Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 15 de octubre de 2013

Morada y Trono de Dios

Pseudo-Macario

Homilía 1


1. El bienaventurado profeta Ezequiel contempló una visión, una aparición divina y gloriosa, e hizo la narración describiendo una visión llena de inefables misterios [1]. Ve, en la llanura, un carro de querubines, cuatro seres vivientes espirituales, los cuales tenían cada uno cuatro rostros: uno de león, uno de águila, uno de toro y uno de hombre. Y por cada rostro tenían alas, de modo que no tenían parte posterior o dirigida hacia atrás. Y sus dorsos estaban colmados de ojos, y su vientre también estaba colmado de ojos, y no había parte que no estuviese colmada de ojos. Y cada uno de ellos estaba provisto de ruedas, una rueda dentro de otra, y en las ruedas estaba el Espíritu. Y vi como un trono y, sentado sobre éste, una figura con aspecto de hombre y bajo sus pies había como un zafiro trabajado. El carro llevaba al querubín y los seres vivientes al Señor, sentado sobre estos. Adonde quisiera ir, era siempre en dirección de uno de los rostros. Y vi, bajo el querubín, como una mano de hombre que lo sostenía y lo llevaba.

2. Y esto que el profeta ve en su sustancia era verdadero y cierto, e indicaba sin embargo otra cosa y prefiguraba una realidad mística y divina, un misterio escondido en verdad por siglos y por generaciones [2], pero revelado en los últimos tiempos [3] con la manifestación de Cristo [4]. Contemplaba en efecto el misterio del alma que escucharía a su Señor y se convertiría para él en trono de gloria. Pues el alma ha sido hecha digna de tener parte en el Espíritu, fuente de su luz [5], e iluminada por la belleza de la inefable gloria del Señor, que la ha preparado como su trono y su morada, es convertida toda en luz [6], toda en rostro, toda en ojo [7]. No hay en ella parte alguna que no sea colmada de los ojos espirituales de la luz, es decir no hay en ella nada de tenebroso, sino que es transformada toda entera en luz, y espíritu y es toda colmada de ojos. No tiene ninguna parte posterior o que esté de dorso, sino que tiene un rostro de cada lado, pues sobre ella está sentada la inefable belleza de la luminosa gloria de Cristo. Y como el sol es idéntico a sí mismo en todas sus partes y no tiene un lado posterior o defectuoso, sino que está todo enteramente glorificado por la luz y es todo luz, igual en todas sus partes, o como el fuego, la luz misma del fuego, es toda igual y no tiene en sí algo que sea primero o último, algo mayor o menor, así también el alma, que ha sido perfectamente iluminada por la inefable belleza de la gloria luminosa del rostro de Cristo [8], que está en plena comunión con el Espíritu Santo y es hecha digna de convertirse en morada y trono de Dios, convertida toda en ojos, toda en luz, toda en gloria, toda en espíritu. De tal manera la transforma Cristo, que la conduce, la guía, la sostiene, la transporta y así la prepara y adorna de belleza espiritual. Se ha dicho en efecto: Una mano de hombre estaba bajo el querubín [9], pues Aquel que en ella es transportado es también Aquel que guía.

