Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 8 de marzo de 2013

Dejarse llevar por la nostalgia


P. Diego de Jesús


“Háblale a la roca,
para que te entregue sus aguas.” Num 20,8



Una escueta expresión de la samaritana pueden servirnos de pórtico a esta intrincada reflexión: “Él me ha dicho todo lo que he hecho” (Jn 4,39). Su admiración por Jesús ha cuajado no por lo que su Palabra le delatara sobre los recónditos misterios de Dios y su Reino, sino por lo que le revelara acerca de ella misma.

El largo, sinuoso e intenso recorrido que hacen las Escrituras enteras -desde el primer versículo del Génesis hasta el último del Apocalipsis- no sólo revelan los arcanos secretos de la vida divina, la interioridad y la actividad de Dios. Tampoco agotan su luz en ser la descripción del arco completo de la Historia de la Humanidad, desde su fundación hasta su definitiva recapitulación.

La Palabra de Dios -completa- también constituye la minuciosa, detallada y precisa descripción y relato de la vida de cada hombre. Las escrituras hablan de mí. Me dicen -como percibió con estupor la samaritana- todo lo que he hecho, y todo lo que soy.

La Voz del Dios plural diciendo “hagamos al Hombre” en verdad jamás sonó así: Ellos sólo hacen personas y no géneros. “Y dijo Dios, hagamos a Adán... y vio que Adán era muy bueno...” y así hasta el último parto de hoy.

Cada uno de nosotros, amasado y soplado por el tierno Aliento de un Dios enamorado, se paseó con Él en un furtivo Paraíso, donde traicionó la confianza y perdió la amistad. Todos -pero mejor: “cada uno”; y mejor aún: “yo”- fui expulsado del Paraíso y a sus puertas cerradas he llorado amargamente. Todos y cada uno ha sido esclavo en Egipto, ha salido con luna llena, prisa y aire de río, escapando del Enemigo... y así, Libro por Libro, cada versículo “habla de mí”... Todos podemos decir con Pedro: nosotros, yo mismo, he visto con mis propios ojos su Majestad en el Tabor... Yo me dormí y corrí cobardemente cuando los soldados entraron al Huerto. Yo lo vi perdonar y expirar en el Gólgota. Emaús y Tiberíades me pertenecen, hablan de mí. Como los Hechos de los Apóstoles, como las Cartas a las siete Iglesias... y también -con vértigo digámoslo- esa muchedumbre de testigos cantando ante el Trono de Dios y del Cordero... es una postal que me incluye. Mía es esa Ciudad sin sombras, alumbrada por el Cordero de Luz y Amor: yo habito su Gloria en ese sin-tiempo que sabe a siempre... Mío es el “Ven Señor Jesús” con que el Espíritu y yo clamamos hasta que del Oriente aparezca cabalgando sobre los cielos antiquísimos Aquel que murió por mí.

Y remata san Agustín: yo no la escribo, pero la Escritura me escribe: me describe. Por eso, aunque en otro sentido, también cada uno de nosotros puede decir como Jesús: “las escrituras hablan de mí”. Para lo que hoy nos atañe, sobre todo acentuemos: el Génesis y el Apocalipsis hablan de mí, relatan todo cuanto he hecho.

Así las cosas, el Hombre, cada hombre, cada uno de nosotros, camina desde un perdido Paraíso hacia un Cielo definitivo, sin tener sobre la línea del horizonte actual ni la salida a las espaldas ni la llegada ante sí. Nuestro posicionamiento en el incierto y vasto Desierto no nos admite unir Origen y Meta para trazar la recta que marcara el mejor camino... al menos no lo admite sobre la inexpresiva superficie de la monótona arena. Sin aurora ni crepúsculo a la vista, todo es des-orientación.

¿Qué nos guiará entonces por el Camino para viajar con sentido?
¿Qué nos orientará para que el andar errante sea peregrino?
La sed. “Sólo la sed nos alumbra” cantan miles de jóvenes posmodernos en Taizè.

