Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 23 de diciembre de 2013

Toma y nombra

P. Diego de Jesús



La angélica consigna que recibe José en sueños contiene variedad de capas geológicas. La inmediata la conocemos bien: es consigna práctica por hacerse cargo de su casta esposa.

Pero hay más tela para cortar.

El seráfico mandato dice “no temas tomar contigo” y como un eco reverberante atraviesa todas las generaciones de cristianos para clamar a las puertas de nuestro corazón: oh tú, cristiano, no temas tomar contigo.

El ángel interpela, requiere, demanda. ¿Pero qué?

La primera lectura es simple y bella: a la Madre de Dios. Rotundamente cierto. Sería una versión alternativa al mandato que recibimos del mismo Señor en el Gólgota: he ahí a tu madre, tómala contigo (emplea Juan el mismísimo verbo que Mateo). Pero hay más tela.

La Virgen encinta es paradigma del Misterio. Ella contiene al Incontenible, guarda y resguarda al Dios Infinito. Y como tal, ella es ícono y arquetipo de todos los Misterios de nuestra fe.
Y ahí también hay que poder aplicar el mandato angélico: “no temas tomar contigo”.

Claro que no es un “tomar” cualquiera. Es tomar lo virginal, lo intocado e intocable, para recibirlo como tal. Casi como si nos mandaran: camina sobre la nieve sin marcarla.

Toma sin agarrar.
Toma sin asir.
Tomo sin “conocer”, en su vasto sentido bíblico.
Toma así al Misterio de nuestra Fe.

El verbo original es muy bello, hasta en su música: paralabein (Mt 1,20). La Tradición lo asumió con el accipere latino, que empleamos desde hace siglos cada día en la Eucaristía para tomar y comer, tomar y beber, el Fuego divino.
El verbo tomar castellano no es el más feliz. Habría que imaginar un acorde analógico en que resonara al unísono: recibir, acoger, guardar, albergar, aceptar, hacerse cargo… y con una sutil pero feliz disonancia, pulsar incluso la voz “esconder”.
Todo “eso” es consigna. De José para con María. De nosotros para con el Misterio entero.

El oxímoron que implica la virgen-madre, intocada fecundidad, justifica el “no temas” del Ángel (siempre que un ángel dice no temas, la cosa es para temblar entero). No temas tamaño imposible, semejante opuesto: toma sin tocar, guarda sin poseer, recibe sin atrapar. El cristiano que se toma en serio esto, hace de ello consigna para la plegaria y para la meditación de los Misterios: hacerse cargo de lo absolutamente ajeno y desmedido. Custodiar lo impropio. La liturgia es sin duda su prototipo.

Pero hay más.
Si Agustín recibió aquel famoso “toma y lee”, José recibe consigna más audaz: “toma y nombra”.
No le alcanza al ángel conminarlo al “no temas tomar”. Redobla la exigencia: ahora, nombra el Misterio guardado.
Y también aquí el eco llega con voz de trueno hasta nuestro sueño: oh tú, cristiano adormilado: ¡despiértate, tú que duermes! ¡Hazte cargo del Misterio y llámalo por su nombre!

Se suele decir –y no es mal consejo- que hay que llamar las cosas por su nombre. Es una consigna a favor de la verdad, de la caridad, de la sinceridad. Es un fustigue al maldito arte del eufemismo. ¡Las cosas, por su nombre! Bien: algo de eso clama la voz del alado emisario: llama a las cosas de Dios por su nombre.

Pero no abundan los plurales en boca del ángel. Si Adán recibió el amplio mandato de ponerle nombres a todas las cosas, José recibe un solo nombre. Le pondrás por nombre Jesús.

Otra vez podemos poner cara de naipe y creer que la consigna no nos atañe. Y a lo Judas preguntar: -¿yo, Maestro?

- Sí, vos. Le pondrás por nombre Jesús.
- ¿A qué, a quién?
- Al vasto e incontenible Misterio que aceptaste “tomar contigo sin temor”. Le pondrás por nombre Jesús.

A ese impenetrable versículo bíblico: le pondrás por nombre Jesús.
A esa velada Presencia del sagrario: le pondrás por nombre Jesús.
A ese hermano tuyo, distante y distinto: le pondrás por nombre Jesús.
A ese misterio recóndito de tus límites y penas: le pondrás por nombre Jesús.
A esa enfermedad: le pondrás por nombre Jesús.
A esa angustia insostenible: le pondrás por nombre Jesús.
A esa sola cosa necesaria, que es todo: le pondrás por nombre Jesús.

Cuando se habla de la oración continua se suele aplicar este adjetivo a la variable temporal. Pero es imprescindible completar los ejes de esta existencia sublunar con el eje espacial: el Nombre de Jesús no sólo ha de poder ser nombrado siempre, sino también sobre todo. Para que ese continuo que es nuestra vida quede íntegramente embebido en Él.

Todo cuanto ocurre –adorable, al decir de Bloy- amerita ser nombrado con Adán, y ser renombrado con José. Ser ungido por ese Dulcísimo Nombre que no sólo “está sobre todo nombre” sino que contiene en Sí todos los nombres y todas las cosas. Todo cuanto es y ocurre está preñado de lo divino. Y ha de poder ser casta y virginalmente recibido, custodiado y nombrado.
Es entonces que el Misterio tomado y nombrado nos alumbra.

Que el castísimo esposo de la Madre de Dios nos enseñe a hacer caso al Ángel.




Diego de Jesús
22.XII.2013


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