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miércoles, 17 de abril de 2013

Notas sobre el hesicasmo

Enrico Montanari




El término (del griego hesiquía, quietud, silencio, paz) designa un movimiento espiritual surgido en el Oriente cristiano, y al mismo tiempo un estado interior que puede abrir a la contemplación de las cosas invisibles.

En su formulación doctrinaria el hesicasmo se remonta al siglo IV d.C., en particular a los grandes Padres capadocios (Basilio, Gregorio de Nisa y Gregorio de Nacianzo) y a Evagrio Póntico que define los primeros elementos de un itinerario espiritual hesicasta. En el siglo V, fue Diádoco de Fótice quien unificó tales elementos y los propuso como método práctico de oración.

Tal método, -que consiste ante todo en la pronunciación repetida de una invocación jaculatoria– denominada oración de Jesús a partir de Juan Clímaco (siglo VII), se ha expresado en una fórmula encontrada por primera vez en la Vida de Abba Filemón, un monje egipcio (siglo VI d.c.), que recita: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí”.

Un momento significativo en la evolución del hesicasmo fue cuando a la recitación de la “Oración de Jesús” se añadió (o bien se volvieron históricamente reconocibles) técnicas psico-física (visualización, respiración ritmada con el latido cardíaco, posturas, etc.).

La primera referencia a una “técnica del cuerpo” puede encontrarse en la obra de Nicéforo, un monje del Monte Athos, que vivió en la segunda mitad del siglo XIII. Se presupone para ello una preparación moral, una conciencia pura (amerimnia) y junto a ellas son pedidas algunas condiciones externas: una celda cerrada, la posición sentada sobre un asiento bajo, apoyar la barba sobre el pecho, volviendo el ojo corpóreo con todo el espíritu al medio del vientre, o también llamado ombligo. El ejercicio prevee también una desaceleración regulada de la respiración (más tarde se recomendará sincronizar la repetición de la fórmula con el ritmo disminuido de la respiración), “y además una exploración mental del yo visceral en la búsqueda del lugar del corazón” (Spidlik), y la invocación continua de Jesús.

De tal modo, el orante se esfuerza en “hacer descender la mente al corazón”, llevando la oración consciente al centro del ser, y con esto mismo unificándolo. La “Oración de Jesús”, consistente esencialmente en la invocación del Nombre, ayuda justamente a concentrarse sobre el corazón y  atenuar el hábito del pensamiento discursivo.

Una generación después de Nicéforo, Gregorio el Sinaíta (1346) termina la fórmula con “…ten piedad de mí, pecador” (tal ampliación conocerá una particular fortuna en el hesicasmo ruso,  y por esto ha sido transmitido en la edad moderna). Gregorio unifica la tradición sinaíta (Juan Clímaco) con la del Monte Athos. Además, valoriza el pensamiento de un gran místico del siglo X-XI, Simeón el Nuevo Teólogo (1022), subrayando la posibilidad de una parcial anticipación en nuestra vida de la divinización (theosis), obtenible en el juicio final. Recuperando la concepción del bautismo en Simeón, Gregorio relaciona la Oración de Jesús al bautismo, viendo en ella el medio con el cual la presencia del Espíritu Santo, dada veladamente en el bautismo, se vuelve consciente en aquel que ora. Él afirma que “cuando una persona se vuelve consciente de la presencia del Espíritu Santo, advierte una sensación de calor en el corazón, que lleva a la contemplación de la luz divina. Si bien él no habla de esta luz divina en un nivel teológico, es claro que en lo que él piensa es una experiencia inmediata de Dios” (Zawilla).

Contra esta experiencia “sensible” de luz espiritual – y contra de algunas prácticas ascéticas de los hesicastas – aparece, en el siglo XIV, un monje griego de Calabria, Barlaam. Por su experiencia junto a los monjes hesicastas (probablemente principiantes) él queda con la impresión de que todo esto es una herejía grave: “he sido iniciado por ellos –afirma- en monstruosos y extraños principios […] Estos tratan […] uniones prodigiosas de mente y de alma, de un sucederse de luces blancas y de colores de fuego, de flujos y de aflujos intelectivos unidos con el espíritu que entra a través de las narices, terminando con uno dentro del ombligo […] y de otras cosas semejantes que yo creo necesario considerar como una verdadera locura y falta de juicio.”

Estas acusaciones suscitaron la reacción del teólogo griego Gregorio Pálamas (1296-1359). Sobre todo en su primera Tríada en defensa de los santos hesicastas (1336), Pálamas retoma la idea del cuerpo humano como “vaso de arcilla” (2 Cor 4, 5-7) que sin embargo custodia en su interior el soplo primordial con el cual el alma ha sido creada a imagen de Dios. Por esto el orante debe volver hacia el interior su mirada, recoger sus facultades intelectuales y, gracias a la luz ya impresa en su corazón por el bautismo, alcanzar con el esfuerzo de la oración y de los ejercicios ascéticos la luz deificante que puede transformarlo ya en vida, dándole por gracia las primicias de la theosis.

Pálamas retoma del pseudo-Dionisio la idea de la inconoscibilidad intrínseca de Dios, que sin embargo es conocible, es más participable, a través de sus “energías” (enérgeiai): estas “son” Dios, por tanto son increadas (gloria, luz, providencia, sabiduría, etc., de Dios en acción), pero sin revelar la íntima esencia de Dios, ininteligible para el hombre.

