Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 8 de mayo de 2013

Entre la resurrección y la ascensión



P. Matta Meskin



Después de la resurrección, Jesús permanece cuarenta días con sus discípulos: “Él se mostró a ellos vivo, después de su pasión, apareciéndose a ellos por cuarenta días y hablando del reino de Dios” (Hechos 1,3)

Este período definitivo del tiempo en el cual Cristo vivió sobre la tierra en el cuerpo con el cual había pasado a través de la muerte y la tumba y con el cual había resucitado viviente, puede ser considerado el don más grande y más precioso otorgado a nuestra naturaleza humana. La posibilidad de una resurrección de los muertos y de una vida nueva en un cuerpo libre del sufrimiento, de la muerte y de la corrupción originariamente no era accesible a la naturaleza humana. Sabemos que esta se había vuelto mortal después de que el pecado había expulsado al hombre del paraíso, de la vida con Dios, e incluso si algunas veces algunos personajes, como Lázaro, habían resucitado de los muertos por mandato de Dios, el suyo había sido un revivir para morir de nuevo. La posibilidad de resucitar para vivir para siempre con Dios en un cuerpo que no conocerá ni la muerte, ni la corrupción, es el don supremo e indescriptible de Cristo, dado por él a nosotros, cuando resucitó con el cuerpo que había asumido de nuestra condición humana.

Así quien cree en la resurrección de Cristo tiene por consecuencia fe también en la propia resurrección, ya que Cristo da todo lo que le pertenece a todos aquellos que creen.

Pero ¿cómo podemos realmente conseguir la inhabitación del Espíritu de la resurrección y tenerlo firmemente, o mejor, custodiarlo en el corazón como prenda de la vida eterna? O, en otras palabras, ¿cómo podemos vivir ahora en el Espíritu de la resurrección? ¿cómo resucitar de los muertos con Cristo, y tener la confianza que ni la muerte, ni el sufrimiento, ni ningún evento de la vida presente tiene poder sobre nosotros? O también, para poner la pregunta en términos todavía más paradójicos: ¿cómo puede una persona vivir ya en el presente la propia inmortalidad? ¿Cómo hacer para vivir esta cuaresma no como un simple período litúrgico de cuarenta días, sino como una experiencia de vida completamente libre de la muerte y de su poder, una vida post-pascual, una vida de preparación a la ascensión?

La respuesta a este interrogante no está en nuestro poder: debemos dirigirnos al evangelio. Y el evangelio según Juan afirma:

“Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡la paz esté con ustedes! Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: ¡la paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, yo también los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.” Juan 20, 19-23

Todo lo que Cristo hizo por sus discípulos, para que creyesen en su resurrección, fue mostrarles sus manos agujereadas por los clavos y el costado traspasado por la lanza. Esto era más que suficiente para dar a los discípulos – incluso a Tomás, el más incrédulo de entre ellos- la fe en la resurrección, pero no bastaba, ni siquiera con la fe de ellos, para conferirles el Espíritu Santo y el poder de la resurrección. Para poder creer en algo que va más allá de los límites del conocimiento, de la imaginación y de la experiencia –como la resurrección de los muertos- debemos tener una prueba, pero para recibir lo que está más allá de la naturaleza y de la experiencia, más allá de la percepción y del poder de la lógica, es decir para conseguir el poder y la naturaleza de la resurrección nos debe ser otorgado un don espiritual. Por esto vemos a Cristo que, después de haber dado a los discípulos la prueba de la resurrección para que crean y se alegren, va a su encuentro y sopla sobre ellos para conferirles lo que está más allá de la naturaleza y de su alcance: el poder de la resurrección misma.

No se trata solamente de la resurrección de los muertos, sino de la resurrección en el Espíritu de Dios, con una nueva naturaleza para el hombre, que lo prepara a una vida nueva y espiritual, una vida en el Espíritu de Dios, con Dios, una vida en el cual el pecado y la muerte no tienen poder y en el cual no se está sometido a la ignorancia y al sufrimiento.

El soplo del Espíritu Santo a sus discípulos por parte de Cristo nos evoca al soplo de Dios sobre Adán en la primera creación: “Entonces el Señor Dios plasmó al hombre con el polvo de suelo y sopló en sus narices un soplo de vida y el hombre se volvió un ser viviente” (Gn 2,7). En ambos casos el soplo es creativo y dador de vida: el primer soplo es una creación física para una vida terrena y limitada en el tiempo; el segundo es una creación espiritual para una vida celestial y eterna.

Adán recibe el primer soplo y gracias a este se convierte en el padre de todo el género humano: por él arranca la secuencia de la vida humana sobre la tierra. Este soplo ha conservado su eficacia sobre la naturaleza adámica hasta nuestros días.

Los discípulos, unidos en la fe, recibieron como Iglesia el segundo soplo de Cristo, por el cual él hizo, por la Iglesia, la fuente de la nueva creación espiritual, y este soplo suyo ha permanecido por la Iglesia como fuente de una nueva y eterna vida celestial.

