [en el cielo]. [16]

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Este ideal “gnóstico” cristiano, es decir del contemplativo en posesión del don del verdadero conocimiento de Dios, que Clemente de Alejandría formuló bien antes de surgir el monaquismo organizado, ha sido asumido más tarde por los discípulos de Antonio. Los padres del desierto conocían solo dos tiempos fijos para la oración, al inicio y al final de la noche, que no eran ni siquiera especialmente largos. Para el resto del día y de buena parte de la noche se servían de un “método” determinado, como veremos más adelante, para tener su “espíritu constantemente en oración”. El monaquismo palestinense conoció pronto un número más grande de tiempos establecidos para la oración. Así, por ejemplo, el obispo Epifanio de Salamina en Cipro, originario de Palestina, dedicaba siete momentos de oración por las indicaciones esparcidas en el Salterio.

[Epifanio de Salamina] decía: El profeta David oraba “por la noche” [17], “se levantaba a medianoche” [18], “antes del alba” [19] invocaba ayuda [de Dios], “a la mañana se ponía de pie” [20] [delante de Dios], “al alba” imploraba, “a la tarde y al medio día” [21] oraba. Por esto dice: “Siete veces al día yo te alabo” [22].

A pesar de esto, sin embargo, su ideal era el de la “oración continua”, que en el fondo ya se encontraba a su vez trazado en los salmos. El salmista afirma, en efecto, que él “grita a Dios todo el día” [23], o bien, que medita “la ley día y noche” [24], es decir, de hecho, siempre.

Al bienaventurado Epifanio, obispo de [Salamina] en Cipro, fue mandado decir por el abad del monasterio que él poseía en Palestina: “Gracias a tus oraciones no hemos descuidado nuestra regla, sino que con celo celebramos la hora prima, tercia, sexta, nona y las vísperas”. Y él lo reprendió y le dijo: “Es evidente que ustedes descuidan las otras horas del día dejando de orar. ¡El verdadero monje, en efecto, debe tener “incesantemente” [25] en su corazón la oración y la salmodia!” [26]

La observancia de un número determinado y fijo de tiempos de oración distribuidos a lo largo del día (y de la noche), cosa que exige una cierta autodisciplina, tiene, en definitiva, el único objetivo de crear puentes, gracias a los cuales nuestro espíritu inestable logra ir más allá del flujo del tiempo. A través de este ejercicio, se consigue aquella agilidad y ligereza de movimiento, del cual ningún artista o artesano pude prescindir. Ciertamente, en parte, esto es simple “rutina”, pero esta es necesaria para llevar a cumplimiento lo que está propiamente en cuestión, el arte: de la carpintería, de tocar el violín, del jugar a la pelota… y, precisamente, también de la oración, que es la más alta y la más perfecta actividad de nuestro espíritu, como asegura Evagrio [27]. Mientras más grande es la habilidad, tanto más grande es el efecto de la perfecta naturaleza del movimiento y tanto más grande es también la alegría que, en esto, experimentamos.

*

Como en todo arte, sin embargo, también en el cotidiano ejercitase en la oración hay de tanto en tanto determinados obstáculos por superar. El peor adversario es un cierto, a menudo no definible, disgusto, que se presenta también cuando no nos falta el tiempo disponible.

Este estado de disgusto, que también para los padres era bien conocido, puede a veces volverse tan fuerte para el monje –así él lo piensa, en todo caso- que es capaz ya de no recitar su “oficio” cotidiano. Entonces, si cede, llega incluso al final hasta de dudar del sentido de su existencia. Injustamente, porque

combates como estos vienen por una especie de abandono por parte de Dios, para poner a prueba la libre voluntad  [y ver] por cual parte se inclina. [28]

¿Qué se debe entonces hacer? Se debe hacer lo posible, poniendo en movimiento la voluntad de observar, en cada caso, el número prescripto de los tiempos de oración, si bien se puede reducir el “oficio” mismo a un mínimo de salmos, de tres “Gloria al Padre”, de un “Trisagion” y de una metanía –en el caso en el cual se está todavía en condiciones de hacer esto-. Cuando la opresión el alma es muy grande, es necesario recurrir a un último remedio.

