Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Tú cuando ores…

Matta el Meskin


Cierra la puerta

Cuando Dios te pide cerrar la puerta antes de orar, quiere recordarte la necesidad de separar la actividad externa a tu habitación de la actividad interna. Y esto es dicho con respecto al corazón, a los sentidos y a las personas.

Respecto al corazón, es necesario que tú eches fuera absolutamente todas las preocupaciones, los pesos, las ansiedades y los temores en el momento en el cual te pones frente a Dios, de modo que te sea posible entrar en la paz verdadera que sobrepasa toda comprensión. En este sentido cerrar la puerta significa consolidar al propio corazón a salvo detrás de la separación que se interpone entre el mundo carnal y el mundo espiritual, separación que equivale a una muerte. En otros términos, cuando cierras la puerta detrás de ti, debes considerarte como muerto al mundo carnal y puesto frente a Dios, para beneficiarte de su providencia y para invocar su misericordia.

Respecto a los sentidos, generalmente estás asediado por pensamientos que se han fijado en tu mente, por imágenes que han golpeado tu fantasía, por palabras que has memorizado y también por otras experiencias que se han impreso en ti a través de los sentidos. Además, todo esto comporta modelos despreciables hacia los cuales tu conciencia puede haberse sentido atraída: luego los sentidos les han retenido y la mente les ha aferrado. Estos modelos de comportamiento a veces reviven deliberadamente, otras veces llaman furtivamente y contra tu misma voluntad, otras veces también te ves obligado a invocarlos sin ningún motivo particular e independientemente de la voluntad y de la conciencia: vienen así a crearte un amargo conflicto interior. Es por esto extremadamente oportuno, cada vez que entras en tu habitación, que tú actúes anticipadamente y expulses de la conciencia estos pensamientos, pidiendo perdón a Dios con contrición y arrepentimiento, firmemente decidido a transformar esos recuerdos en una ocasión de horror y de rechazo.

Cerrar la puerta de tu habitación significa poner entre el espíritu y los sentidos de la carne a Cristo crucificado, es decir, mortificar los miembros del cuerpo que pertenecen a la tierra: “¿quién los ha seducido a ustedes, ante quienes fue presentada la imagen de Jesucristo crucificado?” (Gal 3,1); “Mortificad aquellas partes de vosotros que pertenecen a la tierra” (Col 3,5).

Si, en cambio, no renuncias a estas experiencias, a estas cosas vistas y escuchadas, si no las confiesas como culpas, aborreciéndolas cada vez que entres en tu habitación, entonces éstas no sólo te privaran de la capacidad de orar y de estar frente a Dios, sino que te arriesgas incluso a transformar tu habitación en un lugar impuro.

Respecto a las personas, a ti te sucede como a todos de encontrarte siempre y constantemente relacionado a otros. Te puede suceder entonces de encontrarte emotivamente turbado por el amor hacia una persona, que te lleva a buscar una cercanía física que te priva de tu independencia y de tu libertad interior, que son el fundamento de la oración, del amor por Dios y del crecimiento espiritual. O bien, puedes estar preocupado por las situaciones de las personas que te son queridas, por su salud o su futuro, hasta el punto de no cuidar más de tu crecimiento espiritual y de tu salvación; o bien, puedes estar sacudido por la hostilidad, la oposición, el rencor, el desacuerdo y el odio en las relaciones con los otros, a tal punto que la amargura te invada completamente y te impida liberarte de los pensamientos malvados y de deseos de venganza; o bien puedes sentirte atraído hacia los otros sin darte cuenta, terminando por ir a derecha e izquierda, únicamente para poner a la vista tu capacidad, tu agudeza espiritual, tu habilidad y encontrar así en los otros admiradores que alimentan tu autocomplacimiento.

En estos casos, cerrar la puerta de tu habitación significa cortar cualquier relación mortífera que te une a alguien y que provoca la destrucción de tu alma: “¿qué ventaja en efecto tendrá el hombre si gana el mundo entero y luego pierde la propia alma”? (Mt 16,26).

Esto no significa que debes cortar las relaciones con cuantos tienen necesidad de ti o con los que tú tienes necesidad de ellos, ni que debes desvincularte de los otros hombres. Se trata en cambio de purificar tus relaciones con los otros, de modo que todo concurra con la armonía de tu crecimiento espiritual. Debes entonces dejar de dispersarte en vanas preocupaciones por los otros – actitud que no sirve para nada ni para nadie-, debes poner freno a la maldad y morir al deseo de ser glorificado por los hombres.


