Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

sábado, 28 de diciembre de 2013

La oración, ley espiritual.

P. Matta el Meskin



La importancia de una ley espiritual

Las reglas de la vida espiritual no son como las leyes de la física que gobiernan la naturaleza, ni como las leyes civiles fijadas por una autoridad para garantizar la seguridad  y la justicia. Estas leyes en efecto son generalmente “cerradas”, es decir no abren hacia una realidad más allá de sí mismas. Son áridas, castigan y no recompensan: en realidad, limitan la libertad del hombre.

Las reglas de la vida espiritual, en cambio, son como los escalones de una escalera: si tú estás firme sobre un escalón, este te posibilita subir al que sigue. La ascesis es infinita, porque la vida espiritual no conoce límites: las leyes espirituales no son cerradas sobre sí mismas. No debes por tanto confundir las leyes físicas con las espirituales ni por consecuencia temer por las leyes espirituales marcado por la ansiedad que provoca en ti la experiencia que tienes del significado corriente del término “ley”.

En el ámbito espiritual la ley es extremadamente generosa: si tú la observas, sacarás de ella un enorme beneficio. Si la cumples fielmente, serás capaz de observar una ley superior con mayor generosidad y libertad. Si, sin embargo, rechazas o transgredes la ley espiritual, no por esto caes bajo su venganza, como te sucede en cambio si no cumples una ley importante o si transgredes una ley del estado. La ley espiritual en efecto es enteramente positiva, no contiene ninguna negatividad, como Dios mismo. Esto significa que en la ley espiritual existe una relación con Dios sólo para aquellos que la aceptan y la siguen. Porque quien sigue a Dios, crece y se vuelve libre. Quien en cambio rechaza la ley espiritual, se priva a sí mismo del crecimiento y de la libertad. Si quieres una imagen simple de los efectos de la ley espiritual, puedes encontrarla en las palabras de Cristo: “Caminad mientras haya luz, para que no os sorprenda las tinieblas” (Juan 12,35). La ley espiritual es como una luz en la cual encuentras refugio para poder caminar paso a paso bajo su guía. Mientras que permanezcas aferrado a ella, avanzarás; pero si desatiendes o ignoras la luz, esta no te abandonará ni se vengará, sin embargo tú habrás sido derrotado por las tinieblas y no estarás más en condición de caminar.

Puedes encontrar otra viva imagen de la ley espiritual en las palabras del Señor: “Este es mi mandamiento, que os améis los unos a los otros” (Juan 15,12). Si sigues esta ley, caminas en la luz –para usar las palabras del apóstol Juan- es decir progresas, creces en el amor. Pero ¿hacia dónde estás caminando? ¿Hasta qué punto debes crecer en el amor? La respuesta a estos interrogantes es muy importante. En efecto, estás caminando hacia la fuente misma de la luz, hacia Cristo que es la luz del mundo, y debes crecer en el amor hasta alcanzar la plena estatura de Cristo que es amor perfecto: he aquí una magnífica expresión de un crecimiento sin fin.

Lo que has aprendido sobre la ley del amor vale también para la ley de la oración. En efecto, las palabras del Señor “sobre la necesidad de orar siempre, sin desanimarse” (Lc 18,1), “velad y orad” (Mt 26, 41), “lo que digo a vosotros lo digo a todos: velad” (Mc 13, 37), “velad y orad para no caer en tentación” (Mc 14, 38), revelan la importancia de la oración en la vida espiritual y la presentan bajo la forma de ley. El evangelio testimonia que Cristo mismo ha observado esta ley: “fue a la montaña a orar y pasó toda la noche en oración” (Lc 6, 12), “fue al monte, solo, a orar” (Mt 14,23).

Por estas insistentes exhortaciones sobre la importancia de la oración te es fácil darte cuenta cómo esta esconde en sí aspectos verdaderamente esenciales para el hombre y que no es un simple mandamiento que pueda ser descuidado o sustituido con alguna otra cosa o con otro mandamiento. Por las repetidas exhortaciones  de Cristo a orar y por su mismo recurso a la oración continua e incesante –al punto de dedicarle noches enteras- puedes deducir que la oración es una irrevocable regla de la vida espiritual, envuelta en numerosos misterios. Su importancia y seriedad es tal que tan sólo el descuidarla te expone a pruebas y tribulaciones.

La regla de las siete horas canónicas de oración fijada por la Iglesia encuentra el fundamento espiritual justamente en el mandamiento del Señor de “orar siempre, sin parar”. Así, para garantizar que la jornada entera (y por tanto cada momento) sea colmado por la oración, la Iglesia ha dividido las doce horas del día en seis partes y ha fijado para cada una de ellas una oración adaptada, compuesta por la salmodia, por un pasaje de la Escritura y por una oración. Además ha sido colocada una oración en el corazón de la noche, subdividida en tres partes de modo de cubrir el arco entero de la noche. De este modo, mediante las sietes horas canónicas, se ha hecho posible el cumplimiento del precepto de Cristo sobre la oración continua. Esta recitación ritmada del salterio constituye una norma de oración basada en el mandamiento de Cristo que invita a usar el tiempo y a regular la vida entera santificándola mediante la oración, además expresa la constante vigilancia del corazón en la espera de los últimos días y de la venida del Esposo, como nos ha recordado Cristo mismo: “lo que les digo a vosotros se los digo a todos: ¡velad!” (Mc 13, 37). Así las siete horas terminan cada día con la oración en el corazón de la noche para testimoniar la vigilancia en la espera del regreso de Cristo.

Ahora, si eres consciente que la vigilancia del corazón y la santificación de cada momento del día constituyen la base de la disciplina en la oración, puedes entonces adaptar estas normas a tu ritmo de trabajo cotidiano, sobre todo si tus condiciones de trabajo no te permiten casi nunca observar la práctica de los siete momentos de oración cotidianos.

La vigilancia del corazón durante el cumplimiento de tus deberes cotidianos –de cualquier tipo que sean: en la casa como en la escuela, o en una fábrica, en el campo, en un negocio o en una oficina- sustituye el permanecer en oración en lo secreto de la habitación: te lleva de inmediato al cumplimiento de la regla de orar en obediencia al pedido del Señor. La vigilancia del corazón – es decir el poner repetidamente durante el día la atención en el Señor Jesús, manteniendo una viva conversación secreta con él, hecha de silenciosas palabras de amor- no es en absoluto inferior al estar en oración en una iglesia.

Para santificar tu jornada te bastan solo pocos minutos, siete veces al día, justo el tiempo para recitar un salmo, la oración prevista y un versículo del evangelio: para hacer esto te es suficiente retirarte a un lugar tranquilo, es más a veces puedes permanecer incluso en el lugar de trabajo. Debes sin embargo saber también elegir la posibilidad de usar el tiempo libre por la mañana y por la tarde, es decir antes y después del trabajo, para recitar enteramente y con calma laudes y completas: testimoniarás así tu plena disponibilidad a dedicar el mayor tiempo posible a Dios.

