Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 5 de febrero de 2013

El canto de los ángeles

Adalberto Mainardi



San Silouan del Monte Athos



Nadie canta con tal pureza,
como quien está en el infierno más profundo;
aquello que nosotros creemos que es el canto de los ángeles,
es el canto de ellos. Franz Kafka [1]


El libro que hizo conocer al mundo la experiencia de vida y de oración del starets Silouan del Monte Athos (1866-1938) apareció en ruso en París, poco después del fin de la segunda guerra mundial, en dos volúmenes ciclostilados, uno por cada una de las dos partes en la cual se dividía: “Vida y doctrina del starets” y “Escritos del starets Silouan” [2]. Su autor y editor, el Hieromonje Sofronio (Sergej Sacharov, 1896-1993), consideraba haber escrito un trabajo “destinado, por su contenido, a un estrecho círculo de personas”, interesadas en el tema de la ascesis cristiana. Pero en poco tiempo se multiplicaron las traducciones en inglés, alemán, francés, griego moderno, serbio, italiano, catalán, árabe… [3] Diez años después de la publicación del libro de Sofronio, Thomás Merton podía escribir que Silouan, “este extraordinario starets que luchó por años contra la desesperación”, había sido quizás “el monje más auténtico del siglo XX” [4].

Sofronio se consideraba un simple portavoz de este gran “testimonio del amor divino” [5], un “cartero” de la “palabra de Dios para nuestra generación” entregada a este humilde monje athonita. [6]

¿Quién fue Silouan? El registro del monasterio aghiorita ruso de San Pantelemón refiere escasas líneas sobre él:

Schimonje [el monje de gran hábito] padre Silouan. Nombre de laico: Semën Ivanovic Antonov, campesino de la región del Tambov, del distrito Lebedinskij, ciudad de Sovsk. Nació en el 1866; llegó al Athos en el 1892; tonsurado en la mantija en el 1896; recibe el gran hábito [schima] en 1911. Desarrolló las siguientes obediencias: en el molino, en el metóchion (una posesión del monasterio a las afueras del Athos) de Kalamareis, en el Viejo Rossikon de la montaña, como ecónomo. Falleció el 11 (24) de septiembre de 1938. [7]

Otro testimonio athonita, la lacónica necrología en la crónica del monasterio, firmada por el hieromonje Flegonte, además de darnos algunas noticias sobre el carácter del starets (“era afectuoso y bueno”) y sobre su vida de oración (“practicaba asiduamente la oración mental”), nos informa que conocía a fondo los escrito de los padres (nacitannyj), y sobre todo que “tenía muchos devotos admiradores” y “tenía una correspondencia en estrecha colaboración con el hierodiácono Sofronio” [8]. Justamente a este último, entre el 1931 y el 1938, pasa a ser la “persona más íntima” de Silouan: es él quien nos ha transmitido, más allá de las enseñanzas del starets, su larga lucha interior y su búsqueda de Dios, y aquello que conocemos de su vida antes que se hiciese monje en la Santa montaña. [9]

Simeón, hijo de Ivan Antonov, nació en una familia de pobres campesinos de Rusia central. El padre le había transmitido una fe humilde y verdadera, un sentido de las cosas de Dios del cual Silouan, ya monje, no se olvidaría: “no he llegado a la estatura de mi padre. Él era completamente analfabeto… Pero era un hombre lleno de dulzura y de sabiduría”. [9] Del Padre aprende a confiar siempre en el Señor: “Una vez pasábamos cerca de nuestro campo y yo le dije: ‘¡Mira, nos roban la cosecha!’. Pero él me respondió: ‘Hijo mío, el Señor no nos ha hecho nunca faltar el pan. Si ese hombre roba es porque lo necesita’” [10].

“Por dos inviernos” Simeón frecuenta la escuela. A los diecinueve años es un joven alto y robusto, trabaja como carpintero en la propiedad del príncipe Trubeckoj. Su extraordinaria fuerza física, su carácter bueno y amable lo hacen apreciado por todos. De una peregrina escucha el relato de la vida santa del recluso Juan Sezenovskij (1791-1839) y dentro de sí piensa: “Si es santo significa que Dios está con nosotros, y entonces yo no tengo necesidad de recorrer toda la tierra para encontrarlo” [13]. Por primera vez, se asoma en él el deseo de la vida monástica.

Dos episodios marcan de modo indeleble la maduración espiritual del joven Simeón. Un día, durante una riña por un motivo fútil, golpea a un coetáneo con tal fuerza que teme haberlo matado, y por mucho tiempo debe cuidarse de los hermanos y de los compañeros del herido que buscaban vengarse (“Dios me ha cuidado”, dirá [14]). En este tiempo de vida disipada, Simeón, adormecido en un sueño ligero, ve una serpiente introducírsele en la boca y penetrándose en su cuerpo. Se despierta con un fuerte asco y rápidamente oye la voz de una extraordinaria belleza y dulzura: “Has tragado una serpiente soñando, y esto te repugna. Del mismo modo, tampoco a mí me gusta ver lo que tú haces”. Silouan, estuvo siempre convencido que la misma Madre de Dios “vino del cielo” para iluminarlo: “Ahora he visto cuanto el Señor y la Madre de Dios tienen compasión de su pueblo” [15].

