Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

sábado, 16 de marzo de 2013

La gracia nos embellece




“Qué maravilla: la gracia me ha enseñado que todos los hombres que aman a Dios y observan sus mandamientos están llenos de luz y son semejantes al Señor. Pero los que se oponen a Dios están llenos de tinieblas y son semejantes al Enemigo.

Y es natural. El Señor es luz e ilumina a sus servidores; pero los que sirven al Enemigo reciben de él sus tinieblas.

Conocí a un niño que tenía el aire de un ángel. Era humilde, responsable y dulce. Su pequeña figura era clara, con sus mejillas sonrosadas; sus ojos azules eran luminosos, buenos y apacibles. Pero cuando se hizo mayor, se dio a la impureza y perdió la gracia divina. A los treinta años parecía a la vez un hombre y un demonio, una bestia salvaje y un bribón, y toda su figura resultaba repulsiva y terrible.

Pero también he visto lo contrario: hombres que habían ingresado en el monasterio con rostros deformados por los pecados y las pasiones, pero que, gracias al arrepentimiento y a una vida de oración, se transformaron y se convirtieron en personas agradables a la vista.

El Señor me ha concedido también ver en el Viejo Rossikon, durante la confesión, al monje confesor transfigurado a imagen de Cristo. Estaba en pie, en el lugar donde se escuchaban las confesiones, e irradiaban de modo indescriptible; y aunque sus cabellos se habían vuelto enteramente blancos por su edad, su rostro era bello y vivaz como el de un joven. He visto al padre Juan de Cronstadt: su apariencia era la de un hombre normal, pero la gracia divina daba a su rostro un resplandor parecido al de un ángel, y se despertaba el deseo de contemplarlo.

Así, el pecado desfigura al hombre, pero la gracia de Dios lo hace bello.”


San Silouan del Monte Athos

jueves, 14 de marzo de 2013

La irresistencia del incienso quemado


P. Diego de Jesús



"Mantén tu espíritu en el infierno,
y no desesperes".
san Silvano, el Athonita


El dolor y el horror y la sórdida malicia son presencias reales sobre la faz del orbe.
El mal está vivo, y si es ausencia (de bien), pues será la hiriente y lacerante presencia de esta ausencia. Presencia activa; presencia operante; presencia que en permanente actividad, busca horadar, busca socavar, erosionar, avanzar, como un mar embravecido sobre la tierra firme.

Sí. Es la muerte misma la que sigue viva, la que –si bien herida de muerte- ronda buscando a quién devorar. El texto bíblico (1Pe 5,9) sabemos como remata: resistidle firmes.

Pero es propio de la Lectura divina habilitar la danza de la analogía de la fe, permitiendo que la Escritura entera reverbere y refracte sus armónicos... Y así las cosas, ante el rugido de este maldito León cabe una alternativa a la prosaica resistencia.

Y es la irresistencia.

¿Al león, al mal, al pecado?
No. Al rugido. Al dolor y al horror, y a la viva muerte. Que en el mundo están a causa del pecado –y sólo del pecado- pero que no son el pecado.

¿Qué procura la irresistencia?
Absorber el mal.
Absorberlo, neutralizando sus efectos.
Como un contrafuego detiene el incendio.
Como un paragolpes evita que la fuerza destructiva se traslade.
Como un pararrayos procura “hacerse cargo” de la furia del relámpago.

Así Cristo –y los de Cristo- ante el Malo, ante lo malo y ante los efectos de toda maldad.

Lo del Señor nos suele ser sabido (aunque agravia a la magnitud del Misterio decirlo así). Él murió por nuestros pecados. Y mientras algunos se arremolinan en torno al alcance del multis, se distrae la densa valencia del diminuto “pro”, que no agota su sentido en ser “en favor de” sino que refiere a la vez a un escalofriante “en lugar de”. (Barrabás significa Bar-Abbá... hijo del Padre).

