Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 8 de enero de 2013

En camino hacia la oración


Rachel Goettmann

Segunda parte


Un Dios de ternura.

La oración de Jesús contiene dos movimientos que son expresión de nuestra fe y activan toda nuestra vida si nosotros emprendemos el camino. Dos movimientos: uno hacia arriba, de adoración: “Señor Jesucristo Hijo de Dios”; y otro hacia abajo, en la toma de conciencia de mi impotencia natural para constituirme en maestro de mi vida: “Ten piedad de mí, pecador”.

Nuestro tiempo rechaza esta manera de pensar y de ser. Para muchos, el hecho de implorar la misericordia de Dios y sobre todo de reconocerse pecador conlleva componentes de culpabilidad, rebajamiento y humillación en aquellos que permanecen en esta práctica. Se ha reprochado mucho a las Iglesias de manipular a los cristianos al mantenerlos en esta forma de dependencia que les impide volverse adultos y construir su identidad.

¿Qué hombre? ¿Qué género de vida puede forjar la “Oración de Jesús”?  ¿Por qué estas palabras: “Ten piedad de mí, pecador”? Detengámonos durante unos instantes y cerremos nuestros ojos para decir muy lentamente: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador… ten piedad de mí pecador” ¿Qué producen estas palabras en mí? ¿Cuáles son mis reacciones?

Dejemos ahora de lado el hecho de que la oración pueda ser hecha estando nosotros en rebeldía o enojados, sin por ella reprimir nuestros sentimientos. Probemos de callar por un momento nuestras ideas preconcebidas o nuestras connotaciones morales, a fin de dar la posibilidad de entrar en la experiencia de cada palabra, así como nosotros lo hemos intentado para el primer movimiento de la oración [en el artículo anterior]. Para hacer esto, repitamos con el rey David las palabras del Salmo 51, y así iremos entrando de lleno en el espíritu de la Oración de Jesús: “Ten piedad de mí, oh Dios, por tu bondad, según tu gran misericordia, borra mis transgresiones, lávame completamente de mi iniquidad, y purifícame de mi pecado”.

En la Biblia, implorar la piedad de Dios es implorar el Ser mismo de Dios, este Ser que el Padre Celestial reveló a Moisés para su pueblo, y que encarna el Señor Jesucristo por su vida misma y su enseñanza. Israel puede implorar la piedad de Dios, pues él la ha experimentado de generación en generación:

“Tú eres un Dios pronto a perdonar; compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en bondad, y tú no los abandonas, incluso cuando ellos se hicieron un becerro fundido… En tu inmensa misericordia, tú no les abandonaste en el desierto… Tú les diste tu buen Espíritu para hacerlos sabios, tú no les quitaste el maná de sus bocas y tú les diste agua para calmar su sed…” (Cf. Ne 9, 17-25)

Él está en relación con cada uno de nosotros en particular, inclinado sobre cada uno con la misma solicitud. Salva al hombre, lo libera, en cualquier sufrimiento que se encuentre. Israel ha puesto su fe en esta certeza que le permite no caer nunca en la desesperación:

¡Ven hacia nosotros, Señor, no tardes!
Ten piedad de tus servidores
Sácianos desde la mañana de tu misericordia,
y nosotros estaremos todo el día felices y alegres. (Sal 90, 13-14)

La misericordia divina une al cielo con la tierra. Ella es el fermento de la alianza entre Dios y el hombre, alianza que Dios ha eternamente sellado en las entrañas de María, la santísima Madre de Dios: “Y su misericordia se ha extendido de generación en generación sobre aquellos que le temen” (Lc 1, 50). Jesús, “Dios salva”, es la revelación en plenitud de la ternura misericordiosa del Padre hacia sus hijos que somos nosotros.

El mismo Señor Jesucristo hace la experiencia de la piedad divina, del amor compasivo hacia aquellos que le imploran:

“Había dos ciegos sentados al borde del camino y, al enterarse de que pasaba Jesús, comenzaron a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de nosotros!” […] Jesús los llamó y les dijo: “¿Qué quieren que haga por ustedes?” Ellos le dijeron: “Señor, que nuestros ojos se abran”. Jesús se compadeció de ellos, tocó sus ojos e inmediatamente ellos recobraron la vista y lo siguieron.” (Mt 20, 30-34).

Y lo siguieron... En Cristo, la piedad divina nos coloca en una tensión de esperanza que hace que no dudemos jamás de la presencia amante de Dios en nuestra vida, ni del sentido de nuestra vida que es Cristo mismo, tal como testimonia san Pablo.

Hay otros episodios en el Evangelio, donde nosotros descubrimos a Jesús emocionado, lleno de piedad, cura las enfermedades, a los inválidos, expulsa los demonios, resucita muertos. Releamos estos pasajes que abrirán nuestros propios corazones al espíritu de compasión: Mc 1, 41; Mc 9, 22; Lc 7, 13-14. La piedad divina es amor activo, creador, que hace pasar de la muerte a la vida. Pero este paso no puede realizarse más que en el perdón divino que da el sentido pleno a la misericordia divina.

