Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 16 de agosto de 2013

Sobre los Relatos de un peregrino ruso.

Serge Bolshakoff


En la primavera de 1957, encontrándome en San Panteléimon, pude dar una mirada a la voluminosa correspondencia del Padre Jerónimo la cual merecería por varias razones ser publicada. En la biblioteca del monasterio encontré en medio de otros manuscritos inéditos una copia de aquel célebre clásico de espiritualidad que tiene por título: Relatos de un peregrino ruso. El manuscrito contiene cinco episodios de más y un post-scriptum que faltan en la actual edición publicada. La historia de los Relatos, su proveniencia y escritura permanece aún en misterio. En 1884, en Kazán, fue publicado un librito titulado: Verdaderos relatos de un Peregrino  a su padre espiritual, en cuya introducción se afirmaba que el libro era una reproducción de un manuscrito que el abad Paisio de San Miguel de los Ceremissi, había encontrado y copiado en el monte Athos. El abad Paisio ya había muerte hace un año. El libro tuvo en Rusia una grandísima difusión y más tarde fue traducido al alemán, francés, inglés, japonés y griego. Se compone de cuatro relatos que el mismo peregrino cuenta en primera persona.

Aprendizaje de la Oración de Jesús

En el primer relato, el peregrino afirma haber entrado una vez en una iglesia y haber oído las palabras de san Pablo exhortando a la oración continua (1 Ts 5, 16). Curioso de conocer cómo se puede orar incesantemente, les pide explicación a teólogos, sacerdotes y gente culta, pero de ninguno queda satisfecho. Finalmente, encontró un megaloskemo que le da a leer el Dobrotoljubie (la Filocalia) y le da a rezar tres mil oraciones de Jesús al día. Realizado el ejercicio en pocos días, el peregrino recibe del monje la orden de recitar seis mil, luego doce mil, hasta finalmente rezar sin tenerse que ocupar ya más del cálculo, y sincronizar su oración con la respiración y el latido del corazón, según el modo hesicasta. Y a medida en que progresaba en la oración, el peregrino notaba en sí un cambio de ánimo.

“Si durante el día –escribe- se me acerca al encuentro alguien, cualquiera que fuese, sin que yo le dirigiera una palabra, lo sentía cerca de mí como una persona querida de la familia. Mis pensamientos comenzaban a calmarse, mi atención a concentrarse exclusivamente sobre la oración y, mientras mi mente se adhería a ella siempre más, mi corazón por momentos experimentaba sensaciones de calor y una satisfacción especial. El largo oficio monástico comenzó a parecerme breve y no me cansaba como antes, y mi choza solitaria semejante a un magnífico palacio y yo no sabía cómo agradecer al Señor por haber mandado a mí, miserable pecador, tan buen staretz y maestro.”

Después de la muerte del staretz, el peregrino consiguió la Dobrotoljubie para continuar el estudio sobre la oración y su experiencia mística se profundizaba cada vez más:

“A veces recorro sin darme cuenta 80 o más kilómetros al día, consciente sólo de orar. Si el frío me muerde oro más fervorosamente y me siento con calor, si el hambre me atormenta llamo con más frecuencia a Jesucristo y olvido de tener necesidad de alimento; si me enfermo, y la espalda y las piernas me duelen me recojo más en la oración y no siento más dolor; si alguien me ofende pienso en cuán suave es la oración de Jesús y la cólera desaparece y yo olvido todo”.

Las experiencias místicas del peregrino

En el segundo relato, el peregrino narra su decisión de ponerse a estudiar seriamente la Dobrotoljubie. Él se va a Siberia, lugar de los grandes místicos de la primera mitad del siglo XIX: el staretz Zósimo, Basilio y Daniel.

