Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 28 de junio de 2013

Efrén el Sirio, cantor de la Palabra de Dios.

Sebastian P. Brock *



¿Quién no agradecerá al Escondido, más escondido que todo,
que ha venido para abrirnos la revelación, más abierta que todo? [1]

Efrén [2] puede ser definido como el poeta de las paradojas, y una de sus paradojas más recurrentes es el Dios escondido que se ha descubierto y se ha revelado. Revelado, pero escondido. Efrén aplica esto tanto a la Escritura como a Cristo. Puede ser aplicado a Efrén mismo: nos es conocido gracias a su biografía del siglo VI, sin embargo permanece oculto en lo que concierne a su vida real, por el hecho de que el biógrafo del siglo VI presenta a Efrén a sus lectores como si fuese contemporáneo a ellos. Su retrato en la biografía es actualizado para adaptarse a las expectativas de los lectores del siglo VI. Particularmente en dos aspectos asistimos a una tergiversación de la perspectiva histórica: es representado como un monje y se cuenta que visitó tanto Basilio como Bishoi (Pisoes). Si bien estos dos datos de la biografía deben considerarse ciertamente no verdaderos desde el punto de vista histórico, porque sabemos que Efrén, que vivió al este del Éufrates, en el segundo y tercer cuarto del siglo IV, precede al monaquismo en la forma en la cual nosotros lo conocemos, y que ninguno de sus viajes tiene una base histórica porque ambos se fundan sobre una equivocada identificación de un anónimo siríaco con Efrén; a nivel simbólico, ambas informaciones provista por la biografía reflejan una verdad más profunda. Si bien Efrén no fue ciertamente un monje, muy probablemente fue un representante de la típica tradición proto-monástica de los bnay qyama, “miembros de la alianza”, que evidentemente hacían una especie de voto ascético, descripto como pacto [alianza] con Cristo, y se convertían ihidaye, a una decidida imitación de Cristo, el Ihidaya, término siríaco que traduce el griego monoghenés en Juan 1, 18. Igualmente, si bien Efrén no ha visitado jamás ni Basilio ni Bishoi, es verdad sin embargo que su enseñanza estaba perfectamente en armonía, a nivel profundo, con la de sus contemporáneos, bien conocido tanto en Capadocia como en Egipto. Es interesante notar, casualmente, que la paradoja de la vida histórica escondida de Efrén y de su vida así como es descripta en la biografía es en alguna medida reflejada en la tradición iconográfica, donde generalmente Efrén es representado como un monje, según el retrato que de él da la biografía, y ocasionalmente es representado como un diácono, hecho que parece reflejar la realidad histórica de su vida.

En este aporte, de cualquier manera, lo que nos interesa es el modo en el cual Efrén describe la paradoja del Escondido y del Revelado en cuanto concierne al texto bíblico, y cómo se debe pasar por la forma externa revelada del texto a su significado y sentido interior escondido. El punto de partida de Efrén está en la pregunta relativa al modo en el cual la humanidad puede conocer a Dios, desde el momento que entre la creación y Dios hay un “abismo” que la humanidad es absolutamente incapaz de atravesar. Esto significa que si la humanidad no es capaz de adquirir ningún conocimiento sobre Dios, Dios debe revelar algo de su ser escondido y hacerlo accesible para la humanidad. Como dice Efrén:

“Si Dios no hubiese querido revelarse a sí mismo a nosotros
no se encontraría nada en la creación
capaz de explicar algo de él.” [3]

Por consecuencia, todo conocimiento humano de Dios es fruto de la autorevelación de Dios, que tiene lugar en dos ámbitos diversos, la naturaleza y el Libro, que Efrén llama los dos “testimonios”, es decir, el mundo natural que está entorno a nosotros y los escritos bíblicos [4]. En cualquier caso, desde el momento en que Efrén subraya la importancia del don de la libre voluntad ofrecida por Dios a la humanidad, este acto de autorevelación por parte de Dios exige, al mismo tiempo, el acatamiento de la libertad humana y rechaza la imposición por constricción. Efrén describe cómo se realiza este delicado equilibrio por medio de una reciproca interacción y relación entre Dios y la humanidad: Dios toma la iniciativa de revelar algo de sí mismo y lo hace disponible en sus dos testimonios, pero esta “revelación” continúa, por tener un aspecto “oculto”, dejando a la humanidad la tarea de descubrir, desvelar y “revelar” lo que está escondido. A este propósito Efrén recurre a menudo al término raza, literalmente “misterio”,  y a menudo más apropiadamente traducido como “símbolo” (donde “símbolo” es entendido en sentido fuerte, desde el momento en que el símbolo está intrínsecamente conectado con lo que simboliza). Ambos, naturaleza y Libro, están colmados de raze, puestos por Dios como parte de su autorevelación, que evidencia uno u otro aspecto de su divinidad.