El apóstol Pablo hace una clara comparación entre estas dos vidas:

“Esto es lo que dice la Escritura: El primer hombre, Adán, fue creado como un ser viviente; el último Adán, en cambio, es un ser espiritual que da la Vida. Pero no existió primero lo espiritual sino lo puramente natural; lo espiritual viene después. El primer hombre procede de la tierra y es terrenal; pero el segundo hombre procede del cielo. Los hombres terrenales serán como el hombre terrenal, y los celestiales como el celestial. De la misma manera que hemos sido revestidos de la imagen del hombre terrenal, también seremos de la imagen del hombre celestial.” (1 Cor 15, 45-49)

Así el soplo de Cristo constituye una nueva creación de la naturaleza adámica, transmitiéndole una nueva naturaleza espiritual, que originariamente no le pertenecía, y otorgándole la potencialidad de la resurrección de los muertos y de la vida eterna con Dios. Cristo es aquí considerado como un nuevo padre para el hombre, ya que lo ha engendrado nuevamente por medio del propio Espíritu después del nacimiento físico y le ha dado una vida nueva que se vuelve efectiva y manifiesta después o más allá de la vida terrena. Esta comienza después de la muerte con la resurrección, pero la resurrección empieza místicamente ahora, cuando recibimos, después de nuestro nacimiento físico, un nuevo nacimiento del agua y del Espíritu, y recibimos el Espíritu de la resurrección que la Iglesia infunde en nuestro ser.

Nosotros ahora hemos experimentado ambos nacimientos, y las dos vidas obran en nosotros, vida sobre vida. La espiritual es iniciada después de la física, y esta va disminuyendo para ceder poco a poco el paso a la otra. “Aunque nuestro hombre exterior [la naturaleza física] se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día” (2 Cor 4, 16). Es necesario sin embargo subrayar que, mientras la vida física se deteriora inevitablemente y automáticamente, más allá de que nosotros lo queramos o no, la vida espiritual o la naturaleza de la resurrección adquiere poder en nosotros a través de nuestra voluntad y de nuestro deseo. Este es el motivo por el cual Cristo, cuando sopló el Espíritu Santo sobre sus discípulos para revestirlos de la naturaleza y del poder de la resurrección, les dijo: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22). El verbo “recibir” expresa aquí una dependencia del grado de preparación y del deseo de la persona. Cristo no otorga el Espíritu Santo a nuestra persona de modo automático o mecánico: nuestra naturaleza humana recibe el don de la vida eterna y la naturaleza de la resurrección en base a la intensidad del esfuerzo, del deseo y de la voluntad expresada por la entereza del alma, del corazón y de la mente.

El primer soplo, al momento de la creación física, fue recibido sin ninguna respuesta de la voluntad humana: es dado en general y así la vida humana se vuelve la posesión legítima de todos cuantos tienen un cuerpo. El segundo soplo, en el momento de la creación espiritual, fue recibido en la alegría solo por los discípulos entre miles y miles de personas de la raza humana. Por esto los discípulos son considerados las primicias del Espíritu. Pero notad que el evangelio dice: “Los discípulos se alegraron al ver al Señor” (Jn 20,20). Es la alegría de la fe en la resurrección de Cristo la que ha preparado a los discípulos para recibir el soplo del Espíritu de la resurrección.

Así el Espíritu y la naturaleza de la resurrección no son otorgados en modo genérico a todo hombre, más allá de si lo desea o no. Son aquellos que creen y se alegran por la resurrección de Señor los que son llamados a recibir el Espíritu de la resurrección. La alegría es siempre la demostración más grande de la prontitud de la voluntad, que se saca de la voluntad de resucitar de los muertos o de la voluntad de vivir con Cristo: esta voluntad no es nunca simple deseo, sueño o argumento de meditación, es por el contrario, fatiga, esfuerzo y trabajo concreto. “Si por tanto estáis resucitado con Cristo buscad los bienes de arriba” (Col 3,1)

Siendo así las cosas, nuestras súplicas y fatigas cotidianas y la fuente de nuestra alegría son manifestaciones auténticas de nuestra posición en relación a la resurrección. Esto significa que debemos cada día, o más bien a cada hora, conformar las cosas en la cual nuestra voluntad se alegra en lo que requiere la vida con Cristo, que es vida de resurrección, de modo de poder recibir realmente el soplo del Espíritu Santo en vista a la renovación continua de nuestra naturaleza.

Surge entonces la pregunta: ¿cómo podemos comenzar ya desde ahora a vivir una vida “post-resurrecional”, una vida eterna con Dios, mientras vivimos aún en un cuerpo aplastado por el peso del pecado? ¿No es pues algo cierto e inevitable que la muerte reina sobre el cuerpo a través del pecado?