En el Antiguo Testamento, nosotros encontramos estas palabras divinas que hacen estremecer nuestras entrañas: “Por un breve instante te dejé abandonada, pero con gran ternura te uniré conmigo […] con un amor eterno yo tendré compasión de ti […] Aunque se aparten las montañas y vacilen las colinas, mi amor no se apartará de ti […] dice el Señor, que se compadeció de ti” (Cf. Is 54, 7-10)

Sin cesar Israel peca traicionando a su Dios, sin cesar Dios ofrece su perdón a causa de su Nombre: a causa de esto que él es para el hombre. El Dios loco de amor renueva la alianza deshecha y permite así a su pueblo comenzar una nueva etapa, una nueva subida, un retorno hacia él que es la Vida. Cristo Jesús es la revelación del perdón que brota del corazón de Dios. A través de las curaciones que él obra -Jesús, Dios hecho hombre- nos permite comprender que no puede soportar que nosotros muramos paralizados en las garras de nuestros pecados. Nuestros sufrimientos, nuestras enfermedades, provienen de nuestra naturaleza pecadora y nos conducen a la muerte, y esta es insoportable al amor divino. Es por esto que “el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10) recibiendo de su Padre “el poder sobre la tierra de perdonar los pecados” (Mc 2, 10).

Sólo Jesucristo puede perdonar los pecados, es decir, darnos la vida, porque él ha compartido nuestra vida pecadora haciéndose solidario de nuestra humanidad pecadora, sin haber cometido un pecado. Ha participado de la muerte, consecuencia del pecado del hombre, y su Cruz es la prenda de su perdón: “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

En este contexto, la Oración de Jesús va a despertar en nosotros a la vez el recuerdo de Dios, el Señor de la vida que perdona, y el recuerdo de la muerte, generada por el pecado humano. Entonces nuestra vida podrá encontrar su sentido luminoso, pues en el reconocimiento de mi pecado que me sumerge en las tinieblas y contribuye a las tinieblas del mundo, yo veo la Pascua ofrecida por el perdón del Cristo crucificado que me hace entrar en la vida nueva y me conduce al mismo tiempo hacia el amor por mis hermanos. Esto es lo que se llama metanoia, la conversión. Mi vida no se consume más en torno a mí mismo, sino que ella se abre, orientada hacia el Dios misericordioso y compasivo, y encuentra su responsabilidad en el mundo. Así “la memoria de la muerte se cambia en memoria de Dios, que se deja agarrar por la muerte para consumirla y nos ofrece la resurrección (Olivier Clément).

Quien emprende el camino de la Oración de Jesús se sabe enfermo, dividido, fuera de sí mismo, ve su pecado sin echar culpas ni ocultarlo. No le basta decir “ten piedad de mí, pecador” para lograr su curación, pues la fórmula no es mágica, sino que vamos tomando conciencia de esto que, en mis pensamientos, mis miradas, mis palabras, mis actos, me alejan de Dios, es decir me hacen mal. “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (Mc 2, 17).

¿Qué quiere decir para mí estar enfermo, ser pecador? No vamos a dar la definición de la palabra pecador, sino intentar aproximarnos a esta realidad que podemos experimentar. Si nosotros describimos al pecador de la Biblia, es decir al pecador que soy yo, nosotros decimos que es aquel que se equivoca de camino, aquel que se aparta del camino de la alianza trazada para él por Dios y que, con un espíritu independiente, se aventura sólo sobre otros caminos, hacia un destino que no conduce sino a la muerte. De dónde estos llamados desesperados, estos gritos de angustia del pueblo hebreo, y al mismo tiempo estos pedidos de perdón, todos llenos de la esperanza de la liberación.

“Oh mi Dios, tú conoces mi necedad y mis faltas no se te ocultan… Pero yo, Señor, te dirijo mi oración… Respóndeme, Señor, pues tu misericordia es amorosa, en tu inmensa compasión, mira hacia mí… Aproxímate a mi alma y redímela.” (Salmo 69)

Herederos de Adán por nuestra humanidad, nosotros nacemos pecadores, pero Dios que es la Libertad nos ha creado libres a su imagen, así nosotros no estamos obligados a pecar. Nuestras relaciones con Dios pueden ser vividas en un principio de libertad. Cuando nosotros nos apoyamos sobre esta libertad para pecar, nosotros rechazamos a Dios, le echamos. Este es el aspecto mortífero de nuestra libertad, pero esta misma libertad es el trampolín de nuestro regreso a Dios. Nuestra libertad es un obsequio de amor de nuestro Creador. “Dios puede todo salvo obligar al hombre a amarlo, dicen nuestros Padres, y el ser a su semejanza no pertenece sino a los que por un gran amor han atado su libertad a Dios”.