“Donde quieras que tú mires, su símbolo está allí,
donde quieras que tú leas, allí encontrarás sus tipos.
Todo lo que ha sido creado lo ha sido por él
y él traza sus símbolos sobre sus posesiones;
creando al mundo, lo ha contemplado y este se convierte en adorno
de sus imágines:
fuentes de símbolos fueron abiertas,
surtían, fluían,
símbolos de él en todos los miembros [del mundo].” [5]

La presencia de los símbolos de Dios da a cada cosa de la creación una plenitud real de sentido, y esta plenitud permanece escondida hasta que el individuo no lo percibe y entonces este “revela su sentido escondido”.

¿Cómo sucede esto? Efrén recurre a la imagen del ojo y su capacidad de ver. Según sus nociones ópticas, él considera que el ojo ve cuando en este entra luz, y mientras la luz es más fuerte, más el ojo ve. El ojo espiritual, el ojo interior del corazón, funciona de modo análogo, pero ve  por medio de la fe, en lugar de ver por medio de la luz. Solo si la fe entra en él, el ojo espiritual puede funcionar y comienza a percibir los raze, los “misterios” o “símbolos” que están latentes tanto en la naturaleza como en el Libro. Y tanto más grande es la fe, tanto más claramente el ojo espiritual puede percibir los raze.

“Las Escrituras están dispuestas como un espejo,
y aquel cuyo ojo esté lucido
ve dentro la imagen de la Verdad.
Aquí está la imagen del Padre,
aquí está representada la imagen del Hijo,
y la del Espíritu Santo.” [6]

El modo más obvio en el cual Dios se revela a sí mismo es la encarnación, pero también aquí observamos la misma paradoja de “revelado” y también “escondido”: Jesús de Nazaret, visible a los ojos físicos, y la persona de Cristo, la Palabra encarnada, percibida sólo por aquellos cuyo ojo espiritual está colmado de fe. Para describir el acto de la encarnación, Efrén emplea la expresión “se revistió de un cuerpo”, siguiendo la terminología propia de la antigua iglesia siríaca. Esta imagen del vestido, sin embargo, se extiende desde Efrén hasta el Antiguo Testamento, donde Dios “se reviste de nombres o términos”, es decir es como si él se hubiese encarnado en el lenguaje humano, condescendiendo  a ser descripto en términos humanos. En este punto querría dejar hablar más extensamente al mismo Efrén. En el pasaje que sigue, extraído el Himno sobre la fe 31, Efrén termina con la imagen del loro haciendo referencia a lo que se pensaba fuese el modo en el cual se los adiestraba a hablar:

