Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 23 de julio de 2013

La oración incesante según San Gregorio Pálamas

Giorgio Galitis



Guía constante en la vida espiritual son los Padres de la Iglesia que indican, cada uno a su modo, el camino que conduce hacia Dios, a la unión con él, a la deificación.

El camino de la vida espiritual propuesto por san Gregorio Pálamas junto al grupo de los padres népticos y de los hesicastas, la vía que conduce a la unión con Dios, a la deificación, pasa a través de la oración incesante.

No podemos examinar la oración incesante fuera de su contexto natural que es el del hesicasmo, esta gran corriente que lleva a san Gregorio Pálamas. Gregorio es aquel que ha logrado, algunos decenios antes de la caída de Bizancio, resumir en una síntesis dogmática, la tradición secular de la vida monástica contemplativa del oriente cristiano, [la tradición] del hesicasmo.

Para hablar por tanto de la oración incesante según Gregorio Pálamas, deberemos comenzar por las fuentes de esta corriente, por el hesicasmo, y seguir sistemáticamente su desarrollo. Cuando lleguemos a san Gregorio que resume a sus predecesores y pone sus bases dogmáticas, habremos ya recorrido la mayor parte del camino.

Así esta relación ha sido dividida en dos partes. En la primera parte, examinamos la oración incesante en su nacimiento y desarrollo hasta san Gregorio Pálamas y, en la segunda parte, la contribución de san Gregorio en el resumir y codificar esta tradición oriental.


I

Es inconcebible cualquier aspecto de la vida espiritual, cualquier intento de acercarse a Dios, sin la oración. Con la oración el hombre habla con Dios, con ella se vuelve su amigo, con ella se une a Él. Lo que hacemos sin oración y sin esperanza, dice san Marcos el Asceta, al final se vuelve dañino e incompleto.

Juan Crisóstomo escribe: “Si alguien se priva a sí mismo de la oración, hace como aquel que saca al pez del agua. Así como para el pez la vida es el agua, así para nosotros la vida es oración”.

Lo mismo dice también el apóstol Pablo cuando escribe en su primera carta a los Tesalonisenses: “orad sin cesar” (5, 17).

Aquí alguien se preguntará cómo debe ser entendido este “sin cesar”.

El corazón trabaja incesantemente incluso cuando el hombre duerme, también cuando trabaja, cuando piensa y cuando lee. Lo mismo pasa con la respiración. La oración, ¿no reclama una actividad consciente de la mente, de modo que ninguno puede orar mientras duerme, o estudia o realiza un trabajo que exija atención? Esta duda no es nueva. En el curso de muchos siglos, de distintos modos, buscaron interpretar este “sin cesar” y ponerlo en práctica. Orígenes considera que ora incesantemente aquel que une la oración a las cosas que hace y los hechos prácticos a la oración.

Poco después los herejes mesalianos, queriendo cumplir este “sin cesar”, rechazaron el culto exterior y lo cambiaron por numerosas oraciones que acompañaban con danzas.

Al comienzo del siglo V d.C., aparecieron los llamados monjes acemitas, que vivían la oración incesante intercalando coros de monjes durante las 24 horas del día, de modo de ejercitar continuamente la oración en el monasterio.

Estos métodos sin embargo eran sobre todo técnicos, es decir, buscaban realizar la oración incesante de modo exterior, “organizado”.

Más allá de esto, en Oriente, poco a poco va predominando otra intuición que veía en la oración incesante no una acción sino un estado. Precursores de esta interpretación de la oración incesante fueron los monjes del Oriente. En el desierto los anacoretas introdujeron una práctica según la cual la continua repetición de una breve oración conduce al estado de la oración incesante. Así se fue creando un método según el cual de un modo concreto y con una forma de oración, se puede alcanzar el estado de la oración incesante.

