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martes, 9 de julio de 2013

Isaac el Sirio. Discurso II de la Tercera colección

TERCERA COLECCIÓN

DISCURSO II
Isaac el Sirio


Sobre el orden del cuerpo cuando está en soledad, y sobre el decoro de los miembros exteriores.


1. Para que los pensamientos [permanezcan] en paz, es necesario que nos tomemos gran cuidado también en lo que respecta a los ejercicios físicos [1]. El orden exterior, en efecto, es capaz de orientar en toda dirección el pensamiento del corazón. Este [orden] ejerce de maestro para aquel que en su interior [se vuelve] a las [acciones] malvadas incluso cuando las realidades mundanas están alejadas. Y análogamente la unificación del cuerpo es particularmente útil para alcanzar un pensamiento excelente. En efecto, tanto la indiferencia, como también un cuerpo no ordenado pueden provocar un gran tumulto del pensamiento. 2. Luchas grandes y detestables se despiertan entonces en la celda y además, por el relajamiento de los ojos y [de los] sentidos, muchos pensamientos vuelven a manifestarse. Habiéndote mortificado [2], estarás en paz. Pero, a causa de los comportamientos del cuerpo, muchos hábitos y caídas de un tiempo vuelven a tomar fuerza. Esto, [es decir, la atención al cuerpo], alimenta la oración del corazón, la pasión, la humildad y la meditación de lo que es excelente.

3. En efecto, a medida que uno se entretiene en los hábitos excelentes, estos [hacen] [3] que en el alma se despliegue la belleza de sus conductas, hasta el punto en el cual el hombre lleva [insertas] en su misma persona tales [conductas]. 4. Estas son la paciencia, la alegría en la aflicción, la calma en los comportamientos, la perseverancia en la soledad, la castidad de los miembros, el desprecio del deseo del cuerpo, la preocupación incesante por la santidad, no pensar en sí mismo por el cual es causada [la capacidad] de controlar el involuntario celo del alma, que a su vez no es otro que una manifestación del orgullo que asecha en lo íntimo [4].

5. Además, confrontándose a sí mismo, como en un espejo, con los comportamientos narrados en las historias de todos los santos, [el solitario] recibe de ellos un ejemplo y, sin fatiga, él recorre su camino recordando la paciencia y las bellezas de los [santos], es decir ¡de aquellos de los cuales su simple recuerdo llena ya el alma de alegría!

6. Y, también, es gracias a la victoria de los santos que el alma de los [solitarios] anda [lejos] del mundo, recibe consolación en la batalla que se abate sobre ella, obtiene una conciencia que se desprecia a sí mismo y un corazón humilde. Adornado de hábitos excelentes, [el solitario] desde aquel momento [vive sin] excitación ni temor. Y aquello que percibe es sólo la paternidad [de Dios] y [su] ser hijo: ¡nada más hay entre él y Dios! [5]

7. Esta condición de plenitud requiere el propósito de una vida solitaria en la quietud y la fatiga solitaria en la celda. [Requiere]: un cuerpo humillado, un pensamiento renovado, sentidos domados, pensamientos que se iluminan en su esplendor, un Intelecto que vuela y se eleva hacia Dios en la contemplación de él, un pensamiento retirado del mundo y que con su reflexión vaga en Dios. [Ciertamente tal solitario] está [todavía] entrelazado en la carne pero [su] pensamientos no se detiene en ella.

8. Y mientras tal asiduidad [con Dios] es movida en el [pensamiento] por estas realidades que perduran y que son muy superiores, el cuerpo se detiene y sufre, mientras que el corazón exulta de alegría, sin que nosotros nos demos cuenta, porque se ha dicho: “El corazón se exalta” [6].

9. Oh Cristo que a todos enriqueces, envía a mí tu esperanza, y hazme salir de las tinieblas, hacia el conocimiento de tu luz, para que yo te alabe con el corazón [7] y no sólo con la boca.


Isacco di Ninive
Discorsi ascetici. Terza collezione.
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Pág. 51-53.

 Notas:

[1] Literalmente: “de nuestras realidades exteriores”.

[2] Literalmente: “habiendo mortificado tus asuntos”.

[3] Hay aquí una palabra ilegible que, por el sentido de la frase, debería corresponder al texto integrado.

[4] En varios pasajes de la primera y segunda colección, Isaac expresa reservas sobre el celo del cual son a menudo animados los solitarios. Hay un “arder en el bien”, que a veces se manifiesta también como lucha en defensa de la verdad y de la ortodoxia, que en realidad esconde una de las pasiones monásticas más insidiosas: el orgullo. Me limito sólo a un texto en el cual el Ninivita dice: “Dos son las razones por las cuales un hombre puede ser continuamente cubierto de celo contra la conducta de los otros: el orgullo y la estupidez” (Segunda colección 1).

[5] El hijo, dice en otro lugar Isaac, no tiene más temor del castigo [de la vara]: “Aquel que es corporal, como los animales, teme volverse una víctima; aquel que es racional, en cambio, [teme] el juicio de Dios. Pero aquel que es hijo, está asustado no del castigo [de la vara], sino de la belleza del amor” (Primera colección 62).

[6] Sal 131, 1.

[7] Literalmente: “con las alabanzas del corazón”.



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