Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 8 de noviembre de 2013

Staretz del siglo XIX: Daniel de Acinsk y Teodoro Kuzmic

Sergio Bolsakof.



1. El staretz Daniel de Acinsk

Tratando sobre los místicos rusos del siglo pasado no directamente vinculados a los discípulos de Paisij Velickovskij no se puede callar el nombre del staretz Daniel de Acinsk, nacido en Ucrania en el año 1784. Éste, al principio, había elegido la carrera militar y, siendo soldado de artillería en 1807, había participado en la batalla de Borondino en 1812 y había transcurrido luego un período de tres años en Francia junto con las tropas de la ocupación rusa. En cierto momento, sin embargo, inspirado por la lectura de la Biblia o, quizás, influenciado por la espiritualidad protestante o por la ideología de las sectas rusas, llegó a la conclusión que un verdadero cristiano no puede matar al prójimo ni siquiera en la guerra. En las vísperas de su promoción de alto suboficial abandonó su regimiento sin estar autorizado y se retiró a un monasterio. En consecuencia de esto, la corte militar en 1823 condenó al desertor Daniel Demenko a trabajos forzados en Siberia. Al término de la pena, el condenado se estableció en el pequeño centro siberiano de Acinsk donde, sin jamás recibir las órdenes sagradas ni entrar a formar parte de una familia religiosa, llevó una vida solitaria, casi como recluso, desarrollando en ocasiones la actividad de director espiritual y adquiriendo en breve tiempo fama de santidad.

En los recuerdos de un contemporáneo encontramos estas significativas palabras:

“la oración salía como torrentes de su corazón, como un río celestial, y su mente estaba, sin cesar, tan absorta en la oración que a menudo interrumpía su decir, afectado por el éxtasis.

Él hablaba de Dios, del Redentor y de su enseñanza y de su pasión, de la bienaventuranza de los justos y de los castigos de los pecadores y sus palabras, siempre útiles y saludables, a tal punto surgían del amor que no había nada que el pudiese discutir sin derramar lágrimas.

Su cuerpo tenía un cierto no sé qué de transparencia; su rostro, simpático y sereno, era bien colorido. A menudo él ayunaba por una semana seguida y también muy a menudo se confesaba y se acercaba a la misa sagrada del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.”

El grandísimo número de personas que se dirigían a Daniel por consejos de vida espiritual, comprendía a gente de toda edad, abadesas, monjas y monjes, sacerdotes y laicos. Él fue de modo especial consejero de aquellos que querían probar la cualidad y la intensidad de su vocación. La abadesa Susana del monasterio Znamenskij de Irkutsk, por ejemplo, antes de hacerse religiosa no lograba decidir la elección del convento correcto, pareciéndole todos los que había visitado igualmente buenos, cuenta sobre su diálogo con Daniel:

“Le pedí que me indicase un convento y él respondió: ‘yo no soy Dios sino sólo un hombre y no estoy exento de aconsejarte un lugar donde la vida podría quizás parecerte insoportable y donde te conformases a permanecer, sufriendo mucho, sólo porque yo te lo he ordenado. Pero cuando Dios mismo dispone las cosas incluso el sufrimiento se vuelve leve’. A mi pedido de bendición replicó: “En aquel preciso momento tú misma lo conocerás, tu corazón hablará y tendrás la sensación. Allí permanecerás dando gracias al Señor”.
Durante el viaje de Acinsk a Irkutsk iba preguntándome cómo podría cumplirse lo dicho por el staretz. Los muchos monasterios de Rusia que había visitado me habían dejado indiferente en el sentido que me habían parecidos todos buenos al mismo modo: el corazón no me decía nada. Yendo a Iskutsk para venerar las reliquias de San Inocente de Irkutsk, el gran obrador de milagros, y cumplir así una promesa que había hecho durante una enfermedad. Después de una breve estadía en el monasterio Voznesenskij (donde cumplí mi promesa) continué para la ciudad. De camino vi un convento rodeado por un muro bajo más allá del cual se podían ver algunos edificios y un jardín que me pareció un paraíso. Decidí visitar este convento en lugar de volver directamente por la ciudad al monasterio. Cuando me acerqué a la puerta principal me invistió un fuerte perfume de flores. Me detuve de golpe mientras algo como una voz interior me mandaba no volver más hacia atrás. Mi corazón experimentó una alegría especial y parecía decirme: “Permanece aquí”. Inmediatamente recordé las palabras del Padre Daniel como si él estuviera presente y cuando entré en la iglesia la vista del gran Crucifijo me hizo tan profunda impresión que permanecí largamente inmóvil.”

A su discípulo Doroteo, Daniel una vez le dijo:

“Ve, hermano, como apóstol en el seguimiento de Cristo, por el sendero estrecho. No lleves contigo en el viaje ni alforja, ni bastón, ni dinero. El Señor te alimentará y no te abandonará. A mitad de camino encontrarás a un obispo que te tomará consigo y hará de ti un monje.”

Lo que puntualmente se verificó en Kungur, a mitad de camino entre Acinsk y Kiev, donde el obispo Eulampio de Jekaterimburg, transferido a Orel, encontró a Doroteo y, lo tomó consigo, lo condujo a la Rusia europea y lo hizo entrar en el monasterio de Beloberezskij.

Una alta opinión de Daniel tuvo San Serafín de Sarov, el más grande místico del siglo XIX que la Iglesia rusa ha canonizado.


2. El staretz Teodoro Kuzmic

En el mismo período vivió y murió en Siberia el misterioso eremita Teodoro Kuzmic que fundadas razones inducen a identificarlo con la persona del zar Alejandro I. Éste era por naturaleza un místico y jamás había dejado de reprocharse el asesinado, sucedido en 1801, del padre Paolo I, incluso sin que él haya estado directamente implicado en el complot.

Según un relato fiable, en 1825 el emperador Alejandro, dado por muerto, navegó a Tierra Santa y un soldado desconocido fue sepultado en su lugar. Regresó a Rusia durante el reino de su hermano menor Nicolás I, Alejandro habría vivido como eremita en Siberia.

Efectivamente, entre Teodoro Kuzmic y el Zar desaparecido las semejanzas no faltaron, tanto en lo físico como en el carácter, y la mentalidad del eremita siberiano se reveló bastante a fin en varios aspectos justamente de los místicos aristocráticos del reino de Alejandro I.


  
Sergio Bolsakof.
Encuentro con la espiritualidad Rusa.
Ed. S.E.I -  Torino.

Publicado en esicasmo.it



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