3. Los cuatros seres vivientes que transportan al carro prefiguran las facultades que guían al alma. Pues como el águila reina sobre los pájaros, el león sobre las fieras salvajes, el  toro sobre los animales domésticos y el hombre sobre las creaturas, así sucede también a las facultades más reales del alma, es decir, la voluntad, la conciencia, lo profundo del corazón [10], la capacidad de amar. Por estas es guiado el carro del alma, en ellas Dios encuentra reposo. El misterio de los cuatro seres vivientes es entendido también de otro modo, como imagen de la asamblea de los santos en el cielo [11]. Y como allí se dice que los seres vivientes eran altísimos y llenos de ojos [12] y que no era posible calcular el número de los ojos ni la altura, ya que de esto no le fue dado conocimiento, y como a todos les es dado contemplar y admirar las estrellas del cielo, pero no es dado sin embargo conocer o calcular su número, y como a todos es dado de gozar de las plantas de la tierra, pero nadie sin embargo puede conocer el número, así es para la asamblea celestial de los santos: el entrar y gozar les es concedido a todos aquellos que quieren combatir, pero ver y conocer el número corresponde sólo a Dios [13]. El auriga es por tanto conducido y transportado por el carro y por el trono de los seres vivientes todo llenos de ojos, es decir por cada alma que se convierte en su trono y sede y es ojo y luz [14], ya que Él ha subido sobre ella y la guía con las riendas del Espíritu y la conduce como Él sabe. Como en efecto los seres vivientes espirituales no podían ir donde querían, sino donde sabía y quería Aquel que estaba sentado sobre ellos y les guiaba, así también es Él quien tiene las riendas y conduce las almas guiándolas con su Espíritu, y ellas no se mueven a su antojo. Cuando quiere conducir al alma al cielo, abandonado el cuerpo, la guía y la empuja a los cielos con el pensamiento. Y de nuevo, cuando quiere, vuelve al cuerpo y en los pensamientos. Cuando quiere, la transporta a los confines de la tierra y le otorga la revelación de los misterios [15]. ¡Oh bueno, benévolo, único auriga [16] verdadero! En la resurrección también los cuerpos recibirán semejante honor, mientras el alma ya desde ahora es así glorificada e íntimamente unida al Espíritu.

4. Que el alma de los santos se vuelve luz celestial lo ha dicho el mismo Señor a los apóstoles: “vosotros sois luz del mundo” [18]. Habiéndoles hecho luz, en efecto, decide iluminar al mundo por medio de ellos. Dice: “No se enciende una lámpara para ponerla de bajo de un cajón, sino sobre el candelero para que ilumine a todos aquellos que están en la casa. Así resplandezca vuestra luz ante los hombres” [19] Y es como si dijese: “No escondáis el don que habéis recibido de mí, sino dadlo a todos aquellos que lo deseen”. Y también: “la lámpara del cuerpo es el ojo; si tu ojo es luminoso, todo tu cuerpo está iluminado; pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo está en tinieblas. Si por tanto la luz que está en ti es tinieblas, ¡cuán grande es la tiniebla! [20] Los ojos son la luz del cuerpo y si los ojos del cuerpo están sanos todo el cuerpo está iluminado, pero si por un incidente se oscurecen todo el cuerpo está en tinieblas; así los apóstoles han sido puestos como ojos y luz del mundo entero. Y el Señor les exhorta diciendo: “Si vosotros, que sois luz del cuerpo, permaneced firmes y no os desviáis, he aquí, todo el cuerpo del mundo está en la luz; pero si vosotros, que sois luz, os volvéis tinieblas, ¿cuán grande será las tinieblas, es decir el mundo?”. Los apóstoles por tanto, convertidos en luz, han provisto de luz a todos los que creen, iluminando sus corazones con la luz celestial del Espíritu, por la cual también ellos han sido iluminados.

5. Y siendo sal, condimentan y salan a toda alma creyente con la sal del Espíritu Santo. El Señor en efecto les decía: “Vosotros sois la sal de la tierra” [22], y llamaba tierra a las almas de los hombres buenos. Ellos proveyeron la sal celestial del Espíritu a las almas de los hombres, les salaron y les preservaron incorruptos e íntegros del mal olor. La carne, si no tiene sal, se pudre y se impregna de un olor nauseabundo de modo que todos se apartan con motivo de su desagradable olor y sobre la carne podrida serpentean los gusanos, allí se reproducen, comen y se anidan; pero si tiene sal, los gusanos que allí viven son destruidos, exterminados y cesa el mal olor.
La sal, en efecto, posee por naturaleza la facultad de destruir los gusanos y de aniquilar el mal olor. Del mismo modo cada alma que no ha sido salada por el Espíritu Santo y no es partícipe de la sal celestial, es decir del poder de Dios, se pudre y se llena del mal olor de los pensamientos malvados de modo que el rostro de Dios se aparta del terrible hedor [23] de los vanos pensamientos tenebrosos y de las pasiones que permanecen en tal alma. Los malos y terribles gusanos, es decir los espíritus del mal y las potencias de las tinieblas [24], pasean en ella, allí se establecen, anidan y arrastran, devoran y destruyen al alma. Se ha dicho en efecto: “mis heridas hieden y supuran” [25]. Pero si el alma se refugia en Dios, si tiene fe y pide la sal de la vida, el Espíritu bueno y amigo de los hombres, entonces le es dada la sal celestial y destruye los terribles gusanos, esparce el mal hedor y purifica al alma con la energía de su potencia [26]. Y así, permanece sana e integra por la verdadera sal, ella es restituida al Señor celestial para serle útil y servirlo. Por esto también en la ley Dios ordenaba, a modo de ejemplo, que cada sacrificio fuese salado con la sal [27].