Cuando crece la violencia de este combate en contra de ti, oh hermano, y te cierra la boca y no te permite recitar el oficio, ni siquiera en el modo en el cual se ha dicho arriba, entonces oblígate a ti mismo a ponerte de pie y a ir de arriba a abajo por tu celda, saludando la cruz y haciendo metanías ante ella. Entonces nuestro Señor, en su gracia, hará cesar en ti [este combate]. [29]

Cuando las palabras parecen haber perdido todo su sentido, permanezcamos sólo con el gesto del cuerpo: un tema sobre el cual volveremos más delante de manera detallada.


* * *


Gabriel Bunge
Vasi di argilla.
Ed. Qiqajon.
Comunità di Bose.
1996 Págs. 75-81


[1] Dn 6, 10.13

[2] Sal 5,4; 58,17; 87, 14; 91, 3

[3] Sal 54, 18; 140,2

[4] Sal 76, 3-7; 91,3; 118, 55; 133, 2

[5] Sal 54, 18

[6] Didagé 8,3

[7] Tertuliano, Oratione 23

[8] Lc 18,1

[9] 1 Tm 2,8

[10] Hechos 2, 15

[11] Hechos 10, 9

[12] Tertuliano, Oratione 25. Referencia a Hechos 3,1.

[13] Ibid.

[14] Sal 118, 164

[15] Cf. Clemente de Alejandría, Strom. VI, 114, 3.

[16] Ibid. VII, 40, 3-4.

[17] Sal 118, 147.

[18] Sal 118, 62.

[19] Sal 118, 148.

[20] Sal 5,4.

[21] Sal 54, 18

[22] Epifanio 7. Última cita: Sal 118, 164

[23] Sal 31,3.

[24] Sal 1,2.

[25] 1 Ts 5, 17.

[26] Epifanio 3.

[27] Evagrio, Or. 84.

[28] Hazzaya 87, p. 361.

[29] Ibid. 92, p. 367.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Cartas para persuadir a la práctica de la oración interior - Cartas XVIII


Arsenio Troepolskij



Carta XVIII

A quien se ejercita en la vida contemplativa, en la oración interior y en la búsqueda del lugar del corazón en el cual hace descender la mente, le sucede a veces de desesperarse por las  distracciones y de cansarse de la búsqueda, como escribe también san Hesiquio en el capítulo 120: “Estamos amargados en el corazón por el veneno de las malos pensamientos, cuando abandonamos por largo tiempo la atención y la oración de Jesús dejándonos llevar a la negligencia por el olvido.” [1]

Tales casos, poniendo al desnudo la conciencia de la propia debilidad, pueden inducir a quien es inexperto a la tristeza y a un temor desmedido, alejándolo así de la actividad interior que ha emprendido, por sentir vergüenza al pensar que es indigno, inútil e inoportuno para un corazón pecador dedicarse a la actividad de un santo, como una abstinencia no purificada de un auténtico arrepentimiento. [Pero] Crisóstomo dice: “El purísimo rayo del sol no es manchado y no pierde nada cuando incluso ilumina un lugar muy mugriento, el cual es por él purificado”. [2] ¡Aquel pensamiento viene del enemigo! ¡La búsqueda del propio corazón por la oración es en realidad precisamente el primerísimo paso e instrumento para la conversión! Lo que ha sido perdido es necesario reencontrarlo y, encontrarlo todo obscurecido (“allí en efecto encontrarás tinieblas, una gran obscuridad y dureza”, dice Simeón el Nuevo Teólogo [3]), es necesario ponerlo tal como está adelante del Sol de la verdad para que lo ilumine; de modo semejante que un objeto contaminado, expuesto por un cierto tiempo al influjo de los rayos solares, pierde la fuerza y la capacidad de contaminar.

Una vez que se toma conciencia de la propia caída, es necesario arrepentirse. Para sentir la necesidad del arrepentimiento, es necesario entrar en sí mismo. Es necesario encontrar el corazón, embelesado por las creaturas, y permanecer allí con calma y humildad invocando la misericordia del Señor y su guía en el arrepentimiento.

