Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 14 de mayo de 2013

La Ascensión


P. Matta el Meskin



Alegrémonos en la fiesta de la Ascensión en la cual Cristo nos ha hecho sentar con él en los cielos y ha preparado para nosotros la feliz morada que nos prometió, a la derecha del [Trono] en lo alto de los cielos, a fin de que en él fuésemos para siempre reconciliados con el Padre y custodiados por la gracia y por la misericordia del Altísimo. Distinto del primer Adán que permaneció en un paraíso de árboles y frutos y era visitado por Dios de cuando en cuando, nosotros en nuestro amado Redentor –el segundo Adán- permanecemos siempre con Dios. Incluso aunque ahora estemos en el exilio de nuestra morada celestial, incluso si sufrimos un poco de modo que nuestra fe pueda recibir la justificación y nosotros podamos ser dignos de esta espléndida herencia, vivamos por medio de la fe, como si estuviésemos constantemente sentados en los cielos. Vivamos llenos de la esperanza puesta en nosotros por Cristo y colmados del amor que cambia el dolor en alegría y lo invisible en visible, a través de los ojos del corazón. Así nosotros esperamos con paciencia y agradecimiento el día de la reunificación, cuando gozaremos al ver el rostro del Amado, Cristo, del cual no seremos jamás privados.

Esta era también la alegría de Cristo, antes de subir al Padre: don por el cual oró (cf. Juan 17), a fin de que pudiésemos estar donde él mora para siempre y pudiésemos contemplar su gloria y vivir en ella. Después de la ascensión de Cristo esta gloria se ha vuelto una realidad viva, como atestigua el mártir Esteban, que mientras abandonaba su tienda terrena, sus ojos contemplaron, en la certeza de la fe y de la visión, el lugar preparado para él por Cristo, una morada asombrosa, no hecha por manos de hombre, establecida para siempre en los cielos: el cuerpo de Cristo que todo encierra.

Ahora nosotros comemos su cuerpo y bebemos su sangre con ojos cerrados: no podemos ver el esplendor de su cuerpo ni la gloria de su sangre sin ser aterrados, sin caer rostro en tierra y permanecer mudos al recibir el terrible carbón ardiente de la divinidad. Pero ¿Por qué nunca podemos vernos a nosotros mismos unidos a este cuerpo en la luz plena de la divinidad? ¿Por qué nunca podemos ver la sangre de Cristo que se difunde en nosotros y nos transmite al Espíritu divino derramándolo en nuestro ser, y así poder convertirnos en un reino de sacerdotes para Dios su Padre y reinar con él en la herencia de la ilimitada calidad de los hijos del único Padre?

El apóstol Pablo nos incita con una insistencia espiritual comprensible sólo por quien ha sido iniciado por el Espíritu en los secretos de la divina presencia: “Si estáis resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde se encuentra Cristo” (Col 3, 1). Por tanto, la resurrección por sí sola no es suficiente. Después de la resurrección está la gloria de la vida en presencia de Dios, donde Cristo se ha sentado con nosotros a la derecha del Padre, a disposición de aquellos que lo aman y que no pueden soportar vivir sin él.

En cualquier lugar donde se encuentre Cristo, también nosotros tenemos el derecho de estar. Esta petición está dentro de la naturaleza misma del pedido y de la complacencia de Cristo. Hemos en efecto obtenido este derecho en virtud de nuestra humanidad con la cual Cristo se ha unido con gusto y con amor, prometiendo no abandonarla ni olvidarla ni siquiera por un instante, ni siquiera por un solo cerrar de ojos.

Buscar las cosas de arriba donde se encuentra Cristo significa buscar permanecer constantemente en la presencia de Dios: esto se ha vuelto para nosotros un derecho eterno en Cristo, derecho que ahora invocamos con insistencia y con lágrimas. Una vez que lo hayamos poseído no puede sernos quitado, porque es la herencia reservada para nosotros en el cielo, que no disminuye por nuestra enfermedad ni se desvanece con el venir a menos de nuestro ser carnal.