“Durante el viaje –continúa la narración- sentía que la oración estaba pasando al corazón. […] Dejé por esto de orar con los labios y me concentré en el corazón considerando esto, conforme a cuanto me había sido aconsejado por el difunto staretz. Sentí dulzura en esto. Un ligero dolor comenzó entonces a insinuarse en mi corazón y se adueñó de mi mente tal amor por Jesucristo como para hacerme pensar que si lo hubiese encontrado me hubiera echado rápidamente a sus pies para besarlos y no separarme más de él, y entre lágrimas agradecérselo.”

El peregrino continúa contando:

“en aquel período leía también mi Biblia y me di cuenta que comenzaba a entenderla mejor y que muchas cosas no me parecían ya extrañas e incomprensibles como antes. Los santos Padres tienen razón en decir que la Dobrotljubie es la llave de los misterios de la Sagrada Escritura: con su ayuda comencé a entender en parte el significado escondido de la Palabra de Dios y a darme cuenta qué es el hombre interior, la verdadera oración, la adoración en espíritu, el Reino que está dentro de nosotros, la oración inefable del misericordioso Espíritu Santo, y me pareció más claro el sentido de las palabras: ‘vosotros permaneced en mí’ y ‘dadme vuestro corazón’. Entendí mejor qué significa estar revestidos de Cristo y la promesa del Espíritu y cuál es el anhelo del corazón que invoca: ‘¡Abba, Padre!’. Todas las cosas circundantes, árboles, pájaros, hierbas, tierra, aire, luz, se me presentaban bajo una luz maravillosa, creadas para el hombre como testimonio del amor de Dios por él y que glorifican al Creador. Por medio de esta experiencia entendí qué es lo que la Dobrotoljubie llama visión del mundo creado y descubrí el modo de hablar de Dios a la creatura.”

El verdadero camino

El peregrino, al cual entre otras cosas por el camino le habían robado sus libros que luego, sin embargo, encontró, tuvo oportunidad –durante su viaje siberiano- de conocer a personajes interesantes. Se encuentra, por ejemplo, un día con uno que habitaba en el bosque el cual, habiendo oído una vez un sermón sobre el juicio final, había abandonado su comercio y se había retirado para hacer penitencia en la soledad, pero cada tanto era asaltado por la tentación de pensar que quizás el infierno no existe en absoluto y que es un invención de los sacerdotes y de los señores, para tener al pueblo sometido, y que, por todo esto, es más sabio gozar de la poca vida que nos ha sido dada. El peregrino le explica que “no sirve abstenerse del pecado sólo por termo a la pena; ninguna otra cosa más que la custodia de la mente y la pureza del corazón nos liberan de los pensamientos depravados, cuya liberación se obtiene mediante la oración interior, determinada no por el temor, que los Santos Padres definen como lo que mueve al esclavo, y tampoco por el deseo de entrar en el Reino de los Cielos, objetivo por ellos considerados como lo propio de los mercenarios, sino por el deseo de ir al Padre pasando por el Hijo, viviendo honesta y santamente en el servicio y en el amor de Dios y en la alegría de estar unido a Él. Cualquier proeza ascética que se emprenda, si no se tiene a Dios en sí y la oración de Jesús en el corazón no será jamás capaz de dominar los propios pensamientos y a la mínima ocasión caerá en pecado.”

El peregrino transcurrió algunos meses en una choza junto al que vivía en el bosque. Su difunto staretz, se le apareció en una visión, y le aconsejó leer preferentemente aquellas partes de la Dobrotoljubie que respectan a Nicéforo el Monje, Gregorio el Sinaíta, Simeón el Nuevo Teólogo y Calixto e Ignacio.

El método hesicasta.