El segundo evento decisivo para la vocación de Simeón fue el encuentro con Juan Sergiev (1829-1908), célebre predicador de Kronstadt canonizado por la iglesia rusa en 1990. El encuentro sucede en San Petersburgo, donde entre el 1886 y el 1892, el joven toma servicio en el batallón del genio de la Guardia (después de la reforma de Alejandro II, el reclutamiento duraba “sólo” seis años para quien como él “no tenía instrucción”) [16]. Simeón quedó impresionado por la fuerza de la oración del padre Juan (“estaba siempre en medio del pueblo, pero permanecía en Dios más que muchos anacoretas” [17]), y en una nota le confía su intención de hacerse monje: “Padre, quiero ser monje. Orad para que el mundo no me retenga”. Y desde el día siguiente, escribe Sofronio, él siente “crepitar alrededor de sí las llamas del infierno” [18].

Cuando vuelve a casa, la muchacha de la cual se había enamorado y con la cual había tenido una relación, está felizmente casada con un comerciante de semillas. Pero Simeón ya ha emprendido en su corazón el viaje hacia el Monte de los santos padres, el Athos, donde llega en el otoño de 1892 [19]. Tenía veintiséis años.

La primera realidad que encuentra sobre la Santa montaña es una paz profunda, conoce la alegría y la dulzura del perdón de los propios pecados. Pero también la duda, la tentación de volver atrás, de dejar el camino emprendido: “¡Vuelve al mundo y cásate!”, le dicen sus pensamientos. El padre espiritual le enseña a discernir la proveniencia de las voces que lo habitan, lo alienta a combatir las sugestiones: “No acoger jamás los pensamientos, y apenas aparezca uno, échalo rápidamente”. El novicio entonces dice decididamente en su corazón: “Moriré aquí por mis pecados” [20]. Es el inicio de la lucha espiritual.

A Simeón, cuenta Sofronio,  le comenzaron a aparecer los demonios que a veces le dicen: “Tú eres un santo”, y otras: “Tú no te salvarás”. Simeón ingenuamente conversa con ellos: “¿Por qué me dices ahora una cosa y después otra; a veces que soy un santo, y otras veces que no me salvaré?”. “Nosotros no decimos nunca la verdad”, fue la inquietante respuesta [21]. Las huellas de este combate interior afloran en los escritos del monje anciano, que, desenmascarado el engaño de la desesperación, contempla ya el pasado en la paz y en la luz de la infinita misericordia de Dios:

Recuerda dos pensamientos y témelos. Uno dice: “Eres un santo”; el otro: “No te salvarás”. Ambos vienen del enemigo y en estos no hay verdad. Más bien piensa. “Yo soy un gran pecador, y el Señor misericordioso ama mucho a los hombres y me perdonará también a mí mis pecados” [22]

Antes de aprender el arte de la lucha espiritual, Simeón atraviesa un momento de profunda tiniebla, advierte con horror la lejanía de Dios, la inanidad de sus esfuerzos ascéticos. Su alma es tomada por el vértigo del abismo que descubre dentro de sí. “Este espíritu es tan oprimente y torturante, que es terrible incluso sólo su recuerdo” [23]. La experiencia de la soledad ha arrancado la máscara de sus defensas personales, se ha deshecho la imagen que se había hecho de sí mismo, ningún camino parece abierto para él. Es la prueba tremenda de la acedia, la tristitia [tristeza, aflicción] que anticipa el juicio de Dios sobre sí, corrompiéndolo en una sentencia de condena [24]. Cercano a la desesperación extrema, Simeón sentado sólo en su celda, y mientras cae la tarde, piensa: “Dios es inexorable y no se conmueve” [25]. En ese mismo día, durante las vísperas, en la iglesia del santo profeta Elías, en el molino, a la derecha de las puertas reales, donde se encuentra el icono del Salvador, él ve a Cristo viviente. En el Espíritu Santo conoce que Cristo es Dios y que todos sus pecados le son perdonados: “El Señor inconcebiblemente se me ha aparecido” [26]. Silvano, contará él mismo, que tenía veintisiete años (1893). Es el evento central de su vida, la “gran gracia” que lo colmará del Espíritu Santo y del deseo de sufrir por Cristo, la experiencia de Dios que habría estado en el fondo de todos sus pensamientos, la fuente y la meta de su desear, amar, sufrir, orar. Silvano habla como si se tratara de un amigo (haciendo eco de 2 Cor 12, 2): “Conozco a un hombre al que el Señor ha visitado con su misericordia…”