¿Qué es esta sed? Es el ciego deseo y muda añoranza de “algo” perdido, que el Hombre no sabe nombrar, ni enfocar, ni identificar. Es un sutilísimo pero estable (de tan estable, casi imperceptible) tironeo hacia una plenitud que extrañamente pareciera haberse vivido alguna vez. Y que por eso se la ansía como el ciego los colores, como el mudo las palabras, como el ahogado respirar...

¿Puede uno añorar, tener nostalgia de los bosques de Moravia sin haber jamás pisado los crujientes ocres de su otoño? Claro que no. Se podrá tener interés, hasta deseo por conocerlos, pero no nostalgia... Nostalgia sólo se puede de la vivencia intensa pasada y perdida; nostalgia se puede del mirar tierno de la madre, del olor a tostada de la infancia, de las baldosas de un patio ido, del aroma de un tilo o de un rostro enamorado... No de la desconocida Moravia. No obstante... ante Dios y no menos, ante la santidad, la experiencia humana es curiosamente esa: es nostalgia.

Nostalgia de Cielo, como profundo río subterráneo nos atraviesa, nos recorre... o mejor: nuestra historia personal se va dibujando, tranco a tranco, sobre el arcano recorrido de este río interior, que une secretamente mi Origen con mi Meta.

Y mientras estas aguas murmuran y corren caudalosas por lo profundo (cantando: “¡ven al Padre!” decía san Ignacio), sobre la superficie inerte de mi desierto sólo hay arena y sed. Y yo, como un venado sediento y herido, busco la corriente de agua. La busco suspirando por un “dónde” que oriente y vincule -con o sin nombre- esta “Transitoriedad” con que deambulo desde mis aguas primordiales hacia mis aguas definitivas.

Y es entonces que el Salmista dice algo imprevisto, clave y crucial que vale traducir así: me dejo llevar por la nostalgia (42,5). No dice “me abandono a la nostalgia” como un melancólico depresivo... No: dejarse llevar es otra cosa, es dejarse conducir.
Es decir, en esta búsqueda incierta, en este torpe tanteo, ella -la hiriente nostalgia- es mi lazarillo, mi guía, el invisible pastor de mi desierto... pulsión secreta que busca por mí y para mí la vida perdida.

Que otros conjuren a sus dioses. A nosotros se nos ha dado en custodia esta clave para cruzar el vasto páramo de la desdibujada existencia desde el esfumado Origen hacia la aplazada Meta: dejarse llevar por la nostalgia.

¿Hay razones para dar? Intentémoslo al menos: la nostalgia, como un dolor regresivo nos puja desde un fondo originario y nos atrae desde el destino...  
Sólo porque yo he estado en Manos de Aquel que me hizo; sólo porque era mi misma mismidad que hoy deambula en el tiempo la que en los umbrales del ser fue besado por el Aliento divino; sólo porque mi oído primordial recibió del Primer Vidente el elogio de estar bien hecho; sólo por eso, mi cautiva santidad no es Moldavia, sino el inconfundible aroma que sin imágenes suben y reverberan en mí, destilando nostalgia desde aquel propio origen aún encantado...

Otro tanto -con más audacia y cintura- habría que decir del Destino, de la Meta, del Cántico de Bodas del Cordero, de cada esquina y recodo de la Jerusalén eterna: “mi” Ciudad, mi Casa eterna, mi extrañado Hogar... ¡si me “olvidara” de ti...!
Pero, ¿puede olvidarse lo por-venir? Es que ya hemos sido justificados y glorificados (Rom 8,30); en las orillas ajenas al devenir, Dios ya nos vivificó, ya nos resucitó y ya nos sentó en los Cielos (Ef 2,6; Col 2,12).

Origen y Destino comparten la misma condición estable y definitiva del fundamento. Es decir, de roca. Ambos -cual abismos que se reclaman mutuamente (Sal 42,8) conforman una misma y única realidad que sostiene con indeleble firmeza el borroso y precario ser en devenir. Sólo por eso, hablar -como atreve la poesía- de una nostalgia de futuro no es una extravagancia, sino la inasible imagen del pulsar discreto con que el sólido fundamento, en su condición de Meta, atrae nuestro “todavía-no” desde su cumplido “ya”.

Y así, mi condición definitiva, tanto como mi condición de origen, ya me sostienen; soportan mi tiempo vacilante...

