Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Encuentro con el Padre Ilian

Sergio Bolsakof



En San Panteleimón, donde he estado dos veces, en los años 1954 y 57, el último representante de una tradición secular del misticismo es el Padre Ilian, confesor del monasterio. No todos los buenos monjes de San Panteleimón, en efecto, como tampoco los de todos los otros monasterios, pueden definirse como místicos, siendo estos últimos muy raros. Se dice que la existencia de un monasterio queda justificada si en miles de años de historia ha conseguido dar vida a un solo místico. No es sin embargo fácil establecer qué es un místico. Personalmente considero a tales a las personas que han llegado a la unión con Dios y han alcanzado la oración continua del corazón, la vigilancia sobre los pensamientos y el abandono completo a la divina voluntad.

De algunos místicos conservamos los escritos, de otros sabemos de ellos a través de los testimonios escritos por sus contemporáneos. Algunos de ellos fueron por Dios gratificados con dones especiales como la capacidad de leer el pensamiento, de curar las enfermedades y a los endemoniados, de ver el futuro, y estuvieron sometidos a la levitación, a la transfiguración y a otros fenómenos, que si bien no hay que minusvalorar, todos ellos no son condiciones esenciales como los otros arriba recordados.

El monte Athos tiene, por así decir, tres caras. Está el monte Athos de los turistas de los cuales hablan un torrente de libros y artículos escritos en todas las lenguas; está el Athos de los eruditos y de los artistas, conocido a través de un buen número de estudios históricos, sociológicos, literarios, artísticos y así sucesivamente; está finalmente el Athos de los místicos, muy poco conocido y casi impenetrable, porque los místicos se mantienen lejos de la publicidad como de la peste y se abren sólo con aquellos que juzgan capaces de sacar beneficio de sus palabras.

Con el Padre Ilian tuve varias conversaciones de las cuales hice referencia en los artículos publicados en Inglaterra y Estados Unidos, mientras en Londres publiqué un pequeño libro sobre él.

El Padre Ilian, nacido en Rostov sobre el Volga superior, transcurrió los años de la niñez y de la juventud en Petersburgo, la capital imperial donde yo he vivido de niño y de adolescente. Hijo de un mercader, el Padre Ilian decidió con tiempo su vocación y, después de un cierto período de noviciado en el gran monasterio de Glinskij en la provincia de Kursk, ahora  hace ya más de cincuenta años, se vino al monte Athos. Temporalmente asignado al convento de San Panteleimón en Constantinopla, no estuvo presente en el Athos en el momento de la penosa controversia de los Onomólatras. Ordenado luego sacerdote fue nombrado posteriormente confesor del monasterio, representante junto al abad y el bibliotecario. Justamente bajo su guía he trabajado en la biblioteca de San Panteleimón, a propósito de lo cual será bueno decir dos palabras.

En esa biblioteca se conservan cerca de miles de manuscritos antiguos griegos, un gran número de rusos y varios centenares en el antiguo eslovénico.

Los manuscritos rusos tratan prevalentemente sobre el misticismo y además de los dos ya recordados, he tenido también entre las manos aquel interesantísimo marcado con el 327/80, con el título Razkaz Svjatogorca Schimonacha Selevkija o svoej zizni, i o stranstvovanii po svajatym mestam Russkim, Palestinskim i Afonskim (Relato del Hagiorita megaloskemo Seleuco, su vida y sus viajes a los lugares santos de Rusia, Palestina y Athos).

Otro manuscrito interesante es el de la madre Panteleimona, muerta el 7 de mayo de 1888 en el convento Pokrovski de Moscú, en el mundo Daria Kolokòlova, viuda de un modesto oficial de la corte y, después de once años de enfermedad, instantáneamente curada de una parálisis en septiembre de 1867, por obra de un monje de San Panteleimón que visitaba Rusia.

Se debe subrayar que mientras que en varios monasterios del Athos poseen colecciones de manuscritos muchos más valiosos, San Panteleimón posee la mejor selección de libro, alrededor de 30.000 volúmenes, una biblioteca que, en lo que respecta a Rusia, puede estar a la par con la del Pontificio Instituto de Estudios Orientales en Roma y con la eslovénica de la Universidad de Helsinki. La biblioteca de San Panteleimón es además la única en el campo de los manuscritos exclusivamente rusos.

El Padre Ilian, habiendo sido por tantos años confesor en un gran monasterio y director espiritual de varios megaloskemi, conoce bien el alma humana y sabe dar valiosos consejos. Él tiene un profundo respeto por mi starets, el Padre Michele, recluso de Uusi Válamo, e igual que él tiene la desconcertante costumbre de responder a las preguntas antes aún que les sean expresamente expuestas.

Dándome a leer la vida del staretz Daniel de Acinsk y el caso ocurrido a la abadesa Taisija (ver abajo), él me ha explicado que tal fenómeno no es más que el ueverenie o  la guía divina del corazón y me ha citado algunos ejemplos sacados de mi vida y también de la suya.