Y en tal sentido dirá san Pablo que Cristo “se hizo pecado por nosotros” (2Cor 5,21).
Cristo, el Chivo expiatorio, cargado con el pecado de todo el campamento, es sacado fuera de la ciudad, para consumir e incinerar en sí el mal de todos.
Los términos más técnicos del caso son: “víctima propiciatoria” y “sustitución vicaria”.
Quien más, quien menos, todos “manejamos” este vertiginoso dato de fe respecto a Aquel que por Commercium (intercambio) se hizo Maldito por nosotros.

Pero nos llega el turno. Como Cristo, los de Cristo...
La reducción posible es ponderar aquel completar en nuestra carne lo que falta a los padecimientos de Cristo entendiendo “carne” por “cuerpo” en vez de ofrecerle el alcance que tiene en la economía de la Encarnación, donde el Verbo se hace enteramente Hombre. Pero más todavía que esto, puede reducirse este ejercicio de “involucramiento redentor” como un prolijo ofrecimiento de sacrificios voluntarios que unidos a la Pasión de Cristo redundan en frutos de gracia para el Cuerpo eclesial.

Y esto es cierto, pero incompleto.

Completar en la carne también debe afrontar la doble valencia del “pro”, y tomar parte en este “hacerse pecado” por los demás. Dejar que la Ira divina se descargue sobre nosotros, por decirlo sin más glosa.

He aquí la irresistencia en cuestión.
La que nos habilita a participar del Misterio más abismal de Cristo que mata en Sí la muerte en la estricta medida en que la asume y la vive. Y la vive por dentro hasta los últimos subsuelos del Abismo infernal, que socava y desfonda desde adentro y no por un decreto de amnistía firmado desde la serena diestra del Padre. “¡Ven, Adán, salgamos de aquí! -canta un antiquísimo texto- Yo he pagado tu deuda”.
El Cordero quita el pecado del Mundo, porque el Cordero carga el pecado del Mundo. Y así, Cordero mata a León.

¿Y nosotros qué?
A nosotros se nos concede la inmerecida gloria, el inmerecido honor y privilegio, la desmedida misión de tomar parte en esta sustitución vicaria, para completar en nosotros esta tarea de cargar el pecado, de absorber la malicia, el horror y la muerte rondante.
Hacerlas propias. Apropiarse la pena ajena.
Todo el horror del mundo: en uno.
Comerlo. Comulgarlo.
Y en una suerte de implosión interior (cual un caballo de Troya invertido), ver cómo la piara de cerdos endemoniados se despeña en las propias entrañas...

Claro está: no nos atañe ejercer esto desde la Inocencia del Señor, sino desde la propia miseria. Nuestra es la libertad para aceptar como “añadidura” a nuestras faltas cotidianas, todo el horror del orbe, toda la pestilencia demoníaca. Y beber hasta las heces la negra espuma del pecado del Mundo.
Que lo diga sino Juan de la Cruz: “cuando esta purgación (libremente asumida) aprieta, sombra de muerte y gemidos de muerte y dolores de infierno siente el alma muy a lo vivo, que consiste en sentirse sin Dios y castigada y arrojada e indigna de Él, y que está enojado, que todo esto se siente aquí y le parece que es para siempre.”

El Kyrie Eleison sin orillas en el “in altum” de la oración continua no es más que la prolongación y el eco en el hoy, del infatigable Orante del Madero, buscando aplacar la Cólera divina desde un “yofuismo” tan vicario como genuino.

Tal vez hasta mejor que la misma teología, este Misterio de la sustitución vicaria ha sido magníficamente expresado por algunas joyas de la Literatura cristiana. Se me vienen a la cabeza –o al corazón- una docena de personajes... pero me ciño a una: Violaine Vercors.

Ella es la protagonista de la obra cumbre de Paul Claudel, “La Anunciación a María”. Ella es la pura, la inocente; pequeña y perfumada como la flor a que alude su nombre. Pero ha aceptado quedar cubierta de lepra hasta la ceguera, y hacerse cargo –por la lepra y el leproso libremente besados- de toda la carroña del Mundo. Y no por una mera coyuntura. Sino por irreemplazable vocación. Se trata de la vocation de la mort, comme un lys solennel, -como se dirá al final de la obra.  