En cuanto a la oración en el corazón de la noche, el auxilio, la gracia y la fuerza obtenida practicándola son suficientes para compensar cualquier cansancio o fatiga que te imagines que deberás padecer por el levantarte a esa hora. Si puedes trabajar hasta tarde en la noche, no puedes considerar menos el privarte a ti mismo de compartir algunos minutos de la noche con el Hijo de la Luz, dando gloria al Esposo. Las vigilias nocturnas son un símbolo de la espera y de la acogida del Esposo (cf. Mt 25, 1-13). La realidad que este signo quiere indicar es que en el momento presente la acogida del Esposo sucede de modo parcial, en vista del día escatológico en el cual llegaremos a la consumación y a la victoria en el encuentro definitivo con el Señor.

Ahora que la regla de la oración se ha vuelto una auténtica luz que te guía hacia el encuentro con el Señor, puedes entender cómo la escrupulosa observancia de la norma te permite crecer más junto a Dios. Así, encontrando al Señor cada día, crecerán la amistad, el amor y la intimidad entre tú y él. Por consecuencia la misma oración tendrá mayor fervor, insistencia y amor. Cristo en efecto ha pedido que la oración sea hecha con insistencia y confianza y ha dado el ejemplo de la viuda que iba al juez de la ciudad y lo importunaba para obtener justicia contra el adversario. Y el juez la escuchó, a pesar de ser inicuo, por su insistencia. Jesús ha así llamado la atención sobre la importancia de la insistencia en la oración: “Y Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que gritan día y noche hacia él, y les hará esperar mucho? Os digo que les hará justicia rápidamente” (Lc 18, 7-8).


La oración como don

Observar la regla cotidiana de la oración con escrupulosidad e insistencia y cumpliéndola con amor y perseverancia, no es simplemente un deber que cumples porque te has comprometido, así como si se tratase de dar a Dios una parte de tu tiempo y de tus fuerzas y nada más. Si en efecto el ritmo de la oración fuese sólo un deber, Cristo no nos habría invitado a orar con tanta insistencia.

Así, más allá de la escrupulosidad e de la perseverancia en la oración se encuentra un don, un don preciosísimo, más precioso que cualquier cosa de la cual el hombre pueda tener necesidad o que pueda encontrar, más precioso incluso que todas las glorias del mundo. Este don es el Espíritu Santo, que Dios desea ofrecer al hombre, no como recompensa, sino en respuesta a la oración y a la insistencia en la súplica: “Cuanto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Lc 11, 13).

Valora bien la importancia de la oración y reflexiona cuánto conviene que te dediques a esta disciplina con escrupulosidad y perseverancia: esta te hace capaz de recibir al Espíritu Santo.

Si sólo supieses que es el Espíritu Santo el que infunde el amor en el corazón, el que enseña humildad, el que da el don de la paz del corazón, que consolida tu fe en Dios y tu esperanza en la vida eterna, que ilumina tu mirada para que tú puedas discernir la verdad y la voluntad de Dios, que inflama el corazón con el espíritu de oración, que te anima a permanecer vigilante con una fuerza y un celo que sobrepasa la posibilidad de la carne. Entonces te darás cuenta del fruto precioso que puedes recoger por la oración. Es ese el secreto escondido detrás de la insistente invitación de Jesús a orar: el valor de la oración consiste en la adquisición del Espíritu Santo, sin el cual el hombre no vale nada.

La oración por tanto es la regla más importante en la vida espiritual, es el secreto para un crecimiento espiritual fecundo y es el coronamiento de cada esfuerzo en el camino según Dios. A través de la oración en efecto el hombre adquiere el Espíritu Santo que lleva a la perfección el crecimiento espiritual de cada uno.


Cristo te espera

Cada vez que te pones ante Cristo para orar con fervor en la súplica, tu voluntad encuentra a la suya y obtienes misericordia. A través de la frecuencia y la sinceridad de la oración las dos voluntades tienen a acercarse.

Sólo en la oración Cristo puede alcanzarte y manifestare su voluntad. Cristo espera, desea, tu oración: “Estoy a la puerta y llamo” (Ap 3,2). En el evangelio él ha revelado la importancia y la necesidad de la oración, insistiendo para que oremos siempre, incesantemente y sin cansarnos jamás (cf. Lc 18,1), porque es justamente en la oración en donde puede alcanzarte, revelarte su voluntad y darte su gracia.

El pecado es odiado por el Padre y entristece el corazón de Cristo, porque ha sido la causa de la cruz, de los sufrimientos terribles que el Señor ha soportado sin ninguna piedad por parte de los hombres. Sin embargo, apenas el pecador se presenta ante Dios Padre, manteniéndose firme junto a la cruz y elevando súplicas en nombre de la sangre de Cristo, su pecado le es perdonado, la condena deja de pesar sobre él y él no es más maldecido. Por esto es bueno tener una cruz y besarla a menudo durante la oración.

Cristo se ha sometido a la cruz en vista de la alegría que le era puesta adelante (cf. Hebreos 12,2), es decir, la alegría de salvar a los hombres y de reconciliarlos con el Padre. Y en vista de esta misma alegría es que él continúa llevando el peso de nuestros pecados y que está siempre dispuesto a perdonarlos, aunque se repitan muchas veces al día, con tal que cada vez volvamos a él con un corazón contrito. Los sufrimientos que él ha soportado hasta la muerte muestran claramente su disponibilidad ilimitada a llevar el peso de nuestros pecados, porque su corazón conoce la debilidad de nuestra naturaleza, la debilidad de nuestra voluntad y la gran miseria del hombre.

Por esto, durante la oración, preséntate a Cristo con la actitud del pecador consciente de la propia miseria, con la cabeza inclinada, golpeándote el pecho, con la frente cubierta de polvo, pero al mismo tiempo con la certeza de ser acogido y perdonado por Cristo, en razón de su gran compasión, de la predilección que él tiene por los más débiles y de la alegría que experimenta cada vez que vuelves a él.



Matta el Meskin,
Consigli per la preghiera.
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.


Publicado por esicasmo.it




lunes, 23 de diciembre de 2013

Toma y nombra

P. Diego de Jesús



La angélica consigna que recibe José en sueños contiene variedad de capas geológicas. La inmediata la conocemos bien: es consigna práctica por hacerse cargo de su casta esposa.

Pero hay más tela para cortar.

El seráfico mandato dice “no temas tomar contigo” y como un eco reverberante atraviesa todas las generaciones de cristianos para clamar a las puertas de nuestro corazón: oh tú, cristiano, no temas tomar contigo.

El ángel interpela, requiere, demanda. ¿Pero qué?

La primera lectura es simple y bella: a la Madre de Dios. Rotundamente cierto. Sería una versión alternativa al mandato que recibimos del mismo Señor en el Gólgota: he ahí a tu madre, tómala contigo (emplea Juan el mismísimo verbo que Mateo). Pero hay más tela.

La Virgen encinta es paradigma del Misterio. Ella contiene al Incontenible, guarda y resguarda al Dios Infinito. Y como tal, ella es ícono y arquetipo de todos los Misterios de nuestra fe.
Y ahí también hay que poder aplicar el mandato angélico: “no temas tomar contigo”.

Claro que no es un “tomar” cualquiera. Es tomar lo virginal, lo intocado e intocable, para recibirlo como tal. Casi como si nos mandaran: camina sobre la nieve sin marcarla.