No creer en las insinuaciones del pensamiento engañador, que te dice que en el momento de las distracciones o del pecado tú no puedes y no debes ni siquiera osar ponerte a buscar tu corazón con la mente o encontrar su lugar. ¡Esto no es en absoluto verdad! Más bien es justamente y sobretodo aquí cuando tú debes sin demora ponerte a buscar lo que has perdido: este mecanismo es el más apto y el más cercano a la atención y al descenso a sí mismo. ¡No pierdas el ánimo! Entra en ti mismo y di: Me levantaré e iré hasta mi Padre (Lucas 15, 17) [4]. Cuando comiences a sentirlo (al corazón), entonces eleva hacia Jesús, rico en perdón, la invocación de su misericordia y cree que lo que está en ti es más grande que lo que está en el mundo, como dice Juan, el discípulo amado de Cristo (1 Juan 4,4), y él mismo prosigue: Dios es más grande que nuestro corazón, y conoce todas las cosas (3,20).

Para que tú seas mayormente convencido de cuánto hemos dicho, te mostraré el testimonio de los santos padres, los cuales, poniendo en guardia de la tristeza a cuantos se dedican a la actividad de la mente y viven en la sobriedad del corazón, dan (los santos padres) los siguientes consejos:

San Gregorio el Sinaíta dice: Si también sobreviene la tentación, esto sucede para poner a prueba y procurar la corona, recibiendo cuanto antes la ayuda de Dios, que lo ha permitido en los modos que él conoce (parte I, f. 96) [5].

San Hesiquio: Si, debilitado por algunas circunstancias, descuidamos la actividad de la mente, a la mañana siguiente de nuevo ciñamos bien al intelecto [y recomencemos la lucha con fuerza] (c. 187). [6]

Santos Calixto e Ignacio: El permiso pedagógico no priva en absoluto al alma de la luz divina: sólo la esconde, para hacer precipitar al alma en la amargura de los demonios a fin que con todo temor y mucha humildad busque la ayuda de Dios (c. 85). [7]

San Juan de Cárpatos: Las pasiones de la carne y del espíritu, como verás, son aniquiladas por el tiempo y por el mandamiento divino, aunque se hayan multiplicado: la misericordia de Cristo no vendrá nunca a menos. La misericordia del Señor está –por los siglos de los siglos- sobre aquellos que le temen (c. 33). [8]

Aquellos que se dedican con más intensidad a la oración, ¡sufren terribles y violentas tentaciones! (2, 41). [9] Cuando el diablo dejó al Señor, vinieron los ángeles y le sirvieron. Es necesario pues saber, ya que está escrito que él no fue tentado en presencia de los ángeles, que así también cuando nosotros estamos tentados, por un cierto tiempo, los ángeles de Dios se alejan un poco; luego, cuando los tentadores se han ido, vienen a nosotros dándonos divinas comprensiones: confirmación, compunción, paciencia y consolación (c. 73). [10]

San Nicetas Stethatos: Si has caído en las profundidades del mal no desesperes, de ningún modo, de ser nuevamente llamado, aunque tú te hubieses arrastrado en el extremo del abismo infernal del vicio. Volviendo la mirada sobre ti, Dios verá rápidamente que tiemblas por sus palabras y suspiros, restablecerá tu corazón entristecido y de dará una fuerza más grande que la primera (c. 54). [11]

Enseñan los padres que si combatiendo con los enemigos y las pasiones tú recibieses miles de heridas cada día, a pesar de esto no deberás abandonar la actividad portadora de vida [12]: es decir, la invocación de Jesucristo presente en nuestro corazón.

Nuestras transgresiones no sólo no nos deben alejar de caminar en la presencia de Dios y de la oración interior, despertando en nosotros inquietudes, apatía y tristeza, sino que deberemos hacer que con mayor solicitud nos apresuremos a dirigirnos a Dios. El niño pequeño, agarrado de la mano de la madre, cuando comienza a caminar, rápidamente se dirige a ella y se mantiene agarrado a ella cuando se tropieza.