Yo sé de un novicio que ha recibido al Espíritu Santo después de haber transcurrido sólo seis meses en el monasterio [27]… Un día, durante las vísperas, levantó la mirada sobre el ícono del Salvador y oró un poco, cinco palabras: “Señor, Jesucristo, ten piedad de mí pecador”, y vio que el icono era el Salvador viviente. Entonces el alma y el cuerpo del novicio fueron colmados de una indecible dulzura,  y su alma conoció en el Espíritu Santo a nuestro Señor Jesucristo… Señor misericordioso. [29]

Simeón, volviéndose tres años después el monje Silouan (1896), empieza un camino de identificación con Cristo, de adquisición de su sentir: un camino hecho de ascesis y penitencia, y también de asimilación de las enseñanzas de los padres, de profundización y meditación amorosa de la palabra de Dios contenida en las Escrituras, que Silouan escucha en el Espíritu Santo [29]. En profundidad, es el camino de la cruz, que acontece en el abajamiento del Hijo (cf. Fil 2, 5-11), para conocer la humildad de aquel que es humildísimo, que ha descendido al infierno a buscar a Adán que se había extraviado. “¡Oh humildad de Cristo! Yo la conozco, y no puedo adquirirla. Yo la conozco por gracias de Dios, y no puedo describirla. La busco como perla preciosa y resplandeciente” [30]. En esta búsqueda Silouan encuentra su camino y su libertad:

He aquí la libertad auténtica: estar en Dios. Primero no lo sabía. Hasta los veintisiete años creía que Dios existía, pero no lo conocía. Cuando mi alma lo conoció en el Espíritu Santo, comencé a ir hacia Él con ardor y ahora, ardiendo, lo busco día y noche. [31]

Exteriormente, su vida es de una gran simplicidad: después de los años de noviciado en los cuales trabaja en el molino (que producía cotidianamente más de ocho quintales de harina para casi una tonelada de pan [32]), estuvo por un cierto período en el metóchion de Kalamareis, donde los monjes cultivaban el grano para las propias necesidades; fue convocado en su patria como reserva durante la guerra ruso-nipónica (1904-1905); a su retorno, después de un tiempo de vida retirada en el viejo monasterio ruso en el interior de la península athonita (Staryj Nagornyj Rusik), Silouan desempeña hasta los últimos años, la delicada tarea de “ecónomo” (con más de doscientas personas en sus dependencias) [33].

Interiormente, la parábola existencial de Silouan es una infatigable búsqueda de docilidad a la acción del Espíritu. La oración es el lugar de esta profundización, en la incesante lucha por hacer la propia “tierra de pecado” transparente a la acción de la gracia, para adquirir aquel corazón puro que es necesario para “ver a Dios”. Desde el día en el cual Cristo se le ha revelado en el Espíritu Santo, Silouan combate contra los demonios por quince años [34], hasta que una palabra del Señor le revela el sentido profundo de estas visiones y, quizás, la verdad de su propia vida:

Y he aquí una noche, mientras sentado en la celda, los demonios venían a mí y la celda estaba llena de ellos… Entonces me levanté para postrarme ante los íconos y los demonios me rodeaban; uno de ellos estaba delante de mí y si me hubiese inclinado ante los íconos me habría postrado ante él. Entonces me volví a sentar y dije: “Señor, tú ves que quiero orar a ti  con una mente pura, pero los demonios me lo impiden. Dime, ¿qué debo hacer para que se vayan lejos de mí?” Y en mi interior sentí la respuesta del Señor: “Los orgullosos sufren siempre así a causa de los demonios”. Dije: “Señor, tú eres compasivo, mi alma te conoce; dime ¿qué debo hacer para que mi alma sea humilde?” Y el Señor dentro de mí respondió: “Mantén tu mente en los infiernos y no desesperes” [35]

“[El Señor] mismo me ha enseñado cómo nos debemos humillar… Mantén tu mente en el infierno y no desesperes” [36]. Ahora Silouan conoce verdaderamente el lugar ínfimo del descenso del Hijo: su búsqueda ha alcanzado la meta. La libertad que había puesto en Dios lo ha conducido por amor a las regiones de la desemejanza y de la ausencia de Dios, donde Cristo ha permanecido para tomar al primer Adán  y reconducirlo al Padre. Ahora la visión del corazón de Silouan es pura. La humildad es la luz en la cual ve a Dios que es luz [37]. La sutil seducción de la imagen de sí, la reluciente mentira de los engaños demoníacos no tienen más ningún poder sobre él: “Ahora el alma le ve, pero no le teme, porque… espera firmemente en la misericordia de Dios” [38]. Simultáneamente al conocimiento del propio pecado, Silouan puede cantar el amor de Dios más fuerte que la muerte, más tenaz que el infierno (cf. Ct 8, 6), y entonar, libre entre los muertos en el lugar de perdición, un cántico nuevo: “He aquí mi canto predilecto: pronto moriré y mi alma maldita descenderá al infierno, y allí yo sólo seré atormentado en la oscura cárcel y gritaré con amargo llanto: mi alma desfallece de nostalgia por el Señor y entre lágrimas lo busco. ¿Cómo podría no buscarlo? Él primero ha venido a buscarme y se me ha revelado a mí, pecador” [39].