La base de este método es el estado denominado quietud (hesiquía). Por esto, los padres que ejercitaban la quietud y su método fueron llamados hesicastas. Este método en su aspecto completo consiste en el alejar de la mente toda reflexión y todo pensamiento terreno y concentrarse en el recuerdo y en la invocación del nombre de Jesús. Este alejamiento de la mente de toda reflexión es llamado “nh’yi” (“nêpsis”). Por esto también los padres que lo aplicaron fueron llamados “nhptikoi patevre” (néptikoì patéres- padres népticos).

Buscando las fuentes del método hesicasta de la oración incesante llegamos al asceta del siglo IV, Macario el Egipcio que fue, como parece por sus pocas máximas conservadas, uno de los más antiguos enunciadores de este aspecto de la oración. No es necesario, afirmaba Macario, decir muchas palabras en la oración:

“extiende los brazos y di a Dios: ‘¡Señor, como quieras y como sabes, ten piedad de mí!’.

“En la batalla grita: ‘¡Señor ayuda!’, y él sabe de qué cosas tienes necesidad y tendrá piedad de ti.”

Es evidente que Macario conocía esta pequeña oración, que  está constituida por dos palabras y que es dicha en la Iglesia ortodoxa una, tres, doce, cuarenta e, incluso, cien veces. Es el Kyrie eleison que es dicho tantas veces, justamente como un guerrero grita “auxilio” sin reflexionar o sin tener necesidad de decir frases enteras complicadas para atraer la atención y la ayuda de otro.

Discípulo de Macario, y también de los Padres capadocios –Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Gregorio de Nisa- y al mismo tiempo también su amigo, era el monje Evagrio Póntico.

Su instrucción junto a estos grandes espirituales y el cambio producido en él después de haberlos frecuentado, ayudaron al asceta erudito a presentar una síntesis y una –digamos- justificación filosófica de la oración incesante, apoyada en una antropología de evidente origen platónico.

Para Evagrio, la oración es un diálogo de la mente con Dios, es una elevación de la mente hacia Dios.

La oración sin interrupción es la más alta función de la mente. Y afirma de modo epigramático: “entonces tu oración superará toda alegría cuando verdaderamente te conviertas tú mismo en oración”.

Convirtiéndose el hombre, él mismo en oración, es decir, viviendo en un continuo estado de oración, obtiene la “oración incesante”. Así la oración incesante es para Evagrio una “estado mental” y por esto la llama “oración mental”.

Muy pronto la oración mental se enriquecerá con el añadido del nombre de Jesús y tomará finalmente la forma: “Señor Jesucristo, ten piedad de mí” o “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí”. Y ya que comprende una sóla frase, un sólo significado, un sólo pensamiento, es llamada oración monológica (monológiote).

Aquí debemos notar que en el siglo IV, ya se había difundido bastante, como parece, la costumbre de la oración de Jesús en el mundo monástico, porque la encontramos no sólo en los desiertos de Egipto, sino también en Tesalónica con san Juan Crisóstomo que escribe: “Aquel que vive sólo, sea que coma, que beba, que esté sentado, que trabaje, que camine, que haga cualquier otra cosa, debe gritar el ‘Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí.’”

El artículo “él”, antes de la oración, muestra que esta forma era ya completa, conocida y difundida cuando escribía Crisóstomo.

En el siglo V, la oración de Jesús pasa los confines de la vida monástica y ascética y llega a ser conocida y querida por multitudes.

Maestros en esto fueron Diádoco, obispo de Fótice – hoy Paramithia-, en Epiro, y su casi contemporáneo, Macario el egipcio, autor de las “homilías espirituales”, una obra muy importante que le es atribuida erróneamente.

Macario y Diádoco, ponen el acento sobre la importancia del corazón en la oración incesante, del corazón que es para estos el lugar de la presencia de la gracia divina y la sede de la inteligencia.