6. Es necesario ante todo que la víctima sea inmolada por el sacerdote y muerta. Entonces se la despedaza y es salada y así preparada es puesta sobre el fuego. Pero si antes el sacerdote no inmola y mata a la oveja, esta no puede ser salada ni ofrecida en holocausto al Señor. Así también nuestra alma, cuando se acerca al verdadero y sumo sacerdote [28], Cristo, debe ser por él inmolada y debe morir a los pensamientos propios y a la mala vida en la cual vivía, es decir al pecado [29], y de esta debe salir la vida, es decir la malicia de las pasiones. El cuerpo, cuando el alma sale, muere y no vive más la vida de antes, no siente y no se mueve. Así, cuando el sumo sacerdote celestial, Cristo, inmola y hace morir al mundo nuestra vida mediante la gracia de su poder, esta muere a la vida perversa en la cual vivía y no siente, no habla, no vive más en las tinieblas del pecado ya que, por obra de la gracia, sale de ella la maldad de las pasiones que es como su alma. También el Apóstol exclama: “para mí el mundo está crucificado y yo para el mundo” [30]. El alma, que vive todavía en el mundo y en las tinieblas del pecado y que no ha sido puesta a muerte por Cristo, pero posee todavía en sí misma el alma del mal [31], es decir la energía de las tinieblas de las pasiones del pecado, y que por esta se deja guiar, no pertenece al cuerpo de Cristo, no pertenece al cuerpo de la luz, sino es cuerpo de las tinieblas y todavía forma parte de las tinieblas. Y viceversa, cuantos poseen el alma de la luz, es decir el poder del Espíritu Santo, forman parte de la luz.

7. Y si alguno dice: “¿Por qué llamar cuerpo de tiniebla al alma, si no es creación de las tinieblas?” [32]. Sobre esto reflexiona con atención y recto pensamiento. El manto que llevas, otro lo ha preparado y hecho, pero lo llevas puesto tú. Y de igual manera, también la casa, otros la han construido y edificado, pero eres tú quien habitas allí. Así también Adán trasgredió el mandamiento de Dios, escuchó a la perversa serpiente, se vendió y se entregó al diablo, y el maligno revistió al alma, a la creatura buena [33] que Dios había hecho a su imagen [34], como dice también el Apóstol: habiendo despojado a los principados y a las potestades triunfó sobre estos sobre la cruz [35]. Para esto ha sido la venida del Señor, para sacarlos y retomar posesión de su casa y de su templo [36]: el hombre. Y así el alma es llamada cuerpo de las tinieblas del mal mientras que ésta está en las tinieblas del pecado, porque vive en el mundo malvado de las tinieblas y retenida como prisionera. Igualmente también Pablo, hablando del cuerpo del pecado y del cuerpo de la muerte, dice: “A fin de que fuese destruido el cuerpo del pecado” [37] y también: “¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” [38] Y similarmente, el alma que ha creído en Dios, que ha sido liberada del pecado y sustraída de las tinieblas de la muerte a la vida, que ha recibido como vida propia la luz del Espíritu Santo y de esta vive, en esta ya permanece porque se ha vuelto prisionera de la luz de la divinidad. El alma en efecto no pertenece ni a la naturaleza divina, ni a la naturaleza de las tinieblas malvadas, sino es una creatura  que en lo profundo del corazón lleva la imagen de Dios, bella, grande, maravillosa y buena, semejanza e imagen de Dios, y es a causa de la transgresión que ha entrado en ella la maldad de las pasiones de las tinieblas.