Con respecto a la oración de Jesús según el método hesicasta, el Padre Ilian considera que no debe ser practicada si no bajo la dirección de un experto staretz y por quien ha logrado dominar las pasiones. Según él, el método mejor y más seguro para alcanzar la perfección está basado en la humildad, la simplicidad y el abandono a Dios.

Acerca de los ejercicios de ascesis corporal, el Padre Ilian profesa ideas muy equilibradas: las considera necesarias para mantener la sensibilidad en su justo lugar pero no considera sabio darles excesiva importancia.

Él tiene el hábito de ilustrar sus consejos con ejemplos sacados de la vida de los santos o refiriéndose a acontecimientos transcurridos en la historia del monasterio. Como lo era el staretz Ambrosio, él también es de la opinión de que los pecados que han sido perdonados deben sin embargo ser purificados por medio del sufrimiento expiatorio y que los que se rebelan a este principio están destinados a la perdición.

Al Padre Ilian, además de los exorcismos sobre los endemoniados, están también reservada la absolución de los más espantosos pecados y él mismo me ha confiado cómo esto repercute en el alma del confesor. Algunas de sus experiencias tienen mucho en común con las del cura de Ars.


La abadesa Taisija Solorov

Taisija Solorov es quizás la personalidad mística más profunda entre las religiosas de Rusia. Hija de un oficial de la marina, María Solorov nació en 1841 y fue educada en el instituto Pavlovsky de Petersburgo, una escuela destinada a las muchachas nobles. Ya desde sus años de estudios había sido favorecida con singulares visiones, y le había atraído la vida monacal y su vocación monástica mostró estar bien fundada cuando, salida del colegio y poseyendo una gran herencia dejada por su abuelo, ella enfrenta a la madre que deseaba verla casada. Finalmente, después de varios contrastes, María a la edad de 19 años logra entrar como novicia en el convento de Vedenskij de Tichvin. En el momento de su ingreso el archimandrita Lorenzo, que en aquella época era ya director espiritual, la bendijo diciendo: “la vida de una religiosa es una continua oración interior”. Varias visiones extraordinarias alegraron el inicio de su nueva vida y, no obstante las dificultades que en un régimen tan austero puede encontrar una muchacha que vivía en las comodidades y las insistencias de la madre que deseaba su retorno, ella supo resistir. A todo antepuso a Cristo, incluso cuando su madre, gravemente enferma, la llamó consigo y ella, aún novicia, tuvo que experimentar un terrible conflicto interior. Se decidió a volver a la casa una vez muerta su madre para ponerse de acuerdo sobre el futuro de un hermano y una hermana, por entonces pequeños.


El archimandrita Lorenzo y la abadesa Taisija

Después de haber hecho la profesión de rasophoros con el nombre de Arcadia, María padeció fuertes tentaciones cuando la abadesa le asignó una nueva celda húmeda, oscura e insalubre, y dio la que ella ocupaba a una nueva monja. Después de algunos meses transcurridos en aquella celda y cuando ya estaba por perder definitivamente la salud, Arcadia debió ir a Novgorod por negocios e hizo una visita al archimandrita Lorenzo, su director espiritual. Éste le dijo:

“El Espíritu Santo nos enseña que no cae ni siquiera un cabello de nuestra cabeza sin que el Padre del cielo lo quiera. No creas por esto que el hecho de que tu hayas tenido que dejar tu amada celda por otra bastante peor se haya realizado fuera de la voluntad de Dios, ya que tu sabia y buena abadesa no habría permitido esto si el Señor no la hubiese inspirado. Te era necesario experimentar esta cruz de la vida comunitaria para adquirir mayor sabiduría para el futuro. Siete años transcurriste en tu celda favorita y, como dices tú misma, te habías acostumbrado a aquel aislamiento que favorecía los ejercicios monásticos y la secreta oración interior. Esto significa que el tiempo de tu preparación ha pasado y que era necesario adquirir una mayor paciencia en el sacrificio. Ahora has aprendido algo. Esto significa también que otras cosas te esperan, que eres llamada a desempeñar otras tareas en el trabajo por el bien común. Tú eres ahora probada como el oro en el crisol y en el tiempo debido el Señor cumplirá en ti su voluntad. Yo te digo que Él te conduce de la mano. Abandónate completamente a Él que conoce mejor que yo y que tú cuál es el camino para llegar al Reino de los cielos. Tú no vuelvas más a Tichvin.”