Toma sin agarrar.
Toma sin asir.
Tomo sin “conocer”, en su vasto sentido bíblico.
Toma así al Misterio de nuestra Fe.

El verbo original es muy bello, hasta en su música: paralabein (Mt 1,20). La Tradición lo asumió con el accipere latino, que empleamos desde hace siglos cada día en la Eucaristía para tomar y comer, tomar y beber, el Fuego divino.
El verbo tomar castellano no es el más feliz. Habría que imaginar un acorde analógico en que resonara al unísono: recibir, acoger, guardar, albergar, aceptar, hacerse cargo… y con una sutil pero feliz disonancia, pulsar incluso la voz “esconder”.
Todo “eso” es consigna. De José para con María. De nosotros para con el Misterio entero.

El oxímoron que implica la virgen-madre, intocada fecundidad, justifica el “no temas” del Ángel (siempre que un ángel dice no temas, la cosa es para temblar entero). No temas tamaño imposible, semejante opuesto: toma sin tocar, guarda sin poseer, recibe sin atrapar. El cristiano que se toma en serio esto, hace de ello consigna para la plegaria y para la meditación de los Misterios: hacerse cargo de lo absolutamente ajeno y desmedido. Custodiar lo impropio. La liturgia es sin duda su prototipo.

Pero hay más.
Si Agustín recibió aquel famoso “toma y lee”, José recibe consigna más audaz: “toma y nombra”.
No le alcanza al ángel conminarlo al “no temas tomar”. Redobla la exigencia: ahora, nombra el Misterio guardado.
Y también aquí el eco llega con voz de trueno hasta nuestro sueño: oh tú, cristiano adormilado: ¡despiértate, tú que duermes! ¡Hazte cargo del Misterio y llámalo por su nombre!

Se suele decir –y no es mal consejo- que hay que llamar las cosas por su nombre. Es una consigna a favor de la verdad, de la caridad, de la sinceridad. Es un fustigue al maldito arte del eufemismo. ¡Las cosas, por su nombre! Bien: algo de eso clama la voz del alado emisario: llama a las cosas de Dios por su nombre.

Pero no abundan los plurales en boca del ángel. Si Adán recibió el amplio mandato de ponerle nombres a todas las cosas, José recibe un solo nombre. Le pondrás por nombre Jesús.

Otra vez podemos poner cara de naipe y creer que la consigna no nos atañe. Y a lo Judas preguntar: -¿yo, Maestro?

- Sí, vos. Le pondrás por nombre Jesús.
- ¿A qué, a quién?
- Al vasto e incontenible Misterio que aceptaste “tomar contigo sin temor”. Le pondrás por nombre Jesús.

A ese impenetrable versículo bíblico: le pondrás por nombre Jesús.
A esa velada Presencia del sagrario: le pondrás por nombre Jesús.
A ese hermano tuyo, distante y distinto: le pondrás por nombre Jesús.
A ese misterio recóndito de tus límites y penas: le pondrás por nombre Jesús.
A esa enfermedad: le pondrás por nombre Jesús.
A esa angustia insostenible: le pondrás por nombre Jesús.
A esa sola cosa necesaria, que es todo: le pondrás por nombre Jesús.

Cuando se habla de la oración continua se suele aplicar este adjetivo a la variable temporal. Pero es imprescindible completar los ejes de esta existencia sublunar con el eje espacial: el Nombre de Jesús no sólo ha de poder ser nombrado siempre, sino también sobre todo. Para que ese continuo que es nuestra vida quede íntegramente embebido en Él.

Todo cuanto ocurre –adorable, al decir de Bloy- amerita ser nombrado con Adán, y ser renombrado con José. Ser ungido por ese Dulcísimo Nombre que no sólo “está sobre todo nombre” sino que contiene en Sí todos los nombres y todas las cosas. Todo cuanto es y ocurre está preñado de lo divino. Y ha de poder ser casta y virginalmente recibido, custodiado y nombrado.
Es entonces que el Misterio tomado y nombrado nos alumbra.

Que el castísimo esposo de la Madre de Dios nos enseñe a hacer caso al Ángel.




Diego de Jesús
22.XII.2013


jueves, 5 de diciembre de 2013

¡Llegue tu Reino, Señor!

P. Diego de Jesús


 


Será de aurora; cómo dudarlo. Cabalgando sobre nubes de fuego te veremos llegar, Señor. Y ahí quedará el pincel goteando (como la púa de un tocadisco levantada a mitad de la canción), con el ícono sin terminar... Y aunque no faltarán nervios y tensiones, será un gozo indecible, una experiencia embargante. Tú me preguntarás: ¿interrumpo?, ¿prefieres que me demore otro rato? Y yo, Señor, borracho de irresponsable amor, ante el corcovear de tu brioso corcel, en un hilo de voz susurraré: de ninguna manera, Señor; de ninguna manera; si me he pasado la vida esperando tu Retorno glorioso!... Cárgame tras de Ti, aunque me pilles con las manos tan vacías. Vacías de méritos (¡ya lo creo!), mas ciertamente no vacías del lacerante deseo de que pase este mundo y llegue tu Reino, Señor. 

P. Diego de Jesús
Monje del Cristo Orante


miércoles, 4 de diciembre de 2013

Tú cuando ores…

Matta el Meskin


Cierra la puerta

Cuando Dios te pide cerrar la puerta antes de orar, quiere recordarte la necesidad de separar la actividad externa a tu habitación de la actividad interna. Y esto es dicho con respecto al corazón, a los sentidos y a las personas.

Respecto al corazón, es necesario que tú eches fuera absolutamente todas las preocupaciones, los pesos, las ansiedades y los temores en el momento en el cual te pones frente a Dios, de modo que te sea posible entrar en la paz verdadera que sobrepasa toda comprensión. En este sentido cerrar la puerta significa consolidar al propio corazón a salvo detrás de la separación que se interpone entre el mundo carnal y el mundo espiritual, separación que equivale a una muerte. En otros términos, cuando cierras la puerta detrás de ti, debes considerarte como muerto al mundo carnal y puesto frente a Dios, para beneficiarte de su providencia y para invocar su misericordia.

Respecto a los sentidos, generalmente estás asediado por pensamientos que se han fijado en tu mente, por imágenes que han golpeado tu fantasía, por palabras que has memorizado y también por otras experiencias que se han impreso en ti a través de los sentidos. Además, todo esto comporta modelos despreciables hacia los cuales tu conciencia puede haberse sentido atraída: luego los sentidos les han retenido y la mente les ha aferrado. Estos modelos de comportamiento a veces reviven deliberadamente, otras veces llaman furtivamente y contra tu misma voluntad, otras veces también te ves obligado a invocarlos sin ningún motivo particular e independientemente de la voluntad y de la conciencia: vienen así a crearte un amargo conflicto interior. Es por esto extremadamente oportuno, cada vez que entras en tu habitación, que tú actúes anticipadamente y expulses de la conciencia estos pensamientos, pidiendo perdón a Dios con contrición y arrepentimiento, firmemente decidido a transformar esos recuerdos en una ocasión de horror y de rechazo.