Ella es la víctima inocente que inmola su cuerpo y su alma para la salvación de su familia, de su tierra, de su patria y de la Cristiandad (dividida por el cisma). La lepra, la ceguera, la pestilencia y el aislamiento conforman el idioma de la culpa y pena asumidas, que van consumiendo por dentro su ser y cumpliendo allí “toda justicia”...

Ya al final de la obra, agonizante, colocada -cual hostia viva- sobre la mesa familiar, le preguntarán al padre qué es lo que ella ha concebido en su seno. Y él dirá: “todo el inmenso dolor de este mundo en torno a ella, y la Iglesia partida en dos, y la Francia...” (Ya en “La Ville” Claudel le hace decir a Besme: “yo, solo, soporto sobre mí la carga de toda la muerte, la maldición total de todo hombre y de todo ser viviente”).

Sí. Como Cristo sobre la Cruz, Quien “como levadura inextinguible no cesa de operar sobre las tres medidas de harina”, así este pan bendito de la vida de Violaine, consumida y quemada por la lepra hasta sus fundamentos. Dios ha hecho de su violeta un ser nauseabundo, portador de la más concentrada pestilencia del mundo... ante quien se esquiva la mirada por su horrorosa deformidad...
Deformidad que se desfonda en sus propias entrañas en aquella escena escalofriante  en la cueva de Géyn: su hermana Mara, llena de furia y rabia, le lleva al leprosario a su hijita muerta, a quien Voilaine resucita con la fuerza vital de la muerte que le acecha su hermana, quien la mata por odio y envidia. Y la niña rediviva, que era de ojos negros, resucita con el mismo azul de los ojos de Voillaine, que se cierran para siempre.
Sólo lo de-forme trans-forma.

Tres frases fuertes en la obra van jalonando el argumento:

“Poderoso es el sufrimiento cuando es tan voluntario como el pecado.”

“Dios es avaro y no permite que ninguna creatura sea encendida sin que en ella se consuma un poco de impureza: la suya o la que le rodea, como la brasa del incensario que se atiza.”

“Y en verdad que la calamidad de este tiempo es grande. No tienen padre. Miran, y ya no saben dónde está el Rey y el Papa.
Por eso, he aquí mi cuerpo en actividad, reemplazando a la Cristiandad que se disuelve.”

***

[…] Ante el mal, se eclipsa y silencia el por qué. Pero de entre las cenizas de tal silencio, emerge (o desciende) la pregunta que explica estas letras: Y yo, ¿qué puedo hacer?

Irresistirme.
En sustitución.

Para poder decir con san Pablo (2Cor 4,12): que en nosotros crezca y opere la muerte, para que en otro crezca y verdee la vida.

Para eso, ante la roja brasa del atizado incensario: irresistamos firmes en la fe.[…]



Diego de Jesús
25.VI.08

lunes, 11 de marzo de 2013

El Cordero y el Beso que salvan

P. Diego de Jesús



El extenso y colorido relato de la parábola —tantas veces leído, tantas veces comentado— incluye tres términos que tal vez puedan aportarnos alguna “novedad”, en esa acepción de impacto imprevisto, de asombro, de  descubrimiento. Dos de ellos son términos bastante raros (en su griego original incluso) y el tercero, aunque usual como término, carga su anomalía a cuenta de su aplicación. Ellos, a su vez, se engarzan cual tres diamantes enhebrables en preciosa alhaja.

Los términos son: insalvo; rebeso y becerro.

Un relato de más de cien palabras, está literalmente montado sobre estos tres curiosos pivotes. Veamos de qué se trate:

El primero, un término muy en el centro, muy en el vórtice de todo el relato, que amerita una profunda atención si uno quiere superar lecturas fáciles, psicologistas, emocionales de la parábola.
Y refiere a cómo vivía este joven rico, el independizado heredero, en aquel lejano país. Dirá san Lucas que vivía “asótos”. Es un adverbio. Es decir, un término que modifica el obrar del sujeto. Se suele traducir “licenciosamente” o “inmoralmente” y hasta, con mayor torpeza, por “lujuriosamente”. Pues nada de eso especifica el término a-sotos que —como se ve sin mayores dificultades— alude a la negación de soter, de salvación. Vivía sin salvador, sin protector, sin respaldo. Libremente, este hombre, opta, elige, escoge la “insalvencia”, si se me permite neologar. Nadie lo condena: él se insalva, abraza la lejura salvífica.

