Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 4 de diciembre de 2012

Cartas para persuadir a la práctica de la oración interior – Carta XX -XXI


Arsenio Troepolskij



Carta XX

LA CONCIENCIA: ¿Por qué ahora que sientes la atracción no te pones a rezar y no entras a tu corazón?

LA RAZÓN: Espero un poco, me tranquilizo. Es necesario prepararse para la oración.

LA CONCIENCIA: Uno no debe nunca demorarse un solo instante cuando se advierte la llamada a orar. Es necesario aferrar siempre este impulso, y, aunque sea sólo por poco tiempo, ponerse a orar. Aunque sea sólo por cinco minutos, pero dedicarlos a la oración. ¡Es un impulso del Espíritu Santo! ¡Es una insinuación de tu ángel custodio! ¡No escuches el pensamiento contrario!

No podrás de ningún modo prepararte mejor sino siguiendo la atracción divina. Nadie viene a mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae [1], dice Jesucristo. Acaso no sabes que aquel instante de incitación que tú has dejado pasar sin haberlo seguido te habría abierto la fuente de la verdadera oración. Mientras el haberlo dejado en la inacción traerá invariablemente dolorosas consecuencias. Así, recordad que no hay nada mejor para tranquilizarte y prepararte a la oración que la oración misma. Y por esto no dejes pasar nunca vanamente el impulso a la oración. Cualquiera sea tu oración, sin embargo, practicándola, tú manifiestas una obediente sumisión al Señor, que mira nuestra intención.


(24 de noviembre de 1852. En el monasterio de San Jorge en Balaclava)


P.S. San Isaac el Sirio en el Discurso 47 (ff. 247, 251) escribe: El Señor ha dado la oración como sostén a nuestra debilidad. Por esto ningún hombre puede desesperar de la propia salvación. Es necesario sólo no abandonar el celo por la oración y no ser perezosos en pedir a menudo ayuda al Señor [2].

No se debe dudar –continúa el mismo autor (Discurso 30, ff. 165 y 168)- si durante la oración no se llega a la contrición [3]. Para conocer la dulzura de la oración es necesario dejar la cantidad de los versículos de la salmodia y profundizar en el estudio de las palabras del Espíritu [4].

¡Cómo es poderosa y necesaria la oración de Jesús!



Carta XXI

Ante Dios ninguna oración  “se pierde”. Este es el adagio nacional de nuestros antepasados rusos. ¡Qué palabras profundas! Contienen en sí la verdadera filosofía: aquí la palabra indeterminada “oración” – vale preguntarnos, ¿cualquier oración no se pierde ante Dios?- ofrece una visión peculiar sobre el sentido interior de nuestro adagio. 

Nosotros somos cristianos, y en la Palabra de Dios vemos, y por la experiencia de los santos sabemos, y quizás nos ha sido dado experimentar en nuestra propia vida por qué ante Dios ninguna oración se pierde. Basta sólo abrir el evangelio, y os convenceréis sin duda que la oración en Dios no se pierde, si buscad y leed el pasaje donde Jesús dijo: “Pedid y se os dará, golpead y se os abrirá, quien busca encuentra y quien golpea se le abre” (Mateo 7) [5] y “¿El Señor no escuchará por tanto a quien grite a él día y noche?” [6]. Leyendo esta palabra, seguramente, os repito, os convenceréis y, dando el justo reconocimiento a vuestros antepasados rusos, que conocían tan bien por experiencia la santa Escritura, exclamad con todo el corazón: “¡Ante Dios ninguna oración  se pierde!” Les están agradecido: vosotros habéis dado pleno significado al profundo sentido religioso de esta frase. Yo por lo menos digo así: basta dar una mirada a la historia de la Iglesia y encontraréis una enorme cantidad de hechos relativos a este argumento. Veréis cómo, mediante la oración, Josué, hijo de Nun, hizo detener al sol [7]; Elías hizo descender lluvia [8]; David derrotó a Goliat [9]; Ezequías se escapó de la muerte [10]. Muchos eremitas respiraban con la oración, vivían gozosamente en la oración. Muchos cristianos aliviaron con la oración sus sufrimientos. Muchos cristianos obraron milagros con la oración… En efecto, sin bien todo esto los haya convencido de modo decisivo del hecho de que ante Dios ninguna oración se pierde, sin embargo, yo puedo adivinar el pensamiento que surge en vosotros sobre este punto: Yo creo –afirmad vosotros- que ante Dios la oración no se pierde, pero ¡sólo cuando esta es realizada de modo digno, es decir con intención pura, con fervor y un corazón ardiente!