Cerrar la puerta de tu habitación significa poner entre el espíritu y los sentidos de la carne a Cristo crucificado, es decir, mortificar los miembros del cuerpo que pertenecen a la tierra: “¿quién los ha seducido a ustedes, ante quienes fue presentada la imagen de Jesucristo crucificado?” (Gal 3,1); “Mortificad aquellas partes de vosotros que pertenecen a la tierra” (Col 3,5).

Si, en cambio, no renuncias a estas experiencias, a estas cosas vistas y escuchadas, si no las confiesas como culpas, aborreciéndolas cada vez que entres en tu habitación, entonces éstas no sólo te privaran de la capacidad de orar y de estar frente a Dios, sino que te arriesgas incluso a transformar tu habitación en un lugar impuro.

Respecto a las personas, a ti te sucede como a todos de encontrarte siempre y constantemente relacionado a otros. Te puede suceder entonces de encontrarte emotivamente turbado por el amor hacia una persona, que te lleva a buscar una cercanía física que te priva de tu independencia y de tu libertad interior, que son el fundamento de la oración, del amor por Dios y del crecimiento espiritual. O bien, puedes estar preocupado por las situaciones de las personas que te son queridas, por su salud o su futuro, hasta el punto de no cuidar más de tu crecimiento espiritual y de tu salvación; o bien, puedes estar sacudido por la hostilidad, la oposición, el rencor, el desacuerdo y el odio en las relaciones con los otros, a tal punto que la amargura te invada completamente y te impida liberarte de los pensamientos malvados y de deseos de venganza; o bien puedes sentirte atraído hacia los otros sin darte cuenta, terminando por ir a derecha e izquierda, únicamente para poner a la vista tu capacidad, tu agudeza espiritual, tu habilidad y encontrar así en los otros admiradores que alimentan tu autocomplacimiento.

En estos casos, cerrar la puerta de tu habitación significa cortar cualquier relación mortífera que te une a alguien y que provoca la destrucción de tu alma: “¿qué ventaja en efecto tendrá el hombre si gana el mundo entero y luego pierde la propia alma”? (Mt 16,26).

Esto no significa que debes cortar las relaciones con cuantos tienen necesidad de ti o con los que tú tienes necesidad de ellos, ni que debes desvincularte de los otros hombres. Se trata en cambio de purificar tus relaciones con los otros, de modo que todo concurra con la armonía de tu crecimiento espiritual. Debes entonces dejar de dispersarte en vanas preocupaciones por los otros – actitud que no sirve para nada ni para nadie-, debes poner freno a la maldad y morir al deseo de ser glorificado por los hombres.


La oración, obra fundamental en el camino espiritual

Como a ti te es indispensable trabajar constantemente y permanecer vinculado a la tierra para poder vivir, trabajando con la mente y con el cuerpo para obtener un pedazo de pan y un sorbo de agua, así para tu ser interior es indispensable permanecer siempre en relación con Dios, a fin de que el soplo de inmortalidad ponga la raíz en tu espíritu y lo haga apto para la vida eterna.

La relación con Dios es lo que llamamos oración: en realidad se trata de una acción. Debes por esto reconocer que sólo en virtud de un acto espiritual tu espíritu es alimentado y recibe directamente de Dios las energías para crecer. Aquello de lo cual debes estar convencido es de que todo contacto con Dios es oración, pero no toda oración es un contacto con Dios. Muchos en efecto oran sin estar preparados y sin ningún deseo de comunicarse con Dios. Pero esto no es oración, porque la oración es una obra realizada en colaboración entre el hombre y Dios.

Si la “habitación” es entonces el “lugar” puesto aparte por Cristo para la obra de la oración interior, se sigue que por todo el tiempo que allí transcurras debes necesariamente perseverar en la obra de la oración. Esto significa que debes siempre permanecer en contacto espiritual con Dios.

Dios puede conceder a cada uno la oportunidad de permanecer por mucho tiempo en la propia habitación, como es el caso del monje, que es justamente considerado un cristiano que ha entrado en la habitación y que ha cerrado definitivamente la puerta detrás de sí: estos no quieren tener más ninguna relación con la mundanidad y con sus vanas preocupaciones. A otro puede darse que Dios conceda la posibilidad de permanecer en la propia habitación sólo algunas horas al día; pero a la mayor parte de la gente no le es posible permanecer si no por una hora al día, y a veces incluso por un tiempo aún más breve. En todo caso esta diferencia de tiempo disponible para permanecer y orar en la propia habitación está compensada de otro modo por el Espíritu Santo cuando uno es fiel y sincero en el propio camino espiritual. En efecto, en la medida en el cual tú anhelas verdaderamente la oración, el Espíritu te concede, incluso en poco tiempo, la gran oportunidad de alegrarte  y de sentirte colmado de la presencia de Dios.

No debes por tanto entristecerte por el escaso tiempo disponible para apartarte en la habitación. Debes más bien asegurarte de estar pronto y lleno de deseo de comunicarte con Dios. Entonces te darás cuenta que los minutos pueden ser como días. En general, de cualquier modo, el lamento por la escasez del tiempo disponible para la oración es sólo una falsa excusa para justificar al “yo” en su negligencia, descuido e indiferencia en el estar frente a Dios.


La efusión del Espíritu Santo en las palabras de la oración.

Cuando cierras la puerta en las tres direcciones enumeradas arriba – es decir en las relaciones del corazón, de los sentidos y de las personas-  cuando te postras por tres veces en el nombre de la Santa Trinidad como gesto indicativo de tu deseo de Dios, cuando elevas las manos, los ojos y el corazón hacia el cielo, entonces el espíritu de la oración desciende sobre ti. Y en ese momento toda actitud es transformada en un contacto con Dios y tú vives, por pocas o muchas horas, en la presencia de Dios.

Si empiezas a orar animado por este espíritu (sobre todo si utilizas los salmos), te darás cuenta que las palabras de tus labios no son las habituales: poco a poco estas asumen para ti significados, orientaciones y promesas nuevas. En efecto, incluso si las palabras pronunciadas por la boca son idénticas a la contenida en el salmo, sin embargo te aparecerá como pronunciada por Dios para darte una respuesta satisfactoria, una ocasión de consuelo, una promesa de ayuda y de salvación. Y esto es porque a pesar de que la oración parece salir únicamente de ti: es el Espíritu Santo quien se inserta secretamente en la oración y comienza a responderte con las mismas palabras que has pronunciado. Esta es la clave que introduce en la vida interior: sin la intervención del Espíritu Santo en la oración las palabras son débiles y están privadas de un mensaje preciso y personal: “de igual modo también el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque ni siquiera sabemos qué nos es conveniente pedir, y el Espíritu mismo intercede con insistencia por nosotros” (Rom 8, 26). Concretamente, el Espíritu Santo no dejará jamás de guiarte, si mantienes el corazón dócil y la mente abierta, y completará las palabras de la oración y de las lecturas de una manera extremadamente sabia. Por consecuencia, cualquier oración o lectura que tú hagas sin tener la mente abierta  y la intención de escuchar la voz del Espíritu, permanecerá extraña a una sana vida espiritual, y practicándola no sacarás ninguna ventaja tangible: “no todo el que me dice: Señor, Señor…entrará en el reino de Dios” (Mt 7, 21); “Oraré con el Espíritu, y oraré también con la mente” (1Cor 14,15).