Damos gracias a aquel que se ha vestido a sí mismo
de los nombres de las diversas partes del cuerpo:
la Escritura habla de sus “orejas”,
para enseñarnos que él nos escucha;
habla de sus “ojos”, para mostrar que nos ve.
Pero eran sólo los nombres de tales cosas que él ha revestido
y, si bien en su verdadero ser no tiene ni ira ni cólera,
él ha llevado también estos nombres a causa de nuestra debilidad.
Deberemos comprender que, si él no hubiese llevado
los nombres de tales cosas,
no habría sido posible para él
hablar con nosotros humanos. Por medio de lo que nos pertenece
se nos ha hecho cercano: él se ha revestido a sí mismo
de nuestro lenguaje,
para que pudiese revestirnos de su modo de vida.
Ha pedido nuestra forma y la ha asumido,
y luego, como un padre con sus niños,
ha hablado con nuestro estado infantil.
Son nuestras metáforas de las que él se ha revestido
–pero no literalmente hace esto;
y luego se le es quitada- y sin realmente ser así:
cuando los llevaba, al mismo tiempo era revestido.
Lleva una cuando es útil, luego se la quita
en lugar de otra;
que se despoja y se reviste de toda suerte de metáforas
nos hace ver que la metáfora no es aplicada a su verdadero ser:
porque este ser está escondido, él lo ha descripto
a través de los que es visible.
En un momento era como un viejo y Antiguo de días,
luego, se vuelve héroe, un valiente guerrero.
Un viejo para juzgar,
pero un valiente para combatir.
En un momento tardaba; en otro, siendo de carrera,
viene cansado. En un momento dormía,
en otro estaba en la necesidad. Con todos los medios
se ha cansado para beneficiarnos.
Porque es el Bueno  que podía forzarnos a complacerlo,
sin ningún esfuerzo de él; pero él en cambio
se esforzó con todos los medios
a fin de que nosotros lo complaciéramos con nuestro libre querer,
para pintarnos nuestra belleza
con los colores que nuestro arbitrio había recogido;
mientras, si él nos hubiese adornado,
entonces nos habríamos asemejado a un retrato
que algún otro ha pintado,
adornándolo con sus colores.
Aquel que está enseñando a un loro a hablar
se esconde detrás de un espejo y le enseña de este modo:
el loro encuentra frente a sus ojos su propio reflejo;
imagina que es otro loro quien habla con él.
El hombre pone la imagen del pájaro frente a él,
de modo que así pueda aprender a hablar.
Este pájaro es una creatura compañera del hombre,
pero a pesar que la relación existe, el hombre engaña y enseña
al loro algo distinto a él por medio de él mismo;
de este modo habla con él.
El Ser divino que en todas las cosas es exaltado
sobre todas las cosas
en su amor se ha inclinado de lo alto y ha adquirido por nosotros
nuestras propias costumbres:
ha trabajado con todos los medios para llevar todo a él.” [7]

Es un acto de inmensa condescencia por parte de Dios permitir que se hable de él en términos puramente humanos, y estos términos no deben ser tomados literalmente, porque hacer esto sería abusar del acto divino de la gracia en la Escritura. Efrén trata el tema como sigue:

“Si alguno concentra su atención
solo en las metáforas usadas sobre la majestad de Dios,
él abusa y da una imagen equivocada de tal majestad
por medio de aquella metáfora
con la cual Dios se ha vestido a sí mismo en beneficio de la humanidad,
y es ingrato hacia aquella gracia
que ha torcido su altura al nivel de la niñez humana,
aunque Dios no tiene nada en común con ella.
Él se ha vestido de sí mismo asemejándose con la humanidad
para llevar a la humanidad a la semejanza con él.” [8]

En un momento Efrén dice de Cristo que “ha vestido la inseguridad” en la encarnación, cuando “se ha revestido del cuerpo humano” [9]. Lo mismo podría ser dicho de Dios “que se reviste de términos humanos” en el texto bíblico. Se ha expuesto a la posibilidad de ser malentendido. Para Efrén es por tanto esencial acercarse al texto bíblico de modo correcto. Dice en efecto:

“Una persona que busca la verdad con un espíritu resentido no puede adquirir el conocimiento aunque lo encuentre realmente, porque la envidia ha ofuscado su mente y él no es ya más sabio, aunque tienda a este conocimiento.” [10]

Lo que es pedido es un sentido de asombro y, en particular, de amor:

“Tu fuente, Señor, está escondida
para aquel que no tiene sed de ti;
tu tesoro parece vacío
a la persona que te rechaza.
El amor es el tesorero
de tu tesoro celestial”. [11]

Un poeta siríaco más tardío, Santiago de Sarug, muerto en el 521, acentuaba aún más la necesidad del amor en el acercar la Escritura con el fin de acoger su sentido más profundo.

En su Comentario al Génesis [12], Efrén distingue entre la comprensión “factual” y “espiritual” del texto bíblico. La primera concierne al aspecto exterior, mientras que la segunda considera el sentido interior que debe ser alcanzado mediante la percepción de los raze, “misterios”, “símbolos”, que se encuentran en el interior de este. Mientras, mediante, la aproximación factual, el aspecto externo de un pasaje –podremos decir su interpretación histórica- al menos en teoría, es posible tomar un único sentido, el aspecto interior, perceptible sólo a los ojos interiores de la fe, es capaz de muchos y diversos sentidos al mismo tiempo. Esta polivalencia [versatilidad] es una característica esencial de la comprensión bíblica de Efrén y de su específica interpretación. En uno de los himnos por la Cuaresma, tiempo durante el cual son leídas un gran número de perícopas bíblicas, Efrén compara la lectura a mercaderes que exponen sus mercancías:

“¡Reuníos y transformaos en comerciantes en [el tiempo de] ayuno! Las Escrituras, en efecto, es el tesoro de la divinidad y, con aquella voz santa como llave, se abre ante los oyentes. Bendito el Rey que abre sus tesoros para quien tiene necesidad!”