8. El alma, por lo demás, hace propia la voluntad de lo cual está íntimamente unida. Si tiene en sí misma la luz de Dios y vive en esta luz, posee todas las virtudes de la luz pacificante; si tiene en sí misma las tinieblas del pecado, subyace a condena. El alma que quiere vivir junto a Dios en la quietud y en la luz eterna, en efecto, debe acercarse, como se ha dicho, a Cristo, verdadero sumo sacerdote [41], debe ser inmolada y morir al mundo y a la vida anterior, vida de tinieblas y de maldad, y ser trasladada a otra vida, en una existencia divina. Si en una ciudad uno muere, no siente más las voces, las conversaciones, los ruidos de cuantos en ella habitan; está muerto y es trasladado a otro lugar donde no están las voces y los gritos de la ciudad. Así también el alma, si es inmolada y muere en la ciudad de la malicia de las pasiones [42] en la cual mora y vive, no oye más la voz de los pensamientos de las tinieblas; en esta no resuena más las conversaciones y los gritos de los pensamientos vanos, ni la agitación de los espíritus de las tinieblas, sino es trasladada a una ciudad llena de bondad y de paz, a una ciudad donde resplandece la luz divina. Allí vive y escucha, allí actúa, habla, piensa, realiza las obras espirituales y dignas de Dios.

9. Supliquemos pues también nosotros ser inmolados por su poder y morir al mundo del mal tenebroso; pidamos que sea destruido en nosotros el espíritu del pecado, que podamos revestirnos y recibir en el alma al Espíritu celestial, ser trasladados del mal tenebroso a la luz de Cristo y reposar para siempre en la vida. Cuando los carros corren en el estadio, aquel que va adelante obstaculiza, retiene al otro y le impide avanzar y alcanzar la victoria. Así corren en el hombre los pensamientos del alma y del pecado. Si por tanto en el primer lugar va el pensamiento del pecado, este obstaculiza, retiene, frena al alma y le impide acercarse a Dios y conseguir la victoria.
Los querubines, pues, no son conducidos donde quieren, sino que van y son llevados allí donde les guían y donde desea aquel que tiene las riendas. Una mano de hombre, es dicho en efecto, estaba bajo ellos [43]. Las almas santas son empujadas y guiadas por el Espíritu de Cristo, que tiene las riendas, allí donde él quiere. Cuando quiere hacia pensamientos celestiales, cuando quiere en el cuerpo. Le sirven allí donde él quiere. Como las alas sirven como de pies para los ángeles, así la luz celestial del Espíritu eleva las alas [44] de los pensamientos de las almas dignas guiándolas y conduciendo las riendas como él sabe.

10. Y tú, al oír estas cosas, vela sobre ti, para ver si realmente y verdaderamente las posees en tu alma. No se trata en efecto sólo de palabras, sino de ver realidades presentes en el alma. Y si no las posees, y eres pobre de tales bienes espirituales, debes experimentar dolor, compunción y tormento incesante porque estás aún como un muerto, lejos del reino. Como un herido grita siempre al Señor y pide con fe que te haga digno de esta vida verdadera. Cuando Dios creó este cuerpo, no le concedió sacar de la propia naturaleza, ni de sí mismo, la vida, el alimento, la bebida, los vestidos y el calzado, sino que hizo que recibiera del exterior todo cuanto le es necesario para la vida. Ya que al cuerpo lo ha creado desnudo en sí mismo y es imposible que viva sin esto que le es externo, es decir sin alimento, bebida, vestido. Si quiere atenerse sólo a la propia naturaleza sin recibir nada de fuera, se deteriora y se destruye. Así es también el alma que no posee la luz divina, incluso habiendo sido creada a imagen de Dios [46]. Dios en efecto ha dispuesto y ha querido que el alma tuviese la vida eterna no por propia naturaleza, sino que recibiese alimento y bebida espiritual y vestidos celestiales, que son la verdadera vida del alma, por su divinidad, por su Espíritu, por su luz.