Así, la oración de Jesús se vuelve “oración del corazón”. De modo particular el hesicasmo, que estaba en Evagrio influenciado por las teorías de Platón y [con un acento] intelectual, con las obras que son atribuidas a Macario se vuelve bíblico y cristocéntrico, y su objetivo se diversifica en el hecho de que el hombre, con el continuo recuerdo del nombre de Jesús, lleva al espíritu, que había perdido en la caída, a su lugar natural, al corazón.

Diádoco de Fótice señala especialmente la relación de la oración interior incesante con el recuerdo de Dios. Detrás del recuerdo del nombre de Jesús que es practicado en la oración interior, se encuentra el recuerdo del [mismo] Jesús, el recuerdo de Dios.

Sobre esta necesidad del recuerdo de Dios, otros han puesto también el acento anteriormente. Clásica es la frade de san Gregorio de Nacianceno: “Acuérdate de Dios más que de respirar”. A propósito de esta frase Diádoco de Fótice escribe: “la mente tiene necesidad de encontrarse continuamente en movimiento. Cuando nosotros cerramos todas las salidas con el recuerdo de Dios, la mente pide imperiosamente que se le dé un trabajo que satisfaga su necesidad de movimiento. Nosotros entonces debemos darle al Señor Jesús, para que esta sea su única ocupación, una ocupación que corresponda perfectamente a su objetivo.”

El estadio posterior en el desarrollo de la oración interior lo encontramos en san Juan Clímaco. Siendo superior del monasterio de santa Catalina del Sinaí, en los inicios del siglo VII, Juan escribió su conocidísima obra Escala al Paraíso, que le dio también el sobrenombre [de Clímaco], y donde por primera vez es descripta sistemática y analíticamente la vida de los hesicastas y la práctica de la oración del corazón que es, según Juan, “ciencia de las ciencias y arte de las artes”.

El hecho de que la Iglesia honre su memoria del mismo modo que la de san Gregorio Pálamas, dedicando a los dos grandes hesicastas un domingo de la Gran Cuaresma, muestra la gran estima que tiene por la contribución  de ambos en el desarrollo de la vida espiritual ortodoxa.

“Cuando ores – escribe Juan- no busques hacerlo con muchas palabras. El publicano dijo una sola frase, lo mismo también el ladrón. Las muchas palabras dispersa la mente, las pocas palabras la llevan al recogimiento.”

El objetivo del hesicasta es, según Juan, la circunscripción del Dios incorpóreo en el cuerpo de aquel que ora incesantemente y la armonización del nombre de Jesús con la respiración. Y con este propósito escribía: “si unes la memoria de Jesús a tu respiración, conocerás la utilidad de la quietud (hesiquía)”.

Lo mismo es repetido posteriormente en la obra de Hesiquio el Sinaíta, conocida con el nombre de Ecatondades, uno de los más notables tratados sobre la oración de Jesús. “El nombre de Jesús sea pegado a tu respiración”, escribe, y agrega “por toda tu vida”, y en otro lugar, “a la inspiración de tu nariz, une templanza y el nombre de Jesús”. Se debe resaltar que en la Ecatondades de Hesiquio,  la oración de una sola palabra [monológica], por primera vez, según nuestro conocimiento, es llamada “oración de Jesús”.

Del mismo modo también, otro hesicasta, Isaac el Sirio, señala: “sin la oración incesante no puedes acercarte a Dios”.

Dejamos a los grandes hesicastas como san Efrén el Sirio, Máximo el Confesor, los sinaítas Filoteo y Nilo, y muchos otros que enseñaron la oración mental incesante no sólo a los monjes, sino también a la masa de laicos y formaron así la vida espiritual ortodoxa, y también la devoción laica, para llegar a otro gran maestro hesicasta, san Simeón el Nuevo Teólogo.

Simeón, que vivió entre fines del siglo X y el inicio del siglo XI, fue el primero y quizá el único que habló tan abiertamente de su experiencia en la oración incesante.

