Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 27 de febrero de 2013

Benedicto XVI, de Papa a monje

P. Diego Roqué
(monje del Monasterio del Cristo Orante)



Carísimos todos:

Con la emoción aún de lo vivido esta madrugada (nuestra) en la plaza San Pedro, y que gracias a la tecnología, pudimos seguirlo desde aquí muy bien, los saludo en el Señor.

La historia de la Iglesia conoce unos cuántos casos de monjes que terminaron Papas... y un solo caso inverso, que hoy nos ha tocado presenciar: un Papa que se hace monje, que ingresa libremente a la fortísima raza de los cenobitas, como dice san Benito. No va por menos, sino por más; no se baja de la Cruz, sino que trepa más alto: audazmente ha dado un paso adelante (no al costado) para afrontar los inmensos retos de la Iglesia con mejor armamento que el que le posibilitaba la sede de Pedro: la plegaria, la omnipotencia suplicante. Como dice un famoso texto de Chesterton: al revés de lo que se cree, cuando las cosas andas realmente mal, ya no se necesita al hombre práctico; es la hora del hombre teórico, del contemplativo. Por eso este inmenso Papa que Dios nos ha regalado deja el valle y sube a la montaña. Aún no se ha entendido del todo el gesto. Nos llevará seguramente algunos años. Sólo me atrevo a adelantar que decir "me retiro para orar por la Iglesia" no fue un mero eufemismo para decir sin más "me retiro". Tal vez sea más bien como decir: no me retiro nada; me adentro en pos de una misión más ardua y determinante. Que otro, más joven, con menos fuerzas, se ocupe de la cosa práctica. Yo me ocupo de los dragones.-

Si san Gregorio fue el primer Papa monje; Benedicto es el primer monje Papa. Tal vez, el Papa más agudo de los últimos mil años.

La Barca de Pedro, en breve, tendrá nuevo timonel... y tendrá un vigía nocturno en la punta de su palo mayor.

Bienvenido Abba Benito XVI a la fortísima raza monacal. Con Usted, Santidad, acaudillando nuestra plegaria, los monjes del mundo entero nos sentimos más fuertes, más acompañados, mejor orientados.

Hasta ahí, un humilde aporte a estas horas tan cruciales de la Iglesia. Mañana, a las 16 hs nuestra --20 hs romana-- se inicia esta nueva etapa: los alentamos a detener sus actividades al menos un instante para hincarse y rezar un Credo por Benedicto y por rumbo de la Iglesia.

Un abrazo,

P. Diego de Jesús
Monasterio del Cristo Orante


domingo, 24 de febrero de 2013

Catequesis 55. Sobre el deber de adornar nuestro edificio incorruptible por medio de la adquisición de las virtudes.


Teodoro Estudita

Para el viernes de la primera semana de los ayunos


Hermanos y padres, los hombres del mundo, cuando construyen un edificio suntuoso, no se conceden ningún reposo sino que día y noche trabajan, se preocupan, trabajan duramente, hasta no haber terminado la obra emprendida. Y tanto es el deseo que tienen de terminarla que sus mentes están continuamente ocupada y continuamente piensan cómo se puede realizar una buena cobertura del techo y sobre cómo el piso de mármol de varios colores, junto a los otros elementos de la decoración, pueden ofrecer el más agradable espectáculo a quien tiene gusto por las cosas bellas. Y, en efecto, si alguno quisiese distraerlo de aquel pensamiento, se indignaría, al considerar que recibe un gravísimo agravio. Y nosotros, por el hecho de que no construimos un edificio corruptible sino incorruptible, no un edificio compuesto de piedras y leños sino construido a partir de dones espirituales, ¿deberemos ser por tanto negligentes, dejándonos superar por el celo de ellos? ¿No sería la más grande de las injusticias? Aquel edificio está destinado a acoger a los hombre amantes de los placeres carnales, pasará por muchos dueños y al final será destruido y abandonado. Nuestro edificio, en cambio, es capaz de hospedar al Espíritu Santo, ¡sí es verdad, nosotros somos templos del Dios viviente y el Espíritu de Dios habita en nosotros (1Cor 3, 16), como dice el santo Apóstol! Y además, cuando nos vamos de aquí abajo, este parte con nosotros, permaneciendo en los cielos indestructible y eterno.

¿Cuál es el material de esta construcción? ¡La adquisición de las virtudes! [1] Y, te ruego, alcances primero ante todo el temor de Dios, que sirve como fundamento, siendo verdad que el principio de la sabiduría es el temor del Señor (Pr 9, 10; Sal 110, 10); luego la prudencia, la fortaleza, la temperancia, la justicia; de este modo cada virtud, permaneciendo unida a la otra, y armonizándose  y coordinándose por medio del vínculo de la caridad (cf. Col 3, 14), crece para ser templo santo en el Señor (Ef 2,21), como está escrito. Este templo, hermanos, construyámoslo constantemente, sin descuidar adornarlo con la belleza de las virtudes, de modo que pueda habitar en nosotros el Espíritu Santo (cf. Rom 8, 11; 1 Cor 3, 16) y que con nuestra vida amable logremos atraer sobre nosotros las miradas de los ángeles y hombres. ¡Y ya que una de las virtudes es la temperancia y ahora nos dedicamos a ella de modo especial, demos gloria a Dios, porque hemos terminado el primer estadio de su recorrido! [2] Vuestros rostros han cambiado y es un bello cambio, porque en la palidez de la abstinencia resplandecen. Vuestras bocas se han vuelto amargas, porque con el retraso de las comidas se llenan de bilis, y vuestros espíritus han sido dulcificado y aligerados por la esperanza. Estas cosas, ciertamente, están en conflicto entre ellas y, necesariamente, con la victoria de una, la otra pierde vigor. ¡Alegrémonos por tanto, porque somos de la parte más fuerte!

