Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 6 de mayo de 2013

A los adversarios y denigradores de la “Oración de Jesús”

Paisij Velickovskij




Yo, ceniza y polvo, postrado con toda mi alma y todo mi corazón ante el inaccesible esplendor de la gloria divina, te ruego, oh dulcísimo Jesús, Hijo único y Verbo de Dios, esplendor del Padre soberano y figura de su hipóstasis, tú que has restituido la vista al ciego, disipa las tinieblas de mi corazón, ilumina mis confusos pensamientos, otorga la gracia a mi alma descarriada. Pueda este escrito glorificar tu nombre santísimo y servir a los que quieren unirse a ti, nuestro Dios, en el santo ejercicio de la oración espiritual y llevarte siempre en el corazón, tú que eres la perla inestimable. Puedan ellos también reconducir por el recto camino a la gente sin fe que osa maldecir este santo ejercicio.

¿Qué motivos tenéis pues para calumniar esta oración? ¿Osáis juzgar vana la invocación del Nombre de Jesús? ¿Merece el corazón estos ultrajes, este corazón sobre el cual como sobre un altar nuestro espíritu celebra la gloria de Dios y ofrece el misterio de su sacrificio de alabanza?

¿El espíritu y el corazón no son acaso creados por Dios y cosas buenas en sí mismas, como todo el cuerpo humano? ¿Qué se puede pues reprochar al ser humano que, desde lo profundo de su corazón y con todo su espíritu, eleva su oración al dulcísimo Señor para implorar su gracia? O ¿Despreciáis y rechazáis la oración espiritual porque pensad que Dios no escucha una oración murmurada en el secreto del corazón y le agrada solo la que pronuncia los labios? Si es así, ofendéis a Dios.

¡Y tengo otras preguntas para hacerles! ¿Despreciáis esta oración porque habéis podido constatar una mala influencia? ¿Habéis alguna vez visto o sentido que quien la practica haya sufrido algún daño en la mente o en el alma, o bien haya confundido la ilusión con la verdad, y habéis deducido que la causa de todos estos males era la oración espiritual? En absoluto ha sido así. La santa oración espiritual, aquella que la gracia de Dios hace eficaz, aleja al hombre de las pasiones, lo mantiene en la ferviente fidelidad a los mandamientos de Dios y lo preserva contra todas las flechas y ataques del tentador.

Estoy de acuerdo por cierto que si alguno, por simple capricho rechaza la oración en voz alta, que está recomendada por los santos Padres, y no quiere escuchar el consejo de maestros expertos, éste se arroja a las redes y en las trampas del demonio. ¿Esto equivale tal vez a decir que, en este caso, la oración puede ser puesta en juicio? ¡Lejos de esto! La testarudez, el orgullo y la falta de humildad son más bien las cosas que despliegan las seducciones diabólicas y las ilusiones espirituales de las que algunos son presa.

La divina oración espiritual tiene sus raíces en la palabra misma de nuestro Señor Jesucristo: “Pero tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra detrás de ti la puerta y ora a tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,6).

San Juan Crisóstomo, esta boca de Cristo, este astro del universo, este maestro ecuménico, no ha querido aplicar este texto a la oración de los labios y de la lengua, sino a una oración que sale de lo profundo del corazón.

San Basilio el Grande, esta columna de fuego, este ardiente portavoz del Espíritu Santo, afirma que el hombre posee en su profundidad una boca espiritual que le permite alimentarse de la Palabra divina. San Gregorio el Teólogo, dice de la oración espiritual: “Tu espíritu permanece incesantemente como un templo de Dios porque tú conservas en lo profundo de tu corazón la inmortal presencia del rey divino”.

Es necesario saber que según los escritos de los santos Padres hay dos tipos de oración espiritual: uno para los principiantes, que puede ser comparado a la acción (praxis), y otro para los perfectos, que corresponde a la contemplación (theoria). La primera es inicio, la segunda el punto de llegada, ya que “actuar” significa elevarse para “contemplar”. Justamente en esto está en efecto todo esfuerzo ascético cuando se lucha con la ayuda de Dios: se combate por amor de Dios y del prójimo, por la dulzura, la paciencia y la humildad y para cumplir todas las otras leyes de Dios y de los Padres; se combate por la perfecta obediencia del alma y del cuerpo, por los ayunos, las vigilias, la contrición, las genuflexiones y todas las otras mortificaciones de la carne, por la exacta observancia de las prescripciones respecto al oficio divino y a la oración en la celda, por el ejercicio espiritual de la oración privada, por las lágrimas y la meditación sobre la muerte. Todo esto es una lucha hasta tanto nuestra razón humana sea presa de nuestro caprichos y de nuestras testarudeces. Todo esto, se sabe bien, puede ser llamado “actuar”, “acción”, praxis. Pero “ver” y “contemplar”, todo esto todavía no lo es.

