Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 17 de septiembre de 2013

La oración que viene del Oriente.

Enzo Bianchi
Prior del Monasterio de Bose



Hay lugares que, cuidados y cultivados con cotidiana fatiga y sabiduría, se vuelven jardines prontos a ofrecer sus frutos a quien se acerca con seriedad y respeto. Son espacios de diálogo no siempre atribuidos a un lugar geográfico, pero siempre necesitados de confianza, escucha y apertura.

El primero es un espacio bien delimitado, el de la península extendida en el mar Egeo que toma el nombre de la cumbre que la domina: el monte Athos. Lugar apartado, con accesos estrictamente reglamentados, pero también fuente de atracción y de irradiación por más de mil años: monjes y peregrinos provenientes de iglesias y tradiciones diversas han hecho de aquellos territorios escarpados una tierra de encuentro entre los buscadores de Dios de todo tiempo y de todo lugar.

Otro espacio de diálogo es un lugar interior: nuestro corazón, cuando se abre a la oración y a la escucha amorosa de Dios y del prójimo.

Pero, ¿qué significa orar? Y ¿qué es la vida interior? Preguntas que cada vez más frecuentemente habitan el horizonte de nuestra humanidad postmoderna. Advertimos, a veces con lucidez y a veces con turbación, que el encuentro entre religiones que atraviesa ahora nuestra cotidianidad, sin una guía interior, sin un conocimiento espiritual de sí y del otro, se transforma en un choque continuo: en vez de florecer el diálogo, puede degenerar en un conflicto irremediable, bajo la presión de fanatismos opuestos. Ciertamente es necesario paciencia e inteligencia, para discernir, en el multifacético retorno a lo sagrado y en el creciente interés por lo que llega del Oriente, qué es una moda pasajera –si no hasta un escape de la realidad-, de una sincera búsqueda de caminos e instrumentos para encontrar la asiduidad con Dios, ejercitándose en el inefable arte del diálogo con Él.

Es así que son cada vez más numerosos los hombres y mujeres de diversas confesiones cristianas que se acercan y practican la oración de Jesús, a menudo identificada con la oración del corazón, que propiamente no es más que el punto culminante de un largo itinerario de purificación interior. Es una oración practicada sobre todo por los cristianos de la Iglesia de Oriente, y ahora conocida también en Occidente, gracias a las enseñanzas de hombres espirituales y de numerosos textos que la presentan, la explican e intentan enseñarla. Uno de los libros que más ha contribuido a acercar a esta oración al Occidente, son los anónimos Relatos de un peregrino ruso, que narran el camino espiritual de un peregrino, pobre cristiano que busca entender cómo es posible cumplir con la invitación de Pablo a “orar incesantemente” (1 Ts 5, 17). Sólo cuando encuentra un monje anciano, un staretz que lo introduce a la vida interior, el peregrino comprende que “la incesante oración interior a Jesús es la invocación ininterrumpida del divino Nombre de Jesucristo, hecha con el corazón y la mente, en la conciencia de su continua presencia y en la imploración de su misericordia, en toda actividad, en todo lugar y en todo momento”. Esta se expresa con las palabras: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador”. He aquí la oración de Jesús: ¡toda aquí! Pocas palabras pero densísimas, una síntesis de las dos invocaciones: la del ciego de Jericó a Jesús que pasaba (Lc 18, 38) y la del publicano en el templo (Lc 18, 13).

Pero ¿cómo se puede pasar de la repetición exterior de la fórmula de oración a su dimensión interior? Los grandes santos rusos se han preguntado mucho, en el surco de una tradición milenaria, sobre los complejos mecanismos que de la dispersión de nuestra mente conducen a la unificación interior, hasta presentar todo el ser del orante a Dios, en un camino de purificación y de comunión. Ciertamente, también aquí el primado le corresponde a la oración litúrgica, y la liturgia permanece como el culmen de toda la acción de la Iglesia, fuente de toda su fuerza. Pero la oración litúrgica encuentra su prolongación en el tiempo de la vida cotidiana, en lo íntimo del corazón del cristiano, hasta hacerse incesante: cuando comemos, cuando trabajamos, cuando descansamos… La oración de Jesús representa esta posibilidad de diálogo continuo con Dios.