Matta El Meskin,
Consigli per la preghiera.
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 


Publicado por esicasmo.it


martes, 26 de noviembre de 2013

El Rey Ciervo

P. Diego de Jesús




Había una vez un Monarca, Origen-Único de cuanto existía, quien regaló a su Hijo un reino entero que plantó al Oriente de todos los orientes. Lo hizo y se lo dio diciendo: “tomad, esto es tu reino; rígelo en memoria mía”. Y el Hijo tomó posesión y se instaló allí, en ese Oriente más allá de todos los orientes. Y en su centro, colmado de máximo esplendor, puso su Trono, donde el Monarca sentó a su Hijo. Todo el Reino encantado lo sometió a la magia del Príncipe y nada de cuanto surcaba el cielo, la tierra o el mar era ajeno al poderío de su luz que tornaba cristalino hasta el más opaco de los polvos y turbio de los lodos. El Príncipe reinaba por el imperio de la luz; esto es, sometiendo a toda creatura de su Jardín encantado al curioso poder de transparencia. No había en toda la comarca oriental ni hoja, ni nube, ni libélula, ni pájaro, ni ardilla, ni fruto, ni hongo, ni una sola bellota que pudiera resistirse al poder de transparencia por el cual ver una hoja, una nube, un pájaro o ardilla permitía verlo al Rey. Tendrá poder –para los estrechos criterios humanos- quien lo ve todo y así lo controla todo; pero en verdad reina quien es visto en todo y ejerce así su señorío. Por eso, el rostro del Rey –como aguamarina o bajorrelieve- luce como moneda corriente en todo cuanto vive y respira en la comarca. Todo tiene en el Rey su consistencia.

El cristalino cetro real que empuña el Príncipe es vara de luz, del que brotan colores y aromas, y músicas y resplandores inefables. Y al son de sus gestos se mece entre los dedos de su Mano y en cada ínfimo giro recrea la comarca completa, que vira a su ritmo en mil cambios de tonalidades. Aunque tiene todo el aspecto de una hoz, parece más la vara de un Mago, o la batuta de un músico que el bastón de mando.

Suavísima brisa de ocaso corre por los jardines encantados del infante soberano, Quien se pasea por el cerrado huerto aspirando el perfume de los recuerdos. En este curioso Principado, los recuerdos fluyen cual aromas y no proceden del pasado –pues esta Patria carece de tal – sino de incontables futuros, que no son sino brisas y destellos, céfiros fulgores que se arremolinan entre los pliegos del armiño real. Y el Rey los aspiras hondamente. Y al exhalarlos, los baña en oro y luz (pues su Aliento dora sus recuerdos) rejuveneciendo al más pretérito (por futuro) de los mementos que lembra la memoria del monarca.

Su trono es un enjoyado madero, árbol de sapiencia más antiguo que el tiempo, que conjuga en curiosa identidad la inconmovible textura de la roca con la gracilidad de una fontana cristalina en salto vertical sobre su vertiente. Y reina victorioso desde allí, con corona en rubíes de escarlata (corona aterciopelada que en rigor parece, más que un adorno, ser la viva cornamenta del soberano). Su paje y escudero, maleante transfigurado, ceremonial de su corte, anuncia al orbe la presencia del majestuoso soberano: ¡ábranse puertas eternas para que entre el Rey de Gloria hoy, conmigo, al paraíso de sus recuerdos! Y el hidalgo monarca, de grueso cuello y gallardo porte, cual venado de mirada profunda, cual añoso león, pasea por los bosques del palacio real con un andar calmo, solemne y demorado: su purísimo pelaje, manchado en sangre, pisa el mullido suelo de hojas y líquenes que le otorgan a su silente andar la gracilidad de un elfo ingrávido o la prestancia de un inmenso pez emperador recorriendo las profundidades del océano entre arrecifes de anémonas y lúdicas estrellas de mar.

El bosque entero, en sus incontables expresiones de vida, desde las ramas más altas de las secuoyas, o emergiendo debajo de cortezas y líquenes que alfombran el Edén, se inclinan a su paso al son de un sinfónico “digno eres de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza”. Y el anciano e infante cervatillo, revestido de púrpura, se abre paso con su regia cornamenta, y con cada hocicada parece romper sellos de mundos cerrados, que se abren en ramillete cual libros inéditos.

Y fue al séptimo sello, cuando el huerto encantado quedó en pasmo severo.
Un intenso y perfumoso aroma invadió el bosque, a su vez envuelto en un traslúcido manto de plateada neblina. Llamarlo “encantado” es bien poca cosa para acercarse al adjetivo que le hiciere justicia. Más parecían enaguas de cendal, que bruma forestal. Un haz de luz vertical descendía de entre las añosas copas bañando en lumbre un altar de oro ubicado en el centro despejado del bosque, al modo de un redondo calvero. Era un macizo altar, en cuyo centro humeaba un labrado incensario colmado de brasas incandescentes. Pero la piedra sagrada era muy a la vez árbol de oro puro y fontana cristalina. Era sin duda aquel mismo centro del paraíso del Monarca sin Origen.

Y fue allí, en el vórtice de ese mágico calvero, que el majestuoso Ciervo Rey entregó a su Padre el Reino encantado que éste le había regalado. Por un instante su aterciopelada cornamenta pareció concentrar los mundos todos que su magia había abierto y diseminado, retornándolos todos a sí. El ciervo se sumergió entonces en el lago de cristal ubicado justo delante del altar y árbol de oro puro. Es aquí cuando el relato pierde pie en el lenguaje humano e ingresa a la turbulenta zona de incomunicación verbal. Tal vez el último término (apofático, claro) que acerque sentido a la descripción sea “desmesura”…
El cristalino lago reflejaba todo el fuego escarlata y ambarino del altar y el firmamento, confundiéndose agua y fuego en una sola expresión de fiesta y júbilo. El cuerpo entero del inmenso gamo quedó sumergido en fuego y agua, bruma y luz, permaneciendo sobre el espejo su hidalga cabeza y cornamenta entre medio del refulgir de cobres, bronces y destellos de azul cobalto. A la orilla del lago de cristal se fueron congregando de a poco las creaturas todas del bosque encantado, hasta rodearlo por completo. Eran incontables: miles de miríadas. Y todas portaban “las cítaras de Dios” con que entonaban el Cántico del Cordero (pues el noble alce era a la vez León y Cordero, sólo Dios sabe cómo). “Sólo Tú eres Santo” parecía ser el pedal de fondo del majestuoso Cántico polifónico.

Y el Ciervo salió de las aguas ígneas. Nuevamente un filoso e hiriente silencio se impuso en la escena. El Rey tomó su corona y colocó sus enjoyadas y esplendentes astas sobre el centro del altar de oro y con voz solemne anunció:

Tuyo era todo, oh Padre, y Tú me lo diste todo; todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; que todo vuelva ser Uno en Ti.

Y el orbe entero irrumpió en vítores y clamores retomando con redoblado denuedo el conmovedor Cántico del Cordero.