La “voz santa” es Cristo, la llave hermenéutica para una correcta comprensión de las Escrituras. Después de haber descripto las diversas mercancías que satisfacen varias necesidades, Efrén ve a las Escrituras como “una casa de tesoros” puesta a disposición de Dios e invita a sus oyentes:

“Abrid, por tanto, mis hermanos, y tomad con discernimiento
de este tesoro que está en lo íntimo de los hombres.
Cada uno posee también su llave,
como un tesorero. ¿Quién no se enriquecerá?
Bendito aquel que ha eliminado las causas de nuestra baja condición!...
Grande es el don que es dispensado ante nuestra ceguera.
Si bien todos nosotros tenemos dos ojos cada uno, pocos son aquellos que han visto [este] don: qué es y de quién es.
¡Ten piedad, mi Señor, de los ojos que sólo ven el oro!” [13]

Aquí los “dos ojos” se refieren a los ojos del cuerpo y también a los espirituales, los primeros para la vista externa, los segundos para la visión interior, que pertenece al luminoso ojo del corazón.

Anteriormente, me he ocupado de cómo Efrén entiende una correcta aproximación al texto bíblico. Para él, como para los padres y los rabinos contemporáneos a él, es dado por presupuesto que el texto bíblico es inspirado, que los autores bíblicos, consciente o inconscientemente, están abiertos al Espíritu de Dios. Construyendo sobre ese fundamento, Efrén concibe una relación triangular donde los tres puntos de referencias son: el Espíritu Santo, el autor bíblico y el lector (u oyente). Mientras la inspiración del autor bíblico por parte del Espíritu Santo es dada para adquirirla, lo que es requerido es que el lector esté igualmente abierto al Espíritu Santo. En otras palabras, el modo en el cual el lector se acerque al texto bíblico determinará lo que él hará y cuántos raze, misterios, él sabrá tomar. Afirma Efrén:

“Todo tipo de ornamento que viene por la fuerza
no es genuino, porque es solo impuesto.
Aquí se encuentra la grandeza del don de Dios,
en el hecho que se nos pueda adornar con nuestro querer,
en el hecho de que Dios ha quitado toda obligación.” [14]

Me referiré ahora a algunos modos en los cuales Efrén usa el texto bíblico. Esto dependerá, en primer lugar, del género literario que emplea. Aquí se pueden distinguir cuatro categorías principales: prosa, prosa artística, poesía narrativa y poesía lírica. Paso ahora a considerar las características propias de cada una.

En sus comentarios en prosa al Génesis, a la primera parte del Éxodo y al Diatessaron o Armonia dei vangeli, para recordar sólo aquellos que han sobrevivido en siríaco, encontramos lo que podría ser llamado “una lectura puntual” del texto bíblico, que atribuye gran atención tanto a los detalles de lo que el texto dice, como a lo que no dice. Un ejemplo excelente se lo puede encontrar en su comentario al capítulo tercero del Génesis. Según la visión de Efrén, Adán y Eva fueron creados en un estado intermedio, ni mortal, ni inmortal. Su estado futuro habría sido determinado por el ejercicio de su libre voluntad frente al “pequeño mandamiento” de Dios de no comer del fruto de uno sólo de los árboles entre los muchos del paraíso. Pero a Satanás, el tentador,

“no le fue permitido ser enviado por Adán bajo la forma de un ángel, de un serafín o de de un querubín, no le fue concedido venir al jardín por Adán bajo el aspecto humano o divino… ni bajo animales conocidos por su grandeza, como el Behemot o el Leviatán… sino le fue permitido venir a él bajo la forma de una serpiente que, si bien astuta, era infinitamente vil y despreciable”. [15]

Dos obras de Efrén están en prosa artística; una de ellas consiste en una meditación sobre el juicio final, tomando como punto de partida