Nuestro camino de regreso a Dios, nuestra metanoia, no puede realizarse más que en el amor, por esto la Oración de Jesús es también llamada “oración del corazón”, como lo desarrollaremos en el próximo artículo. No hay parábola más luminosa que la del “hijo pródigo” para iluminarnos sobre el volverse de este hijo que soy yo y que grita hacia su Padre: “Ten piedad de mí, pecador”.

Releamos esta parábola (Lc 15, 11-52) e intentemos ponernos en la piel del hijo que abandona a su padre, para descubrir con el hijo pródigo los medios y las condiciones de nuestro regreso…

Yo soy este hijo que se cansa en “un país lejano”, es decir fuera de mi corazón. Yo malgasté la vida que recibí de Dios. Animado por mi propia voluntad, olvido a Dios, pongo mi esperanza en los hombres y no cuento más que con solo los alimentos terrestres para vivir. Me volví avaro e ingrato, considerándome propietario de los dones y riquezas que Dios me da. Sin embargo la más hermosa planta se seca si ella no es regada: cortado de mi Dios, yo soy una tierra seca y sin agua (Sal). Pero en el fondo de mí, lo mejor de mí gime y se acuerda: sobre las orillas de los ríos de Babilonia, nosotros estábamos sentados y llorábamos acordándonos de Sión… (Sal 137, 1).

Como el hijo pródigo, nosotros llevamos dentro la memoria de la paternidad divina, las palabras que el Padre celestial ha pronunciado y que sus hijos se acuerdan de generación en generación. En el centro mismo de mi desasosiego, de la miseria, donde mi partida me condujo, el Espíritu Santo suspira: “¡Vuelve, vuelve!”

Comienzo a dar mi primer paso sobre el camino de retorno cuando, movido por el Espíritu Santo, yo nombro mis errores, mis exigencias, mis traiciones. Así, yo empiezo a aceptar: “Yo soy un pecador, Señor, ten piedad de mí”.

“Cuando estén en el país de sus enemigos, yo no los rechazaré” (Lv 26,44). Yo sé que puedo volver al Padre sin temor; yo sé que él me ve desde lejos, es decir, allí donde yo estoy, tal cual soy. […]

Y luego él me tomará en sus brazos –como me enseña la parábola- sin reproches, sin castigarme, y él ordenará un día de fiesta para anunciar mi resurrección. Sí, mi corazón puede experimentar la alegría de este regreso a la vida sin engañarse o dudar, pues “si alguno peca, tenemos un defensor ante el Padre: Jesucristo, el Justo. Él es víctima propiciatora por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero” (1 Jn 2, 1-2).

 “¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador!”

En nuestro regreso sobre nosotros mismos, no olvidemos al hijo mayor de la parábola, que rechaza participar en la fiesta organizada por su padre para su hermano resucitado y al que el padre le dice: Todo lo mío es tuyo. Nosotros somos bautizados, revestidos de la luz de Cristo, pero a menudo nuestras vidas no son el reflejo de su luz. A pesar de que se participa en la liturgia, se casa por iglesia, se hace bautizar a los niños, se estudia incluso teología, o se realizan obras de caridad…. El sufrimiento de nuestros hermanos no nos conmueve, sus combates por la vida, sus victorias no nos interesan. Nuestros corazones se secan, en cierta  manera nosotros somos unos fariseos orgullosos de sus tradiciones, de sus ritos, de su herencia. Nosotros nos consideramos como los únicos justos a los cuales llegan las gracias divinas. Nos olvidamos cuánta importancia tienen para Cristo la oveja perdida. “Hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión…” (Lc 15, 7)

Por mi egocentrismo, mi vanidad, mi ingratitud: “¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador!”

Nosotros percibimos el impacto que la Oración de Jesús puede tener sobre nuestra vida si nos decidimos a tomar este camino. Ella va a empujar nuestra vida interior y exterior, llevándonos a tener otra mirada sobre nosotros mismos, sobre el mundo, sobre nuestros hermanos, sobre la Iglesia.

“Ella es eficaz y más incisiva que una espada de doble filo. Ella penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula. Ella puede juzgar los sentimientos y los pensamientos del corazón. No hay nada en las profundidades de nuestro espíritu que permanezca invisible ante ella, sino que a su luz, todo está desnudo y al descubierto” (Archimandrita Sofronio, Su vida es la mía, p. 167)

La Oración de Jesús es también un arte. En el próximo artículo, descubriremos un método en el seno de nuestra tradición, para ayudarnos a entrar en la práctica de la oración. Así: “El hombre descenderá en la profundidad de su corazón, entonces Dios le mostrará su gloria” (Sal 64, 8).



Rachel Goettmann
Artículo publicado en la revista Le Chemin, nº. 20, 1993.