Quizás alguien dirá que comer cada día es falta de perfección. Pero esto no es en absoluto verdad, porque de otra manera el Señor no nos habría mandado pedir cada día nuestro pan cotidiano (cf. Mt 6,11; Lc 11,3). El profeta Elías en el desierto no habría sido alimentado cada día por el cuervo (cf. 1 Re 17, 4-6) [4]. Pablo, que habitó en el desierto antes que el divino Antonio, no habría recibido de Dios el pan cotidiano [5]. Y ni siquiera el mismo gran Antonio habría juzgado preferible comer cada día al menos lo necesario, más que ayunar por más de un día o por una semana [6]. Y, a mí parecer, el motivo es este: ya que nuestro cuerpo, cuando se cansa por la jornada entera, tiene los sentidos debilitados, como un caballo de carrera, y tiene necesidad de descanso, necesariamente el Creador de la naturaleza ha establecido que sea sostenido a través del alimento cotidiano, para que al próximo día sea nuevamente ligero y no débil e inerte, como en cambio les sucede a los que han prolongado el ayuno por dos, tres o también cinco días [7]. Aquellos en efecto no pueden ni hacer genuflexiones particularmente frecuentes, ni cantar con una voz bien clara la salmodia, ni ejecutar fácilmente los otros servicios, ¡a menos que no tenga una fuerza verdaderamente sobrehumana! Comer todos los días, en definitiva, no es un régimen propio de las personas imperfectas, sino, un límite y una regla fijados, puede muy bien ser también el de los perfectos, tanto más que nuestra regla es conforme a la de los padres.

En cuanto a vosotros, nos pueden ser concedidos, en una medida siempre mayor, salud del cuerpo y vigor del espíritu, para servir al Dios vivo y verdadero y esperar (1 Ts 1,9) el último día, en el cual, junto a los santos, les auguro resplandecer como el sol (cf. Mt 13, 43), heredando el reino de los cielos, en Cristo Jesús, nuestro Señor, al cual pertenecen la gloria y el poder, con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.


Teodoro Estudita
Nelle Prove, la fiducia. Piccole catechesi
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 2006
Págs. 255-258


[1] Sobre la metáfora del edificio de las virtudes, cf. Apotegmas, Poemen 130: “Si un hombre quiere construir una casa, para poderla erigir recoge mucho material y diversos tipos de instrumentos. Así también nosotros tomamos un poco de cada virtud”; Abba Isaías, Discursos ascéticos XXIII, 3; Doroteo de Gaza, Conferencias XIV, 149-152.

[2] Alusión a la primera semana de ayuno cuaresmal que está terminando.

[3] Durante la Gran cuaresma los monjes estuditas comían una sola vez al día, después del oficio de vísperas; cf. Regla estudita 30; 33.

[4] En la literatura monástica Elías es considerado precursor del monaquismo, junto a Eliseo y a Juan Bautista. Antonio decía: “El asceta debe aprender siempre a ordenar la propia vida mirando a la del gran Elías, como en un espejo” (Atanasio de Alejandría, Vida de Antonio 7, 13). Sobre el tema cf. E. Poirot, Elías, arquetipo de los monjes, Abbaye de Bellefontaine, Bégrolles-en-Mauges 1995 (sobre el ayuno ver en especial pp. 101-107).

[5] Se trata de Pablo de Tebas (ca. 228-341) que, según la tradición, precedió a Antonio en la vida eremítica en el desierto tebano. Su vida es narrada en la Vida de Pablo de Jerónimo, que tuvo una excepcional difusión en todo el oriente; para el episodio recordado por Teodoro, cf. Vida de Pablo 10.

[6] El dicho aquí atribuido a Antonio es en realidad transmitido con el nombre de Poemen; cf. Apotegmas, Poemen 31: “El padre José pregunta al padre Poemen: ‘¿De qué modo es necesario ayunar?’ El padre le dice: ‘Quisiera que el que come cada día comiese poco, como para no saciarse’. Le dice el Padre José: ‘Padre, cuando eras más joven, ¿no ayunaba cada dos día?’ El anciano dijo: En verdad, ayunábamos también tres y cuatro días y una semana entera. Los padres, que eran capaces, han probado todas estas cosas, y han encontrado que es bueno comer cada día, pero poco. Y nos han transmitido el camino real, que es liviano’”. Cf. también ibid., Agatón 20.

[7] Cf. Pseudo-Basilio, Constituciones ascéticas 4,1: “Cuando Dios ha creado al hombre no lo ha querido inerte e inmóvil, sino pronto a llevar a cabo las obras que le corresponde… Conviene pues no introducir innovaciones contra la naturaleza y contra los límites de su benefector, sino atenerse a estos, custodiando el cuerpo activo, y por nada debilitarlo por excesos. Considero que el mejor régimen es el de adecuarse a los límites que se nos ha puesto”; Casiano, Instituciones V, 9; Pseudo-Nilo, Los ochos pensamientos malvados, PG 79, 1436D.