San Simeón el Nuevo Teólogo cita el texto de la santa Escritura, Eclesiastés 10, 4: Si el espíritu de un poderoso te asalta, no abandones tu lugar, ya que la curación aplaca grandes pecados. Y comenta espléndidamente que por “espíritu de un poderoso” es necesario entender la tentación, y bajo el nombre de “lugar” hay que entender el corazón: en efecto, también en los versículos anteriores el Eclesiastés habla del corazón [13]. Esto conduce esencialmente al descenso al lugar del corazón durante la tentación. Este descenso de la mente en el corazón aplaca el embate de las pasiones y purifica el pecado [14].

Después de cuanto se ha dicho, te auguro de todo corazón que, custodiando en la memoria cuanto aquí se ha expuesto, tú tomes coraje en todas las ocasiones de tentación, tan próximas a los buscadores de la vida interior, ¡y no pierdas jamás de vista al dulcísimo Jesús y su amor compasivo!

(8 de febrero 1851. En la pustyn de San Saba)



Anotación: en esta carta se pone especialmente luz a la importancia y la fecundidad de la búsqueda del lugar del corazón. Respecto a esta expresión, san Simeón el Nuevo Teólogo, exponiendo la ciencia de la oración interior del corazón, dice: ‘Siéntate en la quietud y en un lugar en penumbras, recoge la mente de los pensamientos, inclina la cabeza sobre el pecho: concentra la atención de la mente y de los ojos interiores sobre el corazón, retiene un poco la respiración y busca con la mente el lugar del corazón (Filocalia, parte I, f. 64), para introducir en el corazón y hacerle de allí salir junto a la respiración a la oración de Jesús [15].

Este es el mejor método para custodiar la mente, [para adquirir] la consoladora oración interior del corazón, como sostienen los santos padres de la Iglesia.


Apéndice

Como complemento de cuanto he expuesto arriba se pueden encontrar muchas enseñanzas semejantes en los santos padres. Es necesario releerlos con la mayor frecuencia posible en las horas de aridez interior y en el tormento del desaliento: a fin que, reconfortada el alma débil y cohibida, se pueda abrazar en la sobria vigilancia interior de la oración del corazón. Así por ejemplo escribe san Nilo Sorskij:

El principal robustecimiento en la ascesis interior, como muestran todas las Escrituras, consiste en no ser pusilánimes cuando somos atacados con violencia por los pensamientos malvados, y en no desalentarse, y en no detenerse ni interrumpir el propio camino interior. Cuando somos asaltados por malos pensamientos, entonces la astuta malicia diabólica insinúa en nosotros la vergüenza de dirigir la mirada a Dios y elevar la oración. Pero nosotros venciéndoles con el arrepentimiento continuo y la oración incesante, sin mirar atrás, cada día sufrimos miles de heridas por parte de ellos. Junto a las tentaciones, o bien después de ellas, nos es enviada de lo alto la visita secreta de la divina misericordia [16].

San Juan Clímaco: ¡Sé vigilante en la atención, oh monje! Y no disminuya tu celo en la oración, cuando te turban los malos pensamientos (o las visiones). [17]

 San Juan Crisóstomo: La oración, por cuanto es realizada por nosotros, que estamos llenos de pecados, purifica rápidamente. [18]

San Filoteo el Sinaíta: Cuando el alma acoge la intención de orar, es liberada de las tinieblas del pecado gracias a la oración. [19]

San Barsanufio el Grande: Si oras a Dios y estás distraído en la mente, busca orar sin distracciones. Pero si las distracciones, a causa de nuestra debilidad, continúan, entonces aunque sea en las últimas palabras de la oración afligíos y orad así: ¡Señor, ten piedad de mí y perdóname todos mis pecados! Y recibiréis el perdón de todos los pecados y de las distracciones durante la oración. [20]

San Nilo el Asceta: El Espíritu Santo, que tiene compasión de nuestra debilidad, viene en ayuda también de nosotros que estamos impuros, y si encuentra una mente que lo invoca de verdad, viene a ella y la impulsa a la oración espiritual. No te desanimes en la oración y no te canses si no recibes nada: recibiréis en efecto posteriormente…

