Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

sábado, 16 de febrero de 2013

“Oraron y ayunaron” (Hechos, 14, 23)


P. Gabriel Bunge



Como el velar, desde los tiempos bíblicos, está estrictamente ligado a la oración, igualmente sucede con otro ejercicio del cuerpo: el ayuno, que no debe, por esto, permanecer olvidado, tanto más que desde la antigüedad está ligado también a tiempos bien precisos. En occidente, sin embargo, el ayuno es  conocido hoy por la mayor parte de las personas sólo en la forma secularizada del “ayuno curativo”. La “gran Cuaresma” que precede a la Pascua, por ejemplo, en la vida cotidiana de los mismos cristianos practicantes en sustancia no cambia nada. Como se ha dicho, no fue siempre así, y también en el oriente cristiano sucede aún hoy de modo diverso.

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Oración y ayuno desde los tiempos antiguos están unidos recíprocamente de modo tan estrecho, que ya en la Sagrada Escritura son a menudo nombrados juntos, porque “bueno es la oración con el ayuno” [1]. La vieja profetisa Ana “servía a Dios noche y día con ayunos y oraciones” [2]; del mismo modo hacía Pablo [3] y la comunidad primitiva [4]. Esta costumbre está tan firmemente radicada en la primitiva tradición cristiana, que algunos copistas a la palabra “oración” agregaron espontáneamente la palabra “ayuno”, incluso allí donde originariamente –con probabilidad- no existía, como en Mateo 17, 21; Mc 9, 29; 1Cor 7, 5.

A primera vista podría parecer que la antigua práctica cristiana del ayuno no pueda referirse a la palabra y al ejemplo de Cristo, más bien, parece incluso contradecirlo. Seguramente Cristo ha ayunado una vez, cuarenta día y cuarenta noches en el desierto [5], y, por lo demás, por muchos era considerado más bien “un comilón y un bebedor” [6], porque no tenía temor de comer con “publicanos y pecadores”, más bien, a menudo era él mismo el que tomaba la iniciativa, tanto como para provocar la pregunta sobre los motivos por los cuales los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos “ayunaban frecuentemente y oraban”, y sus discípulos, en cambio, no [7]. ¿Han, pues, Pablo y la comunidad primitiva malinterpretado a Cristo, comportándose, en definitiva, del mismo modo que los discípulos de Juan y que los de los fariseos?

Absolutamente no, porque Cristo no despreciaba ciertamente el ayuno, así como no despreciaba la oración. Ambos les interesaba, sin embargo, preservaba a sus discípulos de todo tipo de hipocresía y de vanidosa ostentación de la propia “religiosidad”.

Cuando ayunéis, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. [8]

Vale para el ayuno, lo que vale para la oración: ciertamente ayunan también los discípulos de Cristo, pero estos lo hacen sólo por amor de Dios, no para ser vistos y alabados. Lo mismo vale para la limosna y, en el fondo, para toda práctica virtuosa. Los padres, que notoriamente eran grandes ayunadores, han tomado esto muy en serio. Si acaso, es dicho del ayuno que se debe “sellar el buen perfume de las propias fatigas [ascéticas] con el silencio”:

¡Como escondes tus pecados ante los hombres,
así esconde ante ellos también tus fatigas! [9]

Con esto, los padres estaban bien lejos de sobrevalorar el valor de las “obras” corporales y, por tanto, también del ayuno.

Se le preguntó a un anciano: “¿cómo puedo encontrar a Dios?”. Dijo: “A través de los ayunos, las vigilias, las fatigas, la misericordia y, antes que todos estos [ejercicios], a través del discernimiento. Te digo, en efecto, que muchos han atormentado su carne sin discernimiento y se han ido vacíos, sin nada. Nuestra boca huele mal por el ayuno, conocemos las Escrituras de memoria, hemos recitado todo David [es decir el Salterio], y no tenemos esto que Dios busca: el amor y la humildad” [10]