“el espejo limpio del santo evangelio de nuestro Señor, porque él nos ofrece la imagen de todos los que le miran, y muestra la semejanza de todos los que le escrutan dentro…Refleja sobre sí mismo todo miembro del cuerpo: reprende los defectos de quien es feo, para que pueda remediar y remover la suciedad de su cara. A los bellos declara que deberían prestar atención a su belleza” [16]

Cuando reflexiona sobre los variados pasajes de los evangelios, él ve en el espejo

“aquellos que declaran: ‘hemos comido y bebido en tu presencia’ (Lc 13, 26), pero el Señor les responde: ‘No me queréis a mí, me buscáis sólo porque habéis comido pan y os habéis saciados’ (cf. Juan 6, 26)”.

He aquí hasta qué punto Efrén se ve reflejado en el espejo del evangelio:

“Luego yo, que le amo, he buscado siempre refugio en su Nombre y me he beneficiado de los honores atribuidos a esto, porque siempre he extendido su Nombre como un velo sobre mis faltas secretas; luego siento temor, turbado de temblor, y una gran ansiedad me aconsejaba volver hacia atrás y ver si podía encontrar algunas de las condiciones requeridas por el camino estrecho (cf. Mt. 7, 14) que conduce en la tierra a la salvación.” [17]

A Efrén son atribuidos algunos poemas narrativos sobre episodios bíblicos específicos, y solo dos parecen ser auténticos: aquel sobre el profeta Jonás y el arrepentimiento de Nínive y aquel sobre la mujer pecadora que unge los pies de Jesús (cf. Lc 7, 36-50). Ambos fueron traducidos en griego y gozaron por esto de gran fama. Ambos representan una cristianización del género hebraico a menudo descripto como “la Biblia reescrita”, es decir una reformulación creativa del relato bíblico. En el bellísimo –y conmovedor- poema de la mujer pecadora, Efrén describe su viaje hacia la casa en la cual Jesús fue hospedado, y en el curso del viaje introduce a aquel que le vende el precioso perfume. Después de haber narrado de qué modo ella toma la decisión de cambiar de vida, Efrén continúa:

“Salió afuera y se sacó del cuerpo
los delicados vestidos de lino de su oficio de prostituta.
Decidió ir y vestirse de un humilde vestido de luto.
Quitó de sus pies y tiró fuera sus zapatos elegantes pero frívolos.
Dirigió sus pasos
derecho por el sendero hacia aquel Águila celeste.
Tomó su oro en la palma de las manos
y lo levantó hacia lo alto.
Comenzó a elevar gemidos en secreto
a aquel que abiertamente escucha:
‘Esto, Señor, es lo que tengo de mis caminos malvados,
con lo cual quiero adquirir mi salvación;
este dinero ha sido sacado a los huérfanos,
con él adquiriré al Padre de los huérfanos’.
Dijo así en secreto
y comenzó a obrar abiertamente;
tomó en una mano sus monedas de oro
y en la otra el vaso de alabastro;
entonces se volvió para irse de prisa
por los vendedores de perfumes, toda triste.
El vendedor de perfumes la vio y quedó asombrado,
se puso a hablar con ella
y comenzó a decir así
a la prostituta: ‘¿no te basta, prostituta,
corromper a toda la ciudad?
¿Cuál es el sentido de tu vestimenta
que vas ostentando para tus amantes?
Te has sacado tu frivolidad
y te has revestido de humildad.
Antes cuando venías por mí,
tu aspecto era completamente distinto al de ahora.
Vestías hábitos delicados
y tenías pocas monedas,
querías sin embargo los perfumes más buscados
para perfumar tu frivolidad.
¿Por qué hoy revistes un hábito mísero,
y llevas contigo una gran cantidad de monedas de oro?
No entiendo tu cambio
ni el motivo por el cual vistes hábitos semejantes:
o vistes hábitos apropiados a la calidad del perfume
o compras un perfume barato que se adapte a tus hábitos actuales.
Porque este perfume no es ni apropiado ni adaptado
para los hábitos que vistes.
¿Te has quizás encontrado un mercader
que posee una gran riqueza?
¿Has entendido que tus vestidos frívolos
no son de su agrado?
¿Te has quitado este hábito frívolo
y te has puesto algo más modesto
para que vistiendo todo género de vestidos
tú puedas tomar posesión de sus bienes?
¡Y si verdaderamente le gusta este vestido,
si es un hombre honesto,
infeliz él entonces que no ha encontrado más que una fosa
que tragará su mercancía!
Te quiero ahora dar un consejo
como alguien que se preocupa de tu bien:
renuncia a tus muchos hombres.
No te han hecho nada bueno desde que eras niña.
Buscad un único marido
que ponga freno a tu actitud disoluta.
Esto le dijo el vendedor de perfumes,
en su discernimiento, a la prostituta.
La prostituta entonces replicó
respondiendo a las palabras del vendedor de perfumes:
‘No me reproches con tu discurso;
no me confundas en mis propósitos con tus argumentos.
He pedido el perfume y no lo estoy pidiendo por nada:
no tengo intención de regatear su precio.
Toma las monedas de oro, todas las que quieras,
pero dame el mejor perfume.
Toma esto que no dura
y dame lo que dura.
Yo debo ir por aquel que dura para siempre
y compraré algo que dura.
En cuanto a lo que has dicho del mercader,
es verdad que hoy un hombre me ha encontrado,
y que consigo tiene una gran riqueza;
me ha robado y yo le he robado:
¡me ha robado mis errores y mis pecados,
mientras yo he robado sus mercancías!
En cuanto a lo que me has dicho respecto a un marido,
he adquirido un marido en lo alto
cuya autoridad dura para siempre,
cuyo reino no tendrá fin.” [18]