Cae la tarde sobre el bosque encantado y se recorta sobre el horizonte la silueta del divino Cervatillo paseando con Dimas a la hora de la fresca brisa: es el Rey de reyes y Señor de señores dorando sus recuerdos con amigos del Calvero y Calvario en el Paraíso de Dios.

Oh Señor y Rey mío: ¡que pase este mundo y llegue tu Reino!

Diego de Jesús
Fiesta de Cristo Rey 2013


viernes, 8 de noviembre de 2013

Staretz del siglo XIX: Daniel de Acinsk y Teodoro Kuzmic

Sergio Bolsakof.



1. El staretz Daniel de Acinsk

Tratando sobre los místicos rusos del siglo pasado no directamente vinculados a los discípulos de Paisij Velickovskij no se puede callar el nombre del staretz Daniel de Acinsk, nacido en Ucrania en el año 1784. Éste, al principio, había elegido la carrera militar y, siendo soldado de artillería en 1807, había participado en la batalla de Borondino en 1812 y había transcurrido luego un período de tres años en Francia junto con las tropas de la ocupación rusa. En cierto momento, sin embargo, inspirado por la lectura de la Biblia o, quizás, influenciado por la espiritualidad protestante o por la ideología de las sectas rusas, llegó a la conclusión que un verdadero cristiano no puede matar al prójimo ni siquiera en la guerra. En las vísperas de su promoción de alto suboficial abandonó su regimiento sin estar autorizado y se retiró a un monasterio. En consecuencia de esto, la corte militar en 1823 condenó al desertor Daniel Demenko a trabajos forzados en Siberia. Al término de la pena, el condenado se estableció en el pequeño centro siberiano de Acinsk donde, sin jamás recibir las órdenes sagradas ni entrar a formar parte de una familia religiosa, llevó una vida solitaria, casi como recluso, desarrollando en ocasiones la actividad de director espiritual y adquiriendo en breve tiempo fama de santidad.

En los recuerdos de un contemporáneo encontramos estas significativas palabras:

“la oración salía como torrentes de su corazón, como un río celestial, y su mente estaba, sin cesar, tan absorta en la oración que a menudo interrumpía su decir, afectado por el éxtasis.

Él hablaba de Dios, del Redentor y de su enseñanza y de su pasión, de la bienaventuranza de los justos y de los castigos de los pecadores y sus palabras, siempre útiles y saludables, a tal punto surgían del amor que no había nada que el pudiese discutir sin derramar lágrimas.

Su cuerpo tenía un cierto no sé qué de transparencia; su rostro, simpático y sereno, era bien colorido. A menudo él ayunaba por una semana seguida y también muy a menudo se confesaba y se acercaba a la misa sagrada del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.”

El grandísimo número de personas que se dirigían a Daniel por consejos de vida espiritual, comprendía a gente de toda edad, abadesas, monjas y monjes, sacerdotes y laicos. Él fue de modo especial consejero de aquellos que querían probar la cualidad y la intensidad de su vocación. La abadesa Susana del monasterio Znamenskij de Irkutsk, por ejemplo, antes de hacerse religiosa no lograba decidir la elección del convento correcto, pareciéndole todos los que había visitado igualmente buenos, cuenta sobre su diálogo con Daniel:

“Le pedí que me indicase un convento y él respondió: ‘yo no soy Dios sino sólo un hombre y no estoy exento de aconsejarte un lugar donde la vida podría quizás parecerte insoportable y donde te conformases a permanecer, sufriendo mucho, sólo porque yo te lo he ordenado. Pero cuando Dios mismo dispone las cosas incluso el sufrimiento se vuelve leve’. A mi pedido de bendición replicó: “En aquel preciso momento tú misma lo conocerás, tu corazón hablará y tendrás la sensación. Allí permanecerás dando gracias al Señor”.
Durante el viaje de Acinsk a Irkutsk iba preguntándome cómo podría cumplirse lo dicho por el staretz. Los muchos monasterios de Rusia que había visitado me habían dejado indiferente en el sentido que me habían parecidos todos buenos al mismo modo: el corazón no me decía nada. Yendo a Iskutsk para venerar las reliquias de San Inocente de Irkutsk, el gran obrador de milagros, y cumplir así una promesa que había hecho durante una enfermedad. Después de una breve estadía en el monasterio Voznesenskij (donde cumplí mi promesa) continué para la ciudad. De camino vi un convento rodeado por un muro bajo más allá del cual se podían ver algunos edificios y un jardín que me pareció un paraíso. Decidí visitar este convento en lugar de volver directamente por la ciudad al monasterio. Cuando me acerqué a la puerta principal me invistió un fuerte perfume de flores. Me detuve de golpe mientras algo como una voz interior me mandaba no volver más hacia atrás. Mi corazón experimentó una alegría especial y parecía decirme: “Permanece aquí”. Inmediatamente recordé las palabras del Padre Daniel como si él estuviera presente y cuando entré en la iglesia la vista del gran Crucifijo me hizo tan profunda impresión que permanecí largamente inmóvil.”

A su discípulo Doroteo, Daniel una vez le dijo:

“Ve, hermano, como apóstol en el seguimiento de Cristo, por el sendero estrecho. No lleves contigo en el viaje ni alforja, ni bastón, ni dinero. El Señor te alimentará y no te abandonará. A mitad de camino encontrarás a un obispo que te tomará consigo y hará de ti un monje.”

Lo que puntualmente se verificó en Kungur, a mitad de camino entre Acinsk y Kiev, donde el obispo Eulampio de Jekaterimburg, transferido a Orel, encontró a Doroteo y, lo tomó consigo, lo condujo a la Rusia europea y lo hizo entrar en el monasterio de Beloberezskij.

Una alta opinión de Daniel tuvo San Serafín de Sarov, el más grande místico del siglo XIX que la Iglesia rusa ha canonizado.


2. El staretz Teodoro Kuzmic

En el mismo período vivió y murió en Siberia el misterioso eremita Teodoro Kuzmic que fundadas razones inducen a identificarlo con la persona del zar Alejandro I. Éste era por naturaleza un místico y jamás había dejado de reprocharse el asesinado, sucedido en 1801, del padre Paolo I, incluso sin que él haya estado directamente implicado en el complot.

Según un relato fiable, en 1825 el emperador Alejandro, dado por muerto, navegó a Tierra Santa y un soldado desconocido fue sepultado en su lugar. Regresó a Rusia durante el reino de su hermano menor Nicolás I, Alejandro habría vivido como eremita en Siberia.

Efectivamente, entre Teodoro Kuzmic y el Zar desaparecido las semejanzas no faltaron, tanto en lo físico como en el carácter, y la mentalidad del eremita siberiano se reveló bastante a fin en varios aspectos justamente de los místicos aristocráticos del reino de Alejandro I.


  
Sergio Bolsakof.
Encuentro con la espiritualidad Rusa.
Ed. S.E.I -  Torino.