La relación entre la humanidad y el Espíritu vivificante se ha hecho posible gracias al sacrificio redentor de Cristo: “Es bueno para vosotros que yo me vaya… cuando me haya ido les enviaré [al Consolador]” (Juan 16,7). “Él me glorificará, porque tomará de lo mío y se los anunciará” (Juan 16,14). Por esto la gloria de la cruz y de la sangre derramada es la posesión de la santa Trinidad en su totalidad: posesión del Padre que acepta el sacrificio del Hijo y lo glorifica (“Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío”. Juan 17, 10), posesión del Espíritu Santo que mora en el Padre y por esto posee todo lo que pertenece al Padre, incluso el sacrificio y la gloria del Hijo.

Vivir en la presencia de Dios, conscientes de la unión con Cristo que él ha libremente realizado en nosotros y para nosotros, es el secreto de la felicidad otorgada por Cristo en medio de los sufrimientos del mundo y a pesar de la impotencia de la humanidad y su trágico fracaso. Esta conciencia nos da una paz interior que supera la inteligencia con todas sus ansias y sus debilidades.

Pero este sentimiento de estar en la presencia de Dios no es simple alegría de la cual gozar. Por el contrario, es oración con todo su celo, su quietud y su sobriedad: es la oración perfecta en la cual el cuerpo encuentra reposo, el alma encuentra paz y el Espíritu se alegra en el recuerdo de la Trinidad, en la glorificación del Padre, en la repetición del nombre del Salvador, en la invocación incesante del Espíritu Santo, con la esperanza y la audacia que derivan de la cruz y de la sangre derramada.

Estamos obligados a gemir en nosotros mismos con motivo del peso de la carne: esta es como una tienda lacerada por fuertes vientos y nosotros anhelamos  revestirnos del hábito celeste. Pero esto no es posible, mientras no nos despojemos antes del hombre viejo para revestirnos de Cristo y permanecer en él sin temor: lo que es corruptible en efecto no puede heredar la incorruptibilidad. Por esto nuestras oraciones permanecerán mezcladas con lágrimas, y nuestra alegría de permanecer en la presencia divina será atravesada por gemidos de aflicción a causa de nuestra incapacidad de llevar aquí y ahora el hábito celestial. Pero nosotros sabemos por fe que, como hemos llevado el hábito terreno, así llevaremos el celestial y no seremos jamás encontrados privados de la gracia divina: él que nos ha creado es el mismo que nos ha recreado y preparado para una renovación en la plenitud de la santidad y de la justicia de Dios.

Debemos por tanto admitir nuestra atroz miseria, incluso si nos ha sido entregada y transmitida toda la riqueza de la herencia del Hijo. Este mundo de falsedad y de engaño no reserva riquezas para nosotros: aquí no está la ciudad permanente para nosotros, ni una morada estable, no está el honor, ni la fama, ni la verdadera consolación para nosotros. Estamos, en cambio, en búsqueda del mundo por venir, donde no hay engaño, ni sombra, ni cambio. En esta línea Pablo nos impulsa a “buscar las cosas de arriba”. ¿Cómo puede un hombre buscar aquellas cosas si desea cosas que están sobre esta tierra y todavía codicia lo que están en las manos y sobre la boca de los otros? O nosotros aceptamos las cosas más terrenas porque son nuestra alegría, nuestra consolación y nuestra gloria, o bien rechazamos lo que es de abajo a favor de las cosas de arriba, para gloria de Dios.

Los que buscan y codician honores sobre esta tierra no tendrán más el poder de la fe en las cosas de lo alto para ser capaces de buscarlas; los que buscan lo que está sobre la tierra no pueden buscar lo que está en los cielos. Cuantos no se consagran en verdad a buscar las realidades celestiales son privados de la gloria de la ascensión y pierden los frutos de la cruz y de la resurrección. Cristo en efecto ha soportado el sufrimiento, los padecimientos y la crucifixión por amor de la alegría puesta ante él: la alegría de la gran reconciliación definitiva acontecida cuando él ofreció al Padre la humanidad junto a sí mismo –una humanidad redimida, justificada, purificada y lavada en su sangre- y la hizo sentar junto a sí a la derecha del Padre.

Así como los padecimientos de la cruz fueron coronados con la resurrección, así la resurrección fue coronada con la ascensión y con el sentarse a la derecha del Padre. En la ascensión por tanto está inserto el misterio de la extrema resistencia de todo sufrimiento, incluso el de la muerte.  Y en el sentarse en los cielos junto a Cristo está la suma esperanza, la máxima alegría y el objetivo último de la creación entera, de la antigua como de la nueva.



P. Matta el Meskin
Comunione nell’ amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Págs. 229-233


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