Y es por la poesía lírica de Efrén, sus madrase de los cuales han llegado hasta nosotros alrededor de quinientos, que nos podemos hacer una idea de las líneas que conducen su visión teológica, incluso –como hemos visto arriba- su enseñanza sobre cómo el texto bíblico puede ser leído. Los madrase han sido justamente descriptos como “poemas didácticos”, ya que a menudo sirven para transmitir lo que se podría llamar “instrucción catequética” sobre la naturaleza y el significado del mensaje cristiano. Un tema al cual Efrén consagra un buen número de poemas es el descenso de Cristo al she’ol, el mundo de los muertos. Este tema era de gran importancia para muchos padres, ya que describe el ingreso de Cristo en un tiempo y en un espacio sagrado y litúrgico, donde lo que es operante es la calidad de un evento y no su lugar en el tiempo lineal. El tema del descenso en el she’ol sirve entonces para contrapesar la dimensión puntual de la encarnación inscripta en un tiempo histórico y en un espacio geográfico. Por motivo de su propia naturaleza, el tema del descenso puede ser descripto sólo a través de un relato o en una manera mitológica –en el sentido positivo del término- y esto es lo que efectivamente hace Efrén, a veces de modo jocoso y a menudo humorístico, en una serie de dramas poéticos en el cual la muerte y Satán personificados discuten entre ellos sobre Jesús, durante la crucifixión. Ambos son retratados como poseedores de un excelente conocimiento del texto bíblico: ¡un desafío a los lectores de Efrén, y sobre todo a los de hoy día! En el siguiente estrato la muerte se dirige presuntuosamente a Jesús que pende de la cruz:

“Si tú eres Dios, muestra tu poder, si eres hombre,
pon a prueba nuestro poder.
Si buscas a Adán, ¡lárgate!
Está aquí encarcelado por sus culpas…
Yo he conquistado a todos los sabios,
les he reunidos en los rincones del she’ol.
Ven y entra, hijo de José, considera los horrores;
los miembros de los héroes, el gran cadáver de Sansón,
los huesos del cruel Goliat; está también Og, el hijo de los gigantes
que se hizo un lecho de hierro sobre el cual recostarse:
lo he tomado, lo he tirado a tierra,
he humillado al cedro en la puerta del she’ol
Yo desprecio la plata de los ricos,
sus dones no me corrompen.
Los dueños de los esclavos no me convencen
de tomar un esclavo en lugar del dueño,
o un pobre hombre en lugar de un rico,
o un viejo en lugar de un niño.
Los sabios prevalecen quizás sobre los animales,
pero sus palabras no entran en mis oídos.
Todos me llaman “odiador de pedidos”,
yo hago simplemente lo que me ha sido ordenado.
¿Quién es este? ¿De quién es hijo?
¿A qué familia pertenece aquel que sería capaz de vencerme?
Yo poseo el libro de las generaciones;
he comenzado con gran pena a leer todos los nombres,
desde Adán en adelante,
y ninguno de los muertes me esquiva;
generación tras generación, están escritas
en mis miembros. Es por ti, Jesús,
que me he puesto a contarlas,
para probar que nadie escapa de mis manos.
Hay dos hombres –no debo engañar-
cuyos nombres faltan en el she’ol:
Enoc y Elías no han venido por mí;
los he buscado en toda la creación,
he descendido también al lugar en el cual ha descendido Jonás;
los he buscado, y no estaban; y cuando he pensado que podían
haber entrado en el paraíso
y escapado, había un terrible querubín que hacía guardia (cf. Gen 3, 24).
Jacob ha visto la escala (cf. Gen 27, 12);
quizás es con ella que han subido al cielo” [19].