Silouan desciende al infierno y descubre que Cristo lo ha precedido. El misterio de la humildad de Cristo es el misterio del descenso a los infiernos del Hijo, Unus de Trinitate, el misterio trinitario de la humildad de Dios [40]. ¿Quién, en efecto, enseñará la humildad de Cristo, la medida del amor de Dios por el hombre, si no “el humilde Espíritu”, que el Padre envía en el nombre del Hijo, y que del Hijo enseña cada cosa, recuerda cada palabra (cf. Juan 15, 26), hasta revelar a los creyentes todo el misterio pascual, y hacerles conforme a Cristo, semejantes a Él, colmados de su mismo amor? Cuando el Espíritu nos enseña, nosotros experimentamos claramente el amor y lo conocemos. Aquel que ha conocido a Dios en el Espíritu Santo, éste ha aprendido de él la humildad, y se ha hecho semejante a su maestro, Cristo, el Hijo de Dios: “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).

El conocimiento nace del amor. Conocer la humildad de Cristo significa conocer su amor, amar al otro con el mismo amor de Cristo, y permanecer con él en el lugar más bajo de su descenso, en el vacío de su aniquilamiento. Sólo así es posible amar lo no amable, amar al pecador mientras es pecador (cf. Rom 5, 8), amar al propio enemigo:

Quien no ama a los propios enemigos, no podrá conocer al Señor y la dulzura del Espíritu Santo. El Espíritu Santo enseña a amar a los enemigos de tal modo que el alma tendrá compasión de ellos como de hijos propios. Hay personas que por los propios enemigos o por los enemigos de la iglesia desean la muerte y el tormento en el fuego del infierno. Piensan de este modo porque no han aprendido el amor de Dios por el Espíritu Santo: quien lo ha aprendido derrama lágrimas por todo el mundo. [41]

Amar al otro con el mismo amor de Dios significa querer la voluntad de Dios, esperar la salvación de todos (la expresión de la Primera Carta a Timoteo 2, 4 es de las más recurrentes en los escritos de Silouan), orar con lágrimas por la salvación de los vivos y de los muertos, de toda creatura racional e irracional, sabia e ignorante, buena o mala [42]. Cuando era joven, Silouan recibió el raro don de la interrumpida oración del corazón [43]. Ahora comprende que la oración pura forma una sola cosa con el ágape: el Espíritu Santo da el don de la oración incesante a aquel que ora por los enemigos [44]. Parafraseando el adagio de los padres, enseña que “orar por los hombres es derramar la sangre” [45], y reescribe la escala de los grados de la oración según el primado del amor, puesto que ahora “nuestro hermano es nuestra misma vida” [46]:

Quien ha odiado el pecado ha subido al primer escalón de la escalera celestial. Cuando el pensamiento no incita más al pecado, se está ya en el segundo escalón. Y quien en el Espíritu Santo ha conocido el perfecto amor por Dios, está en el tercer escalón. Pero… para alcanzar el amor de Dios es necesario…. tener un corazón compasivo, y no sólo amar a los hombres, sino tener piedad de toda creatura, de todo lo que Dios ha creado [47].

Una esperanza que espera sólo la propia salvación no es una esperanza cristiana: permaneciendo en el amor incluso en el infierno, Silouan puede esperar la salvación de todos; habitando el lugar contradictorio de la condenación de la historia, dilata su esperanza a la redención de la historia. Silouan habla del llanto del monje sobre el mundo, y detrás del velo de las lágrimas su mirada abraza a los mismos verdugos de la perseguida iglesia rusa. El monasterio ruso en el Athos, rico y floreciente en su juventud, está ahora en una lenta decadencia: ningún monje puede subir a la Santa montaña de la Unión soviética, la misma iglesia ortodoxa rusa está dividida por los cismas. “Nosotros hoy somos los últimos monjes”, escribe Silouan. Sus ojos ven la caída de las formas exteriores, y mucho más libre es la vista del corazón para captar lo único necesario de un cristianismo adulto en una sociedad descristianizada: el amor a los enemigos, el milagro de la conversión del corazón, el don de la alegría.