Cuando, sin embargo, con la ayuda de Dios, a través de este combate y sobre todo con gran humildad, el hombre ha llegado a lavar su alma y su corazón de toda impureza espiritual y de los placeres de la carne, entonces interviene la gracia divina, nuestra madre común: ella ilumina nuestra razón, la toma de la mano como la madre lo hace con su niño, la hace ascender escalón por escalón y le revela, según el grado de su pureza, los misterios indecibles e insondables de Dios. Esta es la verdadera visión, la contemplación (theoria).

La oración contemplativa –la “oración pura” de Isaac el Sirio- mirada respetuosa sobre Dios mismo: he aquí lo que es. Que nadie vaya a aventurarse en esta contemplación con sus propias fuerzas o con su propia cabeza, sin que Dios lo visite y lo guíe con su gracia. “Si, no obstante esto, alguno tuviese la pretensión de elevarse sin la luz de la gracia divina, sabed que, dice san Gregorio el Sinaíta, sus visiones son sólo quimeras proyectadas en él por el engaño del maligno”.

Es necesario también saber que Gregorio el Sinaíta ha distinguido ocho tipos de contemplaciones. “Podemos contar, dice, ocho principales objetos de contemplación. Primero: Dios, la Causa invisible, eterna e increada de todas las cosas, la unidad de la Trinidad en tres personas y la Divinidad sobrenatural. Segundo: el orden y la jerarquía de las potencias espirituales. Tercero: el plan divino de la creación. Cuarto: la encarnación del Verbo de Dios. Quinto: la resurrección del universo. Sexto: la segunda y terrible venida de Cristo. Séptimo: las penas eternas. Octavo: el reino de los cielos y su infinita eternidad”.

Se sabe bien también que la santa acción de la oración espiritual ha representado la constante ocupación de nuestros Padres colmados de Dios y que esta ha iluminado como el sol la vida de los monjes: sobre el Sinaí, en el desierto de Escete, sobre el monte de Nitria, en Jerusalén y en nuestro monasterios: en una palabra, en todo el Oriente; en Constantinopla, sobre la santa Montaña del Athos, sobre las islas y, en tiempos más recientes, por gracia de Cristo, también en toda Rusia. Nuestros Padres, ebrios de Dios, todos ardientes del fuego seráfico del amor de Dios y del prójimo, han tenido el privilegio de volverse, gracias a este espiritual recogimiento, fidelísimos custodios de los mandamientos de Dios y vasos del Espíritu Santo. Estos en efecto habiendo purificado su corazón y su alma y borrado en sí mismo los defectos del hombre viejo. En una santa exaltación y ya que el Espíritu comunicaba a ellos la sabiduría, a propósito de la oración espiritual han escrito páginas todas inspiradas del Antiguo y Nuevo Testamento. Era el designio de la Providencia que la santa ocupación de ellos no cayese luego en el olvido. Entre las filas de los verdaderos creyentes ninguno ha jamás denigrado esta práctica espiritual, esta vigilancia del paraíso del corazón. Se la ha siempre estimado, respetado como portadora en sí misma del más alto provecho espiritual.

Pero Satanás, artífice de toda malicia, enemigo de toda buena acción, se ha dado cuenta de que esta ocupación espiritual permitía a los monjes permanecer a los pies de Cristo en el amor  y de progresar en la perfección con una fidelidad siempre más total a los mandamientos divinos. Ha usado entonces todos sus artificios para desacreditar a los ojos de los hombres esta actividad tan saludable para el alma y extirparla para  siempre de la tierra. Así el Maligno ha reclutado en las tierras de Italia, al heresiarca Barlaam, la víbora calabresa, y encerrándose en él con todo su poder maléfico, le ha inspirado venir a difamar nuestra fe ortodoxa.

El mismo Señor Jesucristo, desde los orígenes de la fe ortodoxa y hasta nuestros días, ha sido piedra de tropiezo para los incrédulos y salvación del alma para los creyentes. Lo mismo sucede con la oración de Jesús: si bien, ha sido una piedra de tropiezo y una ocasión de escándalo para algunos fieles y algunos escépticos, ninguno sin embargo, antes de este heresiarca, osó denigrar dicha ascesis y criticar a quienes la practican.

