Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 26 de agosto de 2013

“Orad incesantemente” (1 Ts 5,17)

P. Gabriel Bunge


Según una idea difundida, una “oración” es un texto que uno formula libremente o que está ya dado en una forma fija, por ejemplo según el modelo del “Padre nuestro” que es la más eminente oración de los cristianos. Tal “oración” tiene, por tanto, una determinada extensión y a su vez también -como el “Padre nuestro”- puede ser relativamente breve.

“Orar” significa, entonces, dirigirse a Dios hablando libremente o bien sirviéndose de un texto creado anteriormente. En cuanto a lo extenso, uno puede orar de este modo, pero su “coloquio con Dios” estará necesariamente limitado en el tiempo.

La exhortación de Jesús a “orar siempre” [1] y la de Pablo a “orar incesantemente” [2] significaría entonces solamente orar a menudo, incluso podría llegar a ser muy a menudo, pero nada más. Los antiguos padres del monaquismo, en cambio, diferenciándose en esto de algunos padres de la Iglesia, han entendido la exhortación absolutamente a la letra.

“No nos ha sido prescripto trabajar, velar o ayunar continuamente; pero sí nos ha sido mandado “orar ininterrumpidamente”. En efecto, estas actividades nombradas anteriormente, que curan la parte pasional del alma, tienen necesidad para su ejercicio también del cuerpo, el cual, a causa de su naturaleza débil, no sería capaz de aguantar tales fatigas. La oración, en cambio, hace al intelecto fuerte y puro para la lucha, ya que éste está acostumbrado a orar también sin el cuerpo y a combatir contra los demonios con todas las facultades del alma.” [3]

Que el precepto de Pablo debiese ser tomado a la letra era indudable no sólo para Evagrio, también los antiguos padres del monaquismo tenían la misma opinión. Si, por tanto, el principio estaba fuera de discusión, el llevarlo a la práctica traía, sin embargo, algunos interrogantes.

Pregunta: ¿cómo puede uno “orar siempre”? En efecto, el cuerpo se cansa en el oficio divino.
Respuesta: No sólo el estar de pie en el templo durante la oración es llamado “oración”, sino también el [orar] “siempre”.
Pregunta: ¿cómo [debe ser entendido este] “siempre”?
Respuesta: ¡Si comes, bebes, o estás fuera o estás cumpliendo alguna tarea, no desista de la oración!
Pregunta: Pero ¿si se está conversando con alguien, como se puede cumplir el [mandato de] “orar siempre”?
Respuesta: Con respecto a esto el Apóstol ha dicho: “Con toda clase de oraciones y de súplicas [orad incesantemente en el Espíritu]” [4]. Si, por tanto, mientras conversas con alguien, no te dedicas a la oración, “orad con una súplica”.
Pregunta: ¿con cuáles oraciones se debe orar?
Respuesta: Con el “Padre nuestro que estás en los cielos”…
Pregunta: ¿Qué medida se debe observar en la oración?
Respuesta: Una medida no [nos] ha sido indicada. Ya que el “orar siempre” y el “orar incesantemente” no tienen medida. En efecto, un monje que ora solo cuando se pone de pie para orar, no ora en absoluto.
Y agrega: Quien quiere cumplir con esto, debe considerar a todos los hombres como uno solo [5] y abstenerse de la maldad.” [6]

Orar “siempre” e “incesantemente”, entonces, no significa nada más que orar siempre y en todas partes, y no una acción junto a las otras actividades, sino contemporánea a estas. ¿Cómo se puede realizar esto?, no nos es dicho en esta cita pero, prestando atención, el padre interrogado hace una importante distinción entre “oración” (proseuché) y “súplica” (déesis). Para la primera, cita como ejemplo el “Padre nuestro”, que de costumbre es recitado en voz alta. ¿Cómo es la segunda?, no nos es dicho. La referencia a Ef. 6, 18, señala sólo que esta, en cualquier modo, sucede “en el Espíritu”.

Queremos, entonces, abordar ante todo algunas cuestiones relativas a la “técnica” de la “oración incesante” y al “método” de aprenderla y ejercitarla.

*

En la obra del “peregrino ruso” y de la Filocalia, aquel libro de los santos padres que él llevaba continuamente consigo, han sido dados a conocer a muchos el método específicamente hesicasta desarrollado por los monjes del siglo XIII-XIV, es el estar sentado sobre un banquillo, la posición reclinada del cuerpo, el control de la respiración, etc. Este método, prescripto por hesicastas, es decir, por monjes que viven en la más grande soledad, y que puede ser practicado sólo bajo la guía de un maestro experto, es accesible solo a pocos. Lo que nosotros conocemos, en cambio, de los ejercicios de los antiguos padres es alcanzable, por su simplicidad, por un grupo más grande de personas [7].

Los padres del desierto egipcio tenían ya desde los primeros tiempos sus propias tradiciones y costumbres. Seguro que, estas reflejaban en parte su particular modo de vivir, pero se puede igualmente decir que ellos regulaban  su modo de vivir a una total correspondencia con el objetivo al cual tendían.

