Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

domingo, 3 de marzo de 2013

Carta 22. Entre el dominio del ego y el descubrimiento de la propia nada


P. Matta Meskin



Querido Padre…,
amado, la paz de Dios en tu espíritu [1]
Me alegro, en nombre de mi Salvador, que tú vivas en profunda y sincera intimidad con el Señor.

Los días más felices del hombre son los de la penitencia. El amor divino se empieza a saborear con la contrición, la humildad y la pobreza total. La obtención continua del amor de Dios, en cambio – o si quieres poseer a Dios- empieza con la tribulación, en el estar abandonados por los hombres y por Dios, y entrando en el sufrimiento que desenmascara y aísla al ego. Cuando este último llega al culmen y la tribulación se hace insoportable y “más allá de las propias fuerzas” (1 Cor 10, 13), como dice el apóstol Pablo (cf. 2 Co 1,8), esto es el indicio de que el ego ha sido aplastado contra el suelo y ha sido frustrada su actividad. Cuando el ego es anulado y vencido definitivamente, los dolores y la tribulación cesan de manera automática –porque es únicamente el ego quien siente el dolor por las tribulaciones, sufre su efecto y se lamenta-, el amor de Dios se revela al hombre en su maravillosa pureza y así aparecen todas las cosas.

La voluntad, la imaginación y las pasiones del hombre son el único obstáculo que se interpone entre el hombre y Dios,  volviéndose –siempre y sin excepción- causa de preocupaciones, de enfermedad y de ruina. Cuando el hombre se despoja de su voluntad – es decir cuando se entrega a las penas que Dios le hace llegar por sus amigos y por sus enemigos en todo momento-, cuando hace la experiencia de sentirse, antes que todo, nada y nada, y pues por  provenir del polvo de la tierra, él ve su origen y se da cuenta que sería un cero absoluto si Dios no hubiese soplado en las narices. Entonces aquí está el “dar a Dios lo que es de Dios”: él se ofrece, en efecto, a sí mismo y vive sólo por Él con total decisión y sinceridad haciéndose siervo de todos y menos que siervo. Entonces desaparecen las anteojeras que lo separan de Dios y el hombre goza de su Dios creador con una alegría sincera y eterna.

Oro siempre por ti. Ora también tú por mí. Que estés bien.

 1º de noviembre de 1966

  
Matta el Meskin
La gioia della preghiera
Ed. Qiqajon. 2012
Coumità di Bose
Págs. 59-60

[1] Carta 22 extraída de: Rasa il al-qummus Matta al-Miskin, Monasterio de San Macario en el desierto de Escete 2007, pp. 110-111.


No hay comentarios:

Publicar un comentario