Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 22 de febrero de 2013

Catequesis 54. Sobre el ayuno y el despojamiento de las pasiones


Teodoro Estudita


Para el miércoles de la primera semana de los ayunos

Hermanos y padres, el tiempo de Cuaresma, si se lo compara con el resto del año, es semejante a un puerto no golpeado por las olas, donde todos los hombres que se recogen allí encuentran la calma espiritual. En efecto, el tiempo que tenemos ante nosotros es saludable no sólo para los monjes, sino también para los laicos, para los pequeños como para los grandes, para los gobernantes como para los gobernados, para los reyes como para los sacerdotes, para toda clase y para toda edad. En efecto, más que en otros períodos, en la ciudad y en los pueblos disminuyen los ruidos y la confusión. Así se elevan salmos, himnos de alabanza, oraciones y súplicas: a través de ellas nuestro buen Dios tiene piedad, dándonos la paz a nuestros espíritus y perdonando nuestros pecados, si verdaderamente con un corazón sincero, con temor y temblor, caemos a sus pies y lloramos ante él, prometiendo un comportamiento mejor para el futuro. Y los responsables de la iglesia [1] dirigen predicas apropiadas a los que viven en el mundo: como en efecto quien corre en el estadio tiene necesidad de las aclamaciones de los concurrentes, de igual modo quien ayuna tiene necesidad del estímulo de los maestros. Yo, en cambio, por el momento he sido constituido vuestra cabeza, reverendísimos hermanos, es a vosotros a quienes les hablo, siendo breve.

El ayuno, pues, es una renovación del alma. Dice en efecto el Apóstol: aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día (2 Cor 4, 16). Si se renueva, es claro que llega también a resplandecer de la belleza originaria [2] y, en su esplendor, atrae sobre sí el amor de Aquel que ha dicho: “yo y mi Padre vendremos a él y haremos morada en él” (cf Juan 14, 23). Si por tanto el ayuno comporta una gracia tan grande, al punto que puede hacernos morada de Dios (cf. Ef 2, 22), debemos acogerlo, hermanos, con gran alegría, sin irritarnos por la frugalidad del alimento, sabiendo que el Señor acoge a miles de personas en el desierto con pan y agua, teniendo la posibilidad de alimentarlas de un modo suntuoso (cf. Mt 14, 13-21 y par). Tanto más que también la falta de hábito en esta práctica, se compensa por el celo, no nos procurará más dolor. El ayuno sin embargo no está limitado sólo a los alimentos, sino que comprende también la abstención de todo tipo de pecado, como han prescripto nuestros santos padres [3]. Abstengámonos, por tanto, les ruego, de la acedia, de la negligencia, de la pereza, de la envidia, de la rivalidad, de la maldad, del autocomplacimiento, de la independencia de la vida [4],   sobretodo absteniéndonos de todo deseo funesto, ¡porque aquella serpiente multiforme nos asalta también mientras ayunamos! Escuchemos a aquel que nos dice: “¡Era bello a la vista y bueno para comer el fruto que me ha hecho morir!”[5] ¡Y fijaos que dice bello “para ver” y no “por naturaleza! Como cuando, en efecto, tomamos una granada cubierta de una bella cáscara roja, pero descubrimos que está podrida, del mismo modo el placer, que finge indecible dulzura, una vez alcanzado es descubierto más amargo que la hiel, y consume al alma que la ha hecho prisionera más que una espada afilada de ambos lados. Es esto lo que le paso a Adán, nuestro progenitor, cuando fue seducido por la serpiente: en efecto, después de haber tomado el alimento prohibido, encontró la muerte en vez de la vida (cf. Gen 3, 19). Lo mismo le pasa también a todos aquellos que, desde entonces hasta ahora, han sido engañados por la serpiente de modo semejante. Así como, el mismo [Satanás], siendo tiniebla, se disfraza de ángel de la luz (2 Cor 11, 14), así hace aparecer a lo que es malo, bueno; a lo que es amargo, dulce; lo que es tenebroso, luminoso; a lo que es indecente, decoroso; a lo que es mortífero, portador de vida. ¡Y con este sistema, aquel que es infame no cesa de engañar al mundo en toda ocasión! Pero al menos nosotros, hermanos, no nos dejemos engañar por sus múltiples astucias, para que no nos suceda como a los pájaros que, acercándose ávidamente al alimento puesto a la vista, caen en la trampa del cazador. ¡Así, reconozcamos el mal en su desnudes, y huyamos rápidamente de él! Mostrémonos también bien dispuestos para la salmodia en el momento oportuno, llenos de celo por los cantos y los himnos, atentos a la lectura, haciendo genuflexiones en la medida establecida para cada hora; trabajando con nuestras manos (1 Cor 4, 12), ya que trabajar es bueno y quien no trabaja no es juzgado digno ni siquiera de comer (cf. 2 Ts 3, 10); llevando los unos el peso de los otros (Gal 6,2), ya que algunos son débiles y otros fuertes; siendo moderados en el comer, en el beber y en todas las otras necesidades de la vida, a fin de no competir en las acciones perversas sino en el bien (cf. Gal 4, 18); en todo benévolos los unos hacia los otros, misericordiosos (Ef 4, 32), mansos, complacientes, llenos de misericordia y de buenos frutos (cf. Jueces 4, 17), y la paz de Dios que sobrepasa toda inteligencia, custodiará vuestro corazones y vuestros pensamientos (Fil 4, 7). Pueden ser dignos ya ahora, con un comportamiento irreprensible, de anticipar el día establecido para vuestra resurrección, y luego, en el día futuro, en la resurrección de los muertos, obtener el reino de los cielos en Cristo Jesús, nuestro Señor, al cual pertenecen la gloria y el poder, con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.


Teodoro Estudita
Nelle Prove, la fiducia. Piccole catechesi
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 2006
Págs. 251-254

[1] Es decir, los obispos.

[2] Es decir de la belleza en la cual el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Supra, PC 20, n. 4).

[3] Es una idea recurrente en los padres: cf. Basilio de Cesarea, Regla extensa 16-17, 2; Id., Sobre el ayuno 2,7; Juan Crisóstomo, Homilía al pueblo antioqueno 3, PG 49, 53; Doroteo de Gaza, lección XV, 164; Juan Casiano, Instituciones V, 21-22. Cf. También Triódion, vísperas del lunes de la primera semana, idiómelon: “El verdadero ayuno es el alejarse del mal, la continencia de la lengua, la abstención de la cólera, la renuncia a la concupiscencia, a la calumnia, a la mentira y al perjurio: quitando estas cosas, el ayuno es verdadero y grato”.

[4] Traducido así el término idioritmia (de ídios “propio”, y rythmós “ritmo, regla”), que en los padres indica una impostación de vida desvinculada de cualquier “regla” objetiva (sea esta representada por el padre espiritual o por la comunidad), en la cual el único criterio-guía permanece en la voluntad propia del sujeto: es la principal tentación de los cenobitas y de todos los que viven sometidos a la obediencia (cf. Marcos el Monje, A Nicolás 5; Juan Clímaco, Escala IV, 76, PG 88, 68oC).

[5] Gregorio de Nacianzo, Oraciones 44, 6.

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