Los autores espirituales rusos, siguiendo de cerca a los padres orientales, están atentos en distinguir entre “oración vocal” u oración hecha con los labios, “oración mental” y “oración del corazón”, que “se alcanza cuando quien ora, después de haber recogido la mente en el corazón, desde allí dirige su propia oración a Dios con palabras silenciosas” (Teófano el Recluso). El “recogimiento de la mente en el corazón” es el momento crucial en el cual sucede la unificación interior bajo la acción del Espíritu Santo. Es este el fuego secreto, la chispa que se enciende por la gracia después de un largo acostumbrarse a la oración.

Los padres del monaquismo interpretan las exhortaciones del Nuevo Testamento a “orar en todo momento” (Lc 21, 36), a “orar siempre, sin cansarse” (Lc 18, 1), a “orar incesantemente” (cf. 1 Ts 5, 17; Ef 6, 18), como la adquisición de un hábito del corazón siempre dispuesto a escuchar al Señor y pronto a hablarle: “debemos permanecer incesantemente colgados al recuerdo de Dios como los niños a sus madres” (Basilio, Regole diffuse, 2,2). Adquirir la memoria Dei,  el recuerdo constante de Dios, requiere mucha determinación: “Muchos no saben nada del trabajo interior necesario de quien quiera poseer el recuerdo de Dios” (Dimitrij di Rostov) y la oración de Jesús es un camino para adquirir este incesante recuerdo.

Podemos descubrir analogías entre la oración de Jesús y prácticas de oraciones de otras tradiciones espirituales. En Occidente, la Jesu dulcis memoria ha marcado las vidas de los santos testigos, desde Bernardo de Claraval a Francisco de Asís, ha ritmado las letanías del Nombre de Jesús, y es el corazón de la misma oración del rosario: “bendito el fruto de tu vientre, Jesús…”

La repetición del Nombre de Dios está además presente también en la tradición hebraica hassidica, y en la sufí del Islam. Sin embargo, la técnica de la oración en la tradición cristiana no tiene el primado, que incumbe siempre a la acción del Espíritu Santo, “que ora en nosotros” (Rm 8, 15; Gal 4,6). Aquí es necesario ser muy claros: si la oración de Jesús favorece el habitare secum, el permanecer en paz consigo mismo –y cuán a menudo la incapacidad de permanecer consigo mismo genera nervios, agresividad, insatisfacción, frustración-, no es en absoluto el fin en sí mismo; no es una técnica disponible entre tantas del mercado sobre el bienestar psíquico-espiritual. Los padres son muy duros en el denunciar la ilusión de aquellos que exploran el camino de la oración interior sin un preciso contexto comunitario y litúrgico, sin una guía al cual someterse en la libertad y por amor al Señor. En vez de estar relacionados con Dios, la oración se vuelve una forma sutil de autocomplacimiento. Sobre todo para nosotros occidentales, cuando no está sostenida por una profunda consciencia de sí y del otro, la frecuentación de las prácticas ascéticas y de la oración derivada del Oriente, corren el riesgo de convertirse en una bulimia espiritual… Se contenta uno en imitar los aspectos más vistosos del Oriente, permaneciéndonos este íntimamente extraño. El obispo Kallistos Ware nos pone en guardia de esta reducción solipsística: “En Occidente, algunos se sienten atraídos por la oración de Jesús, que se les presenta como algo fresco, excitante y exótico, mientras que las prácticas más familiares de la vida cotidiana de la Iglesia aparecen para ellos aburridas y poco atractivas. Pero la oración de Jesús no es en absoluto un atajo en este sentido.”

El conocimiento de sí al cual conduce la oración de Jesús no revela en nosotros al superhombre, sino revela nuestro pecado. Para el cristiano, la verdadera oración es el conocimiento de Cristo, y este crucificado. Por esto la tradición rusa ha individualizado en la humildad la llave que permite acceder al punto más elevado de la oración interior. El Espíritu Santo, que es la humildad de Dios, nos guía también sobre el verdadero camino de la oración, enseña san Silouan del Monte Athos, que en su experiencia de oración nos ha entregado uno de los frutos más elevados de la espiritualidad ortodoxa rusa. En los años del martirio de la Iglesia rusa, Silouan anota en su diario: “El enemigo persigue a nuestra santa Iglesia. ¿Cómo podré entonces amarlo? A esto yo responderé: ¡Tú pobre alma no ha conocido a Dios! Él ha dado a la tierra al Espíritu Santo que enseña a amar a los enemigos y a orar por ellos… Esto es el amor”.




Enzo Bianchi.
10 de septiembre de 2004




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