A veces, apenas te hayas puesto en oración, orarás bien; otras veces, aunque te hayas esforzado mucho, no alcanzaréis el objetivo. Esto sucede para que tú busques [la oración] con más celo. Y habiéndola encontrado, tú la retengas firmemente. Para los misterios de la oración no se puede fijar un tiempo. [21]

Estas y otras enseñanzas semejantes de los padres son de gran ayuda para robustecer la vigilancia espiritual, y revelan que nada debe obstaculizar las aspiraciones a la oración: ni el tiempo, ni las circunstancias, ni el lugar de residencia, como afirma Simeón el Nuevo Teólogo [22]; ni los tropiezos de nuestra débil naturaleza. Incluso durante la tentación, Nilo el Asceta aconseja mantener una oración frecuente, aunque breve [23]. En efecto, Dios nos mira con la misma misericordia tanto si estamos tranquilos, como si nos encontramos oprimidos por las caídas. El desaliento es peor que el pecado. Éste deriva de un secreto orgullo y del amor por una alta opinión de sí mismo. Nos es difícil percibir por nosotros mismos cómo estamos en realidad.

Y así, es necesario esperar en el amor y en la misericordia de Dios, pronta a venir al encuentro de cada pecador que se reconoce como tal, y darse lo más que se pueda a la oración sin preocuparse por nada, más allá de cuáles sean las dificultades de la vida… La oración, como el rayo de sol, iluminando los lugares vergonzosos no estropea su propia luz, sino más bien sanea incluso el pantano fangoso y purifica las impurezas infecciosas. Y por esto, alma que buscas al Señor, ¡toma coraje en el espíritu, no te desanimes por las caídas y ora! Quizás el primer signo de la misericordia celestial nos es dado en el último peldaño de nuestra depravación, dijo un autor espiritual. No escuches el pensamiento del maligno, que te avergüenza y te susurra semejantes sugestiones: “¿De qué sirve la oración sin una vida piadosa? ¿Cuándo a la vez el alma cae frecuentemente en pecado?”… ¡No! La concentración interior y la oración del corazón son el instrumento más poderoso para vencer las pasiones y purificar los pecados en todo tiempo, ocasión y lugar.

Para persuadirte aún más de cuanto te he dicho hasta ahora, pueden ser útiles las siguientes pasajes: en la carta VI [24], los puntos que guían a una buena asiduidad en la oración; en la VIII, la regla para progresar en la oración (Saba) [25]; en la XI, considero el hecho de que la frecuencia en la oración está a la puerta de nuestra voluntad, mientras que su perfección depende de Dios; en la carta XII, sobre la necesidad de no desanimarse y de no abandonar la oración, por más que esta nos sea trabajosa y distraída; en la carta XXII, sobre los sietes modos que estimulan el deseo y el celo por la oración (Simonov) [26]. Y también: 2) el hecho de que incluso una oración árida, distraída y perezosa no permanece sin fruto; 3) que es necesario combatir las perturbaciones y  4) adquirir los medios para vigilar y hacer descender la tranquilidad interior.

En el tomo IV. Conversación de N., que conduce a la asiduidad en la oración (P  779). Estímulo en el deseo de orar (P  784); sobre la pasificación del alma (P  874) [27].


NOTA

Algo semejante al pensamiento arriba citado de san Nilo el Asceta, formulado así: “no te desanimes en la oración y no te canses si no recibes nada: recibirás en efecto posteriormente”, se lo puede leer en la exposición del staret Basilio de Poiana Marului [28], en estos pasajes:

Quien desee temerariamente llegar por la fuerza a los más altos grados de la oración del corazón, y no la busca con paciencia y amor, significa que está movido por el orgullo espiritual, o por un egoísmo indolente (Simeón, Calixto e Ignacio, c. 59) [29]. A nosotros, débiles y pasionales, por ahora nos basta conocer por lo menos el camino de la actividad de la mente y aplicarnos con celo y frecuentemente a la obra de la oración mental, que expulsa las tentaciones y conduce a la oración pasiva, es decir que se realiza por sí misma. No nos debemos desanimar, sino con paciencia y calma subir a la altura de la oración [del corazón].