*

Cristo, pues, tenía un motivo muy concreto para no tener en cuenta algunas costumbres relativas al ayuno que por entonces era común su uso entre los “piadosos de Israel”, y eximir de ellas también a sus discípulos: la presencia del “esposo” [11]. En este breve tiempo privilegiado de su presencia estaba en juego algo más: “¡El reino de Dios está cerca, convertíos y creed en el evangelio!”[12]. Cristo se servía de las comidas justamente como de un medio privilegiado para hacer conocer a todos el gozoso mensaje de la reconciliación y la llamada a la conversión: a los jefes de los fariseos [13], a los publicanos influyentes [14], como así también a los “pecadores” de todas clases [15]. El comer justamente como signo de reconciliación: también esta enseñanza han tomado muy en serio los padres del desierto.

Si tu hermano te exaspera,
condúcelo a tu casa,
y no tengas temor de entrar con él,
y comer con él tu bocado.
Haciendo esto,
en efecto, salvarás tu alma
y en el momento de la oración
te será evitado todo escándalo. [16]

Comúnmente se considera, en efecto, que “los regalos extinguen el rencor”, como ya decía el sabio Salomón [17]. Pero los padres del desierto no poseían casi nada para poder dar como regalo. Por esto “nosotros, que somos pobres, compensamos nuestra indigencia con [una invitación] a la mesa”, aconseja Evagrio [18].

Por tanto, “el ayuno es ciertamente útil y necesario, pero depende de nuestra elección” [19]. Otra cosa es, en cambio, el mandamiento divino del amor: este deroga todas las prácticas humanas, incluso las útiles. El precepto de la hospitalidad suprime, en efecto, también las reglas del ayuno, incluso si se debiese preparar con suntuosidad la mesa seis veces al día … [20]

Una vez dos hermanos fueron a ver a un anciano. Ellos tenían la costumbre de no comer cada día. Cuando, pues, vio a los hermanos, se alegró y dijo: “el ayuno tiene su recompensa. Por otra parte, quien come por amor cumple dos mandamientos, porque abandona su propia voluntad y cumple el precepto [del amor]”. Y dio de comer a los hermanos. [21]

*

Siempre teniendo presente este precepto del amor, los discípulos de Cristo, después “que le fue quitado el esposo”, no fueron en nada inferiores a los discípulos de los fariseos y a los de Juan el Bautista en cuanto al ayuno [22], si bien estos, desde los primeros tiempos, a diferencia de los hebreos, no ayunaban los lunes y los jueves, sino el miércoles y el viernes [23].

Ya que el ayuno pertenece, al mismo tiempo, a los ritos penitenciales, está claro que, desde la antigüedad, han sido excluidos aquellos días en los cuales los cristianos hacen memoria del retorno del “esposo” Cristo.

Entre los monjes de Egipto, desde la tarde del sábado, vigilia del día del Señor, hasta la tarde siguiente, no se arrodillaban; así también, por todo el tiempo de la Quincuagésima [entre Pascua y Pentecostés], y en este período no se observaba ninguna regla del ayuno. [24]

*

Si, pues, el ayuno, como todas las otras “austeridades” corporales de este tipo, tiene sólo un valor relativo, entonces, ¿qué sentido tiene?  Una primera motivación la nombra ya el salmista: este “humilla al alma” [25], al contrario, es decir, del comer que exalta al alma hasta la apostasía de Dios [26]. En efecto, el ayuno corporal recuerda al hombre, de modo sensible, “que él no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, del cual es deudor justamente también del pan necesario para vivir. Precisamente considerando esta experiencia, Dios había “humillado y hecho probar el hambre” al pueblo de Israel en el desierto [27].