11. Al cuerpo, por tanto, como se ha dicho, la vida no le viene de sí mismo, sino de fuera, es decir de la tierra, y le es imposible vivir sin las cosas externas. Así también al alma, si no nace desde ahora en la tierra de los vivientes, si no es aquí espiritualmente alimentada y no crece progresando por el Señor, si no es revestida por la divinidad de los inefables vestidos de la belleza celestial, privada de alimento, le es imposible vivir en el gozo y en el reposo incorruptible. La naturaleza divina, en efecto, posee también un pan de vida, Aquel que ha dicho: “Yo soy el pan de vida” [48], y posee también “un agua viva” [49], un vino que alegra el corazón del hombre [50], “un óleo de exultación” [51], un alimento provisto del Espíritu celestial y vestidos de luz y celestiales, provistos por Dios. En esto consiste la vida eterna del alma. Hay del cuerpo, si permanece cerrado en su propia naturaleza porque se deteriorará y morirá. Hay del alma, si permanece cerrada en su propia naturaleza y confía sólo en sus propias obras y no está en comunión con el Espíritu divino [52], porque muere, juzgada indigna de tener parte en la vida eterna y divina. Sucede como cuando un enfermo: si el cuerpo no puede recibir más alimento, todos los verdaderos amigos, los parientes, las personas queridas desesperan por esto y lloran. Así Dios y los santos ángeles lloran por el alma que no se alimenta del alimento celestial del Espíritu y no ha vivido en la incorruptibilidad. Os lo repito: no se trata sólo de palabras, sino de una obra de la vida espiritual, obra de verdad, que se realiza en el alma digna y fiel.

12. Si por tanto, te has convertido en trono de Dios y sobre ti se ha sentado el auriga celestial, si tu alma se ha vuelto toda un ojo espiritual y toda luz, si la has alimentado con el alimento espiritual y saciado con el agua viva [53], si te has revestido de los vestidos de la inefable luz, si tu hombre interior [54] ha experimentado todo esto con plena certeza [55], entonces vives verdaderamente de la vida eterna y desde ahora tu alma reposa en el Señor. Estas cosas posees gracias al Señor, por él las has recibido en verdad para vivir la verdadera vida. Y si no ves en ti mismo ninguna de estas cosas, llora, entristécete y gime, porque no has aún conseguido la riqueza eterna y espiritual, ni recibido la verdadera vida. Aflígete sobre tu pobreza suplicando al Señor día y noche [56], porque yaces en la terrible indigencia del pecado. Si nunca llegásemos a afligirnos por nuestra pobreza y en cambio vivimos en la negligencia, ¡pagaremos nosotros mismos! Quien sufre, busca y suplica incesantemente al Señor obtendrá muy pronto la liberación y la riqueza celestial, como decía el Señor en su discurso sobre el juez inicuo y la viuda: cuánto más Dios hará justicia a los que gritan a él noche y día. Sí, os digo, les hará justicia pronto [57]. A Él la gloria y el poder por los siglos [58]. Amén.


Pseudo-Macario
Spirito e fuoco
EdizioniQiqajon.
Comunità di Bose. Magnano. 1995
Pp. 55-67

[1] Cf. Ez 1,4-28.

[2] Col 1,26.

[3] Cf. 1 Pe 1,20.

[4] Cf. 2 Tm 1,10.

[5] El sentido de estas palabras es esclarecido en el nº 6: “… cuantos poseen el alma de la luz, es decir el poder del Espíritu Santo, son parte de la luz”.

[6] “El alma ve la luz y se vuelve toda luz”, afirma Gregorio de Nacianzo (Carmina dogmatica 32, PG 37, 512). Es la experiencia de la transfiguración a menudo atestiguada en los Apophtegmatapatrum: de abba Arsenio se dice que estaba “todo como de fuego” (Arsenio 27, PG 65, 96C) y el rostro de abba Sisoés resplandecía como el sol (cf. Apophtegmatapatrum, alph.: Sisoés 14, PG 65, 396BC; cf. también Pambo 1 y 12). Abba José de Panefisi afirmaba: “¡No te es posible convertirte en monje, si no te conviertes todo en fuego!” (Apophtegmatapatrum, alph. José de Panefisi 6, PG 65, 229C). Sobre este tema en las Homilías del Pseudo-Macario véase también: Homilía 8,3 y Homilía 15,38.

[7] Los querubines recubiertos de ojos en la tradición cristiana se han convertido en símbolo de la vida contemplativa. Abba Besarión decía: “El monje debe ser como los querubines y los serafines: ¡todo ojos!” (Apophtegmatapatrum, alph.: Besarión 11, PG 65, 141D)

[8] Cf. 2 Cor 4,6.