Los anteriores enseñaron, pero vacilaron y rehuyeron de hablar de sus vidas personales. Simeón, de naturaleza impetuosa y llena de sentimiento, viene comprimido de todo lo que siente en su personal encuentro con Dios que es objeto de su violento amor, y no calcula nada: registra sus sentimientos y describe sus experiencias, con claridad y con detalles que nos revelan el maravilloso mundo de la vida mística. Esta vida se puede recapitular con la visión de Dios, que es equivalente a la deificación.

También otros hablaron antes de la deificación, como Gregorio de Nisa y Máximo el Confesor, Simeón sin embargo fue el que describe el estado de la deificación como lo vivió él mismo.

Y llegamos al siglo XIV, a la época en la cual vivió san Gregorio Pálamas. El hesicasmo de aquella época florece trasladándose desde el Sinaí al Monte Athos que se vuelve el centro del ejercicio de la oración incesante.

Maestros espirituales como Ignacio y Calixto Xanthòpulos, Calixto el Nikiforos, Máximo el Kafsokalivitis y todos aquellos a los cuales nos referiremos a continuación, son juntos a muchos otros los iniciados de la oración mental, de la cual enseñan la teoría y la práctica, con escritos y palabras, a sus muchos discípulos.

Ya desde el siglo anterior, monjes del Monte Athos, y también metropolitas, como el maestro espiritual de Pálamas, san Teolepto de Filadelfia, y patriarcas como Atanasio I, enseñan al pueblo el método hesicasta. El ejemplo de Atanasio y de Teolepto, hombres de intensa actividad eclesiástica y también social y política, que practicaban y al mismo tiempo enseñaban, la oración incesante, demuestra el grado de su difusión.

Entre los contemporáneos de Pálamas, dos grandes hesicastas y maestros de la oración interior sobre el Monte Athos, sobresalen, famosos en todo el mundo bizantino: Nicéforo, que toma el sobrenombre de “el Hesicasta, y san Gregorio el Sinaíta. El primero fue maestro y guía espiritual de Pálamas. En cuanto al segundo, hay dudas si es el mismo Gregorio al cual Pálamas fue subordinado en el Skit Glossia del Monte Athos.

Finalmente, si bien no fue directamente su maestro, lo fue de todas maneras indirectamente, habiendo sido influenciado profundamente por su enseñanza y por sus discípulos.

Nicéforo pone el acento sobre el significado de la atención y de la concentración de la mente en el nombre de Jesús.

El experto hesicasta aconseja métodos prácticos de control de la mente y de la fantasía con una pausa en la respiración, métodos que expone detalladamente sin, sin embargo, considerarlos como algo esencial.

Lo más importante para él es el pedir un experto maestro espiritual que asuma la guía de aquel que desea ser iniciado en la oración incesante. “Si no encuentras un maestro así”, escribe Nicéforo, “pide a Dios con un espíritu contrito y lágrimas, suplícalo abandonándote y haz lo que te diré: lo primero, tu vida debe volverse tranquila, libre de toda preocupación, en paz con todos. Si sucede esto, entonces ve a tu celda, enciérrate adentro, ponte en una esquina y haz lo que te diré a continuación”. Y sigue la descripción del método psicosomático que, como hemos dicho, no es lo principal, es decir, no es ni la sustancia, ni el objetivo del hesicasmo. Y este es el punto que diferencia radicalmente la oración interior del Yoga del hinduismo, técnica que busca llevar con el automatismo a una situación mística que tiene como objetivo liberar al alma del “dolor de la existencia” sin el valor de transfigurarla y de santificarla.

Otro gran maestro del hesicasmo, contemporáneo a san Gregorio Pálamas, fue como hemos dicho, Gregorio el Sinaíta.

La irradiación espiritual de este gran padre néptico fue muy fuerte. De la multitud de sus discípulos salieron aquellos que en el siglo siguiente difundieron el hesicasmo en Rusia y luego en los otros países eslavos, creando los staretz, como son llamados en ruso, los superiores de los monasterios.

