Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

domingo, 27 de enero de 2013

¿Quién era este starets?


Segunda parte


Al día siguiente nos levantamos al alba, mientras el sol apenas salía por la majestuosa montaña con sus rayos generosos de luz que se irradiaban sobre el paisaje circundante.

Los pájaros elevaban un coro de alabanza al Creador mientras el tenue perfume de las flores y el olor fresco de la hierba se elevaban de las colinas.

Había permanecido profundamente emocionado por el insólito coloquio de la tarde anterior con el starets, gracias al cual me había vuelto aún más consciente de mis miserias. Tal era mi vergüenza que no osaba mirarlo a los ojos. Al final me repuse y le pedí:

“¡Padre justo! Hemos comprendido en la intimidad del corazón que vuestra concepción de la vida espiritual y de la perfección cristiana está iluminada por la gracia de Cristo y del Espíritu Santo. No nos abandonos y guíanos en el camino de la salvación, se lo pedimos en nombre de Jesucristo”

A esta invocación, desesperada y decidida, el starets no tuvo ninguna duda, acogió nuestro pedido y decidió permanecer con nosotros por algunas semanas.

Durante el camino pregunté temeroso al starets:

“Padre, dime vuestro santo nombre, vuestro país de proveniencia, la profesión de vuestros padres y el grado de vuestra instrucción, ya que veo que habéis aprendido bien la ciencia del mundo y habéis indagado sobre la mente humana tanto que no le ha permanecido escondida, porque sin tal conocimiento no es posible comprender la sagrada ciencia de Dios”.

Y así  él contó:

“Mi instrucción empezó en el Seminario religioso. En mi juventud había sido ateo y llevaba una vida sin respeto por el espíritu y las leyes morales.

No iba a la iglesia y no aceptaba el sacramento de Cristo; no creía en Dios y lo alejaba de mí. Cuando fui obligado por la dirección del Seminario a practicar seriamente la religión, llegué incluso a burlarme de la fe y del evangelio de nuestro Señor. Además blasfemé, tomé el hábito de beber y caí en los excesos. Hacía las cosas más obscenas y desagradables que no tengo ni siquiera el coraje de mencionar.

Pero Dios ama a la humanidad y en su inmensa misericordia no tolera que el alma del pecador muera. Según la palabra del Apóstol, la misericordia de Dios es desmedida donde el pecado es más fuerte (cfr. Rm 5, 20). Así, para que aprendiera a respetar la dignidad divina y el reino de su misericordia, Dios permitió que fuese golpeado por una enfermedad terrible. En efecto, estaba casi terminando los estudios de teología cuando fui tomado por un mal implacable que se encuentra muy raramente. Una enfermedad vergonzosa y llena de tormentos. Era un mal tan insólito que nadie era capaz de ayudarme.

¿Quién puede ayudarte cuando Dios, en su justa cólera, corrige tu presunción y las ofensas hechas a todos los santos?

En aquel estado miserable, en el cual me encontraba, no veía más que una muerte horrible, y pensando que no me esperaba otra cosa más que los tormentos del infierno, comencé a temblar interiormente, tomado por un indecible miedo. Como Caín, quería huir a un lugar lejano para esconderme de la mirada de Dios, y no podía moverme porque sabía que su santa mirada está en todos lados.

Me sentí sometido al juicio de Dios, que me acusaba del delito contra mi alma.

Cuando era pequeño y tenía aún el espíritu puro, plasmado por la misericordia de Dios, mi madre me decía: ‘Hijo mío, piensa en Dios y observa sus sagrados mandamientos, así serás feliz en esta y en la próxima vida, sin embargo si recorres el camino del pecado entonces te volverás enemigo de ti mismo, morirás eternamente y nadie podrá ayudarte. Acuérdate de las biografías de los santos y de los siervos de Dios -has leído mucho sobre ellas en la primera clase de la escuela-, algunos han sido grandes pecadores y luego redimidos a la luz del Señor’.

Este recuerdo hizo surgir en mí la esperanza de la redención con la ayuda de la misericordia de Dios, que tiene por objetivo redimir a los pecadores de su camino errado.

Decidí entonces expiar  [mis pecados] y volverme monje, con la esperanza que el Señor perdonaría todos mis pecados y prolongaría mi vida de penitencia con la intervención de su misericordia.

Sin terminar mis estudios teológicos, renuncié al Seminario.

Después de mi partida, malgasté otros dos años en mi país, ejerciendo la actividad de maestro.

Cuando advertí que la enfermedad había permanecido y que mis hábitos pecaminosos empezaban de nuevo a dominarme, me retiré a un monasterio. Tenía entonces veintitrés años.”


Apenas el starets terminó su historia, le pregunté:

“Dime vuestro santo nombre”.

“Mis padres me dieron el nombre de Dimitrio en el bautismo, mientras en la consagración monástica tomé el nombre de Desiderio”.

El starets permaneció dos semanas con nosotros y nos explicó las diversas fases de la oración de Jesús y de la vida monástica.

Su enseñanza se reveló bastante provechosa para la búsqueda de la verdad y la unión con Dios.


Texto extraído de Sobre la Montaña del Caucaso,
diálogo de dos eremitas sobre la oración de Jesús.
Publicado en Diario sulla preghiera di Gesù,
del schimonje Hilarión
Pasajes escogidos a cargo de Vincenzo Noja.
Ed. Paoline. Milano. 2010.
Págs. 43-47

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