[9] Cf. Ez 1,8; 10,8.

[10] En griego: noûs. Véase el nº 3 de la Homilía 2.

[11] Cf. Ap 4, 6-8.

[12] Cf. Ez 1,18; 10,12.

[13] Cf. Ap. 7,9.

[14] Algunos códices agregan: “es decir, por todo el cuerpo de la Iglesia de los santos, que es luz y ojo” (cf. H. Dörries, Die 50 geistlichenHomilien, p. 74).

[15] Cf. Rom 16,25.

[16] A la misma imagen recurre Clemente de Alejandría: “Apresurémonos, corramos, nosotros que somos imágenes del Verbo amado de Dios y a Dios semejante. Apresurémonos, corramos, tomemos su yugo, busquemos la incorruptibilidad, amemos a Cristo, el buen auriga de los hombres” (Proptrepticus 12, 121, 1, SC 2, p. 191)

[17] Literalmente: “mezclada”. La expresión, de origen estoica, designa una mezcla de dos sustancias que mantienen inalterables sus propiedades. El empleo del término es corriente en la patrística griega, a partir de Ireneo (cf. ad es. Adversushaereses IV, 20, 4) para expresa la unión de la naturaleza humana y de la gracia. Orígenes recurre al término “mezclada” (anákrasis) para indicar la unión del alma con el Espíritu (In Iohannem 1,38, SC 120, p. 158) o la unión del hombre Jesús a la divinidad del Hijo de Dios (In Iohannem 1,32, SC 120, p. 176). En las Homilías del Pseudo-Macario, el alma puede íntimamente unirse con el Espíritu (cf. Homilía 5,7; 18,10; 27,17; 44, 9), al Señor (Homilía 9, 12; 46, 3), y puede también unirse al mal (cf. Homilía 1,8; 2,2). “El alma, por lo demás, hace propia la voluntad de aquello a lo cual se ha íntimamente unido”, afirma en la Homilía 1,8.

[18] Mt 5,14.

[19] Mt 5, 15-16.

[20] Mt 6,22-23 con ligeras variaciones.

[21] Mt 6,23.

[22] Mt 5, 13.

[23] El motivo del hedor difundido por el espíritu malvado es típico de la literatura espiritual antigua. Antonio el Grande reconoce la presencia del demonio por el hedor que emana (Vita Antonii 63,6). “Los cuerpos de los demonios no crecen ni disminuyen; les acompaña un fuerte mal olor que pone en movimiento las pasiones. Estos son fácilmente reconocidos por cuantos han recibido del Señor el poder de discernir este mal olor”, afirma Evagrio (Kephalaia gnóstica 5,78, PO 28, pp. 209-211). Véase también: Evagrio, Praktikos 39; Palladio, Historia Lausiaca, 23, 43; Cirilo de Scitopoli, Vita Euthymii 24.

[24] Cf. Ef 6, 12.

[25] Sal 38 [37],6

[26] Cf. Ef 3,7

[27] Cf. Lv 2,13.

[28] Cf. Hebreos 4,14.

[29] Cf. Rm 6,2

[30] Gal 6,14.

[31] La expresión se aclara a la luz del pasaje paralelo en la Homilía 15,35: “Desde cuando Adán transgredió el mandamiento, la serpiente ha entrado y se ha vuelto dueña de su casa, y allí es como otra alma junto al alma. Dice en efecto el Señor: Cualquiera que no se niega a sí mismo y no odia a su propia alma, no es mi discípulo (cf. Mc 8, 34), y: Quien ama su propia alma la perderá (Jn 12,25)”. Véase también la Homilía 12, 17: “Y también los apóstoles, antes de la crucifixión… no sabían de qué modo un poder divino actúa y obra en el corazón, ni que estaban por renacer espiritualmente, para unirse al alma celestial”; Homilía 32, 6: “Y cuando tu alma se comunica con el Espíritu y el alma celestial entra en tu alma, entonces eres un hombre perfecto en Dios, heredero e hijo”; Homilía 44,9: “Por esto viene el Señor, para cambiar y renovar nuestra alma y, como está escrito, para hacerla partícipe de la naturaleza divina ( 2Pe 1,4) y dar a nuestra alma un alma celestial, es decir al Espíritu de la divinidad”. La coexistencia de dos almas en el hombre era uno de los puntos disputados a los mesalianos. Véase en Juan Damasceno, De haeresibus 80, 16: “Dicen (los mesalianos) que el hombre posee dos almas: una común a los hombres y otra celestial” (PG 94, 732 A). Las expresiones del Pseudo-Macario son comprendidas a la luz de los pasajes bíblicos por él citados y no deben interpretarse en sentido metafísico. Al alma que debe ser “odiada” (cf. Mc 8, 34) está unida al alma celestial, es decir al don del Espíritu.

