Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

sábado, 5 de enero de 2013

Cartas para persuadir a la práctica de la oración interior – Carta XXII-XXIII


Arsenio Troepolskij



Carta XXII


Para estimular el celo a la oración presta atención a lo que sigue:

1. Convenceos que cada recuerdo de la oración, cada pensamiento que expresa el deseo de orar o de invocar el nombre de Jesucristo, revela en ti la acción del Espíritu que respira con nosotros.

2. Sabed aprovechar este pensamiento y no lo dejéis pasar sin invocar el nombre de Dios, sin elevar aunque sea un solo suspiro hacia el cielo, con la esperanza que sea agradable a los ojos de Dios enriquecer imprevistamente al mísero, es decir derramar inesperadamente en tu corazón el consolante don de la oración. Y por esto, viví también en la espera del Espíritu de la gracia que desciende en nosotros: ¿Qué sabes si no será quizás en aquel instante en el cual tu oración perezosa e inconsciente, con la ayuda de Dios, te abra las puertas a un renacimiento espiritual?

3. No te turbes por la impureza y la aridez de tu oración,  sino permanece en paz, recordando todos los casos en los cuales una oración impura y distraída se ha vuelto, por la gracia de Dios, pura, sincera y salvífica, o bien vuelve al tiempo en el cual la práctica de la oración imprimía en el alma extraordinarios afectos: ¡incluso sobre la lengua de los pecadores, y sobre los labios y las mentes contaminadas por el mal, se manifiestan signos de la gracia! Como el rayo del sol no se contamina cayendo sobre un lugar impuro, así el rayo de la oración no daña y no es dañado si también toca un corazón o un pensamiento profanados por el pecado.

4. Convéncete que como el divino nombre de Jesucristo, así también la oración pronunciada en su Nombre está colmada del milagroso poder que por sí mismo actúa y que se concentra en la misma oración, y es incomparablemente más elevado y poderoso que cualquier fuerza pecaminosa, y por esto vence y purifica los pecados y da la gracia espiritual para elevarnos de la caída. Aquel que está en vosotros es más grande de aquel que está en el mundo [1], dice el apóstol.

5. Con viva imaginación trae a la mente los momentos en los cuales te sucedía, en la oración, que sentías algo más elevado que cualquier placer sensible y te extasiabas por sobre lo terreno. Todo esto, expulsando la tristeza y la pereza, bastará  a incitarte a invocar el poderoso nombre de Jesucristo y a vencer la aridez y la distracción en la oración.

6. Tomad pues coraje de los ejemplos de los santos ascetas y vigilantes practicantes de la oración mental, los cuales, incluso sintiendo a veces la aridez y el desaliento en el ejercicio de la oración, sin embargo se obligaban y por este modo, contra toda esperanza, alcanzaron el don celestial. Estos llegaron -por así decir unánimemente- a la conclusión de que la oración interior, cuanto más árida y privada de consolaciones, cuanto más es acompañada por la lucha contra las distracciones, la pereza y los pensamientos, tanto más es agradable a los ojos de Dios, tanto más es humilde y sirve a quien se ejercita: ya que ella introduce a la imitación de la oración de Jesucristo, que con dolor oraba en Getsemaní, y toma parte en la cruz del Dios hombre. Convencido de esto y confiando que tanto el calor como la aridez suceden por voluntad de Dios y con motivo de sus secretos designios sobre ti, custodia la paz interior y la tranquilidad del espíritu, siempre muy agradables a Jesucristo. Además, no dejes de conversar a menudo sobre la oración con aquellos que son expertos, o que han adquirido la ciencia recorriendo el elevado camino de la contemplación. Lo confirma también el Apóstol aconsejando tener conversaciones con los santos [2].

7. Después de esto –agrego también-, para vencer los obstáculos y conseguir el celo, el deseo y la asiduidad en la actividad de la oración interior decídete a: 1) trabajar sobre el corazón y la mente; 2) cada día o noche reserva específicamente una hora libre para dedicar exclusivamente a la oración, o bien asígnate la tarea cotidiana de una determinada cantidad de invocaciones del nombre de Jesucristo; 3) convéncete que también el tiempo más breve transcurrido en la oración es más precioso, útil y provechoso que todo otro tiempo empleado en  cualquier otra obra buena, pero sin oración; 4) presta atención también a esto, que si todo los seres y las cosas que llenan la naturaleza se desarrollan, crecen y llegan a una maduración gradualmente, de un poco a la vez, así también esta semilla celestial, la oración, probablemente necesite el mismo proceso; Finalmente, 5) leyendo la palabra de Dios, anota sobre todo aquellos pasajes en los cuales se habla de este tema. Lee los santos padres y la Filocalia… Esto calentará tu espíritu y te hará familiar a esta oración a ti destinada en suerte en la vida…

Prueba también una sola de estas reglas. Ponla en práctica y verás cómo te guiará también a las otras.


25 de diciembre de 1845. En el monasterio de Simonov. De noche.



