Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 24 de julio de 2013

La Palabra hecha Rostro

Michel Quenot



“¡Hazme ver tu gloria! Esta imploración de Moisés resume muy bien el deseo de los hombres a través de los siglos: ver el rostro de Dios. Pero ¿cómo imaginar al Ilimitado, al Intemporal, en una palabra al Invisible, sin hacer una caricatura y caer en la idolatría? De ahí la prohibición formal, omnipresente en el Antiguo Testamento: “No te harás imágenes”.

Pero el Verbo se hace carne. ¡La Palabra toma rostro! Aquel que los profetas han anunciado y que se ha manifestado en muchas ocasiones en la historia humana se deja circunscribir en un cuerpo, se somete al espacio y al tiempo, une sin mezcla y sin confusión su divinidad a nuestra humanidad. En Jesucristo, el Padre se revela a los hombres de todos los tiempos, se revela el Rostro de la Segunda persona de la Tri-Unidad santa.

Esta encarnación de Dios en la historia permite desde entonces circunscribir su imagen divino-humana por las formas y los colores sobre una tabla de madera y sobre cualquier material apropiado. Convierten a esta imagen mistérica en testimonio de la hominización del Emmanuel: Dios con nosotros. ¡El ícono ha nacido!

Pero no basta nacer, aún tiene que crecer y alcanzar la madurez. El ícono se desarrolla a través de los siglos marcados por sangrientos enfrentamientos entre partidarios y detractores, que perciben que allí se juegan cuestiones vitales para la vida de los cristianos. La victoria de sus defensores en el 843 está señalada como un hito: el triunfo de la ortodoxia, es decir de la fe justa. Esta victoria es conmemorada cada año por los fieles ortodoxos en el primer domingo de cuaresma.

Surgido en la Iglesia indivisa, el icono ha continuado su desarrollo en la Iglesia ortodoxa, quien es su guardiana. Expresión más verdadera de su liturgia, de su visión cósmica marcada por la presencia del Resucitado, el icono es la imagen litúrgica. El refleja la fe, es eco  de los textos sagrados utilizados en los diversos oficios durante el año. Basta con decir que al pintar tal imagen no se improvisa. El iconógrafo, digno de este nombre, tiene por vocación vivir en una simbiosis con esta vivencia litúrgica, sin traicionar el mensaje. En los rostros trazados sobre la tabla, cada trazo debe tender a expresar al Indecible en relación a la Tradición que extrae su dinamismo en un Pentecostés siempre renovado: ¡para representar al Fuego sin quemarse, él debe comulgar con él intensamente!

Icono por excelencia, el icono de Cristo, interpela, rememora, se dirige al corazón más que al espíritu. Purificado, [el icono] puede descender al corazón para que el Eterno ponga allí su tienda. El icono no se narra, se vive como se vive todo encuentro auténtico con Cristo que consuela al corazón con su presencia, como antaño sobre el camino de Emaús. El icono habla de la creación que provee su materia y los materiales sirven a su realización. Su relación con el tiempo es paradójico. Por un lado, él extrae del tiempo, introduce en el Reino misteriosamente presente. Por otro, permite una vuelta al tiempo que, renovado, abre a la mirada una dimensión nueva de la creación penetrada de las energías divinas, deja percibir en cada hombre creado a imagen de Dios una invitación a parecerse a Cristo, a volverse un icono.

Testimonio de la Encarnación y de la presencia cósmica de Cristo desde la mañana de Pascua, el icono anticipa ya su retorno en el cara a Cara que él establece. El manifiesta también a nuestros ojos de carne el mundo invisible de las potencias celestiales y la nube de elegidos de todos los tiempos, hombres y mujeres, transfigurados por su plena participación en la divina humanidad del Resucitado. ¡El rostro de Cristo recapitula en él todos los rostros llamados a parecerse a él!

Teología en color, imagen litúrgica de la Iglesia ortodoxa, el icono es intemporal porque representa al Intemporal. Transparencia, luz, calor, dolorosa alegría son sus atributos. Presencia silenciosa de la cual el hieratismo exterior oculta un dinamismo interior, es el umbral que tiene que atravesar cada uno para que se establezca la relación con Dios. Es finalmente un llamado a la conversión para el cual el ojo del corazón purificado se abre a una segunda visión: la del mundo transfigurado.


 Michel Quenot
L’icône, fenêtre sur l’Absolu 
(Cerf-Fides, 1991) Mame, 1992,


Publicado en http://www.pagesorthodoxes.net/eikona/icones-intro.htm


[1] Ortodoxo, profesor de lenguas modernas en el Colegio de Bulle (Suisa), Michel Q. es autor de numerosos libros sobre iconos.

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