[32] La definición del alma como cuerpo de tiniebla se entiende mejor con cuanto ha afirmado en la Homilía 16,2: “Es una fuente que deja correr agua pura, sobre el fondo sin embargo hay fango; si se mueve el fango, la fuente entera se vuelve turbia. Así también el alma, cuando está turbada, está enturbiada por el mal y se mezcla con este y, en el acto de la fornicación y del homicidio, Satanás se vuelve una sola cosa con esta. Ambos en efecto son espíritu”. Sobre la “mezcla” del alma con el mal véase también n. 17.

[33] Cf. 1Tm 4,4

[34] Cf. Gen 1,26.

[35] Cf. Col 2,15.

[36] Cf. Juan 2,15-22. Escribe Orígenes en el comentario a este pasaje del evangelio de Juan: “Ahora Cristo es consumido por el celo sobre todo por la casa de Dios que está en cada uno de nosotros y no quiere que esta se vuelva una casa de comercio, ni que la casa de oración se vuelva una cueva de ladrones, ya que él es el hijo de un Dios celoso (cf. Ex 20, 5), si escuchamos con inteligencia tales expresiones de la Escritura, que son sacadas del ámbito humano con valor metafórico para hacer comprender que Dios no quiere que nada extraño a su voluntad se mezcle en el alma de los hombres en general, y en particular, en el alma de los que quieren acoger los dones de la divinízame fe” (In Iohannem 10, 221, SC 157, p. 514).

[37] Rm 6,6.

[38] Rm 7, 24.

[39] Ver nº 3 en la Homilía 2.

[40] Cf. Gen 1,26

[41] Cf. Heb 4,14.

[42] Se repite más veces en el corpus macariano la imagen del alma-ciudad infestada de pasiones. Cf. Coll. I, Logos 18,4,16; Coll. III, Logos 4,3; 19,1. Ver también Homilía 42,1 y 47,6. Gregorio de Nisa aplica al alma el texto de Ct 5,7: “Me han encontrado los guardias que recorren la ciudad. Me han golpeado, me han herido, me han quitado el manto los guardias de la muralla” (In CanticumConticorumor. 12, GNO 6, p. 359).

[43] Cf. Ez. 1,8; 10,8.

[44] Sobre las “alas” del alma ver nº 13 de la Homilía 2.

[45] El Pseudo-Macario recurre a menudo a la precisión “verdaderamente” para distinguir el verdadero discípulo del Señor, que quiere verdaderamente sentarse junto a Cristo (Homilía 44,1), que verdaderamente cree en él (Homilía 44,5), que verdaderamente camina detrás de la cruz (Homilía 45,1), de quien es sólo formalmente cristiano, de quien reviste el aspecto de monje o de cristiano (Homilía 38,1). Cada uno es invitado a ponerse a sí mismo a prueba “para saber cuál es su fe y de qué modo se ha confiado a Dios: si realmente, verdaderamente, según sus palabras, o bien con una presunta justicia y fe, creyendo tener en sí mismo la fe” (Homilía 48,2).

[46] Cf. Gen 1,26.

[47] Cf. Sal 26,13; 114,9; 141,6.

[48] Juan 6,35.

[49] Juan 4,10.

[50] Cf. Sal 103, 15.

[51] Sal 44, 8.

[52] Cf. Fil 2,1.

[53] Cf. Juan 4,10

[54] Cf. Rm 7,22; 2 Cor 4,16; Ef 3,16.