Gregorio el Sinaíta pone el acento en el significado central de la memoria de Dios. El hesicasta debe apagar todo otro pensamiento y retener firmemente el recuerdo de Dios, durante la oración incesante.

II


Y llegamos a san Gregorio Pálamas. Cuanto hemos dicho hasta ahora ha sido el presupuesto para una correcta comprensión de esta gran corriente espiritual, que fecundó y continúa fecundando la vida espiritual de la Iglesia ortodoxa.

Llegando a Pálamas, hemos hecho ya el recorrido del desarrollo de esta corriente, y hemos comprendido su significado. Un significado que san Gregorio resume, recapitula, estructura y difunde, porque antes él mismo lo absorbió y vivió.

Detengámonos un poco en el aporte de Gregorio a la teoría de la oración incesante. Nació en 1296, en Constantinopla, fue discípulo en un ambiente donde se practicaba la oración interior. El padre de Gregorio conocía el método de los hesicastas. Se dice que a veces cuando participaba de las reuniones del senado y del emperador, se le pedía que opinase sobre algún tema y él no escuchaba la pregunta porque estaba absorto en la oración. El piadoso emperador, que conocía la oración interior, no quería interrumpirlo.

A la edad de 20 años, Gregorio se vuelve monje del Monte Athos, donde vivirá en total veinte años. Los primeros tres años los vive en el ambiente del monasterio de Vatopedi, como subalterno de Nicodemo. Después permanece unos tres años en el monasterio de la Lavra, se retira en el eremitorio de Glossia (cerca de donde hoy es Provata). Allí encuentra conocidos hesicastas como Calixtos Katafigiotis y otros, especialmente al célebre Gregorio el Bizantino.

Pálamas se vuelve discípulo y subalterno del viejo santo el cual, junto a Nicéforo, es uno de sus principales maestros en la teoría y en la práctica de la oración interior.

Las frecuentes incursiones de los turcos obligan a Pálamas y a los otros ascetas a huir de sus eremitorios. Algunos buscan la salvación entre los muros fortificados de los monasterios de Monte Athos, otros se refugian en los lugares santos y en el Sinaí.

Pálamas sigue a estos últimos, pero no logra llegar más allá de Tesalónica. Allí entra en el círculo de Isidoro, discípulo de Gregorio el Sinaíta, convertido en un piadoso patriarca ecuménico, que tenía como objetivo la difusión de la oración interior entre los laicos. Más tarde, a la edad de treinta años, Gregorio es ordenado sacerdote y después de un intervalo de cinco años de ejercicio en Veria, retorna al Monte Athos. Se encontraba allí cuando sucedieron los hechos que lo destacaron como gran defensor del hesicasmo y como gran teólogo, los conocidos acontecimientos con el monje Barlaam y sus seguidores.

Dos eran principalmente los objetivos contra los cuales disparaba el erudito calabrés. El primero era el método psicosomático de la oración. El segundo el creer que la luz que durante el ejercicio de la oración interior pretendían ver [los monjes hesicastas] era increada.

Barlaam identificando, como los escolásticos occidentales, las energías de Dios con su esencia, que ciertamente ninguno puede ver ya que es inaccesible, sostiene que también la luz que los monjes veían, si es efectivamente increada, no puede ser vista, ya que tampoco Dios increado puede ser visto. Y ya que los herejes mesalianos afirmaban ver la esencia de Dios, Barlaam los llamó hesicastas mesalianos.

Pálamas responde a Barlaam con muchos escritos, con cartas y también con el “Tomo Hagiorítico”, un texto que los superiores y los monjes firmaron en una de sus reuniones. En estos textos Gregorio sintetiza la enseñanza de los Padres del hesicasmo, en la cual [se enseña sobre] el actuar del cuerpo junto con el alma y la posibilidad de la visión de la luz increada, que posibilita la deificación.