El obispo serbio Nicolás Velimirovic (1880-1956), que tenía una profunda veneración por Silouan [49], relata una conversación de los años treinta:

Conversando de cómo los monjes rusos estuvieron fuertemente indignados contra la tiranía que los bolcheviques habían edificado para oprimir a la iglesia de Dios en Rusia, él me dijo: “Yo mismo al principio estuve muy indignado, y después de una larga oración me vinieron estos pensamientos: “El Señor ama a todos sin medida. Él conoce todos los tiempos y las causas de todo. Con motivo de un bien futuro Él ha permitido este sufrimiento del pueblo ruso. Es algo que yo no puedo comprender ni detener. A mí me toca sólo amar y orar. Así hablaré también a los hermanos que se indignaron. Vosotros podéis ayudar a Rusia sólo con el amor y la oración. Pero la indignación y el odio hacia los sin Dios no arreglarán las cosas.” [50]

No todos comprenden sus palabras, también los monjes que lo estiman permanecen sorprendidos por su actitud, por la apertura universal de su oración, por su paradojal compasión por los persecutores [51]. En los últimos años se reunieron alrededor de él algunos monjes jóvenes, entre los cuales estaban el hierodiácono Sofronio y Basilio (Krivosein), patrólogo y futuro arzobispo [52]. A ellos el starets abre el secreto de su alma:

El alma que ha conocido a Dios, su Creador, su Padre celestial, no puede encontrar reposo en la tierra. Y el alma piensa: “cuando aparezca ante al Señor imploraré su misericordia por la salvación de todos los cristianos”. Pero a la vez piensa también: “Sin embargo, cuándo vea su rostro adorado, en mi alegría no podré decir nada. Ya que el hombre inundado de amor no puede proferir una sola palabra”. Y piensa también que: “Yo oraré por todo el género humano, para que todos los hombres vuelvan al Señor y en él encuentren la paz, porque el amor divino quiere que todos se salven” [53].

Silouan encarna una mística que no huye de la historia, sino que por debajo de su superficie turbia busca el sentido, encuentra la transparencia. Su figura es la de un gran intercesor, enraizado en la tradición, y capaz de escuchar y de discernir la urgencia del mal que conmueve al hombre contemporáneo, las raíces de su desesperación. Testigo silencioso y orante de los eventos más dramáticos del siglo XX, Silouan vive con excepcional intensidad la experiencia interior de la lejanía de Dios, del hombre pecador y ateo, entregado al infierno de la propia nada. Pero Silouan ha también conocido por la gracia el rostro de la infinita misericordia divina. La palabra de esperanza que ha escuchado en su abandono, ahora la repite a quien se ha desacostumbrado a esperar.

Silouan escribe. “Soy viejo y espero la muerte. Escribo la verdad por amor a los hombres. Es por ellos que mi alma se aflige… mi corazón sufre por todo el mundo” [54]. Él no dice nada de sí, sino sólo aquello que le sugiere el Espíritu: dice la verdad, en nombre de la misericordia de Dios, “incluso sólo pocas palabras sobre el amor de Cristo” [55]. Escribir agota su espíritu, pero el amor lo obliga: el amor le habla. Silouan tiene el oído afinado a este murmullo contenido. “Cuando escribo una palabra no sé aún cuál será la siguiente, sino que ella nace en mí y yo la escribo” [56]. Escribe con la respiración lenta y profunda de la oración. Escribe con la audacia de quien espera lo inesperable. Sus palabras proclaman la fuerza de una esperanza sin límites, para cada hombre, para la creación entera [57]. El llanto de Adán, la inconsolable nostalgia de Dios que habita los abismos del corazón humano, se vuelven invocación de un rostro, epíclesis al Espíritu Santo que desvela en nosotros los rasgos del rostro de Cristo, el Hijo amado, la inalterada imagen y semejanza del Padre. El amor de Dios ha hecho bello al hombre con la gracia del Espíritu Santo y le ha vuelto semejante a Jesucristo, el Hijo de Dios: “¡Oh Señor, infunde para nosotros este amor sobre todo el mundo! ¡Oh Espíritu Santo, vive en nuestra alma…!” [58]

El lugar del cual se eleva esta voz no es la claridad luminosa de la visión, sino el desierto del silencio de Dios. Quizás por esto su canto es tan puro: habla de la invisible esperanza de la resurrección respirando la muerte de los sin esperanza. Los hombres están sedientos de esta palabra, la única que les presenta la verdad. El canto de quien está en el infierno más profundo se ha vuelto el canto de los ángeles…

Después de una breve enfermedad, Silouan se duerme en el Señor el 11 (24) de septiembre de 1938. A Sofronio, que le pregunta si desea morir, le responde: “No soy todavía humilde”. En 1988 el patriarcado de Constantinopla lo incluye entre los santos. Cuatro años después la iglesia ortodoxa rusa lo incluye en su martirologio.


Introducción a cargo de Adalberto Mainardi
Nostalgia de Dios. Silvano de Monte Athos. Todos los escritos.
Ed. Qiqajon. Comunitá di Bose. 2011
Págs. 5-20



[1] F. Kafka, Carta a Milena, Mondadori, Milano 1988, p. 186 (Carta fechada en Praga, el 26 de agosto de 1920).

[2] Hieromonje Sofronio, Starec Siluan, Paris 1948.

[3] Cf. P. Stangé, “Bibliographie. Archimandrite Sophrony”, en Buisson Ardent I (s.d.ma 1995), pp. 101-102.

[4] Th. Merton, La paix monastique, Albin Michel, Paris 1961, p. 20.