Nota

De qué modo el frecuente ejercicio en la oración hace descender del Señor el don de la oración. San Macario el Grande lo explica con el siguiente ejemplo: Si bien  el lactante no es capaz de hacer nada y no puede ir hacia la madre sobre sus propias piernas, sin embargo buscándola se mueve, grita, llora. Y la madre se enternece por él y ella misma acude, lo toma dulcemente, lo acuna y lo alimenta. Lo mismo hace Dios amante del hombre con el alma que lo busca… (Homilía 46, 3) [3]




Carta XXIII



¡Amadísimo hermano en Cristo!
Me apresuro a contarte algo de la conversación rica de provecho espiritual mantenida ayer con el eremita [4] que me ha hecho una visita, y que, por su larga familiaridad conmigo, me ha contado su camino interior hacia la vida de oración.

Desde que era pequeño –me cuenta-, casi un niño, sentía atracción por la oración, si bien no comprendía aún la esencia de este ejercicio.

Cuando conocí por ancianos sabios y maestros espirituales qué era la incesante oración interior del corazón, entonces puse toda premura en buscar los medios y los métodos más eficaces y accesibles para adquirirla. Para esto leí mucho, y transcurrí mucho tiempo meditando, reflexionando y conversando con padres expertos y competentes en esta materia. He transcripto muchos pasajes de autores espirituales, exponiendo según un nexo sistemático todo lo que guía a un completo conocimiento de este tema. De lo que no saqué más que una bellísima teoría santa…

Después de todas estas búsquedas, convencido de que no había ningún otro método más cómodo y fácil para adquirir la oración interior que el trabajo sobre el corazón y la mente, sostenido con la frecuencia de la invocación oral del nombre de Jesucristo, yo me dediqué decididamente a esto y por un cierto tiempo continué asiduamente con este ejercicio orante. Al tiempo seguido de esto comenzaron a manifestarse sensiblemente las consecuencias de la acción de la oración, vale decir: calor en el corazón; alegría y aquietamiento; agradable temblor del corazón, compunción y deseo de la oración, tanto que solo al acordarme era tomado por el éxtasis…

La distracción, las tareas, el cansancio y los largos viajes a menudo interrumpían este constante ejercicio de la oración del corazón. Si bien yo me desalentaba un poco en estos casos, sin embargo jamás y en ningún torbellino de la tentación me abandonaron la aspiración del alma y el deseo del corazón de descender en mí mismo.

Luchando contra las pasiones y reflexionando sobre las experiencias contadas arriba, llegué a la conclusión de que la fuerza en la ascesis es dada y se obtiene a su tiempo. Y tranquilizándome el pensamiento de que en todo obra la voluntad de Dios y la acción de su providencia, comencé pacientemente a esforzarme sobre todo en tener al máximo despierta la tensión a la oración interior y a buscar no dejar pasar ningún estímulo a la oración, aunque sólo fuese entrar un momento en sí para invocar con la mente y los labios el nombre de Jesucristo.

Estas prácticas después de algún tiempo dispusieron un mecanismo en mi corazón de modo tal que, incluso en la lucha contra la pereza y a pesar de toda la aridez y de la distracción, en cuanto me arrepentía y me disponía a descender al corazón, inmediatamente sentía la sensación de un extraordinario gusto en el corazón, semejante al patrón que, según la comparación de Nicéforo el Monje, regresa a su propia casa desde un país lejano [5]; es lo que sentí yo en una dolorosa enfermedad del pecho, y que encontré alivio y consuelo en la oración interior del corazón.

Ahora –continuó diciendo- busco todas las maneras de custodiar la calma, protegiéndome de la turbación del espíritu, y de abandonarme a la voluntad de Dios. He decidido esperar la venida del Señor y cuanto más a menudo me sea posible ejercitarme en el descenso a mí mismo, aunque sea por un breve tiempo, por un minuto o dos, pero a menudo, dándome valor al recordar algunos suaves efectos de la oración interior, que hace gozar y pregustar la vida celestial sobre la tierra.

¡Extraordinaria la condición de este hermano! ¡Te deseo de corazón que lo que te he contado sobre él te estimule a practicar frecuentemente la oración interior!


14 de enero de 1857. Por la tarde, en el monasterio del Bienaventurado Lavrentij [6]



Arsenij Troepol’skij
L’ esperienza della vita interiore.
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. 2011
Págs.95-100


[1] 1 Juan 4,4.

[2] Cf. 2 Cor 8, 4; Hebreos 10, 25.

[3] Cf. Prepodobnogo otca nasego Makarija Egipteskogo duchovnye besedy, p. 294; Pseudo-Macario, Spirito e fuoco, pp. 392-393.

[4] Juan, cf. Infra, p. 185

[5] Cf. Niceforo el Athonita, Trattato colmo di utilità sulla custodia del cuore, en Dobrotoljubie V, p. 250; La filocalia III, p. 526; Mistici bizantini, p. 428.

[6] El monasterio de la Ascensión y del Nacimiento del Salvador y del Bienaventurado Lavrentij en el suburbio de Podzaval’e, no lejano de Kaluga, fundado al inicio del siglo XVI. Allí se guardan las reliquias del loco de Cristo Lavrentij.