El peregrino describe así su experiencia de la oración hesicasta:

“Cerrando los ojos miraba mi corazón y buscaba imaginármelo tal como es, ubicado en la parte izquierda del pecho, y escuchaba los latidos. Al principio me dedicaba a ese ejercicio muchas veces durante el día, por una media hora cada vez, sin experimentar más que oscuridad. Pronto, sin embargo, comencé a ver el corazón y sus movimientos y, más tarde, a llevar hacia adentro la oración de Jesús y a reconducirla hacia fuera, armonizando el ejercicio al movimiento de la respiración según las indicaciones de Gregorio el Sinaíta, Calixto e Ignacio. Mientras inspiraba y teniendo siempre la mirada de la mente fija en el corazón, pronunciaba mentalmente las palabras: ‘Señor Jesucristo’; y en la expiración decía: ‘ten piedad de mí’. Primero me ocupaba de esto por una hora o dos al día, después por mucho más tiempo, hasta ocuparme en esto casi todo el día. Si me venía pesadez, pereza o dudas me ponía de inmediato a leer los pasajes de la Dobrotoljubie acerca de la actividad del corazón  y me volvía el deseo de la oración. Al cabo de tres semanas una especie de dolor se adueñó de mi corazón y también una agradabilísima sensación de fervor unido a la alegría y a la serenidad. Esto me entusiasmaba y me atraía tanto que todos mis pensamientos se polarizaban, y mi corazón, libre y ligero, exultaba de consolación en un arrebato de alegría. En mi corazón y en la mente se presentaban sensaciones transitorias y diferentes: amor ardiente por Jesucristo y por toda la creación, gratitud acompañada con lágrimas por el Señor que había perdonado a semejante repudiado, iluminación de mi obtusa inteligencia y comprensión de cosas de las cuales anteriormente no habría podido pensar. A veces el calor del corazón se comunicaba a mi cuerpo y yo indeciblemente sentía la omnipresencia de Dios; a veces solo la invocación del Nombre de Jesús me dejaba arrollado de alegría y me hacía patente el significado de las palabras: ‘El Reino de Dios está en vosotros’ (Lc 17, 21). Entre tales consolaciones, pude darme cuenta que los efectos de la oración del corazón se manifiestan en el espíritu, en la sensibilidad y bajo la forma de iluminación.

- el espíritu, en efecto, experimenta la dulzura del amor divino, el reposo interior, el éxtasis, la pureza de los pensamientos, la dulzura del recuerdo de Dios;

- la sensibilidad es confortada por el calor del corazón que se comunica y se extiende a todo el cuerpo y exulta por el placer de vivir y por la insensibilidad a la enfermedad y al dolor;

- la mente es iluminada sobre la comprensión de las Sagradas Escrituras y sobre el lenguaje de lo creado, es alejada de la vanidad, y hecha consciente de la dulzura de la vida interior, de la cercanía de Dios y de su amor por nosotros.”

En toda la literatura mística rusa hay pocas páginas de la altura de esta por nosotros aquí citada. Además de sucesivas descripciones de varios acontecimientos ocurridos durante el viaje, el peregrino hace referencia a otra experiencia mística y cuenta:

“Retomé, por tanto, el camino solitario. Me sentía tan ligero que me parecía haberme sacado de la espalda una montaña. La oración me daba siempre mayor consolación y mi corazón a veces hervía de infinito amor por Jesucristo. En semejante centro de suave ebullición, flujos de consolaciones descienden sobre todo mi cuerpo. El recuerdo de Cristo se ha apoderado de mi mente a tal punto que, meditando, me parecía estar personalmente y ver con mis ojos los hechos del Evangelio y de la emoción lloraba. La alegría que por momentos me invadía no es descriptible. Me sucedió una vez de estar por tres días lejos de las personas, en rapto, pareciéndome ser el único hombre sobre la tierra y un pecador ante la misericordia de Dios. Tal aislamiento me consoló y en éste la oración me parecía ser más dulce que en medio del estruendo.”

Llegado a Irkutsk el peregrino encontró un comerciante que le aconsejó ir a Jerusalén y se ofreció a ayudarlo.