[5] Sofronij (Sacharov), Starts Siluan, Stavropegie Monastery of St John the Baptist, Essex 1990, p. 4. Citamos el libro de Sofronio del original ruso, que no siempre corresponde a la traducción italiana, realizada sobre la edición francesa (Archimandrita Sofronio, Silvano del Monte Athos. Vida, doctrina, escritos, Gribaudi, Torino 1978, p.34); por comodidad del lector indicaremos entre paréntesis las referencias paralelas al texto italiano.

[6] Archimandrita Zacharias, The Enlargement of the Heart. “Be ye also enlarged” (2 Corinthians 6, 13) in the Theology of Saint Silouane the Athonite and Elder Sophrony of Essex, Mount Thabor Publishing, South Canaan PA 2006, p. 3

[7] Sofronij (Sacharov), Starec Siluan, p. 7 (p. 39).

[8] Prepodobnyj Siluan Afonskij, Izdanie russkogo na Afone Svjato-Panteljmonova monastyrja, Svjataja Gora Afon 2004, tav. A fronte della p. 289.

[9] Sofronio (Sacharov), Starec Siluan, p. 5. Sobre la experiencia humana y espiritual más importante de su vida, el encuentro con Silouan, Sofronio vuelve a menudo en sus últimos años: Id., “Saint Silouane l’ Athonite”, en Paix 54-55 (1988), pp. 40-59; Id., Vedremo Dio com’è. Autobiografia spirituale, Servitium-Interlogos, Sotto il Monte-Schio 1998, p. 27; Id., Pis’ma v Rossiju, Svjato-Ioanno-Predteceskij monastyr’-Bratstvo Svjatitelja Tichona, Essex-Moskva 1997, pp. 27-28. Véase al respecto M. Egger, “Archimandrite Sophrony, moine pour le monde, IV. Mont Athos. La rencontré avec le starets Silouane”, en Buisson ardent 4 (1998), pp. 76-89 (particularmente pp. 77-79).

[10] No tenemos motivo para dudar de este testimonio, que encuentra numerosos comentarios en otros testimonios y en los textos de Silouan, pero el mismo Sofronio en su libro advierte haberse preocupado esencialmente de “esbozar un retrato espiritual del starets”, y que “muchas de las cosas que le habrían debido interesar a un biógrafo” le habían permanecido desconocidas (Sofronij [Sacharov], Starec Siluan, p. 5). También los pocos discípulos de Silouan no habían nunca tenido “un particular interés hacia los eventos de la vida humana del beato starets”: se trató quizás de un “error”, el cual ya era “demasiado tarde para poner remedio” cuando Sofronio escribía (ibid., p. 54 [p. 74]). No existe aún un estudio que de luz al rol de la mediación de Sofronio para el conocimiento de Silouan: véase en todo caso A.L. Gurevic, “Blazennyj starec archimandrit Sofronij (Sacharov) i ego rabota nad Knigoj ‘Starec Siluan’”, en Prepodobnyj Siluan’i ego ucenij archimandrit Sofronij. Po materialam “Siluanovskich ctenij”, Fond “Christiannskaja zizn’”, Klin 2001; N. V. Sakharov, I love, therefore I am. The Theological Legacy of Archimandrite Sophrony, St Vladimir’ s Seminay Press, Crstwood Ny 2002, pp. 22-24, 31.

[11] Sofronij (Sacharov), Starec Siluan, p. 8 (p. 41); Silvano dell’ Athos, Non disperare! Scritti inediti e vita, Qiqajon, Bose 2007, p. 17

[12] Silvano dell’ Athos, Non disperare!, p. 14.

[13] Sofronij (Sacharov), Starec Siluan, p. 8 (p. 41); Silvano dell’ Athos, Non disperare!, p. 16

[14] Sofronij (Sacharov), Starec Siluan, p. 9 (p. 43); Silvano dell’ Athos, Non disperare!, p. 19

[15] Sofronij (Sacharov), Starec Siluan, p. 9 (p. 43-44); Silvano dell’ Athos, Non disperare!, p. 19; cf. infra, pp. 132, 177.

[16] Cf. F. von Lilienfeld, “Lo ‘starec’ Silvano e la Russia del suo tempo”, en Silvano dell’ Athos. Atti del Colloquio internazionale “’Tieni il tuo spirito agli inferí e non disperare!’. Silvano dell’ Athos: vita e spiritiualità”, Bose, 3-4 ottobre 1998, a cargo de A. Mainardi, Qiqajon, Bose, 1999, pp. 79-96 (aquí pp. 84-85).

[17] Sofronij (Sacharov), Starec Siluan, p. 29 (p. 81); Cf. infra, pp. 75, 249-250.

[18] Sofronij (Sacharov), Starec Siluan, p. 11 (p. 48).