La respuesta nos viene del evangelio: Cristo, a menudo después de haber soplado el Espíritu de la resurrección sobre sus discípulos llenos de alegría, les dijo: “A quien perdonen los pecados le serán perdonados, a quienes no se los perdonen permanecerán no perdonados”. (Jn 20, 23). Aquí, por primera vez en la historia de la humanidad, el pecado termina bajo el poder del hombre, que estaba en un tiempo caído él mismo bajo el poder del pecado. El soplo del Espíritu conferido por Cristo a sus discípulos tiene aquí claramente el poder de renovar la naturaleza profunda de la humanidad. Somos aquí testigos de una radical y prodigiosa convulsión en la vida del hombre.

Este nuevo poder, que hemos recibido del soplo del Espíritu Santo salido de la boca de Cristo, revela de modo cierto y claro que los discípulos han realmente recibido la resurrección, si bien mística e invisiblemente: en efecto, ¿cómo pueden perdonar los pecados aquellos que están muertos y bajo el poder del pecado? Si los discípulos han recibido el poder de perdonar los pecados de los hombres, esto significa indudablemente que –gracias al soplo del Espíritu Santo recibido de la boca de Cristo- ellos han destruido el poder que el pecado tenía sobre ellos y así han vencido al poder de la misma muerte, es decir han resucitado de los muertos, espiritualmente y sumamente vencedores. Y no es todo: gracias a aquel Espíritu Santo que hace morada en ellos, se vuelven capaces de destruir el poder que el pecado ejerce también sobre otros y, por consecuencia, el poder de la muerte. Lo que significa que gracias a su resurrección en Cristo fueron capaces de comunicar el Espíritu de la resurrección  a cuantos fuesen dignos: “A quien perdonéis los pecados le serán perdonados y a quien no se los perdonéis, permanecerán no perdonados”. (Jn 20, 23)

Podemos así ver que la relación entre el Espíritu de la resurrección y la vida humana más allá del poder del pecado y de la muerte se hace realidad en el misterio del perdón, misterio de extraordinaria profundidad y de gran respeto hacia el hombre. Es el misterio de la vida de Cristo en la obra posterior a su resurrección de los muertos: con su muerte ha vencido a la muerte y ha dado la vida eterna a cuantos estaban en la tumba.

¿Y existe una relación entre el soplo del Espíritu Santo por parte de Cristo sobre los discípulos después de la resurrección y el descenso del Espíritu Santo en el día de Pentecostés? La relación entre los dos eventos es fuertísima y están ligados el uno al otro. El soplo de Cristo sobre los discípulos otorgó a ellos la resurrección y la vida eterna y así la naturaleza humana tuvo acceso al poder de la resurrección de los muertos y se convirtió en morada de la vida eterna. El descenso del Espíritu Santo en Pentecostés comunicó a la naturaleza humana un poder espiritual de lo alto que ligó y unió los unos a todos los otros hombres a través del Espíritu Santo. Esta unidad pudo realizarse mediante una palabra espiritual, un movimiento del corazón, un gesto escondido de servicio, milagros o prodigios, o mediante un ejemplo realmente vivo y patente. El fin completo era formar un organismo humano íntegro, unido a Cristo y por medio de Cristo, por el cual la naturaleza humana podía ser preparada como un todo, como Iglesia, para la vida con Cristo en los cielos.

Así el soplo del Espíritu Santo sobre los discípulos después de la resurrección debía conferir a la naturaleza humana el espíritu y el poder de la resurrección, mientras que el descenso del Espíritu Santo sobre los discípulos después de la ascensión debía comunicar a la humanidad el espíritu y el poder de la ascensión. Este es el motivo por el cual Cristo resucitó de los muertos como primicia y ascendió a los cielos y nos ha precedido penetrando en el santuario celestial. Si en efecto Cristo no hubiera resucitado con nuestro cuerpo, nosotros no habríamos podido resucitar y el hombre no habría podido conocer nada de la vida eterna. Y si Cristo no hubiese también ascendido a los cielos con nuestro cuerpo, no habría sido nunca posible para el hombre ascender a los cielos, aunque hubiese resucitado de los muertos. Así Cristo otorga estos dos poderes, de la resurrección y de la ascensión, a través del Espíritu Santo, que toma lo que es de Cristo y lo da a nosotros (cf. Juan 16, 14). Por esto el apóstol Pablo confirma con certeza que Dios “con él nos ha resucitado y nos ha hecho sentar en los cielos” (Ef 2, 6).

Nosotros hemos ahora resucitado con Cristo y vivimos nuestra resurrección a través del soplo del Espíritu Santo. Si también el Espíritu de Pentecostés ha descendido sobre nosotros, entonces estamos prontos también para nuestro ascensión y nada nos separa del cielo, si no la espera de la venida de Aquel que está ya a la puerta: “Yo volveré y los tomaré conmigo” (Juan 14,3)


P. Matta el Meskin
Comunione nell’ amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
Págs. 221-228

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