De ahí que el insistente “recuerda Israel” con que Dios espolea al Hombre, pretende socavar más y más adentro en su memoria, para ir de espesura en espesura hasta arribar al último subsuelo, al recuerdo primordial... a la memoria viva de la brisa de tarde, del fragante diálogo de amor del inicio, cuando Él me pensó y modeló e instaló en el ser y me miró y me amó por vez primera. Esta memoria primordial me acerca a la roca, a ese suelo mismo sobre el que Dios ha construido nuestra inviolable identidad.

La nostalgia como recuerdo no encubre (Freud) sino que desvela (Rilke) nuestra desnuda pureza primordial. Lo sagrado en que fuimos fundados.

La nostalgia es el secreto y silencioso instinto -ciego pero infalible, mudo pero incesante- con que lo más noble de nosotros mismos “extiende sus raíces hacia la corriente” (Jer 17,8). Es el genuino “eros”, la auténtica libido universal, aquel 'sentimiento oceánico' del que habla la psicología profunda; deseo de infinito, de plenitud, de vida. (Nostalgia y memoria fue uno de los temas centrales del fundador del psicoanálisis, para quien el Hombre siempre está intentando regresar por la memoria al origen personal y genérico. Rilke y Freud conversaron de esto en el año 13... pero nos estamos arremolinando...).

Emerjamos al hecho de mediodía: el diálogo de Jesús ante el brocal del pozo de Sicar es entrañable. Su cansancio parece milenario. La pregunta que ninguno atrevió -“¿qué quieres de ella?” (Jn 4,27)- es en verdad abismal...

Jesús sabe lo que quiere; y se esmera por descaminar -o mejor, por cavar- palada por palada, en la memoria de la Mujer para llevarla hasta su raíz más honda: no sólo donde el pecado es pecado y pecado original, sino sobre todo, donde el don es don y don original. Jesús -como un cuidadoso arqueólogo- cava en ella hacia “el Origen aún encantado” al decir de Rilke.

Si reconocieras el don de Dios... si te reconocieras como don de Dios... darías con la Fuente, con el Río subterráneo que corre por tus entrañas desde el Manantial primordial del Jardín del Edén (Gen 2,6) hasta el fontanar cristalino del Trono de Dios y del Cordero (Ap 22,1).

Pero este Río subterráneo, estas aguas arcaicas no emergen en fresco surgente sino punzando el arduo y rocoso Fundamento. Por eso el misterioso consejo divino que recibiera Moisés: háblale a la roca, y brotará el agua primordial. Háblale a la Roca; habla con tus cimientos; habla con tu propia nostalgia, con tu origen encantado, con lo mejor de vos mismo... háblale con Palabras claras y tranquilas, y domesticarás al río, que se te entregará como el agua del torrente domesticada en la copa...(Teillier).

La tan mal traducida Spe Salvi lo pretende decir más o menos así: “A la mayoría de los hombres –así nos atrevemos a suponer- les queda en lo más profundo de su ser una última apertura interior a la verdad, al amor, a Dios. Pero en las opciones concretas de la vida, esta apertura se ha tapiado (o recubierto: überdeckt) por nuevos compromisos con el mal; mucha suciedad recubre la pureza, a pesar de lo cual queda la sed (o la sed permanece), la cual, a pesar de todo, rebrota siempre desde el fondo de la inmundicia y permanece presente en el alma.” (SS 46).

Este indeleble reflejo, este insobornable rebrote es lo mejor de nosotros mismos: o al menos, constituye nuestro fondo intocable, donde la inmundicia no puede apagar el amor primero. Es el indomable oleaje de la nostalgia la que, como tabla de salvación, entre el pesado fango y las insulsas bellotas nos animan y apuran a retornar. El hijo menor entró dentro de sí (Lc 15,17)... y habló con la Roca. “Diré a la Roca -insiste el mismo salmo 42- ¿por qué me olvidas?” Pero la Roca no sólo no olvida, sino que provoca el recuerdo y agita dentro de mí la esperanza... al pulso de las nostalgias... y suplica el salmista: “que ellas me guíen y me conduzcan a tu monte santo, al lugar donde habitas.”