Surge así de la parábola un concepto de lo malo muy importante: no está mal algo porque esté prohibido; está prohibido porque hace mal. El hijo no contraviene una norma: más bien arruina su calidad de vida; vive mal. Malo es quien vive mal, quien no goza de un buen vivir. De una vida “a salvo”.
Dios no lo castiga. Su propio error lo automargina de la felicidad. Dios no sabe castigar; sólo sabe proveer salutífera felicidad, a quien, en su cercanía, la quiera recibir. Lo que llamamos “castigo divino” no es más que lejura divina —como el frío es lejura de calor—; y esa lejura la viandamos nosotros mismos: no Él.
Lo a salvo o insalvo se da, en definitiva, no tanto por tal o cual conducta, sino en razón de relación, en razón de distancia (cercanía o lejura). Es iluminado no quien se las ingenia en alumbrar sino quien se mantiene cerca de la lumbre. Por eso —como hemos comentado con recurrencia— más que un hijo pródigo, el drama en cuestión es el de un hijo prófugo. Fugarse lejos del Salvador nos hace desgraciados “asotos”, insalvos. 

El segundo término es una perla preciosa; de esas que vale guardar solas, sobre negrísimo terciopelo y contemplarla ahí, reluciente, mil veces…
No hay mucho más cristianismo fuera de este neologismo lucano, fundante de la vera Religión: katefílesen; que es un reduplicativo del verbo besar. Es recontrabesar. Tras correr, tras colgársele del cuello, lo recontrabesa. No solemos hacer eso los padres. Ni los según la carne, ni los espirituales. Entendemos que el perdón es esencial a nuestro Credo, incluso entendido en todo su “setenta veces siete”. Pero que el hijo debe entender también la gravedad de su error para evitar reincidencias. A lo más, solemos arrojar un: “está bien; borrón y cuenta nueva; demos vuelta la hoja.” El Padre de la Parábola no quiere hacer eso. Es ésta la mejor página del vínculo: ¡darla vuelta sería como adelantar una película en su escena más intensa y bella! La vida cristiana no comienza al día siguiente de este beso: la vida cristiana vive de este beso.
Ese beso tan especial —el recontrabeso— es un beso generativo. O mejor aún: regenerativo. Toda la herencia perdida, como en una implosión galáctica, es reabsorbida, rejuntada, restablecida en un mágico Génesis. La Creatio ex nihilo da paso a la Re-creatio ex amore. La Boca de Dios dice haya vestido y hubo vestido; haya anillo y hubo anillo; haya calzado y lo hubo. Y vio Dios que era bueno. Y fue ese el Octavo día.

Y nos queda el tercer término: “mosjon”, novillo, becerro. Sustantivo que admite un verbo (mosjopoieo), por aquellos judíos que hicieron, fabricaron un becerro (de metal). Dios también sabe de mosjopóiesis. Crea uno antes de la creación del mundo, como nos avisa misteriosamente san Pedro en su Carta. Y este Cordero festivo es el verdadero protagonista de todo el relato. No sólo una suerte de broche final.
Ya que “venimos del futuro”, toda la Parábola hay que atreverse a leerla en su curso invertido (del versículo 31 al 11) y entender entonces varias cosas: que es este Cordero “el primero en todo”. Es la prolepsis con que ocurre la economía salvífica: porque como el Cordero de Dios, puedo entrar dentro de mí, puedo aborrecer de las bellotas, puedo no echarme a morir debajo de la retama de Elías, y hasta puedo —oh Misterio— alejarme de la Casa paterna y descubrirme insalvo.

Que el Cordero y el Beso nos revistan de la Salvación. 


DdJ
10-III-2013