Si incluso nosotros no obtuviésemos la perfección de la oración en esta vida, pero pasáramos a la eternidad habiendo practicado solo la oración exterior, pero sin intermisión, entonces también en este caso, terminando nuestra existencia sobre el camino de los santos, seremos hechos dignos por misericordia de Dios de su suerte. Esto lo afirma san Isaac el Sirio y luego aconseja a no dudar y no desanimarse, si incluso durante la oración no conseguimos la contrición por los pecados (discurso 30). [30]

Y también está en acuerdo con lo que escribe uno de los padres: “Realiza la oración con la mayor humildad que puedas, en la paz y en el silencio, y no en la impaciencia, en la prisa impetuosa y en el celo excesivo. Cada cosa debe crecer gradualmente. No podemos ir de carrera allí donde a duras penas somos capaces de arrastrarnos. Se debe agradecer al Señor el solo hecho de poder dar un paso en el camino estrecho de Dios” (Prefacio al libro de Gregorio el Sinaíta) [31]

¡Cómo son consoladoras estas palabras para quien está desanimado y como frenado, por la impaciencia que deriva de un excesivo amor propio! En este punto puede quizás aparecer la siguiente pregunta: ciertamente, todo cuanto ha sido dicho atañe a las reglas fundamentales de todas las obras de piedad, según cuanto nos dicen los santos padres, que la justa medida es siempre y en todo lugar lo más bello [32]. Pero,  ¿si se desvía de esta regla como en el caso de la desviación más grave como la que se da por el celo desmedido o por el descuido movido por la pereza? Tanto una u otra, derivan de la única raíz del amor propio, conducen igualmente a la misma consecuencia, vale decir al fracaso, sin embargo la segunda es más dañina que la primera: la pereza es más peligrosa que el celo. Lo podemos mostrar claramente con el siguiente ejemplo. Fueron dos postulantes a presentarse a una experta abadesa por que deseaban entrar en el monasterio guiado por ella. Una era de modales mansos, cumplía en silencio todas las tareas monásticas, en ella no se podían percibir ni escusas ni caprichos. La otra, todo lo contrario, tenía ambos vicios, pero estos estaban compensados con un celo ardiente para corregirse y mejorar. La superiora rechazó a la primera y aceptó a la segunda, para el asombro de todas las otras hermanas que no eran capaces, como ella, de discernir la fuerza y el poder de atracción de la gracia, y no sabían que una valiente determinación permite incluso a quien cae llegar más lejos que aquel que, no cayendo, procede sin embargo desganadamente.


Arsenij Troepol’skij
L’ esperienza della vita interiore.
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. 2011
Págs. 71-76.


[1]  Hesiquio de Batos, A Teodulo 120, en Dobrotoljubie II, p. 183; La Filocalia I, p. 253.

[2] Juan Crisóstomo. La imagen del sol ha sido intensamente explotada en la enseñanza patrística, particularmente fue a menudo subrayado el tema de la intangibilidad del rayo del sol por parte de la suciedad terrena, la cual se parecía a la intangibilidad de la luz de la gracia con la impureza de su receptáculo humano: el alma pecadora. Como fuente de tales enseñanzas, esta imagen se presenta en Crisóstomo en su “himno” sui generis al sol en el Discurso a los que se escandalizan de las desventuras acaecidas (PG 52, 479-528; Tvorenija svjatogo otca nasego Ioanna Zlataousta v 12 t. III/2, Sankt-Peterburg 1897, p. 511). En Simeón el Nuevo Teólogo ( y en algunos otros autores) la imagen se duplica: junto al “sol sensible”, desde el cual emana la luz creada, se considera al “sol inteligible”, desde el cual emana la luz increada: cf. Simeón el Nuevo Teólogo, Capitulos teológicos, gnósticos y prácticos 2, 22, en Id, Chapitres théologiques, gnostique et pratiques, a cargo de J. Darrouzès, SC 51 bis, Cerf, Paris 1980, pp. 114-116.

[3] Cf. Simeón el Nuevo Teólogo, Capítulos teológicos, gnósticos y prácticos I, 63, p. 74; Dobrotoljubie V, p. 17; La Filocalia III, p. 357.