Después de cuatro años de permanencia en el convento de Zverinskij al cual había sido transferida, Arcadia fue nuevamente a encontrarse con el archimandrita Lorenzo que, en edad ya avanzada, conducía una vida solitaria. Él le dijo:

“Nosotros debemos soportar y luchar, si es necesario, también, hasta el derramamiento de la sangre y no perder el coraje en las tempestades del mar de la vida que, considerándolas bien, no son tan terribles. Por medio de estos inevitables disturbios el Señor nos invita a ejercitar la paciencia y nos prepara a aquellos mayores dolores que nos esperan y que esperan a aquellos a los cuales se dirigirán a nosotros por consolación y ayuda. Las penas son inseparables de la vida monástica y a esta están ineludiblemente unidas desde principio a fin. Con el crecer de la espiritualidad del monje crece la intensidad del dolor. A los niños dolor de niños, a los grandes gran dolor. No existen aflicciones tan pesadas como aquellas de quien ha sido envestido de autoridad, y los súbditos en cierto sentido no se dan cuenta de esto, consideran que la vida de los superiores es ligera y fácil mientras que en realidad es la más oprimente de las cruces monásticas que nos inclinan a tierra antes de tiempo. Llegará un día en el cual tú también harás esta experiencia”.

A Arcadia que le preguntaba si tal cruz estaba verdaderamente reservada también a ella, Lorenzo le responde:

“Justamente. Esta cruz, y me duele, te espera. Tú estás predestinada a ella y el Señor justificará y hará sabio a aquellos que Él mismo ha elegido. Considera tu vida en sus diferentes aspectos, busca entender dónde el Señor quiere conducirte y se te manifestarán entonces los caminos de su providencia. Si tú, por ejemplo, desde el momento de tu ingreso en el claustro permanecías constantemente cercana a la abadesa tenías modo de darte cuenta de sus sistemas de administración y de las relaciones recíprocamente mantenidas entre ella y las hermanas, experiencia, esta, que a su tiempo podrá serte bastante útil. Observa lo que hay de bueno y lo que hay de malo y de todo hazte un tesoro ya que los ejemplos son bastantes más provechosos que cualquier manual de instrucción. No te aconsejo con esto espiar los movimientos de tus superiores y censurar sus decisiones, Dios te guarde de esto, sino sólo tomar nota de lo que inevitablemente se desarrolla bajo tus ojos porque de estas cosas justamente se sacan útiles lecciones.”

Durante este último encuentro el archimandrita dio a Arcadia su bastón de abad.


La enseñanza de Taisija y sus visiones.

María Solorov, después de haber hecho la profesión religiosa solemne con el nombre de Taisija, fue llamada en 1881 a consolidar a la comunidad de Levsin, de reciente fundación, y cuatro años más tarde se convirtió en abadesa. En poco tiempo, construyó una magnífica iglesia, reunió en torno a sí a un gran número de monjas y tuvo la alegría de ver su comunidad elevada al rango de primera clase. En los recuerdos de la abadesa está reunida su enseñanza espiritual:

“El tiempo, pasando, traga todas las cosas, experiencias de dolor, de bien y de mal. Cesan las tempestades, vuelve la calma; luego, de nuevo la tormenta sobre el mar de la existencia y después nuevamente la quietud. Fuera de mí y en mí sucede todo esto que por lo general sucede en la vida y las condiciones que entonces me parecían duras y terribles no eran más que la preparación de futuras penas y dolores que la providencia me llamó más tarde a afrontar. Como sea, nosotros debemos por todo dar gracias al Señor. Él, con su personal ejemplo, no nos ha señalado otro camino que el de la Cruz.”

El día 8 de noviembre de 1885 la abadesa tuvo un éxtasis que merece ser recordado entre los muchos por ella experimentados. Ella cuenta:

“Fue durante el canto del Kerubikon. Mi corazón estaba lleno de júbilo y me contuve para no traicionarme y continuar dirigiendo el coro y así  no causar distracciones a los otros. Cuando las coristas entonaron el verso “abandonemos ahora todo temporal afán” sin darme cuenta alcé la mirada y vi una escena que no sólo soy incapaz de describir, sino cuya secuencia escapa incluso a reconstruirla con la imaginación. En lo alto, sobre el soleas (lugar que se encuentra entre el iconostasio y el ambón), justo frente a la Puerta Real del iconostasio, se estaban realizando los sagrados ritos, y no puedo decir cuáles y cómo. Sé que oí algo excepcional y me pareció ver allí al Salvador rodeado de ángeles. Cuando la visión se manifestó me sentí rápidamente raptada y cuando el himno terminó y la gran entrada concluyó no vi ni entendí más nada… no recordaba nada. Volví a mí sólo en el momento de las últimas invocaciones de la ektenia, antes que comenzara el Credo. Mi cara estaba bañada de lágrimas. Advertí entonces que todos me miraban…”


El estudio y la interpretación de las visiones de la abadesa María sería algo bastante interesante y requeriría un capítulo en sí mismo y rebasaría por esto los límites del presente tratado. Consideramos oportuno, también, recordar el nombre de otras dos abadesas, a la fundadora del convento Novodevicij en Pesterburgo, Teofanía Gotovcev, y a María Tuckov, fundadora del convento de Spaso-Borodin.


Sergio Bolsakof
Encuentro con la espiritualidad rusa.
Ed. SEI.

Publicado por esicasmo.it



No hay comentarios:

Publicar un comentario