Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 30 de enero de 2013

Por la oración de los labios a la oración del corazón


Tercera parte


Hay tres etapas en la vida de los convertidos: el comienzo, la etapa intermedia y la perfección. En el comienzo los convertidos encuentran los atractivos de la dulzura; en el medio, las batallas contra la tentación; al final, la perfección de la plenitud. En el primer momento, hay dulzura, para fortificarlos; luego, hay amargura, para ejercitarlos; finalmente, se da la suavidad de las cosas supremas, para confirmarlos.
San Gregorio Magno.


El starets Desiderio nos explicó los detalles inherentes a su experiencia espiritual y ascética con la oración, acompañando, de tanto en tanto, su narración con el testimonio de los santos Padres y de la Sagrada Escritura. He transcripto fielmente sus palabras en estas páginas de mi Diario. Sus interesantes revelaciones constituyen un manual práctico de la oración de Jesús, útil a todos los fieles.

“He practicado la oración de Jesús exclusivamente con los labios, por casi quince años. En este período he vivido en un monasterio desarrollando distintos trabajos y ejercitándome de ese modo en la obediencia. En todo este tiempo –recuerdo- no le di ninguna importancia al intelecto y al corazón. Solamente intentaba pronunciar vocalmente las palabras de la oración: Señor, Jesucristo, ten piedad de mí, pecador.

Esta oración, pronunciada por los principiantes con los labios, es llamada verbal, exterior, corporal. Es el grado inicial de la vida de oración. Finalmente, después de mucho tiempo, la oración fue por sí misma al intelecto, volviéndose propiamente oración mental: la mente se fija lentamente sobre las palabras de la oración iniciando la contemplación del Señor.

Según la enseñanza mística de los Padres, este es el segundo grado del ejercicio de la oración. Cuando ella se vuelve oración del intelecto es llamada –por esto- mental, espiritual o simplemente psíquica, ya que actúa con la participación de la fuerza psíquica de la inteligencia o juicio, que los escritos patrísticos llaman intelecto.

El modo de orar es el mismo: las palabras son pronunciadas lentamente, y sólo la mente es encerrada o contenida en las palabras de la oración. Esta inserción de la mente en las palabras de la oración tiene, en el plano espiritual, un enorme significado porque no deja a la mente fantasear. Es sabido que de ningún otro modo es posible detener la mente si no mediante el omnipotente Nombre de Jesucristo.

San Juan Clímaco alaba este grado y lo considera muy elevado, porque en este nivel el intelecto se recoge y se mantiene en el ámbito de las palabras de la oración, sustrayéndose de la tiranía de los pensamientos, los cuales torturan dolorosamente al alma de los hombres que no han recibido la gracia de la oración.

La mente de todo hombre que no práctica regularmente la oración, está fragmentada y vive en la dispersión de los pensamientos entorno a las cosas del mundo. Podemos representarnos esta penosa condición imaginándonos a un hombre que se encuentra en medio del mar agitado por la tempestad, el cual, abatido por la violencia de las olas, no puede encontrar un punto estable donde afirmarse. Así también, nuestra mente, cuando no tiene en sí el lugar de la quietud, es decir a Cristo, termina en el desasosiego, sacudida por la tempestad de los múltiples pensamientos del mundo.

Pero cuando este hombre encuentra un peñasco entre el mar agitado, se arrastra sobre él y queda tranquilo, así sucede en cada uno que conduce los propios pensamientos fijándolos en Cristo, en su propio corazón, que le dice: “¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!” (Mt 14, 27)

A través de la misericordia de Dios se accede al tercer grado, esto es a la oración interior del corazón que, según la común enseñanza de los santos Padres, representa la corona de la vida espiritual y es, sobre todo, la gloria y la perfección de la vida y de las obras monásticas. Esto porque la esencia de la oración unifica todo nuestro ser espiritual con el Señor Jesucristo, claramente perceptible en su santísimo Nombre.

Según san Isaac el Sirio, este es el grado de la oración en el cual nuestra naturaleza espiritual alcanza el culmen de la espiritualización, perfección y simplicidad. Aquí se vive la plenitud del espíritu y de su vida: el hombre entra en la esfera de la luz sin fin.

En este punto se realiza la unión del corazón en el cual el Señor mismo irrumpe con su presencia en nuestro espíritu, como un rayo potente del sol a través de un vidrio, dándonos a gustar la indecible felicidad de la santa unión con Dios.

San Macario el Grande dice que aquí el hombre recibe su libertad, vive y actúa en la luz de su patria celestial y, descansando de la fatiga ascética, permanece en Dios y Dios en él. El Salvador dice:

Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede por sí dar fruto si no permanece unido a la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Quien permanece en mí y yo en él, estos dan mucho fruto. Porque sin mí nada podéis hacer. Si uno no permanece en mí es tirado a la calle, como el sarmiento, y se seca, luego es recogido y tirado al fuego para quemarlo. Juan 15, 4-6

La práctica usada en los primeros dos grados de la oración no termina nunca: y, es como si, en el tercer grado, su acción fuese trascendida, perfeccionada y espiritualizada.

Por el primer grado la oración se despoja de sus vestidos exteriores, es decir de los corporales (las diversas ocupaciones); por el segundo de aquellas psíquicas (los pensamientos), y entra purificada y silenciosa en el templo espiritual del corazón para el culto espiritual al Señor.

Como también el sacerdote, entrando en el santuario para la función litúrgica, se quita las vestiduras usuales y se pone las vestiduras sagradas, así también aquí cesa la palabra, mientras la mente, revestida del celo por Dios, su Salvador, cercada de la pureza y de la santidad, está como guardiana severa en las puertas del corazón.

Aquí nuestra mente, por su naturaleza pasional, se despoja de sus pensamientos de los cuales estaba cubierta, como un vestido recubre un cuerpo o la corteza un árbol, y se vuelve pura como la luz celestial. Esto la hace capaz de la unión con el Señor Jesucristo, que es el fin último para el cual la creatura racional ha sido llamada por el Ser, del cual se había alejado Adán, nuestro progenitor.

En el tercer grado de la oración, nuestro corazón recibe el principio de la vida y de la iluminación espiritual, ya que la fuente de la santidad y de toda las perfecciones espirituales, nuestro Señor Jesucristo, desciende misericordiosamente y mora en él como sobre un trono. Entonces, el corazón espiritual del orante se abrirá y él escuchará en el espíritu las palabras que Jesús dirigió a los discípulos, subiendo con ellos al monte de los Olivos, de donde sería asunto al cielo con su purísimo cuerpo: “estos serán los signos que acompañarán a los que creen en mi Nombre: arrojarán demonios, hablarán nuevas lenguas, tomarán con sus manos serpientes y si beben algún veneno no les hará daño, impondrán las manos a los enfermos y estos curarán (Mc 16, 17-18).”


Texto extraído de Sobre la Montaña del Caucaso,
diálogo de dos eremitas sobre la oración de Jesús.
Publicado en Diario sulla preghiera di Gesù,
del schimonje Hilarión
Pasajes escogidos a cargo de Vincenzo Noja.
Ed. Paoline. Milano. 2010.
Págs. 48-54

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