Permítanme que les observe que con una aclaración de este tipo vosotros no habéis en absoluto completado el sentido del adagio, sino que lo habéis notablemente circunscrito y restringido. Ahora les mostraré que este adagio no vale sólo para la oración ferviente y pura, sino también para cualquier otra oración, les mostraré que absolutamente ninguna oración se pierde ante Dios. No sólo la oración con labios puros y dignos, sino incluso aquella pronunciada por labios impuros y pecadores, no permanece sin fruto, privada de consecuencias. Se los explicaré con algunos ejemplos. Los habitantes corruptos de Nínive comenzaron a orar y aquella populosa ciudad fue preservada [11]. Una mujer entregada a las pasiones se pone a orar en todo momento e inmediatamente consigue la salvación [12]. Ora el publicano pecador y vuelve a la casa purificado [13]. Ora el leproso y es rápidamente curado [14]. Ora el pagano Cornelio y su oración es escuchada: en virtud de una oración todavía sin fe, es convertido en un creyente de Cristo [15]. Quiero decir brevemente, dice Crisóstomo, que “la oración, más allá que sea realizada por nosotros, que estamos llenos de pecados, purifica rápidamente” (San Crisóstomo, “Sobre la oración”, p. 23). [16] Con todo esto, vosotros considerad que muchos pecadores han sido rápidamente purificados por la oración… pero ahora estáis pronto a replicarme que su oración estaba llena de conciencia de su propio pecado, de arrepentimiento y de fervor interior, y que justamente ésta es la condición adecuada y pura, para que la oración no se pierda ante Dios.

¡Esta es vuestra conclusión! Pero tened un poco de paciencia, y yo les demostraré que también la oración inconsciente, incluso indigna de llevar este nombre, no se pierde ante Dios. Pedro, “hombre de poca fe”, ruega a Dios, y junto a la amonestación por su poca fe es salvado de “ahogarse” [17]. Una mujer exaspera al juez con su oración y obtiene lo que pedía [18]. Mirad un poco más, lo que dice Juan de Cárpatos: “El orgulloso Faraón se puso a orar para que Dios alejase de él la muerte y fue escuchado. Del mismo modo también, los demonios que rogaron al Señor no ser arrojados al abismo, fueron escuchados” [19]. Y si leed las leyendas y los relatos espirituales, cuántos ejemplos encontraréis de cómo muchos pecadores, en los cuales se había ya radicado la inclinación al mal, oraban para tener éxito en sus crímenes, y ¿qué sucedió? Semejante oración, contraria a Dios, les trajo fruto: les abrió sus ojos interiores y de un modo evidentemente milagroso los llevaba a una oración pura (Relato del icono “Alegría inesperada” [20]). Pero para persuadiros aún más de la fecundidad de toda oración, incluso la árida, inconsciente e incluso negligente, considerad lo que dice el profeta David sobre la utilidad de la oración de los animales: él, cantando a la magnanimidad de Dios, “que da alimento a los pequeños cuervos, que invocan su Nombre” [21], revela claramente que también la oración natural, casi inconsciente, de los animales, recibe su recompensa: recogen los frutos de la oración. […]

Sí, y en verdad, si oran los ángeles, y están siempre dulcemente saciados de oración; oran los santos, y son escuchados; oran los pecadores, y son perdonados; oran los malvados, y son endulzados; oran los que no conocen a nuestro Dios y son escuchados; oran los animales, y Dios les provee de lo necesario; oran los demonios, y obtienen su pedido; ¿cómo pues de todo esto vosotros no deducís la verdadera y justa conclusión de que ninguna oración se pierde ante Dios?

Pero, quizá, me haréis ahora una pregunta: ¿Cómo explicar que yo mismo muchas veces oro para recibir esto o aquello, pero por la indignidad de mi oración no obtengo lo que pido: por consecuencia, mi oración ha sido infructuosa, ha sido vana, se ha perdido ante Dios?

No –les respondo-, no es así. El Señor acoge nuestra oración incluso cuando no cumple nuestros deseos. Él predispone nuestro verdadero bien y nuestra salvación también cuando no se cumple lo que nosotros pedimos, por nuestra incomprensión y nuestra ignorancia. ¿Cómo puedo saber, por ejemplo, que algo que para mi débil intelecto parece necesario y útil, no sea para mí ruinoso y fatal una vez conseguido? Y por esto, incluso si no recibo aquello que he pedido, la oración me ha ya traído su fruto y su utilidad para mi bien fundamental. Esta circunstancia me confirma el hecho de que la oración no se ha perdido.

Si nuestras ordinarias palabras no sólo no desaparecen, ni se desvanecen después de haber sido pronunciadas, sino que toman consistencia y viven y se mueven en la esfera luminosa hasta el juicio universal [22] […] ¿cómo pueden entonces perderse o desvanecerse las palabras de la oración, que aún con todo nuestra falta de atención, es ella misma vida en el nombre de Jesucristo, ella misma concentra en sí un poder misterioso y autosubstancial y realiza milagros incluso sobre labios indignos de tal invocación? ¡Este pensamiento luminoso con qué fuerza confirma nuestra hipótesis, de que ante Dios ninguna oración se pierde!