Nostalgia de la candorosa pureza, nostalgia de ingenua mansedumbre, nostalgia de exquisita humildad, nostalgia de amor sin límites, de entrega sin retaseos, de plegaria de fuego... nostalgia de inocencia: si nos dejamos llevar por ellas, la roca se partirá y brotará el agua y el desierto se tornará vergel y camino. Lo incierto germinará en rumbo. Lo inerte germinará sagrado.

Pues emergiendo desde la calavera de Adán, brotará el Río de Vida desde el punzado Costado y Brocal de la Roca: Cristo, más íntimo a nosotros que nosotros mismos.

Y así, el mismo que dijo “hágase la luz” hará brillar esa luz primordial en nuestros corazones, amaneciéndonos en Vida.

Cuaresma es tiempo de nostalgia, de hiriente nostalgia, en que añorar el Hogar, en que extrañar la santidad perdida. Tiempo en que dejarnos llevar por dentro tras sus aromas primarios hasta esa Noche Santa en que el Fuego y el Agua nos devuelvan un cristianismo y un “yo mismo” a estrenar.




P. Diego de Jesús
Cuaresma de 2008.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Cuaresma: ¿Tarea o regalo?


P. Diego de Jesús


El cristianismo sabe que en el centro de su propuesta se anuda una apretada paradoja: la personal exigencia por esforzarse en el bien y la no menos exigente tarea de dejarlo a Dios hacernos buenos. El “a Dios rogando y con el mazo dando” tiene por primer foco nuestro propio corazón y el arduo proyecto de tornarlo evangélico.

Y aunque el dicho, con sus lubricados gerundios, nos habla de ensamble y armonía, lo cierto es que se nos va la vida buscando la “puesta a punto” de este motor de dos tiempos. Ante cada desafío emerge la perplejidad: ¿le apuesto a la Gracia o me arremango y arremeto a pulmón? ¿Le confío el asunto a Dios o me hago cargo yo? El simplista responderá sin pestañar: ¡las dos cosas a la vez! Y no yerra. Pero haciendo un poco de zoom, se ve que este “a la vez” admite una variopinta paleta de colores... Un antiguo aforismo jesuita aconseja moverse “como si todo dependiera de uno, sabiendo que todo depende de Dios”... Tampoco convence.

Tal vez, sólo tengamos en claro evitar cordonear sobre los extremos de la pura pasividad o del cuentapropismo engreído y suficiente. Y solamos apostarle —como casi siempre que media la perplejidad— a que “el punto” esté a mitad de camino entre ambos extremos. Ante lo cual acotaría la indomable Simone Weil: no siempre la verdad equidista de extremos erróneos y arbitrarios; no es serio determinarla de este modo geométrico...

Gracia divina y voluntad humana: ¿cómo se trenzan vuestras hebras para tejer la trama del hombre evangélico?

Un modo en que solemos hilvanar este tapiz es haciéndonos a la idea de que el Año Litúrgico, en su vasto recorrido, nos promoviera, según el color de la estación, uno u otro ovillo. Es decir, que hubiera —diría Salomón— un tiempo para la gracia y un tiempo para el esfuerzo. O al menos (para no morder banquina), un tiempo para acentuar la Gracia y un tiempo en que acentuar la voluntad propia. Conforme a esta hoja de ruta, Navidad y Pascua lucirán como los tiempos óptimos del don divino: regalo del Dios humanado; regalo del Resucitado. Y a contrapunto: Adviento y Cuaresma, como tiempos de tarea, de esfuerzo y trabajo espiritual.

Hoy, Miércoles de Ceniza, los católicos comenzamos un tiempo especial, dedicado a buscar con mayor fervor el camino de retorno, la vuelta al Evangelio. Un tiempo “de conversión”.

Y ante este reto reflota la acuciante pregunta: ¿qué hilo enhebrar?, ¿quién transformará mis rencores en perdones, mis iras en mansedumbre, mis acritudes en dulzura? ¿Quién podrá transfigurar este tullido egoísmo en amor grácil? ¿Quién me quitará de la vista la paja del ojo ajeno? Y más adentro aún: ¿cómo se tornará vidrio cristalino mi empañada fe, florecerá mi esperanza, cobrará color mi anémica caridad?