Esto último Gregorio lo desarrolló en una grandiosa composición en la cual comprendía y exponía sistemáticamente la enseñanza relativa a los Padres que distinguen la inaccesibilidad e la imparticipabilidad de la esencia de Dios de sus energías increadas participables, con las cuales sólo puede ser conocido Dios. Por consecuencia, la visión de la luz increada es una visión no de la esencia increada e imparticipable de Dios, sino de las energías divinas participables, si bien increadas, de la gloria increada de Dios.

La gloria de Dios sin embargo es para el hombre el mismo Dios que el hombre ve como luz. Aquellos que oran incesantemente ven la luz increada que es Dios mismo, resplandecen por esta luz y se vuelven todo uno con ella, es decir se deifican. La deificación, por lo tanto, como resultado de la oración incesante, es para san Gregorio Pálamas, como también para toda la tradición del Oriente, un acontecimiento ontológico y existencial.

La enseñanza de Gregorio fue aceptada por la Iglesia como expresión de su fe y de su tradición y fue convalidada por tres sínodos en Constantinopla. Pálamas, que al mismo tiempo es elegido y ordenado obispo de Tesalónica, continuó hasta su muerte en el 1359 sus luchas contra los enemigos del hesicasmo, contra Barlaam y dos nuevos adversarios, Gregorio Akindino y Nicéforo Gregoras.

El valor de la contribución de Gregorio Pálamas en la tradición del hesicasmo es incalculable. Gregorio, si bien principalmente era dogmático, él mismo practicó, como muchos hesicastas, la oración incesante. Sintetizando, la tradición del hesicasmo no describe las experiencias propias, como Simeón el Nuevo Teólogo, sino el estado de la oración incesante.

Sin intentar explicar el sistema de enseñanza de san Gregorio sobre la oración incesante, algo que no se puede hacer en una relación como la presente, podremos señalar algunos puntos característicos de su enseñanza con respecto a esta.

Ante todo, ¿qué lo que no es la oración incesante? Gregorio excluye que sea oración incesante lo que Barlaam cree. Barlaam, dice Gregorio, cree que es imposible la observancia de la orden de orar sin cesar, si no aceptamos los hechos como los interpreta él.

La interpretación que da Barlaam es que Pablo con la orden de orar sin cesar no entiende la acción con la cual se realiza la oración.

Oración incesante es para Barlaam la consciencia que no se puede hacer nada sino no lo quiere Dios. Cualquiera que cree esto, ora incesantemente.

San Gregorio rebate esta opinión con una simple pero bien acertada observación: si es así –dice- el filósofo que se ocupa continuamente en el estudio, no alzará jamás la cabeza de sus libros y al mismo tiempo orará incesantemente. […]

¿Qué es por tanto la oración incesante?

Según Gregorio, que habla de cosas divinas, la oración es un don místico secreto y espiritual de Dios, que permanece incesantemente en el alma de aquel que dirige su mente a esta y adquiere así la posibilidad de unirse a Dios. Este don atrae por sí sólo a la mente digna de unirse a Dios y brota del santo regocijo.

Cuantos se han hecho partícipes de la gracia tienen enraizada en su alma continuamente en actividad también la oración, de acuerdo con el versículo del Cantar de los cantares (5, 20): “yo duermo pero mi corazón vela”.

Por tanto, quien desee esta verdadera y real oración incesante con Dios, viva sin apegarse a nada humano, excepto a aquellas cosas indispensables, e incluso en medio de las necesidades humanas no se aleje del recuerdo de Dios en cuanto le sea posible, sino que se vuelva en torno al concepto de Dios estampado en su alma como un sello indeleble, como afirma Basilio el Grande. Debemos ejercitarnos con obras, con palabras y con los pensamientos en la oración incesante, hasta que obtengamos este don.

Porque, como dice también san Nilo, si no has recibido el precioso don de la oración, dedícate a ella y lo recibirás.

El fin de la oración es el mismo que el de la existencia del hombre, por lo tanto orando el hombre realiza el fin por el cual existe. Por esto, pues, invoquemos incesantemente a Dios, para encontrarnos siempre con él ininterrumpidamente.