[55] El verbo plerophoreîa  y el sustantivo plerophoría se emplean a menudo en las cartas de Pablo con el significado de “llevar a cumplimiento” y “pleno cumplimiento, plena certeza” (Rm 4,21; 14,4; Col 2,2-4 y 4,12; 2 Tm 4,5. 17; y también en Lc 1,1). La carta a los Hebreos exhorta a perseverar “hasta el pleno cumplimiento de la esperanza” (Hebreos 6,11), a acercarse a Dios “en la plenitud de la fe” (Heb 10,22). En la tradición patrística tanto el verbo como el sustantivo tendrán un largo empleo para expresar la certeza de la fe, la plena confianza en las relaciones de los guías espirituales, la íntima certeza que proviene de la experiencia espiritual interior (cf. V. Desprez, s.v. “Plèrophoria”). El Pseudo-Macario parece ser el aturo cristiano que utiliza con más frecuencia los términos plerophoría, plerophoreîn a menudo en combinación con otros: la fe, la percepción espiritual, la potencia, la actividad, la experiencia, la verdad… (cf. Hom 4,12; 10,4; 15,20; 17,9.12; 27,12). La locución más frecuente “con toda percepción y certeza” (en pásei aisthései kaí plerophorìa) parece derivar de la combinación de dos textos de Pablo: 1 Ts 1,5: “nuestro evangelio no se ha difundido entre vosotros solo por medio de la palabra, sino también con potencia y con Espíritu Santo y con gran certeza” (plerophoría) y en Fil 1,9-11: “Y por esto pido que vuestra caridad se enriquezca siempre más en conocimiento y en todo género de percepción (aisthései), para que podáis discernir siempre mejor”. En las Homilías tal expresión se encuentra en la Homilía 10,2: “Pero las almas débiles y vacías… que no han esperado tener la perfecta comunión con el Espíritu Paráclito en plena certeza y experiencia espiritual (metá páses aisthéseos kaí plerophorías)”, y en la Homilía 37,7: “Pedimos por tanto también nosotros ser partícipes del Espíritu Santo con certeza interior, sensiblemente (en pñerophoría kaí aishtései)”. La pretensión de tal experiencia es objeto de condena en Éfeso. Entre las proposiciones del Asceticon citadas por Juan Damasceno se encuentra la siguiente: “[Dicen los mesalianos] que es necesario conseguir también la impasibilidad y la participación del Espíritu Santo que tendrá lugar con toda percepción y certeza” (De haeresibus 80,7, PG 86, 730B). El término plerophoría se encuentra con extrema frecuencia también en los escritos ascéticos de Basilio, donde designa la certeza que nace de la fe y que está fundada sobre la palabra de Cristo (cf. Moralia 80,22; De fide PG 31,680ª; Rb 121; 181; 271; 361; etc.). Tal vez Gregorio de Nisa se sirve del tema de la huida del Esposo en las Homilías sobre el Cantar de los Cantares y de aquella tiniebla mística en la Vida de Moisés para tomar distancia por una excesiva valorización de la experiencia sensible de la gracia. En las Homilías sobre el Cantar de los Cantares afirma que la esposa reconoce al amado al oír su voz y no por otra cosa. “la voz de mi amado, dice (Ct 2,8), y no el “aspecto”, no el “rostro” que suscita una conjetura (stochasmón) más que una certeza (bebaíosin) sobre la identidad de aquel que habla. Que esta palabra se asemeja más a una conjetura que a una segura certeza (tíni plerophoría tês katalépseos) esto es evidente…” (GNO 6, p. 139). Diádoco de Fótice retoma la expresión típica del Pseudo-Macario “con toda percepción y certeza” para designar “la invasión de la gracia, el estado de un alma que la verdad ha pacificado” (É. des Places, “Introduction”, en Diadoque de Photicé, Oeuvres spirituelles, SC 5, Paris 1966, p. 38; véase también H. Dörries, “Diadochus  und Symeon”, p. 409). A través de Diadoco el término plerophoría, definitivamente utilizado por el Pseudo-Macario con un sentido místico, pasa a la tradición bizantina. Sobre este tema véase V. Desprez, s.v. “Plèrophoria”; Id., “Plèrophoria” en Pseudo-Macario”.

[56] Cf. Lc 2,37; Lc 18,37; 1 Tm 5,5.

[57] Cf. Lc 18,7-8


[58] 1 Pe 4,11



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