Barlaam, este reptil salido del infierno, se ha ido pues de Calabria a Grecia y ha puesto su primera residencia en Tesalónica, no lejos del monte Athos. Justo aquí, entre los monjes aghioritas, escuchó hablar de la santa oración espiritual. Entonces, apoyado en su gran saber filosófico y en sus conocimientos astrológicos, comenzó a destilar su veneno contra los monjes, contra la oración, contra la misma Iglesia de Dios y su doctrina. Y sobre la luz divina de Cristo, el esplendor increado y eterno que en el monte Tabor ha resplandecido sobre sus santos discípulos y apóstoles, éste afirmó que fuese creada.

Junto a su discípulo Akindin hizo el mismo discurso a propósito de los otros atributos divinos, los cuales por esencia y naturaleza, pertenecen a la única y misma esencia de la santa Trinidad, así como a los rayos, el esplendor y la luz con propios del sol. Tales atributos son: la eficiencia, el poder, la gracia, la luz y el esplendor, los dones, las perfecciones y todo lo que en Dios no se puede medir ni numerar. A todos los cristianos ortodoxos los cuales confiesan que en Dios no puede haber nada creado y que en él todo es increado y eternamente existente, los han considerado como adoradores de dos o más dioses, pero en realidad ellos eran de los sin Dios.

Por esto los Padres aghioritas de la santa Montaña del Athos se han reunido en un concilio local. Han declarado anatema las calumnias de Barlaam, después que estos han rechazado todas las exhortaciones orales y escritas que han sido hechas. Más tarde, los cuatros grandes concilios realizados en Constantinopla en la iglesia de la divina Sabiduría (Haghia Sofia), extendieron el anatema a todos los herejes y a sus seguidores. A los primeros dos de estos concilios había asistido Gregorio Pálamas, cuando era aún un simple monje. Estuvo también presente en el tercer concilio en su calidad de obispo de Tesalónica. En cuanto al cuarto concilio, tuvo lugar sólo después de su muerte. En todas estas asambleas, la Iglesia pronunció el anatema contra todos los herejes que rechazaron hacer penitencia y abjurar de sus errores, mientras los monjes del Athos fueron alabados por toda la Iglesia por la pureza de su fe, reconocida exenta de todo error, difamación o mentira. Así la oración de Jesús, pronunciada no sólo con los labios, sino desde el fondo del corazón iluminado por la razón, fue sustraída de los golpes de los herejes y glorificada por toda nuestra santa Iglesia como una obra divina.

Y ahora, les ruego y ruego también a Dios: frecuenten con un santo ardor, con una fe a toda prueba los escritos de los Padres y las enseñanzas que os han entregado. Esta enseñanza está acorde con la Sagrada Escritura, con las declaraciones de los Doctores ecuménicos de la Iglesia y con la santa Iglesia misma, ya que en todas estas fuentes de verdad, quien actúa es siempre el Espíritu. Y el Espíritu es quien instruye a los Padres, nuestros maestros en la vida monástica. Y ya qué la fidelidad de ellos ha sido agradable a Dios, los misterios del reino de Dios les han sido revelados. Dios les ha revelado el sentido profundo de la Sagrada Escritura y por esto los escritos de los Padres contienen la verdadera enseñanza para los monjes que quieren asegurar su salvación. Permanezcan firmemente adheridos a esta enseñanza, y manteneos lejos de toda controversia y huid de toda discusión cuando los detractores de la oración espiritual quieran ganarlos para su causa. Ni ellos, ni otros en efecto pueden presentar un solo testimonio a favor de su falsa sabiduría. No pueden fundarla más que sobre una razón impía y extraviada.

En cuanto a vosotros que sostenéis la verdad, como fieles y sinceros hijos de la Iglesia ortodoxa de Dios, construida sobre la roca firme de la fe. No les faltan en efecto testimonios para la auténtica observancia de los mandamientos de Dios y para la práctica de la santa oración de Jesús: están todos nuestros santos ebrios de Dios que puedo citarles aquí…. Seguid bien sus santas enseñanzas. Esforzaos con el cuerpo y con el alma por practicar todas las obras buenas y agradables a Dios. Haced esto que podéis con la ayuda de la gracia de Dios. Amén

Paisij Velickovskij


Extraído de Igor Smolitsch,
Santidad y oración.
Ed. Gribaudi

Publicado por Esicasmo.it


2 comentarios:

  1. MUCHAS GRACIAS, POR ESTE COMPARTIR.

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    1. Gracias a vos. Quedo a tu disposición. Un abrazo en el Señor Jesús. Federico

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