La vida del peregrino

El tercer capítulo contiene la autobiografía del autor. Éste fue un campesino de la provincia de Orel, el cual, quedando huérfano, junto a su hermano, fueron criados por el abuelo, un hombre anciano y piadoso que hacía de posadero y tenía una predilección por el segundo de los nietos, el futuro peregrino, a quien le enseñó a leer y a escribir, y le dejó todos sus bienes. El mayor de los nietos era por el contrario un borracho, el cual en un arrebato de violencia le había roto la mano dejándolo inválido de forma permanente. No siendo esto suficiente, cuando el hermano menor [el peregrino], casándose con una buena muchacha, se había establecido en su casa, el otro la prendió fuego y los esposos perdieron todo. Dos años después de estos acontecimientos, muriendo en ese tiempo su mujer, el peregrino se dio a la vida errante, parecida a la de San Benito de Labre, y tenía treinta y tres años en las vísperas de partir a Jerusalén.

Nuevas experiencias místicas.

En el cuarto y último relato el autor retoma la narración de sus experiencias místicas y afirma haber experimentado, encontrándose entre la gente, una verdadera hambre de soledad:

“sentía, dice él, un gran deseo de orar, una necesidad extrema de abrir mi alma a dios, de estar en soledad y en silencio, el que no me había sido posible por más de veinticuatro horas seguidas. Sentía que me salía del corazón una marea que buscaba irrumpir y derramarse sobre el cuerpo y, puesto que buscaba contenerla, el corazón, si bien dulcemente, sufría con intensidad y pedía reposo y oración. Comprendí entonces por qué los verdaderos hesicastas huían de los hombres y se escondían en el desierto. Comprendí por qué San Hesiquio consideraba vano toda charla incluso si era breve, espiritual y útil, y me vino a la mente las palabras de Efrén el Sirio: “un discurso bueno es como plata pero el silencio es oro puro”.

Enseñando a un ciego los movimientos de la psiquis, el peregrino le dijo:

“Cierta esfera del alma humana no conoce límites de materia ni de espacio, puede penetrar la oscuridad y ver los acontecimientos a distancia como si estuviesen presentes. El sometimiento al cuerpo, la confusión de los pensamientos y la disipación en general impiden el desarrollo de tal capacidad psíquica que por el contrario florece en la concentración, en la separación de lo que nos rodea, el perfeccionamiento de la mente, todas cosas que favorecen la actividad psíquica más alta. Esto pertenece al ámbito natural […] Los fenómenos que acompañan a la oración del corazón son en cambio efectos de la gracia divina, no pueden ser comparados a nada material y su dulzura no puede describirla ninguna lengua. No existe en la realidad sensible nada que sea comparable a la sensación producida en el corazón por la gracia.”

Citamos también de los Relatos el siguiente pasaje:

“La oración del corazón me era de tal consuelo que yo no podía imaginar a nadie más feliz sobre la tierra ni imaginarme un gozo mayor que nos fuese reservado en el Reino de los Cielos. Todo lo que existe en el mundo era para mí motivo de alegría, se me presentaba bajo una luz maravillosa y me impulsaba a amar y a agradecer a Dios. Las personas y toda realidad animada e inanimada me eran igualmente cercanas y familiares y en todo encontraba sellado el nombre de Jesucristo. Me sentía tan ligero que me parecía no tener cuerpo y casi no tocar la tierra con los pies. A veces, entrando en mí mismo, me admiraba de la perfección del cuerpo humano, otras veces me sentía tan feliz como si fuese un rey. Si bien, no obstante todas estas consolaciones, deseaba que Dios me llamase pronto con Él para dar total satisfacción, ante su trono y en el mundo de los espíritus, a mi necesidad de agradecimiento.”

