Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 25 de enero de 2013

El Encuentro


Primera parte


Miramos al valle y con asombro divisamos a lo lejos a un hombre que caminaba con una gran alforja sobre la espalda: a paso lento y cansado, con la cabeza baja, subía la larga pendiente de la profunda cuenca soleada. Estábamos asombrados, y el mismo tiempo también fuertemente consolados al ver a un ser humano en aquellos páramos deshabitados… Cuando nos acercamos al hombre nos dimos cuenta que era un monje como nosotros y esto nos alegró mucho, esperando poder escuchar de él palabras útiles para nuestra vida espiritual en el desierto. Lo recibimos con el saludo común entre los monjes: “¡Bendice padre!”. “¡Dios bendice!” El hombre, sin duda, era un starets, estaba avanzado en años, era de alta estatura y de cuerpo enflaquecido, la barba le llegaba a la cintura, los cabellos eran completamente blancos, como nieve sobre los montes y le descendían sobre la espalda…

Sobre él era visible el sello de la iluminación espiritual: sus ojos mostraba indecible cordialidad y brillaban de infinita bondad, sinceridad y buena disposición hacia el prójimo.

Le preguntamos dónde iba, y él nos respondió que iba hacia un lugar llamado “los ríos negros”, una región habitada por diversos eremitas, a tres días de camino de donde estábamos.

Puesto que, vimos que el starets estaba muy agotado por el cansancio, lo invitamos a sentarse y a tomar con nosotros el té con pan seco. Allí surge una conversación espiritual bastante interesante:

Por amor del Señor, revélanos, ¿qué es lo mejor que habéis conseguido en el desierto?

A esta pregunta el rostro del starets se iluminó, una luz espiritual brilló en sus ojos y así nos explicó:

“He adquirido al Señor Jesucristo en mi corazón, y en él, sin duda, también la vida eterna, que experimento de modo consciente y sin engaño en el corazón; como está escrito también en el santo Evangelio: ‘En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres’ (Jn 1, 4) y Jesús dice de sí mismo: ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida’ (Jn 14, 6). Y también: ‘Yo soy la resurrección y la vida’ (Jn 11, 25).”

Después de haber escuchado tales palabras llena de espiritualidad, comprendimos con alegría y emoción que habíamos encontrado justo lo que buscábamos.

“¿De qué modo habéis adquirido al Señor en el corazón?”, me apresuré a preguntar.

“A través de la incesante oración de nuestro Señor Jesucristo”, fue la respuesta.

“Y ¿quién le ha enseñado la oración de Jesús?”

El starets respondió:

“Cuando era joven, antes de entrar en el monasterio, fui a ver a un santo hombre de Kiev. Después de haber escuchado mi larga confesión, me dijo así: ‘A causa de los numerosos pecados que has cometido y de la corrupción de tu alma, tú debes alcanzar la virtud más grande. Empieza ahora, rápidamente, a llevar en el interior de tu corazón, que contiene terribles criaturas, el dulce nombre de tu Creador: Nuestro Señor Jesucristo, en el cual ha sido creado todo. Donde quiera que te encuentres, durante cualquier cosa que hagas, en todo tiempo, en todo lugar, en toda ocupación, pronuncia constantemente con tus labios: Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí. Como los santos Padres recomiendan.

En la medida en la cual practiques este verdadero y salvífico ejercicio, tu mente será purificada de los pensamientos malos e inútiles y tu corazón curará mediante la gracia del Espíritu Santo. Así verás, cuando llegues a la ancianidad, surgir la luz de la vida eterna sin jamás ocultarse.

No hay para el hombre nada mejor que aspirar a la unión de su corazón con el Verbo de Dios, porque ‘él es la irradiación de la gloria del Padre y la impronta de su substancia y todo sostiene con su palabra poderosa’ (Hebreos 1,3)

Di a Él: Tú que eres mi Dios, custodia mi intelecto, a fin de que no sea dominado por los malos pensamientos; en ti, mi Creador, alcanzo la quietud, ya que grande es tu nombre para todos aquellos que lo aman.”



Texto extraído de Sobre la Montaña del Caucaso,
diálogo de dos eremitas sobre la oración de Jesús.
Publicado en Diario sulla preghiera di Gesù,
del schimonaco Hilarión
Pasajes escogidos a cargo de Vincenzo Noja.
Ed. Paoline. Milano. 2010.
Págs. 39-42.

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