[4]  Cf. Lc 15, 17-28.

[5] Gregorio el Sinaíta, Capítulos sobre la oración. Cómo el hesicasta debe sentarse para la oración y no levantarse muy rápido 7, en Dobrotoljubie V, p. 226; La Filocalia III, p. 607; Mistici bizantini, p. 511. En la Filocalia eslava las obras de Gregorio el Sinaíta están colocadas en la primera parte.

[6] Cf. Hesiquio de Batos, A Teodulo 187, en Dobrotoljubie II, P. 199; La Filocalia I, p. 267.

[7] Cf. Calixto e Ignacio Xanthopouloi, Método y canon exacto –con la ayuda de Dios- acompañado del testimonio de los santos para cuantos han elegido la vida hesicasta y monástica 85, en Dobrotoljubie V, p. 402; La Filocalia IV, p. 263; Mistici bizantini, p. 766. Calixto I Xanthopoulos, patriarca de Constantinopla (+ 1363), discípulo de Gregorio el Sinaíta y monje del Monte Athos, fue autor de escritos espirituales a la par de su amigo Ignacio que tenía el mismo apellido: en el lugar citado emplean la expresión de “permiso pedagógico” (popuscenie obucitel’noe), la caída permitida por Dios para instruir al alma.

[8] Juan de Cárpatos, Cien capítulos de admoniciones a los monjes de la India 33, en Dobrotoljuibie III, p. 84-85; La Filocalia I, p. 409.

[9] Ibid. 41, en Dobrotoljubie III, p. 86; La Filocalia I, p. 410.

[10] Cf. Ibid. 73, en Dobrotoljubie III, p. 96; La Filocalia I, pp. 420-421. A inicio del pasaje están citadas las palabras de Mateo 4, 11.

[11] Nicetas Stethatos, Primera centuria. Capítulos prácticos 54, en Dobrotoljubie V, p. 96; La Filocalia III, pp. 407-408. Nicetas Stethatos (XI siglo) fue presbítero del monasterio de Estudion en Constantinopla y discípulo de Simeón el Nuevo Teólogo. “Tiemblas por sus palabras” es un eco de Is 66, 2.

[12] Citación ad sensum de la Regla (Ustav) de Nilo Sorskij: cf. Infra, p. 77, n. 102.

[13] “El corazón del sabio está a su derecha, el corazón del necio a su izquierda” (Qo 10,2).

[14] Cf. Pseudo-Simeón el Nuevo Teólogo, Las tres formas de orar, en Dobrotoljubie V, pp. 469-470; La Filocalia IV, p. 513.

[15] Cf. Ibid., en La Filocalia IV, pp. 512-513 (Teófano omite este pasaje en la traducción rusa, cf. Dobrotoljubie V, p. 469, nota [N.d.T.]; Calixto e Ignacio Xanthopouloi, Método y canon exacto 25, en Dobrotoljubie V, p. 339; La Filocalia IV, p. 188; Mistici bizantini, p. 701.

[16] Nilo Sorskij (Majkon, 1433-1508), fue el referente espiritual del movimiento monástico de los “no poseedores” (nestjazateli), al cual pertenecían los llamados starcy del más allá del Volga, los ascetas de los skit en los bosques ubicados más allá del Volga. Nilo fue el primero en afirmar la necesidad de un examen crítico de los textos de la tradición eclesiástica, cosa que discrepaba con los principios por entonces dominantes. Es aquí citado el tercer capítulo de su Regla o Ustav (“Cómo y con qué cosas armarse para afrontar las batallas de la ascesis mental”): cf. Nil Sorskij, Innokentij Komel’skij, Socineninja, a cargo de G. M. Prochorov, Izdatel’stvo Olega Abysko, Sankt-Peterburg 2005, pp. 126-127; Nilo Sorskij, Vita e scritti, a cargo de E. Bianchi, Gribaudi, Torino 1988, pp. 65-67.

[17] Cf. Juan Clímaco. La Escala 19, 12 p. 297; 28, 45 ss., pp. 441 ss.