La muerte continúa de este modo algunas estrofas más, y luego:

“La muerte terminó su discurso burlón,
entonces la voz del Señor resonó en el she’ol
y las tumbas se abrieron (cf. Mt 27, 50-53)…
y los ángeles entraron para hacer salir a los muertos,
encontró al Muerto que ha dado la vida a todo” [20].

El ingreso de Cristo en el she’ol induce finalmente a la muerte a pedir perdón por sus palabras y a confesar que Cristo es hombre y Dios. Luego pide:

“Jesús, Rey, acoge mi pedido,
y con mi pedido toma un rehén;
lleva a Adán contigo, como rehén,
y en él a todos los muertos que están escondidos
– justamente como cuando lo he acogido, en él
estaban escondidos todos los vivientes-.
Como primer rehén te doy
el cuerpo de Adán. Sube ahora y reina sobre todo
y cuando oiga tu trompeta  llamar,
con mis manos haré salir a los muertos a tu encuentro”. [21]

Todos los escritos de Efrén están totalmente penetrados por un conocimiento profundo y penetrante del texto bíblico. Abundan las alusiones y en muchos casos las interpretaciones bíblicas de Efrén son tomadas y desarrolladas por poetas posteriores, sobre todo por Santiago de Sarug.

Espero que los diversos pasajes que he citado hayan ofrecido una idea del modo creativo en el cual Efrén se acerca a la palabra de Dios. Pero dejemos a Efrén la última palabra, en un pasaje en el cual se detiene sobre lo inagotable de la Escritura  y sobre la multiplicidad de sus sentidos. Comienza dirigiéndose a Cristo mismo:

“¿Quién es capaz de comprender la amplitud de lo que se puede descubrir en una sola expresión tuya? Porque lo que nosotros dejamos en ella es mucho más de cuanto tomamos, como un pueblo sediento que bebe de una fuente. Las facetas de tu Palabra son mucho más numerosas de aquellos de los que aprenden de ella. Dios ha representado su Palabra con muchas bellezas, como para que cada uno de los que aprendan de ella pueda examinar el aspecto que desee. Y Dios ha escondido dentro de su Palabra todo género de tesoros, como para que cada uno de nosotros pueda ser enriquecido por cualquier aspecto sobre el cual medite. Porque la palabra de Dios es el árbol de la vida que te ofrece por todas partes frutos benditos. Ella es como la roca que fue golpeada en el desierto, que se convierte para cada uno en una bebida espiritual. ‘Todos comieron el mismo alimento espiritual, todos bebieron la misma bebida espiritual’ (1 Cor 10, 3). Cada uno que encuentra la Escritura no debería suponer que la singular riqueza que él ha encontrado sea la única que existe. Más bien, él debería entender que él solo es capaz de descubrir una de las múltiples riquezas que existen en ella. Tampoco crea, desde el momento en que la Escritura lo ha enriquecido, que con esto ha empobrecido a la Escritura. Más bien, si el lector es incapaz de encontrar más, admita la grandeza de la Escritura. Alégrate porque has encontrado satisfacción y no te entristezcas que haya algo que dejas. Un sediento contento porque ha bebido no se entristece porque es incapaz de agotar la fuente. ¡Deja que la fuente extinga tu sed, tu sed no secará la fuente! Si tu sed termina sin que la fuente haya disminuido, entonces puedes beber de nuevo cada vez que tengas sed. Pero si la fuente ha sido desecada una vez que te has llenado, tu victoria sobre ella será tu daño. Dad gracias por lo que has sacado y no te lamentes por la abundancia dejada. Lo que has tomado es según tu propiedad, lo que has dejado puede ser aún tu heredad.” [22]


Sebastian P. Brock
La parola di dio nella vita spirituale.
Ed. Qiqajon. Comunitpa di Bose. 2012
Pág. 149-167


Notas:

* Uno de los máximos expertos de la literatura siríaca, ha enseñado por muchos años en el Oriental Instituto de Oxford. Traducción del original inglés.