¡Esfuérzate! —susurra una seca voz interior—. Dios ya hizo su parte —insiste—; la ceniza en tu frente marca el inicio de tu tarea: toma tú la posta y corre la carrera que te toca. Dios mismo te arenga y desafía: “¡conviértete y cree en el Evangelio!”

Soy dado a pensar que hay trampa en este instalado planteo.
Un viejo aforismo dice que la sabiduría consiste en reconocer proporciones... Veamos. “El Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti”: y es cierto. Pero...
Es que no se trata de una Sociedad donde ambos socios invierten capital en partes iguales. Aunque se avenga a no tomar decisiones sobre nuestro comportamiento sin el voto favorable de su socio menor, en esta asociación Dios es dueño del 99 % de las acciones.

Así pues, no se da “la química” del fascinante misterio de la vida cristiana intercalando de a ratos o estaciones la gracia y el esfuerzo en parecidas proporciones. Ni alcanza con otorgarle a la Gracia una educada, lógica y piadosa “primacía”, por ser divina.

Hay que partir de esta roca: el cristianismo es un regalo. Un indebido y desproporcionado regalo de Dios. Y nuestra “tarea” consiste en recibir, desenvolver, contemplar, agradecer y aprovechar el regalo. Un paquete de “tareas” que, aun distando tanto del heroísmo estoico, no logramos sacar a flote.

Sí: la urdimbre cristiana se teje tramando los dorados hilos de la Gracia en Acción con las barrosas hebras de nuestra acción de gracias. Circularidad eucarística. Lo redondo y líquido del Amor correspondido.

***
  
¡Conviértete! —clama el grito de guerra interior, sobre el pórtico de la Cuaresma.
¡Conviérteme y me convertiré! —contesta el cristiano, doblando la apuesta, no en monto, sino en dirección. Y el Señor no menea la cabeza, como diciendo: uno les da la mano y le toman el brazo... No. Su Brazo poderoso asume gustoso el protagonismo de la Cuaresma. Yo, el Señor, lo digo y lo hago. Yo te convertiré al Evangelio. Si tú aceptas que Yo lo haga...

La Iglesia, con solemnidad litúrgica, nos dice hoy sin ambages: conviértete y cree en el Evangelio. Y no sobrevolando la asamblea: en la cara, a cada uno. Es una escena estridente, impactante. Ella unge mi frente con ceniza, recordándome que no soy más que un puñado de polvo, que hoy digo “¡hosanna!” y al rato estoy vociferando “¡crucifícalo!”. Me lo enrostra sin anestesia: no sos nada. Y agrega: conviértete.

Y cualquiera lo percibe: hay algo desmedido en la pretensión. Hay algo entre cruel y utópico. ¿No sería más sensata, más comedida, y más “madre” si con tono afable y misericorde nos animara con un “intenta convertirte; procura creer un poco más en el Evangelio”?

Sería más sensato si esas palabras las dijera en nombre propio y por cuenta propia. Pero no. Ella tan sólo presta voz a la Palabra Omnipotente del Señor Jesús. Al mismo Señor que en el origen protagonizó aquel “y dijo Dios: que haya luz, y hubo luz”; al mismo que, nacido de María, dijo: Lázaro sal fuera; la niña no está muerta; o, ¡levántate y camina! Ese mismo Cristo, me mira a los ojos, me recuerda mi inerte nada y sopla sobre mis huesos secos Su hálito de Vida: ¡conviértete y cree en el Evangelio!”

Sí. Es Su Voz. Es la Voz del Señor sobre las aguas de mi vida diluida, bramando con el vigor de su divinidad, capaz de arrancar de cuajo los cedros antiquísimos de mi malicia. El mismo que puede decir sobre un mendrugo de pan “esto es mi Cuerpo”, ¿cómo no ha de poder inclinarse sobre mi miseria, tomarla y partirla, diciendo: “ora a tu Padre”, “ayuda a tu hermano”, “perdona, consuela, ama”, “vete y no peques más”, y dar con ello, mucho más que consignas y mandatos, una palabra creadora, viva y eficaz, que hace lo que dice. Fiat mihi secundum Verbum tuum...