No logro bien darme cuenta de por qué el abad Paisio, quien con toda probabilidad copio el texto de los Relatos directamente del manuscrito conservado en el Athos, omitió cinco episodios que éste contenía. Habiendo estudiado el manuscrito athonita considero que el abad puede haber juzgado inoportuno una cierta crítica dirigida al clero docto que desatiende la oración del corazón, o inoportunos ciertas menciones a asuntos sexuales. […] No examiné a fondo la correspondencia del Padre Jerónimo Solomencev pero tengo la impresión de que el peregrino estuvo en el Athos justo en aquella época y, pudiéndole haber escrito su historia, o quizás se la haya dictado al P. Jerónimo.

No sabemos del peregrino nada más de lo que él mismo cuenta. Existen, sin embargo, dos cartas del staretz Ambrosio de Optina –por mí encontradas- dirigidas a la priora de un convento quien había leído el manuscrito de los Relatos antes que fuese publicado (parece en efecto que en Rusia circulaban muchas copias del manuscrito antes que este fuese editado en Kazán). Escribe así el staretz Ambrosio:

“Me dice haber tenido entre las manos el manuscrito que ilustra un método simple para la práctica de la oración de Jesús, vocal, mental y del corazón. Este fue escrito por un campesino de la provincia de Orel que había aprendido la oración de Jesús de un staretz que permanece desconocido. Me dice además que el manuscrito lleva al pie de página la fecha del 1859. Debéis saber que poco antes de esa fecha, nuestro difunto staretz, Padre Macario, nos confió que había recibido la visita de un laico el cual había alcanzado tal grado en la oración que dejó al staretz con la boca abierta. Este laico, para que le diera un consejo, describió al Padre Macario los diferentes estados de oración y –me dijo- que él no fue capaz más que de repetirle: ‘Sé humilde, sé humilde’, después de que este le informó con gran asombro. Pensaba entonces que se trataba de un comerciante de Orel, Neumijtov, hombre de gran oración, pero bien puede darse que se trate en cambio del campesino del cual me habla. Se podría también pensar en el Padre Atanasio, un megaloskemo del Athos, quien, en los años posteriores al 1840, vivió en le monasterio de Brjansk, en la provincia de Orel, practicando la oración de la mente y del corazón. Anterior a este, un megaloskemo-prete, de nombre Basilio, que se autodefinía como peregrino, vivió en la provincia de Krusk y de Orel, viajando de un monasterio a otro y enseñando la oración de Jesús a quien quería aprenderla. Me dice que el campesino era tan aficionado a la oración de Jesús que no podía casi recitar las oraciones de la mañana. Recordemos de todos modos que Gregorio el Sinaíta en un sermón contenido en la ‘Dobrotoljubie’ dice que esta oración conviene a la gente muy simple y a los solitarios. No se adapta del mismo modo a quien vive en un monasterio. Si san Antonio el Grande recitaba nona y san Zósimo, aquel que encontró María egipciaca caminando en el desierto observaba su regla de oración, no es conveniente que nosotros que somos tan imperfectos renunciemos a ella.”

En la segunda carta Ambrosio escribe:

“le diré algo a propósito del manuscrito del peregrino. No hay objeciones para hacer. El peregrino vivió como peregrino. Era un giróvago, sin especiales deberes y molestias, lo cual había que pudiera practicar libremente la oración cuando lo deseaba. Usted es, en cambio, superiora de un convento, ligada a los deberes monásticos y además enferma. Regule entonces la oración según sus posibilidades. La obediencia, que algo cuenta, hará el resto.”

Existe un solo Atanasio que puede ser identificado con el que el staretz Ambrosio menciona, este es un megaloskemo Atanasio, discípulo del staretz Basilio Kiskin y que vivió con éste en el monte Athos, se retiró luego al monasterio Svenskij en el Brjansk y murió después en el monasterio Beloberezkij en 1844. Ciertas cartas del Athos, por nosotros consultadas, lo definen como un hombre santo que condujo a muchas personas a la oración de Jesús.



Serge Bolshakoff.
Incontro con la spiritualita Russa. Ed. SEI

Publicado en Esicasmo. It.


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