[1] Efrén el Sirio, Inni sulla fede 19,7, en S. Brock, L’ occhio luminoso. La visiones spirituale di sant’ Efrem, Roma 1999, p. 27. Desde ahora, a menos que se indique lo contrario, los pasajes citados a continuación de las diversas obras de Efrén se pueden encontrar en el estudio de S. Brock, L’ occhio luminoso, en las páginas en cada caso indicadas.

[2] Una guía de las ediciones y traducciones de los escritos de Efrén se puede encontrar en The Harp 3 (1990), pp. 7-25, actualizada en Saint Ephrem, un poéte pour notre temps. Patrimoine syriaque. Actes du Colloque XI, Alep 2006, Antélias 2007, pp. 281-310. Para una introducción general a su pensamiento, cf. S. Brock, L’ occhio luminoso. Algunos de los pasajes citados se encuentran también en Id., “Saint Ephrem the Syrian on Reading Scripture”, en Downside Reiew 438 (2007), pp. 37-50.

[3] Efrem il Siro, Inni sulla fede 44,7, p. 43.

[4] “En su libro Moisés / ha descripto la creación del mundo natural / de manera que sea el mundo natural como lo es su libro / ambos puedan testimoniar al Creador: / el mundo natural a través del uso que de él hace el hombre / el libro, a través de la lectura” (Id., Inni sul paradiso 5, 2, en S. Brock, L’ occhio luminoso, p. 164).

[5] Id., Inni sulla verginità 20,12; para una traducción francesa, cf. Éphrem le Syrien, Le Christ en ses simboles. Hymnes “de virginitate”, a cargo de D. Cerbelaud, Bñégrolles en Mauges 2006, p. 112.

[6] Id., Inni sulla fede 67, 8-9, p. 51.

[7] Ibid. 31, 1-7, pp. 66-68.

[8] Id., Inni sul paradiso 11, 6, pp. 51-52.

[9] Id., Inni sulla natività 11,8, en S. Brock, L’ occhio luminoso, p. 24.

[10] Id., Inni sulla fede 17,1, p. 74.

[11] Ibid. 32,3, p. 47.

[12] Cf. Id., Commento alla Genesi e all’Esodo, en Sancti Ephraem Syri in Genesim et in Exodum Commentarii, a cargo de R.-M. Tonneau, CSCO 152-153, Syr 71-72, Louvain 1955.

[13] Id., Inni sul digiuno 6, 1.3-4, en La restituzione del debito. Melodie e istruzioni sul digiuno, a cargo de E. Vergani, Milano 2011, pp. 57-58.

[14] Id., Inni nisibeni 16,11, en S. Brock, L’ occhio luminoso, p. 57.

[15] Id., Commento alla Genesi 2, 18, en Sancti Ephraem Syri in Genesim, a cargo de R.-M Tonneau, CSCO 152, Syr 71, Louvain 1955, p. 35.

[16] Id., Lettera a Publio I, en S. Brock, L’ occhio luminoso, p. 84.

[17] Ibid. 13-14; para una traducción inglesa de este pasaje, cf. S. P. Brock, “Ephrem’s Letter to Publius”, en Le Muséon 89 (1976), pp. 285-286.

[18] Efrem il Sirio, Poema sulla donna peccatrice, en Des heiligen Ephraem des Syrers Sermones II, a cargo de E. Beck, CSCO 311-312, Syr 134-135, Louvain 1970.

[19] Id., Inni nisibeni 36, 2-3.5-7.

[20] Ibid. 36,11.

[21] Ibid. 36, 17. Para una traducción francesa de los pasajes aquí citados de los Inni nisibeni, cf. Id., La descente aux enfers. Carmina nisibena, a cargo de D. Cerbelaud, Bégrolles en Mauges 2009, pp. 183-188.

[22] Id., Comento al Diatessaron I, 18-19, en S. Brock, L’ occhio luminoso, pp. 55-56.




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