[19] A.-E. N. Tachiaos, “San Silvano y el Monte Athos”, en Silvano dell’ Athos, pp. 97-116, entre los motivos que podría haber inducido a Simeón a escoger el Athos, después que un primer momento había pensado en la Lavra de las Grutas de Kiev, sugiere la creciente fama en Rusia del monasterio athonita ruso, sostenido por la propaganda oficial (pp. 100-101). En la primera década del siglo XX el número de los rusos residentes en el Athos alcanza los 7.000, y constituía el grupo étnico más numeroso (el cincuenta por ciento de toda la población de la península monástica): cf. Ilarión (Alfeev), Svjascennaja tajna Cerkvi. Vuedenie v istoriju i problematiku imjaslavskich sporov I, Aletejja, Sankt-Peterburg 2002, p. 401, n. 150.

[20] Sofronij (Sacharov), Starec Siluan, p. 12-13 (p. 49-50); Cf. infra, pp. 229.

[21] Sofronij (Sacharov), Starec Siluan, p. 13 (p. 49-52).

[22] Infra, p. 213.

[23] Infra, p. 230.

[24] Cf. L. Cremaschi, “La vergogna di stare agli inferi”, en Silvano dell’ Athos, p. 290; E. Bianchi, “Tieni il tuo spirito all’ inferno e non disperare”, ibid, p. 28.

[25] Sofronij (Sacharov), Starec Siluan, p. 13 (p. 52-53).

[26] Ibid.; cf. infra, p. 233.

[27] Infra, p. 94.

[28] Infra, p. 231.

[29] “El alma no puede tener paz si no estudia la ley de Dios día y noche. Su ley, en efecto, está escrita por el Espíritu de Dios y el Espíritu de Dios pasa de la Escritura al alma, y el alma siente una suave delicia” (infra, pp. 77-78). Sofronio tiende a redimensionar la importancia de la Escritura en el itinerario ascético de Silouan, subrayando el primado de la tradición (Sofronio [Sacharov], Starec Siluan, pp. 39-41 [pp. 99-103]): véanse, sin embargo, las observaciones de E. Bianchi, “Tieni il tuo espirito all’ inferno”, pp. 23-27.  Justamente Tachiaos revela la cualidad formativa del monaquismo aghiorita, que debería desalentar la insistencia de muchos intérpretes sobre el hecho de que Silouan fuese “semianalfabeta” (cf. A. –E. N. Tachios, “San Silvano e il Monte Athos”, pp. 108-109).

[30] infra, p. 204

[31] infra, p. 107.

[32] Cf. A.-E. N. Tachiaos, “San Silvano e il Monte Athos”, p. 104.

[33] Es casi imposible establecer una cronología más precisa: cf. J.-C. Larchet, San Silvano del Monte Athos, Qiqajon, Bose 2004, pp. 17-24. En 1911, Silouan recibe el gran hábito (schima), último grado del camino ascético del monje. Sobre la función de ecónomo cf. A.-E. N. Tachiaos, “San Silvano e il Monte Athos”, pp. 107-108, e infra, pp. 189-190, donde Silouan habla de sí en tercera persona.

[34] La indicación cronológica es referida por Sofronio y consiente en fechar en 1908 el episodio relatado a continuación por el mismo Silouan.

[35] Infra, p. 202.

[36] Infra, p. 59.

[37] Cf. Infra, pp. 60-61

[38] Infra, p. 202.

[39] Sofronij (Sacharov), Starec Siluan, p. 93 (p. 205).

[40] Es este quizás el aspecto más original de la enseñanza de Silouan: la dimensión cristológica y pneumatológica de su experiencia de “descenso a los infiernos”, revelada por diversos intérpretes (cf. Los ensayos de E. Bianchi, O. Clément, K. Ware y I. Zizioulas en Silvano dell’ Athos). Sobre los precedentes patrísticos, cf. J.-C. Larchet, San Silvano del Monte Athos, pp. 35-66; S. Salvestroni, “Fedor Dostoevskij, Silvano dell’ Athos, Simeone il Nuovo Teologo e la volontaria discesa agli inferí”, en Studia monástica 45 (2003), pp. 61-71. El mismo Silouan hace referencia  a los padres del desierto, Antonio, Poemen, Macario (cf. Sofronij [Sacharov], Starec Siluan, p. 92. [p. 204]), y a Isaac de Nínive (ibid., p. 52 [p. 134]; cf. infra, p. 208. Se puede quizás vislumbrar aquí un punto de convergencia con la triadología kenótica de Sergio Bulgakov y la Teología de los tres días de Hans Urs von Balthasar (cf. La introducción de G. Ruggieri, “Per un discorso su Dio”, en la edición italiana de H. U. von Balthasar, Teologia dei tre giorni, Queriniana, Brescia 1990, pp. 5-20), cf. También H. U. Balthasar, Sperare per tutti, Jaca Book, Milano, 1989.

[41] Infra, p. 31.