Un lugar significativo en la enseñanza de san Gregorio Pálamas con respecto a la oración incesante lo tiene la colaboración del cuerpo que cuando obra en contra [de la oración] debe ser frenado y cuando lo hace correctamente debemos dejarlo hacer. La colaboración del cuerpo es absolutamente necesaria, porque mediante este se llega a la impasibilidad. En la oración interior, aquellos que desean llegar al estado de la impasibilidad, y no tienen mortificado el deseo del alma de pecar y no están aún liberados de las pasiones, tienen necesidad del ayuno y de la vigilia para acompañar a la oración. Porque sólo así se mortifica el deseo del cuerpo de pecar, se debilitan los pensamientos [malos] y se alcanza la compunción que elimina las impurezas y atrae la misericordia de Dios.

Gregorio explica, en otro lugar, con detalles qué es la imperturbabilidad. La imperturbabilidad no es la mortificación de las pasiones, es decir de la animosidad y de las cosas que se desean, que constituyen juntas la parte pasional del alma.

La imperturbabilidad es la transposición de la pasión por las cosas más bajas a las cosas superiores y su acción debe ser acorde con el querer de Dios, es decir, una aversión por la maldad y un dirigirse a las cosas buenas.

Imperturbable es aquel que ha tirado fuera sus malas costumbres y las ha sustituido con las buenas; aquel que ha sometido la animosidad y los deseos, es decir las pasiones, por la parte razonable, juiciosa y reflexiva del alma, tanto cuanto las pasiones someten la reflexión a la pasión. Aquel que ha mortificado la pasión no es imperturbable, porque estará inmóvil y apático también frente a las experiencias, relaciones y disposiciones divinas. Imperturbable es aquel que somete la pasión y deja que Dios lo guíe de modo que su mente se convenza y con el recuerdo ininterrumpido de Dios tienda hacia Dios.

Como Pablo cuando “fue raptado al tercer cielo”, escribe Gregorio, no sabía si estaba dentro o fuera de su cuerpo, porque había olvidado todas las cosas relativas al cuerpo, así también aquel que se apresura y va hacia Dios con la oración, no debe notar nada respecto al cuerpo. Y no sólo se debe desprender de la actividad del cuerpo, sino también de la de la mente, y entre estas también de las más santas y divinas elevaciones, ya que Dios con la oración pone al hombre incluso más alto que estas y lo une a sí. Cuantos sintieron la gracia espiritual de esta oración en su corazón, saben que esta no es una representación fantasiosa o algo que a veces existe y a veces no, sino que es una energía incansable provocada por la gracia, que existe junto con el alma y tiene sus raíces en ella. Es una fuente de la cual brota la sagrada alegría que atrae junto a sí a la mente y la aleja de las fantasías materiales. El placer del cuerpo se desplaza del cuerpo a la mente y la vuelve “corpórea”, mientras que el gozo espiritual va de la mente al cuerpo, lo transforma y lo hace espiritual. Le hace rechazar sus apetitos materiales sin abajar al alma, y este mismo asciende hacia lo alto con ella, de modo que el hombre sea todo espíritu, según cuanto dijo Cristo (Juan 3,6): “aquel que ha renacido en el espíritu es espíritu”.

Finalmente, para obtener resultados en la oración incesante, Gregorio insiste en que con la oración incesante se obtiene el recuerdo de Dios, que podría ser llamado “la morada de Dios”. Y esto porque la oración incesante crea los presupuestos para que el hombre acepte a Dios y para que, pidiendo el hombre continuamente a Dios, consiga esta inhabitación, es decir, lleve a Dios a introducirse dentro de él. Esto mismo afirma Cristo (Lc 11, 13): “Dios dará su Espíritu Santo a los que pidan día y noche”, es decir a aquellos que oren ininterrumpidamente.