Publicado en esicasmo.it



miércoles, 6 de noviembre de 2013

Encuentro con el Padre Ilian

Sergio Bolsakof



En San Panteleimón, donde he estado dos veces, en los años 1954 y 57, el último representante de una tradición secular del misticismo es el Padre Ilian, confesor del monasterio. No todos los buenos monjes de San Panteleimón, en efecto, como tampoco los de todos los otros monasterios, pueden definirse como místicos, siendo estos últimos muy raros. Se dice que la existencia de un monasterio queda justificada si en miles de años de historia ha conseguido dar vida a un solo místico. No es sin embargo fácil establecer qué es un místico. Personalmente considero a tales a las personas que han llegado a la unión con Dios y han alcanzado la oración continua del corazón, la vigilancia sobre los pensamientos y el abandono completo a la divina voluntad.

De algunos místicos conservamos los escritos, de otros sabemos de ellos a través de los testimonios escritos por sus contemporáneos. Algunos de ellos fueron por Dios gratificados con dones especiales como la capacidad de leer el pensamiento, de curar las enfermedades y a los endemoniados, de ver el futuro, y estuvieron sometidos a la levitación, a la transfiguración y a otros fenómenos, que si bien no hay que minusvalorar, todos ellos no son condiciones esenciales como los otros arriba recordados.

El monte Athos tiene, por así decir, tres caras. Está el monte Athos de los turistas de los cuales hablan un torrente de libros y artículos escritos en todas las lenguas; está el Athos de los eruditos y de los artistas, conocido a través de un buen número de estudios históricos, sociológicos, literarios, artísticos y así sucesivamente; está finalmente el Athos de los místicos, muy poco conocido y casi impenetrable, porque los místicos se mantienen lejos de la publicidad como de la peste y se abren sólo con aquellos que juzgan capaces de sacar beneficio de sus palabras.

Con el Padre Ilian tuve varias conversaciones de las cuales hice referencia en los artículos publicados en Inglaterra y Estados Unidos, mientras en Londres publiqué un pequeño libro sobre él.

El Padre Ilian, nacido en Rostov sobre el Volga superior, transcurrió los años de la niñez y de la juventud en Petersburgo, la capital imperial donde yo he vivido de niño y de adolescente. Hijo de un mercader, el Padre Ilian decidió con tiempo su vocación y, después de un cierto período de noviciado en el gran monasterio de Glinskij en la provincia de Kursk, ahora  hace ya más de cincuenta años, se vino al monte Athos. Temporalmente asignado al convento de San Panteleimón en Constantinopla, no estuvo presente en el Athos en el momento de la penosa controversia de los Onomólatras. Ordenado luego sacerdote fue nombrado posteriormente confesor del monasterio, representante junto al abad y el bibliotecario. Justamente bajo su guía he trabajado en la biblioteca de San Panteleimón, a propósito de lo cual será bueno decir dos palabras.

En esa biblioteca se conservan cerca de miles de manuscritos antiguos griegos, un gran número de rusos y varios centenares en el antiguo eslovénico.

Los manuscritos rusos tratan prevalentemente sobre el misticismo y además de los dos ya recordados, he tenido también entre las manos aquel interesantísimo marcado con el 327/80, con el título Razkaz Svjatogorca Schimonacha Selevkija o svoej zizni, i o stranstvovanii po svajatym mestam Russkim, Palestinskim i Afonskim (Relato del Hagiorita megaloskemo Seleuco, su vida y sus viajes a los lugares santos de Rusia, Palestina y Athos).

Otro manuscrito interesante es el de la madre Panteleimona, muerta el 7 de mayo de 1888 en el convento Pokrovski de Moscú, en el mundo Daria Kolokòlova, viuda de un modesto oficial de la corte y, después de once años de enfermedad, instantáneamente curada de una parálisis en septiembre de 1867, por obra de un monje de San Panteleimón que visitaba Rusia.

Se debe subrayar que mientras que en varios monasterios del Athos poseen colecciones de manuscritos muchos más valiosos, San Panteleimón posee la mejor selección de libro, alrededor de 30.000 volúmenes, una biblioteca que, en lo que respecta a Rusia, puede estar a la par con la del Pontificio Instituto de Estudios Orientales en Roma y con la eslovénica de la Universidad de Helsinki. La biblioteca de San Panteleimón es además la única en el campo de los manuscritos exclusivamente rusos.

El Padre Ilian, habiendo sido por tantos años confesor en un gran monasterio y director espiritual de varios megaloskemi, conoce bien el alma humana y sabe dar valiosos consejos. Él tiene un profundo respeto por mi starets, el Padre Michele, recluso de Uusi Válamo, e igual que él tiene la desconcertante costumbre de responder a las preguntas antes aún que les sean expresamente expuestas.

Dándome a leer la vida del staretz Daniel de Acinsk y el caso ocurrido a la abadesa Taisija (ver abajo), él me ha explicado que tal fenómeno no es más que el ueverenie o  la guía divina del corazón y me ha citado algunos ejemplos sacados de mi vida y también de la suya.

Con respecto a la oración de Jesús según el método hesicasta, el Padre Ilian considera que no debe ser practicada si no bajo la dirección de un experto staretz y por quien ha logrado dominar las pasiones. Según él, el método mejor y más seguro para alcanzar la perfección está basado en la humildad, la simplicidad y el abandono a Dios.

Acerca de los ejercicios de ascesis corporal, el Padre Ilian profesa ideas muy equilibradas: las considera necesarias para mantener la sensibilidad en su justo lugar pero no considera sabio darles excesiva importancia.

Él tiene el hábito de ilustrar sus consejos con ejemplos sacados de la vida de los santos o refiriéndose a acontecimientos transcurridos en la historia del monasterio. Como lo era el staretz Ambrosio, él también es de la opinión de que los pecados que han sido perdonados deben sin embargo ser purificados por medio del sufrimiento expiatorio y que los que se rebelan a este principio están destinados a la perdición.

Al Padre Ilian, además de los exorcismos sobre los endemoniados, están también reservada la absolución de los más espantosos pecados y él mismo me ha confiado cómo esto repercute en el alma del confesor. Algunas de sus experiencias tienen mucho en común con las del cura de Ars.


La abadesa Taisija Solorov

Taisija Solorov es quizás la personalidad mística más profunda entre las religiosas de Rusia. Hija de un oficial de la marina, María Solorov nació en 1841 y fue educada en el instituto Pavlovsky de Petersburgo, una escuela destinada a las muchachas nobles. Ya desde sus años de estudios había sido favorecida con singulares visiones, y le había atraído la vida monacal y su vocación monástica mostró estar bien fundada cuando, salida del colegio y poseyendo una gran herencia dejada por su abuelo, ella enfrenta a la madre que deseaba verla casada. Finalmente, después de varios contrastes, María a la edad de 19 años logra entrar como novicia en el convento de Vedenskij de Tichvin. En el momento de su ingreso el archimandrita Lorenzo, que en aquella época era ya director espiritual, la bendijo diciendo: “la vida de una religiosa es una continua oración interior”. Varias visiones extraordinarias alegraron el inicio de su nueva vida y, no obstante las dificultades que en un régimen tan austero puede encontrar una muchacha que vivía en las comodidades y las insistencias de la madre que deseaba su retorno, ella supo resistir. A todo antepuso a Cristo, incluso cuando su madre, gravemente enferma, la llamó consigo y ella, aún novicia, tuvo que experimentar un terrible conflicto interior. Se decidió a volver a la casa una vez muerta su madre para ponerse de acuerdo sobre el futuro de un hermano y una hermana, por entonces pequeños.