“Las horas [de oración] y las odas [del oficio] son tradiciones de la iglesia y son buenas, a los fines de la concordia de todo el pueblo. Lo mismo vale para la comunidad [en los cenobios], para la concordia de muchos. Los monjes del Escete, sin embargo, no tienen ni horas [de oración] ni dicen odas, sino que viviendo solos, se dedican al trabajo manual, a la meditación y a la oración en pequeños intervalos.
En lo que concierne a las vísperas, los monjes de Escete dicen doce salmos y al final de cada salmo, en vez de la doxología, dicen el “Aleluya” y hacen una oración. Hacen lo mismo con [el oficio] de la noche: doce salmos, y después de los salmos se sientan para el trabajo manual.” [8]

Los monjes del desierto de Escete conocían, por tanto, solos dos oficios: las vísperas después del ocaso y las vigilias, una vigilia nocturna de cuatro horas hasta el surgir del sol [9], que en parte estaba constituida también de trabajo manual, al cual, además, ellos se dedicaban prácticamente todo el día. Este trabajo manual, los monjes pacomianos no lo abandonaban ni siquiera durante la oración común, ya que este no disipa el espíritu, sino, por el contrario, ayuda al recogimiento. Los monjes del Escete o, mejor, aquel monje al cual escribe Juan de Gaza, tenían esta costumbre:

“Si te sientas para el trabajo manual, tú debes aprender de memoria o decir algunos salmos. Al final de cada salmo, estando sentado, ora así: ‘Oh Dios, ten piedad de mí miserable’” [10]

“Si estás atormentado por pensamientos, entonces agrega: ‘Oh Dios, tú ves mi opresión, ven en mi ayuda’” [11]

“Si has hecho tres nudos de red, entonces levántate a orar y, cuando inclinas la rodilla e, igualmente, cuando te levantas de nuevo, recita la oración susodicha.” [12]

El “método” es simplísimo. Consiste en esto: interrumpir el trabajo, en este caso entrelazar redes, con “pequeños intervalos” bien precisos, y levantarse para la oración y la relativa postración. Así, por ejemplo, Macario de Alejandría y su discípulo Evagrio hacían cientos de oraciones por día [13] y, correspondientemente, cientos de postraciones. Esta parece haber sido la “regla” normal [14], pero se encuentran también otras indicaciones, ya que cada uno tenía su “medida” personal [15].

En todo caso, durante el trabajo el espíritu no permanecía ocioso, sino estaba ocupado con la “meditación”, es decir con la repetición meditativa de versículos de la Escritura, muy a menudo salmos, que, justamente con este objetivo, eran aprendidos de memoria. A esta “meditación” le seguía, cada vez, una brevísima oración jaculatoria, que era hecha estando sentados. Su contenido no era fijo y si era asumida una “fórmula” determinada, esta podía cambiar según el gusto. Ni las susodichas “oraciones”, ni estas “jaculatorias” eran particularmente largas y no era tampoco necesario que lo fuesen.

“En cuanto a prolongar la oración cuando se está de pie [en oración] o “rezas incesantemente” conforme a [lo dicho por] el Apóstol, no es necesario prolongar [la oración] cada vez que te alces, porque durante todo el día tu intelecto está en oración.” [20]

En las oraciones más largas, en efecto, existe siempre el peligro de la disipación, porque la concentración  desaparece rápidamente o, algo más grave, los demonios siembran en medio su cizaña [17]. En cuanto al contenido, estas pequeñas oraciones se inspiran enteramente en la Biblia. Estas transforman en oración personal la palabra de Dios que ha sido escuchada, o bien la asumen simplemente tal como es.

“Cuando, pues, estás de pie en oración, debes pedir ser eximido y liberado del “hombre viejo” [18], o decir el “Padre nuestro” o también ambas cosas juntas [19], luego siéntate para el trabajo manual.” [20]

*

No debería ser difícil a nadie que quiera “verdaderamente orar”, desarrollar por estos principios simplísimos un “método” del todo personal, que naturalmente tenga en cuenta el propio estado de vida y sobre todo el propio trabajo. En efecto, en un examen atento, se ve claramente que estos padres del desierto no conducían en absoluto una vida de oración junto a su vida acostumbrada, sino que trabajaban, como todo hombre, para poder vivir, y tenían también seis horas de descanso por la noche. Su vida de oración coincide con su vida cotidiana, la invade completamente y hace así que el espíritu “esté en oración durante todo el día”. No hay nada que haga cambiar este estado, ni siquiera circunstancias externas o “disturbios”, como por ejemplo los coloquios:

“Los hermanos contaban: ‘Fuimos un día por algunos ancianos y, después de haber orado como de costumbre y habernos saludado el uno al otro, nos sentamos. Al final de la conversación, en el momento en que queríamos irnos, pedimos decir una oración. Nos dijo entonces un anciano: ‘Cómo, ¿no habéis orado? Le respondimos: ‘Cuando entramos, abba, hicimos una oración, pero luego hemos hablado por una hora’. Y el anciano [respondió]: ‘Perdonad, hermanos, pero uno de los hermanos que estaba sentado entre nosotros y hablaba con nosotros ha hecho [en ese tiempo] ciento tres oraciones’. Después que dijo esto, hicimos la oración y nos despedimos” [21]