La gracia deificante hace que los ojos del alma vean la luminosidad de la naturaleza divina con la cual Dios entra en contacto con los santos. La gracia deificante sin embargo, es decir, aquella que conduce a la deificación, la consigue sólo la oración, la oración no como hábito pasivo, sino como acción consciente de todo el hombre. La mente, de naturaleza inmaterial, con la oración ininterrumpida inmaterial, asciende hacia la luz más alta de todo, a la que es verdaderamente luz, a Dios, y ya que es contenida por la luz divina, se transforma y se vuelve como un ángel.

Entonces la mente participa en la luminosidad de Dios de la cual es imagen, e irradia por sí sola el esplendor de la belleza de Dios, la luminosidad y la inaccesible aurora. Esto entendía también David cuando dijo (Salmo 89, 17): “el esplendor de nuestro Dios sobre nosotros”.

Hemos hecho un recorrido por el mundo de los místicos del hesicasmo que es el mundo de la oración incesante, el mundo de la memoria de Dios.

Hemos visto cómo se ha desarrollado el camino en la adaptación de la oración ininterrumpida en la práctica hasta el santo que aún hoy veneramos, que ha resumido y recapitulado cuanto sus predecesores habían dicho.

En su época, el hesicasmo, reinaba en Bizancio e influenció a muchos laicos. Y fue esta influencia la que nos mantuvo ortodoxos, en los años de esclavitud que vinieron poco después, y por consecuencia nos mantuvo también griegos.

La tradición de los padres népticos fue aquella que alimentó a las generaciones de nuestros antepasados y templó la voluntad en la lucha de la revolución nacional contra los turcos (1821).

“La fe de Cristo, la santa”, mantenida por esta tradición, ha traído también la “libertad de la patria”.

Esta tradición no se apagó bajo la dominación turca. Fue siempre conservada en los monasterios y en las pobres casas de los griegos piadosos. Cuando en 1782 fue publicada en Venecia por san Nicodemo el Hagiorita, la Filocalia, que contiene la quintaesencia de la enseñanza de los hesicastas con su principal representante san Gregorio Pálamas, no cae sobre un terreno inculto. Encontró por el contrario en el pueblo y en los monasterios aquellos presupuestos que hicieron que la Filocalia fuese amada y crease un renacimiento.

Este renacimiento provocado por la Filocalia se desplazó también con Paisij Velicovskij a Rumania y desde allí a Rusia donde había ya un terreno preparado por los discípulos de san Gregorio Sinaíta y donde las personalidades como la de san Serafín de Sarov y san Juan de Kronstant pusieron su sello en la vida espiritual de este inmenso país. […]

No existe cosa más necesaria para el hombre que el recuerdo de Dios. Y no existe para el hombre nada más elevado, más profundo, más magnifico, que la oración. Y no existe nada más simple, más eficaz que la oración interior, la del corazón y la hecha con una sólo palabra [monológica]. Esta que es dicha humildemente con el rosario y comprende la frase más simple y más llena de significado: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí”. Esta es la oración para los principiantes y esta es también la oración para los expertos. Esta constituye el balbuceo de los ignorantes y expresa el asombrado gemido del imperturbable. Esta trae la misericordia al pecador y revela la luz increada al santo.

De ella tienen necesidad los monjes que combaten la dura batalla cuerpo a cuerpo contra el enemigo; de ella tienen necesidad también los laicos que son engañados en la confusión de la variedad de sistemas y de ideologías que agitan nuestra sociedad y que arrastran en su paso terrorífico a la canosa ancianidad y a la ingenua juventud.

Esta nos ha sido enseñada por los hesicastas y nos ha sido transmitida por san Gregorio Pálamas. Este, por tanto, es el mensaje que san Gregorio envía a través de los siglos a nuestra época confundida.



Giorgio Galitis
Del Simposio Cristiano
Ediciones del Instituto de Estudios Teológicos Ortodoxo
San Gregorio Pálamas
Milano 1989.


Publicado por esicasmo.it



No hay comentarios:

Publicar un comentario