[42] “Una vez dijo al confesor: ‘Siento compasión por los hombres que padecen los tormentos del infierno, cada noche lloro por ellos y mi alma se atormenta a tal punto que se compadece también de los demonios… [Un asceta] me dijo: ‘Llora por ti mismo, de los otros el Señor tendrá piedad’… Dejé de llorar por los muertos, y entonces cesaron también las lágrimas  por mí mismo… Otro asceta, uno que tenía el don de lágrimas... respondió: ‘Yo, si fuera posible, sacaría afuera a todos los del infierno, sólo entonces mi alma se calmaría y se alegraría.’ Diciendo esto hizo un gesto con las manos, como si recogiese gavillas en un campo y le caían las lágrimas de los ojos” (infra, pp. 240-241).

[43] “Un día, cuando era aún novicio, estaba orando ante el ícono de la Madre de Dios, y la oración de Jesús entró en mi corazón y comenzó a brotar por sí” (infra, pp. 160-161); “Vi una vez a un novicio que cumplía con una tarea pesada: poseía la oración del corazón y el Señor le había concedido las lágrimas para que llorase por el mundo entero” (infra, p. 193)

[44] Cf. Infra, p. 272.

[45] Sofronio (Sacharov), Starec Siluan, p. 22 (p. 69). “Derrama la sangre y recibirás el Espíritu” (Detti dei padri, Serie alfabetica, Longino 5, en Vita e detti dei padri del deserto, a cargo de L. Mortari, Cittá Nuova, Roma 1997, p. 299).

[46] Sofronio (Sacharov), Starec Siluan, p. 22 (p. 69)

[47] Infra, p. 142.

[48] Infra, p. 234.

[49] Cf. Soeur Pelagie, “Chrysostome serbe’, Nicolas Vélimirovich, philosophe du Saint-Esprit”, en Buirsson Ardent 4 (1998), pp. 63-75. Nicolás Velimirovic ha sido canonizado por la iglesia ortodoxa Serbia en 2003. Silouan le devuelve el afecto y la estima: “El Espíritu lo ha adornado de luces y nosotros lo amamos mucho” (infra, p. 230).

[50] “Pamjati starca Silvana Afonskogo” [1938], en Prepodobnyj Siluan Afonskij, p. 546.

[51] Silouan afirmaba categóricamente que “quien no tenía amor por el enemigo estaba fuera de Dios, no conocía a Dios” (Sofronio [Sacharov], Starec Siluan, p. 116 [p. 248]. “Un día un monje dijo al starets que si él hubiese actuado según sus palabras, esto habría sido aprovechado por los enemigos y el mal habría triunfado. En el momento el starets permaneció silencioso, ya que el monje era incapaz de entender sus palabras, pero más tarde dijo a otro: ‘¿puede quizás el Espíritu de Cristo desear el mal a alguien? ¿Hemos sido llamados a esto por Dios? (ibid., p. 86 [p. 193]).

[52] En una conferencia mantenida en Oxford el 31 de enero de 1952 por la Amistad de San Albano y San Sergio, Basilio dijo: “Como ejemplo de un hombre santo, del cual emanan los perfumes de la gracia del Espíritu Santo, puedo señalar a un monje del monasterio de San Panteleimón, el padre Silouan… Toda su vida ha estadomarcada por el sello de la santidad, que se manifestaba en su profunda humildad y en el amor por los hombres… De origen campesino, sin ninguna formación, poseía una excepcional sabiduría espiritual… Era uno de aquellos padres capaces de decir a uno precisamente lo que necesitaba. Después de su muerte han permanecido sus notas… Su escritura está a veces, quizás, privada de estilo literario, pero a pesar de eso sus escritos provocan la más profunda impresión por su pureza y su carácter absolutamente peculiar. A menudo toca las cumbres de las antiguas obras místicas de los santos padres” (Prepodobnyj Siluan Afonskij, p. 548).

[53] Sofronio (Sacharov), Starec Siluan, p. 111 (p. 240)

[54] Infra, p. 106.

[55] Infra, p. 128.

[56] Infra, p. 276.

[57] Aparecen aquí superfluas las cautelas de algunos, preocupados de circunscribir confesionalmente el alcance del mensaje de Silouan: si en sus escritos no se encuentra nunca la afirmación que la “pertenencia a la iglesia” ortodoxa es “la primera condición para la adquisición del Espíritu Santo”, puede darse que esto no sea porque “se da por supuesto” (J.-C. Larchet, Saint Silouane de l`Athos, Cerf, Paris 2001, pp. 343-344), sino porque Silouan, como él mismo había respondido al padre Estratonico, ya habla como los perfectos, que “no dicen nada por sí mismos”, sino “sólo lo que el Espíritu les sugiere” (Sofronio [Sacharov], Starec Siluan, pp. 26-27 [pp. 76-77]). Sobre la actitud de Silouan hacia los otros cristianos, cf. Ibid, pp. 29-30 (pp.81-82). Véanse las observaciones de I. Zizioulas, “La teología di san Silvano dell`Athos”, en Silvano dell’ Athos, pp. 117-130 (en particular p. 127), y J. –C. Polet, “Un libre sur saint Siluane”, en Buisson Ardent 8 (2002), pp. 106-115.

[58] Infra, p. 279.