Las obras de Pálamas, aprobadas definitivamente en el Concilio de Constantinopla del 1351, proveyeron una sólida base doctrinal al hesicasmo, que hasta ahora ha permanecido casi a los márgenes de la especulación teológica, en una condición de reserva (si no de secreto), pero practicable sobre todo por monjes anacoretas y por sus discípulos.

Por otro lado, la aprobación de las tesis palamitas acentuó el vacío en las relaciones con la Iglesia de Occidente, producido por el cisma del 1054. Un vacío que de hecho subsistió hasta los umbrales del siglo XX.

Los presupuestos de una renovación – y de una reapertura al Occidente- fueron determinados por dos eventos casi concomitantes. El primero fue la publicación de la Filocalia, una colección de pasajes de los padres orientales elegidos mayormente con una orientación hesicasta. La Filocalia, editada en griego por Nicodemo Hagiorita (1749-1809) y por Macario Notaras, obispo de Corinto (1731-1805), será publicada en la edición más ampliada en Venecia en el 1782.

El segundo evento está ligado a la acción renovadora de Paisij Velickovskij (1722-1794), que no sólo publicó la traducción en eslavo eclesiástico de la Filocalia (Dobrotojubie, Mosca 1793), sino que renovó el rol de “guía espiritual” (geron, starets), que había en parte disminuido en Rusia y en los Balcanes, sobre todo en concomitancia con la imposición de las reformas iluministas. La edición griega y eslava de la Filocalia, más allá de las acciones restauradores de Paisij, tuvieron el efecto de contrarrestar válidamente el declinar de la espiritualidad hesicasta y, también, de hacerla accesible a todos los cristianos ortodoxos.

Se puede decir que la práctica ascética y la dirección espiritual propiciada por el hesicasmo, han influido por mucho tiempo en las costumbres religiosas del oriente cristiano, en particular de Rusia (donde el hesicasmo era conocido desde el siglo XII). Un ejemplo de “guía espiritual” abierto al mundo se da en el starets Ambrosio de Optina: los monjes y el pueblo sencillo asisten a las prédicas del starets, pero buscaban de él consejos de sabiduría espiritual, incluso personas pertenecientes a los más altos estrados de la sociedad de su tiempo y de la inteligencia, como por ejemplo Dostoevskij, Solov’ev, Leont’ev, Gogol, Tolstoi. Las figuras de Alioscia Karamazov y del starets Zósima nacen de estos contactos, como también de aquel clima de renovado fervor popular nacen los Relatos de un peregrino ruso, obra célebre de un autor anónimo (1870), en la cual un strannik (peregrino itinerante), narra “en primera persona”, desde dentro, sus experiencias transformadoras en relación a la práctica de la “oración del corazón”.

El enorme éxito editorial del Peregrino ruso está en el origen del conocimiento del hesicasmo también en Occidente. Otro elemento de difusión en Europa y en América estuvo representado por la “diáspora” de teólogos ortodoxos obligados a emigrar de Rusia después de la Revolución soviética. El pensamiento teológico de muchos de ellos (Vl. Lossky, S. Bulgakov, G. Florovsky, P. Evdokimov, etc) dio a conocer la espiritualidad ortodoxa y, en particular hesicasta, en el mundo latino y anglosajón, y al mismo tiempo, se “ambientó” al mundo occidental, dando vida a una nueva generación de teólogos (J. Meyendorff, K. Ware, O. Clément, etc) muchos de ellos abiertos al diálogo ecuménico: al punto que, hoy, su pensamiento es paradójicamente acogido casi más en el mundo católico que en la Rusia ortodoxa, a menudo reticentes a aperturas conciliadoras.

Por otro lado, no se ha descuidado el creciente interés demostrado por la Iglesia católica al respecto del hesicasmo, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX. Entre los muchos que han contribuido en este sentido, vale señalar el aporte realizado por dos estudiosos del Pontificio Instituto Oriental en Roma: Ireneo Hausherr y Thomas Spidlik.

El primero inauguró los estudios filológicos de los textos hesicastas; estudió muchas características comparándolas y distinguiéndolas de similares doctrinas heréticas (por ejemplo, la de los mesalianos); y valorizó autores, ya antiguamente discriminados, como Evagrio Póntico, revelando la gran importancia de ellos para la formación del hesicasmo.

El segundo ha extendido ampliamente el conocimiento del hesicasmo ruso; ha recuperado los valores simbólicos relativos a la “Oración del corazón”, en particular el de “Corazón” y el del “Nombre”; ha, entre los primeros, comenzado una comparación entre técnicas de oración cristianas occidentales y orientales.

Gracias a esta y a otras iniciativas, se puede afirmar que la comprensión entre las “Iglesias hermanas” (Católica y Ortodoxa) avanza más rápidamente en el nivel místico-ascético que en el dogmático o diplomático. Dan fe de esto, incluso en el ámbito oficial, los reconocimientos tributados al hesicasmo por la Santa Sede: sobre todo la carta apostólica Orientale Lumen (2 de mayo de 1995), en la cual se habla difusamente del “silencio” (traducción de hesiquía) “cargado de presencia adorada”, entendido como “el método teológico que el Oriente prefiere y continúa ofreciendo a todos los creyentes en Cristo”.

Sobre el plano teológico, el hesicasmo constituye una doctrina cuya autenticidad, unidad a la ausencia de violencia (salvo la dirigida al perfeccionamiento interior) puede contribuir a un acercamiento en el diálogo ecuménico y en el interreligioso.

Sobre el plano ascético-místico, este representa un regular método tradicional, que puede ayudar a alcanzar, por la gracia y el esfuerzo interior, la iluminación espiritual.


Enrico Montanari

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