El significado espiritual del ayuno es, pues, ante todo este: hacer humilde al alma. “Nada en efecto humilla tanto al alma como el ayuno” [28], porque hace experimentar de modo elemental la completa dependencia de Dios. Para impedir el paso a esta humildad del corazón están nuestras múltiples “pasiones”, aquellas “enfermedades del alma” que no le permiten comportarse “naturalmente”, es decir de modo conforme a la creación. El ayuno es, por tanto, un medio excelente para “cubrir” estas pasiones, como dice Evagrio explicando alegóricamente el versículo de un salmo:

El ayuno es una manta del alma, que esconde sus pasiones, es decir las infames concupiscencias y la cólera irracional. Quien, pues, no ayuna, se descubre de modo vergonzoso [29], como Noé borracho [30], al cual Evagrio alude aquí. El sentido del ayuno corporal es, por consecuencia, purificar al alma de los infames vicios e infundirles un espíritu humilde. Sin esta “pureza de corazón”, ya sólo pensar en la “verdadera oración” sería una impiedad.

Quien está [todavía] cautivado por los pecados y por los ímpetus de cólera y osa tender descaradamente al conocimiento de las cosas divinas o incluso acceder [al lugar] de la oración inmaterial, espera la reprobación del Apóstol, según el cual no está sin peligro “orar con la cabeza desnuda y no cubierta”. Tal alma, en efecto, afirma el Apóstol, “se dice que tiene una autoridad sobre la cabeza con motivo de los ángeles que están alrededor” [31], mientras se cubre con el debido pudor y humildad [32].

Además de esto, el ayuno tiene también un significado práctico.

Un estómago que languidece
está en condición de velar en oración,
un estómago lleno, por el contrario,
provoca sueño abundante [33]

Esta ventaja práctica tiene, a su vez, un objetivo espiritual, y es este el que verdaderamente cuenta:

Un espejo sucio
no refleja claramente la figura que cae sobre él,
y un espíritu vuelto obtuso por la saciedad
no acoge el conocimiento de Dios. [34]

La oración del ayunador
es una cría de águila que vuela alto,
y la del crapulón cargada de la saciedad
es arrastrada hacia abajo. [35]

El intelecto del ayunador
es una estrella que brilla en el cielo sereno,
y el del crapulón
permanece escondida en una noche sin luna.[36]

En otras palabras, a la par del velar, también el ayunar prepara el espíritu del orante a la contemplación de los divinos misterios.

Si, pues, para aquel que quiere “orar de un modo verdadero”, el ayunar es indispensable tanto como el velar, este sin embargo, como todo en la vida espiritual, “debe hacerse en los tiempos debidos y con medida”, justamente porque cada uno tiene su medida en base a sus fuerzas, a su edad y a sus condiciones de vida.

Ya que lo que es in medida y fuera de tiempo es de breve duración.
Y lo que es de breve duración es nocivo más que útil. [37]


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Gabriel Bunge. Vasi di argilla
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.1996.
Págs. 91-98



[1] Tb 12, 8.

[2] Lc 2, 37.

[3] 2 Cor 6,5; cf. 11, 27.

[4] Hechos 13,3

[5] Mt 4,2 par.

[6] Mt 11, 19.

[7] Lc 5, 33.

[8]  Mt 6, 16-18.

[9] Evagrio, Eulog. 14.

[10] Nau 222 (Dichos, pp. 208 s.)

[11] Mt 9, 15.

[12] Mc 1, 15.

[13] Lc 7, 36 ss.

[14] Lc 9, 1ss.

[15] Mt 9, 10 s. y passim.

[16] Evagrio, Mon. 15.

[17] Cf. Pr 21, 14.

[18]  Evagrio, Pr 21, 14.

[19] Casiano 1

[20] Casiano 3.

[21] Nau 288 (cf. Dichos, p. 247).

[22] Mt 9, 15.

[23] Didagé 8, 1.

[24] Casiano, Inst. II, 18.

[25] Sal 34, 13.

[26] Cf. Dt 8, 12 ss.; 32, 15 y passim.

[27] Dt 8, 3.

[28] Evagrio, In Ps. 34, 13.

[29] Ibid. 68, 11.

[30] Gen 9, 21.

[31] 1 Cor 11, 5.10

[32] Evagrio, Or. 145.

[33] Evagrio, Octo spir. I, 12.

[34]  Ibid. I, 17.

[35] Evagrio, Octo spir. I, 14.

[36] Ibid. I, 15.

[37] Evagrio, Pr 15.