Es fácil darse cuenta que a este modo de hacer [oración] le es ciertamente muy útil, pero no absolutamente indispensable, un retirarse –temporalmente o establemente- a un lugar silencioso, lo cual antes o después lleva al espíritu, con la gracia de Dios, a un “estado de oración” en el cual cesa todo vacío vagar de los pensamientos y el espíritu “está quieto”, con la mirada de sus “ojos” puestos incesantemente sobre Dios. Evagrio define así este “estado” ardientemente deseado:

“El estado de oración es un habitus impasible, que rapta al intelecto amante de la sabiduría (philósophon) y espiritual (pneumatikón) en un extremo deseo de amor (éroti akrotáto), hacia la altura ininteligible” [22]

Como ya indica este “rapto”, el actuar del hombre en este punto ha llegado a su objetivo y, desde ahora en adelante, es Dios mismo, es decir el Hijo y el Espíritu, el que obra. La “oración” no es más, por tanto, un hacer particular de nuestro espíritu junto a otras actividades y, por esto, necesariamente limitado en el tiempo, sino una acción del todo natural, porque es “la actividad del espíritu que es conforme a su dignidad” [23], tan espontanea y natural como el respirar.

“Respirar siempre a Cristo,
y en él creer.”

recomendaba Antonio moribundo a sus discípulos [24]. La oración es la respiración espiritual del alma, su verdadera y propia vida.

*

Este ideal del interrumpido perseverar en la oración, que al hombre de hoy puede parecer “típicamente monástico” [25], es en realidad mucho más antiguo que el monaquismo y es una de aquellas “tradiciones primitivas, no escritas”, que los padres de la Iglesia hacen remontar a los mismos apóstoles. Ya Clemente de Alejandría escribía considerando el ideal del verdadero “gnóstico”, cuya “vida es toda una oración y un diálogo con Dios” [26]:

“El ora, sin embargo, en todas las circunstancias, sea que haga una caminata o esté en compañía o descanse o lea o comience una tarea asignada. Y si en la “habitación” de su misma alma custodia solo un pensamiento y “con gemidos inexpresables” [27] “invoca al Padre” [28], he aquí que Él está cerca y está ya presente, mientras aquel aún habla.” [29]

Los antiguos monjes no han hecho más que dar una forma estable a este ideal, que en su simplicidad es accesible a cualquiera que lo desee seriamente. En efecto, toda alma por su naturaleza es a esto llamada: a “alabar al Señor”.

“Todo ser que respire alabe al Señor”: si la “luz del Señor”, según Salomón, es “la respiración del hombre”, entonces toda naturaleza razonable, que respira esta “luz”, alabe al Señor.” [30]



P. Gabriel Bunge.
Vasi di argilla
Ed. Qiqajon. Monasterio de Bose. 1996
Págs. 109-117



Notas:

[1] Lc 18,1.

[2] 1 Ts 5, 17.

[3] Evagrio, Pr. 49.

[4] Ef 6, 18.

[5] Evagrio, Or. 125: “Un monje es aquel que se considera a sí mismo y a los otros como una única cosa, porque le parece ver continuamente a sí mismo en cada uno.” Es decir: “¡Amad al prójimo como a sí mismo!”

[6] J.-C Guy, “Un entretien monastique sur la contemplation”, en Recherches de sciences religieuses 50 (1962), pp. 230 ss.

[7] Cf. para lo que sigue: G. Bunge, Das Geistgebet, Köln 1987, pp. 29 ss. (“Betet ohne Unterlab”)

[8] Barsanufio y Juan, Epist. 143.

[9] Ibid. 146, citado supra, p. 86.

[10] Cf. Sal 50,3.

[11] Cf. Sal 69, 6.

[12] Barsanufio y Juan, Epist. 143.

[13] HL 20 y 38.

[14] J 741 (cf. L. Regnault, Les sentences des Pères du desert. Série des anonyms, Solesmes 1985, p. 317)

[15] Cf. L. Regnault, “La prière continuelle ‘monologistos’…”, en Irénikon 48 (1975), pp. 479 ss.

[16] Barsanufio y Juan, Epist. 143.

[17] Casiano, Col. IX, 36; también en Agustín, Epistula CXXX, 20, citado infra, pp. 119 s.

[18] Cf. Ef. 4, 22; Col 3,9

[19] Barsanufio y Juan, Epist. 176.

[20] Ibid. 143.

[21] Nau 280 (cf. Detti, p. 242)

[22] Evagrio, Or. 53.

[23] Ibid. 84.

[24] VA 91, 3.

[25] Casiano lo indica ya como el “único objetivo del monje y la perfección del corazón” (cf. Col IX, 2)

[26] Clemente de Alejandría, Strom. VII, 73, 1.

[27] Rm 8, 26.

[28] 1 Pe 1, 17.

[29] Clemente de Alejandría, Strom. VII, 49, 7.

[30] Evagrio, In Ps. 150, 6. Cita: Pr 20, 27.




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