Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 16 de octubre de 2013

Y la carne se hizo verbo, verbo de gratitud

P. Diego de Jesús



Cuando san Ambrosio comenta el salmo 9, ante un pasaje que se va a repetir a lo largo y ancho del salterio, hablará in extenso sobre la gratitud (san Agustín lo hará al comentar el salmo 29). El salmista había suplicado –y todos los domingos del año así lo cantamos- que el Señor se apiade de él, vea su aflicción y lo levante de las puertas del infierno, para que así él pueda darle gracias. Y Ambrosio ve en esta estructura algo más que una astucia del suplicante, tratando de convencer a Dios ofreciéndole una suerte de contraprestación atractiva para el Omnipotente. Dirá san Ambrosio que la gratitud no es lo que sigue al favor divino –un simple colofón de buenos modales- sino que la gratitud es el cometido y la cúspide del favor de Dios. De ahí el “para”: para que pueda darte gracias. El orante está pidiendo poder darle gracias a Dios: eso pide; el levantarlo del abismo es funcional a eso.

¿Y por qué? Ciertamente no porque el agradecimiento alimente a un dios ávido de horas y adicto a pleitesías, que necesitara alimentar su ego con el reconocimiento humano de sus favores. La cosa es apenas distinta: Dios hace favores no tanto en orden al favor mismo sino a despertar la gratitud por el favor recibido, puesto que ella conforma la esencia misma de nuestra condición y hechura. La arcilla de la que estamos hechos es gratitud. Y por eso, cuando ésta despierta en nosotros, esa cuerda, ese sonido, hace vibrar las fibras más entrañables de nuestro ser.

Hasta ahí, la intuición del inmenso Ambrosio, allá por los años 350. Unos cuantos siglos después, en 1943, desde un campo de concentración holandés, poco antes de ser ya deportada a Auschwitz, una muchacha holandesa judía, abrasada por una búsqueda de Dios aguda, abrumadora, visceral, va a dar con esta misma verdad: estamos hechos de gratitud y nuestro corazón vive inquieto e insatisfecho hasta no alcanzarla. El drama del hombre –escribe, tirada en su cucheta de tres pisos- es la desgracia; pero no por lo que materialmente ésta puede implicar; sino porque la desgracia inhibe la gratitud; y la gratitud es la pulsión ontológicamente más honda y fundante de nuestro ser. Dios nos rescata de la desgracia no tanto para agraciarnos sino para devolvernos el poder de gratitud.

El texto de san Lucas de hoy (17,11-19) apunta a esto mismo: el milagro del Señor, cual sea, nunca es una cuestión de piel (la lepra es asunto de piel). Al Señor no le interesa la piel de la vida; le importa la vida. Sus milagros procuran devolvernos la capacidad de gratitud, para respirar desde ahí, para rezar, amar y vivir desde ese lugar.

Etty Hillesum, la judía holandesa, cae en la cuenta de que Dios constantemente nos está rescatando de la desgracia, en un acto continuo, en un milagro continuo, que sabemos mirar pero no sabemos ver. O que vemos y no sabemos nombrar. De verlo y nombrarlo, despertaríamos a la gratitud, y por ésta, a la vida feliz. Pues la felicidad del hombre es la acción de gracias. Estamos hechos de acción de gracias y nuestro corazón no descansa, no halla reposo, hasta no lograr verbalizarla. La psicología habla de la necesidad de verbalizar los problemas para sanarlos; lo cual es muy cierto. Pero valdría complementarlo con esto otro: la necesidad de verbalizar el gozo del don recibido con la gramática de la gratitud. Sin tal verbalización, no hay felicidad posible, no hay retorno sobre el don recibido (como inversamente –se dice- el animal estrictamente no sufre el dolor, pues éste, si bien real, no retorna a su conciencia). No hay felicidad posible sin ejercicio de acción de gracias. No hay felicidad sin retorno a la gratitud. Quien es feliz sin darse cuenta, no es feliz.

El drama humano consiste, ante todo en no siempre percibir el don gratuito (no debido); pero más aún, la tara congénita más honda es la dificultad de no logar verbalizar la conmoción interna ante el bien presente que podría no ser. Esa verbalización nos constituye; esa verbalización se llama gratitud, esa verbalización –que es una acción- pareciera sólo contar con un verbo en la antiquísima lengua griega, sin herencia sobre las lenguas vivas: es el verbo eucaristizar; es el verbo que emplea el Señor en san Lucas: el extranjero que supo eucaristizar; que supo verbalizar su gratitud. Que es mucho más que un educado “muchas gracias”: es casi un estado del alma, una orientación interna, el dictum del asombro, el estupor hecho logos. Valdría decir que, de algún modo, el Verbo se hizo Carne para que la carne se haga verbo de gratitud.

La pregunta del Maestro “¿dónde están los otros nueve?” es un eco de aquel ¿Adán, dónde estás?, del Génesis. No se trata de un reclamo ofendido, sino de una profunda pena por la felicidad perdida: pues no radica la felicidad en la lepra curada sino en la gratitud recuperada. El Paraíso cerrado es el corazón impedido del arte eucarístico; el paraíso cerrado es la acción de gracias enmudecida.

Miremos, en fin, un poco más la estructura interna del acto de gratitud: un itinerario que va de la lejura hasta la paz, y que halla su inflexión central en la postración (obsérvese cómo todo el relato tiene una estructura litúrgica, un calco de nuestra Misa, nuestra Eucaristía, desde el Kyrie hasta el vayan en paz). La gratitud del extranjero se expresa prosternado a los pies del Señor. Solemos asociar la postración a un estado de languidez e inanición. O en todo caso de mendicante súplica; no parece condecirse mucho, como gesto, con el agradecer. Y es que no terminamos de entender nuestra hechura. Así como el fuego cae hacia arriba, el hombre se levanta hacia abajo. Postrarse es la postura más exaltante –más erguida, si se me permite- del Hombre. No lo degrada sino que lo encumbra. El extranjero clamó de pie desde la lejura, desde la carencia y desembocó en la inmediatez del Maestro, derramándose a sus pies en gratitud. Otra vez, la plenitud está en el habla, en lograr decirlo, en la carne hecha verbo. Es el lenguaje corporal, en este caso, el que expresa la felicidad de la propia verdad: mi agradecida nada, ante el Ser absoluto, verbalizando el asombro. No hay felicidad posible fuera de este preciso registro; como que no habrá más Cielo ni otro Cielo que el ejercicio eterno de gratitud. Pues de esta gratitud y para esta gratitud fuimos creados.



Diego de Jesús
Homilía del Domingo 28º durante el año
13.X.2013


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