El archimandrita Lorenzo y la abadesa Taisija

Después de haber hecho la profesión de rasophoros con el nombre de Arcadia, María padeció fuertes tentaciones cuando la abadesa le asignó una nueva celda húmeda, oscura e insalubre, y dio la que ella ocupaba a una nueva monja. Después de algunos meses transcurridos en aquella celda y cuando ya estaba por perder definitivamente la salud, Arcadia debió ir a Novgorod por negocios e hizo una visita al archimandrita Lorenzo, su director espiritual. Éste le dijo:

“El Espíritu Santo nos enseña que no cae ni siquiera un cabello de nuestra cabeza sin que el Padre del cielo lo quiera. No creas por esto que el hecho de que tu hayas tenido que dejar tu amada celda por otra bastante peor se haya realizado fuera de la voluntad de Dios, ya que tu sabia y buena abadesa no habría permitido esto si el Señor no la hubiese inspirado. Te era necesario experimentar esta cruz de la vida comunitaria para adquirir mayor sabiduría para el futuro. Siete años transcurriste en tu celda favorita y, como dices tú misma, te habías acostumbrado a aquel aislamiento que favorecía los ejercicios monásticos y la secreta oración interior. Esto significa que el tiempo de tu preparación ha pasado y que era necesario adquirir una mayor paciencia en el sacrificio. Ahora has aprendido algo. Esto significa también que otras cosas te esperan, que eres llamada a desempeñar otras tareas en el trabajo por el bien común. Tú eres ahora probada como el oro en el crisol y en el tiempo debido el Señor cumplirá en ti su voluntad. Yo te digo que Él te conduce de la mano. Abandónate completamente a Él que conoce mejor que yo y que tú cuál es el camino para llegar al Reino de los cielos. Tú no vuelvas más a Tichvin.”

Después de cuatro años de permanencia en el convento de Zverinskij al cual había sido transferida, Arcadia fue nuevamente a encontrarse con el archimandrita Lorenzo que, en edad ya avanzada, conducía una vida solitaria. Él le dijo:

“Nosotros debemos soportar y luchar, si es necesario, también, hasta el derramamiento de la sangre y no perder el coraje en las tempestades del mar de la vida que, considerándolas bien, no son tan terribles. Por medio de estos inevitables disturbios el Señor nos invita a ejercitar la paciencia y nos prepara a aquellos mayores dolores que nos esperan y que esperan a aquellos a los cuales se dirigirán a nosotros por consolación y ayuda. Las penas son inseparables de la vida monástica y a esta están ineludiblemente unidas desde principio a fin. Con el crecer de la espiritualidad del monje crece la intensidad del dolor. A los niños dolor de niños, a los grandes gran dolor. No existen aflicciones tan pesadas como aquellas de quien ha sido envestido de autoridad, y los súbditos en cierto sentido no se dan cuenta de esto, consideran que la vida de los superiores es ligera y fácil mientras que en realidad es la más oprimente de las cruces monásticas que nos inclinan a tierra antes de tiempo. Llegará un día en el cual tú también harás esta experiencia”.

A Arcadia que le preguntaba si tal cruz estaba verdaderamente reservada también a ella, Lorenzo le responde:

“Justamente. Esta cruz, y me duele, te espera. Tú estás predestinada a ella y el Señor justificará y hará sabio a aquellos que Él mismo ha elegido. Considera tu vida en sus diferentes aspectos, busca entender dónde el Señor quiere conducirte y se te manifestarán entonces los caminos de su providencia. Si tú, por ejemplo, desde el momento de tu ingreso en el claustro permanecías constantemente cercana a la abadesa tenías modo de darte cuenta de sus sistemas de administración y de las relaciones recíprocamente mantenidas entre ella y las hermanas, experiencia, esta, que a su tiempo podrá serte bastante útil. Observa lo que hay de bueno y lo que hay de malo y de todo hazte un tesoro ya que los ejemplos son bastantes más provechosos que cualquier manual de instrucción. No te aconsejo con esto espiar los movimientos de tus superiores y censurar sus decisiones, Dios te guarde de esto, sino sólo tomar nota de lo que inevitablemente se desarrolla bajo tus ojos porque de estas cosas justamente se sacan útiles lecciones.”

Durante este último encuentro el archimandrita dio a Arcadia su bastón de abad.


La enseñanza de Taisija y sus visiones.

María Solorov, después de haber hecho la profesión religiosa solemne con el nombre de Taisija, fue llamada en 1881 a consolidar a la comunidad de Levsin, de reciente fundación, y cuatro años más tarde se convirtió en abadesa. En poco tiempo, construyó una magnífica iglesia, reunió en torno a sí a un gran número de monjas y tuvo la alegría de ver su comunidad elevada al rango de primera clase. En los recuerdos de la abadesa está reunida su enseñanza espiritual:

“El tiempo, pasando, traga todas las cosas, experiencias de dolor, de bien y de mal. Cesan las tempestades, vuelve la calma; luego, de nuevo la tormenta sobre el mar de la existencia y después nuevamente la quietud. Fuera de mí y en mí sucede todo esto que por lo general sucede en la vida y las condiciones que entonces me parecían duras y terribles no eran más que la preparación de futuras penas y dolores que la providencia me llamó más tarde a afrontar. Como sea, nosotros debemos por todo dar gracias al Señor. Él, con su personal ejemplo, no nos ha señalado otro camino que el de la Cruz.”

El día 8 de noviembre de 1885 la abadesa tuvo un éxtasis que merece ser recordado entre los muchos por ella experimentados. Ella cuenta:

“Fue durante el canto del Kerubikon. Mi corazón estaba lleno de júbilo y me contuve para no traicionarme y continuar dirigiendo el coro y así  no causar distracciones a los otros. Cuando las coristas entonaron el verso “abandonemos ahora todo temporal afán” sin darme cuenta alcé la mirada y vi una escena que no sólo soy incapaz de describir, sino cuya secuencia escapa incluso a reconstruirla con la imaginación. En lo alto, sobre el soleas (lugar que se encuentra entre el iconostasio y el ambón), justo frente a la Puerta Real del iconostasio, se estaban realizando los sagrados ritos, y no puedo decir cuáles y cómo. Sé que oí algo excepcional y me pareció ver allí al Salvador rodeado de ángeles. Cuando la visión se manifestó me sentí rápidamente raptada y cuando el himno terminó y la gran entrada concluyó no vi ni entendí más nada… no recordaba nada. Volví a mí sólo en el momento de las últimas invocaciones de la ektenia, antes que comenzara el Credo. Mi cara estaba bañada de lágrimas. Advertí entonces que todos me miraban…”


El estudio y la interpretación de las visiones de la abadesa María sería algo bastante interesante y requeriría un capítulo en sí mismo y rebasaría por esto los límites del presente tratado. Consideramos oportuno, también, recordar el nombre de otras dos abadesas, a la fundadora del convento Novodevicij en Pesterburgo, Teofanía Gotovcev, y a María Tuckov, fundadora del convento de Spaso-Borodin.


Sergio Bolsakof
Encuentro con la espiritualidad rusa.
Ed. SEI.

Publicado por esicasmo.it