La oración, obra fundamental en el camino espiritual

Como a ti te es indispensable trabajar constantemente y permanecer vinculado a la tierra para poder vivir, trabajando con la mente y con el cuerpo para obtener un pedazo de pan y un sorbo de agua, así para tu ser interior es indispensable permanecer siempre en relación con Dios, a fin de que el soplo de inmortalidad ponga la raíz en tu espíritu y lo haga apto para la vida eterna.

La relación con Dios es lo que llamamos oración: en realidad se trata de una acción. Debes por esto reconocer que sólo en virtud de un acto espiritual tu espíritu es alimentado y recibe directamente de Dios las energías para crecer. Aquello de lo cual debes estar convencido es de que todo contacto con Dios es oración, pero no toda oración es un contacto con Dios. Muchos en efecto oran sin estar preparados y sin ningún deseo de comunicarse con Dios. Pero esto no es oración, porque la oración es una obra realizada en colaboración entre el hombre y Dios.

Si la “habitación” es entonces el “lugar” puesto aparte por Cristo para la obra de la oración interior, se sigue que por todo el tiempo que allí transcurras debes necesariamente perseverar en la obra de la oración. Esto significa que debes siempre permanecer en contacto espiritual con Dios.

Dios puede conceder a cada uno la oportunidad de permanecer por mucho tiempo en la propia habitación, como es el caso del monje, que es justamente considerado un cristiano que ha entrado en la habitación y que ha cerrado definitivamente la puerta detrás de sí: estos no quieren tener más ninguna relación con la mundanidad y con sus vanas preocupaciones. A otro puede darse que Dios conceda la posibilidad de permanecer en la propia habitación sólo algunas horas al día; pero a la mayor parte de la gente no le es posible permanecer si no por una hora al día, y a veces incluso por un tiempo aún más breve. En todo caso esta diferencia de tiempo disponible para permanecer y orar en la propia habitación está compensada de otro modo por el Espíritu Santo cuando uno es fiel y sincero en el propio camino espiritual. En efecto, en la medida en el cual tú anhelas verdaderamente la oración, el Espíritu te concede, incluso en poco tiempo, la gran oportunidad de alegrarte  y de sentirte colmado de la presencia de Dios.

No debes por tanto entristecerte por el escaso tiempo disponible para apartarte en la habitación. Debes más bien asegurarte de estar pronto y lleno de deseo de comunicarte con Dios. Entonces te darás cuenta que los minutos pueden ser como días. En general, de cualquier modo, el lamento por la escasez del tiempo disponible para la oración es sólo una falsa excusa para justificar al “yo” en su negligencia, descuido e indiferencia en el estar frente a Dios.


La efusión del Espíritu Santo en las palabras de la oración.

Cuando cierras la puerta en las tres direcciones enumeradas arriba – es decir en las relaciones del corazón, de los sentidos y de las personas-  cuando te postras por tres veces en el nombre de la Santa Trinidad como gesto indicativo de tu deseo de Dios, cuando elevas las manos, los ojos y el corazón hacia el cielo, entonces el espíritu de la oración desciende sobre ti. Y en ese momento toda actitud es transformada en un contacto con Dios y tú vives, por pocas o muchas horas, en la presencia de Dios.

Si empiezas a orar animado por este espíritu (sobre todo si utilizas los salmos), te darás cuenta que las palabras de tus labios no son las habituales: poco a poco estas asumen para ti significados, orientaciones y promesas nuevas. En efecto, incluso si las palabras pronunciadas por la boca son idénticas a la contenida en el salmo, sin embargo te aparecerá como pronunciada por Dios para darte una respuesta satisfactoria, una ocasión de consuelo, una promesa de ayuda y de salvación. Y esto es porque a pesar de que la oración parece salir únicamente de ti: es el Espíritu Santo quien se inserta secretamente en la oración y comienza a responderte con las mismas palabras que has pronunciado. Esta es la clave que introduce en la vida interior: sin la intervención del Espíritu Santo en la oración las palabras son débiles y están privadas de un mensaje preciso y personal: “de igual modo también el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque ni siquiera sabemos qué nos es conveniente pedir, y el Espíritu mismo intercede con insistencia por nosotros” (Rom 8, 26). Concretamente, el Espíritu Santo no dejará jamás de guiarte, si mantienes el corazón dócil y la mente abierta, y completará las palabras de la oración y de las lecturas de una manera extremadamente sabia. Por consecuencia, cualquier oración o lectura que tú hagas sin tener la mente abierta  y la intención de escuchar la voz del Espíritu, permanecerá extraña a una sana vida espiritual, y practicándola no sacarás ninguna ventaja tangible: “no todo el que me dice: Señor, Señor…entrará en el reino de Dios” (Mt 7, 21); “Oraré con el Espíritu, y oraré también con la mente” (1Cor 14,15).


Matta El Meskin,
Consigli per la preghiera.
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 


Publicado por esicasmo.it


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