[18] Cf. Pseudo-Juan Crisóstomo, La oración, PG 62, 737-740; La cananea, PG 52, 449-460; Tvorenija svjatogo otca nasego Ioanna II/2, Sankt-Peterburg 1896, p. 834; III/2, pp. 469-473.

[19] Cf. Filoteo el Sinaíta, Cuarenta capítulos népticos 19, en Dobrotoljubie III, pp. 410-411; La Filocalia II, p. 406.

[20] Cf. Barsanufio de Gaza (+ 540), Carta 444, en Barsanuphe et Jean de Gaza, Correspondance II/2, a cargo de F. Neyt, P. de Angelis-Noah y L. Regnault, SC 451, Cerf, Paris 2001, pp. 522-524.

[21] Cf. Nilo el Sinaíta, Discurso sobre la oración 63 y 29, en Dobrotoljubie II, pp. 210.214; La Filocalia II, pp. 279. 276. En realidad los capítulos puestos bajo su nombre en la Filocalia pertenecen a Evagrio Póntico, La oración, pp. 104 y 86.

[22] Cf. El siguiente pasaje en su Discurso sobre la fe, extraído de la Catequesis 22: “¿Habéis entendido cómo ni la juventud nos es un obstáculo, ni la ancianidad una ventaja, si en nosotros disminuye el temor de Dios? ¿Aprendisteis ahora cómo ni la vida en el mundo y tampoco en la ciudad nos impide cumplir los mandamientos divinos si tenemos celo? Y también que, ¿ni la separación del mundo ni la soledad nos sirven si somos perezosos y negligentes?” (Dobrotoljubie, ili Slovesa i glavizny svjascennogo trezvenija I, p. 152; Dobrotoljubie V, p. 456; La Filocalia IV, pp. 501-502).

[23] “Cuando te sucede de estar tentado, o comienzas a contrarrestar el pensamiento… entonces acuérdate de la oración y del juicio, que éste atrae, e inmediatamente se aplacará en ti el movimiento desordenado” (Evagrio Póntico, La oración 12, p. 77); “Durante tales tentaciones recurre a una oración breve e intensa” (ibid. 98, p. 123).

[24] Aquí son indicadas las cartas del mismo Arsenio bajo los números correspondientes.

[25] Carta VIII escrita en la pustyn’ de San Saba.

[26] Carta XXII escrita en el monasterio Simonov.

[27] Las referencias no son claras.

[28] Del starec Basilio de Poiana Marului (+ 1767), maestro de Paisij Velickovskij (1722-1794), son citados ad sensum los escritos insertos en la Vida de este último, editada en Optina en 1847; cf. Zitie i pisanija moldavskogo starca Paisija Velickovskogo s prisovokupleniem predislovij na knifi sv. Grigorija Sinaita, Filofeja Sinajskogo, Isichija Presvitera i Nila Sorskogo, socinennych drugom ego i sopostnikom, starcem Vasiliem Poljanomerul’-skim, o umnom trezvenii i molitve, Izdanie Kozel’skoj Vvedenskoj Optinoj Pustyni, Moskva 1847 (rist. Anast.: Moskva 2001), p. 81

[29] Cf. Calixto e Ignacio Xanthopouloi, Método y canon exacto 59, en Mistici bizantini, p. 739, donde está citado también el Método de la santa oración y atención del Pseudo-Simeón el Nuevo Teólogo.

[30] Isaac de Nínive, Primera colección 53 (slavo 30); cf. Ize vo svjatych avvy Isaaka Sirianina slova podvizniceskie, Sergiev Posad 1911, pp. 133-134.

[31] Cf. Zitie i pisanija, pp. 73-84.

[32] Esta expresión es citada por Gregorio el Sinaíta en los Capítulos sobre la oración 5: “Cada cosa medida es excelente, según los sabios necios” (Dobrotoljubie V, p. 219; La Filocalia III, p. 600; Mistici bizantini, p. 504). Los “sabios necios” son los filósofos paganos (cf. 1 Cor 1,20); el dicho es del Pseudo-Pitágoras, Carmi aurei 5, 38 (cf. Mistici bizantini, p. 504, n. 268).