Después de todos estos argumentos convencidos de la eterna subsistencia de la oración, ¿quién no se decidiría a ejercitarse incesantemente, o al menos a menudo, en la oración? ¿Quién permanecería indiferente pensando y hablando de este ejercicio tan importante, benéfico y necesario, cuando todo pensamiento, toda palabra de oración no desaparecen, ni se pierden, sino que viven, se conservan y actúan para nuestro bien?

Y así, orad incesantemente, o por lo menos cuanto más a menudo sea posible. ¡Invocad el nombre de Jesucristo sin cesar! Encontrareis alegría y salvación. Orad  -os lo repito- cuanto más a menudo les sea posible; llenad cuanto más les sea posible vuestro espíritu con esta invocación, para que, impregnándoos de ella, sintáis por experiencia que ante Dios ninguna oración se pierde.

12 de marzo de 1846

N.B. (Marco el Monje, c. 23): Un hombre, que tenía la intención de hacer el mal (de pecar), antes se puso a orar, como de costumbre; y luego, retenido por la providencia, agradeció grandemente a Dios [23].

Juan Crisóstomo: “La oración, por más que sea realizada por nosotros que estamos llenos de pecados, purifica rápidamente” [24]; (Simeón, “Sobre la oración”, centuria 23); (Gregorio el Sinaíta). A los que se apresuran a invocar a menudo el nombre del Señor Jesucristo, les son rápidamente perdonados los pecados (Simeón 74) [25]; (Filoteo el Sinaíta): Cuando el alma acoge la intención de orar, ella es entonces liberada de las tinieblas del pecado [26]. (Juan de Cárpatos): “Tan pronto como hayas dicho: ¡He pecado, Señor!, te será dada la respuesta: Tus pecados te son perdonados” (Discurso ascético). Cuando invocamos el nombre del Señor Jesucristo, nuestra conciencia es rápidamente purificada […] [27] (Pensamientos de consolaciones).


Arsenij Troepol’skij
L’ esperienza della vita interiore.
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. 2011
Págs. 88- 95.

  
[1] Juan 6, 44

[2] Isacco di Ninive, Prima collezione 73 (slavo 47); Ize vo svjatych avvy Isaaka Sirianina slova podvizniceskie, pp. 201, 205.

[3] Ibid. 53 (slavo 30); Ize vo svjatych avvy Isaaka Sirianina slova podvizniceskie, pp. 133-134.

[4] Cf. El capítulo “Cómo debes orar sin el movimiento de los pensamientos”, en Isaac de Nínive, Prima collezione 53 (slavo 30); Ize vo svjatych avvy Isaaka Sirianina slova podvizniceskie, p. 136.

[5] Cf. Mt 7, 7-8 y Lc 11, 9-10.

[6] Cf. Lc 18,7.

[7] Cf. Jueces 10, 12-13.

[8] Cf. I Re 18, 41-45.

[9] Cf. I Sam 17, 41-45.

[10] Ezequiel, duodécimo rey de Judá, hijo del rey Acaz, el episodio recordado está en 2 Re 20, 1-11; Is 38.

[11] Cf. Gn 3, 6-10

[12] La mujer que lavó los pies del Salvador, esparciéndole perfume en Lc 7, 38.

[13] Cf. Lc 18, 13-14.

[14] Cf. Mt 8, 2-3; Mc 1, 40-42; Lc 5, 12-13.

[15] Cf. Hechos 10, 1-48 (en particular v. 31)

[16] Cf.  supra, p. 77, n. 104.

[17] Cf. Mt 14, 28-31.

[18] Cf. Lc 18, 2-5.

[19] Juan de Cárpatos, Cien capítulos de admoniciones 69, en Dobrotoljubien III, p. 95; La Filocalia I, p. 420; cf. Ex 10, 17 y Lc 8, 31.

[20] Cf. supra, p. 45, n. 22.

[21] Cf. Sal 146, 9.

[22] Cf. Mt 12, 36-37.

[23] Marcos el Monje, La ley espiritual 23, en Dobrotoljubie I, p. 5232; La Filocalia I, pp. 173-174.

[24] Cf. supra, p. 77, n. 104.

[25] Los nombres de los padres citados entre paréntesis indican las citas más amplias de sus escritos que el autor tenía probablemente la intención de citar en el texto.

[26] Cf. supra, p. 77, n. 105.

[27] Cf. Juan de Cárpatos, Discurso ascético y muy alentador dirigido a los monjes de la India, sobre su pedido, como suplemento de los cien capítulos (omitido por la Filocalia rusa), en Dobrotoljubie, ili Slovesa i glavizny svjascennogo trezvenija II, pp. 294-295; La Filocalia I, p. 431.