Y no sólo hoy. Durante toda la Cuaresma la Iglesia espiga de los evangelios los textos más intensos en que se nos anima a la conversión. El tiempo verbal suele estar en imperativo: haz esto, evita aquello.
Mal entendido, se nos puede tornar un fatigoso camino recolectando piedras a cargar en la mochila de propósitos vanos, intentos fallidos, tareas pendientes...
Bien entendido, podemos ante cada uno de estos Evangelios, abrir las puertas del corazón y dejar que esa Palabra Poderosa actúe. Haga lo que dice.

En uno de esos pasajes magistrales del teatro de Claudel, se da este diálogo:
— Es bueno dar gracias al Señor, dice el Salmo...
— Lo dirá; pero la realidad va más allá: es bueno quien da gracias al Señor.
Es que tal vez, como balbucea en un hilo de voz el moribundo cura rural de Bernanos, “¡Qué más da! Si al final, todo es gracia”.

***

Con ambos brazos estirados, y un cerrado regalo nimbando entre las yemas de sus dedos, Dios nos extiende la Cuaresma, nos regala la conversión. Y con divinas ansias, anhela que, sin miedo ni desconfianza, sin traumada lectura ni retorcido análisis, con la simpleza y candor de un niño, lo aceptemos, desenvolvamos, agradezcamos y disfrutemos. Es el arte de la irresistencia.
Es que, tal vez, la vida cristiana no trate de mucho más que de eso: de saber reaccionar ante un regalo...


 P. Diego de Jesús
Cuaresma del año 2009
Monasterio del Cristo Orante
Mendoza - Argentina


domingo, 3 de marzo de 2013

Carta 22. Entre el dominio del ego y el descubrimiento de la propia nada


P. Matta Meskin



Querido Padre…,
amado, la paz de Dios en tu espíritu [1]
Me alegro, en nombre de mi Salvador, que tú vivas en profunda y sincera intimidad con el Señor.

Los días más felices del hombre son los de la penitencia. El amor divino se empieza a saborear con la contrición, la humildad y la pobreza total. La obtención continua del amor de Dios, en cambio – o si quieres poseer a Dios- empieza con la tribulación, en el estar abandonados por los hombres y por Dios, y entrando en el sufrimiento que desenmascara y aísla al ego. Cuando este último llega al culmen y la tribulación se hace insoportable y “más allá de las propias fuerzas” (1 Cor 10, 13), como dice el apóstol Pablo (cf. 2 Co 1,8), esto es el indicio de que el ego ha sido aplastado contra el suelo y ha sido frustrada su actividad. Cuando el ego es anulado y vencido definitivamente, los dolores y la tribulación cesan de manera automática –porque es únicamente el ego quien siente el dolor por las tribulaciones, sufre su efecto y se lamenta-, el amor de Dios se revela al hombre en su maravillosa pureza y así aparecen todas las cosas.

La voluntad, la imaginación y las pasiones del hombre son el único obstáculo que se interpone entre el hombre y Dios,  volviéndose –siempre y sin excepción- causa de preocupaciones, de enfermedad y de ruina. Cuando el hombre se despoja de su voluntad – es decir cuando se entrega a las penas que Dios le hace llegar por sus amigos y por sus enemigos en todo momento-, cuando hace la experiencia de sentirse, antes que todo, nada y nada, y pues por  provenir del polvo de la tierra, él ve su origen y se da cuenta que sería un cero absoluto si Dios no hubiese soplado en las narices. Entonces aquí está el “dar a Dios lo que es de Dios”: él se ofrece, en efecto, a sí mismo y vive sólo por Él con total decisión y sinceridad haciéndose siervo de todos y menos que siervo. Entonces desaparecen las anteojeras que lo separan de Dios y el hombre goza de su Dios creador con una alegría sincera y eterna.

Oro siempre por ti. Ora también tú por mí. Que estés bien.

 1º de noviembre de 1966

  
Matta el Meskin
La gioia della preghiera
Ed. Qiqajon. 2012
Coumità di Bose
Págs. 59-60

[1] Carta 22 extraída de: Rasa il al-qummus Matta al-Miskin, Monasterio de San Macario en el desierto de Escete 2007, pp. 110-111.