Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

sábado, 23 de marzo de 2013

La Madre de Dios


San Silouan del Monte Athos





Cuando el alma está en el amor de Dios, ¡cómo anda todo bien! ¡cómo es todo bello y gozoso! Pero también con el amor de Dios hay tristeza, y cuanto más grande es el amor, tanto mayor es la tristeza. La Madre de Dios no pecó jamás, ni siquiera con un solo pensamiento, y no perdió nunca la gracia, sin embargo también ella tuvo grandes penas. Y cuando estaba al pie de la cruz, su dolor era desmesurado como el océano y las torturas de su alma eran incomparablemente más grandes que los tormentos de Adán después de la caída del paraíso, porque también su amor era inconmensurablemente más grande que el amor de Adán en el paraíso. Y si ella permaneció con vida, fue sólo porque la fuerza del Señor le dio coraje, ya que el Señor quería que ella viese su resurrección y que después de su ascensión permaneciera en la tierra, para consolar y dar alegría a los apóstoles y al nuevo pueblo cristiano.

Nosotros no hemos alcanzamos la plenitud del amor de la Madre de Dios y por esto no somos capaces de comprender verdaderamente su dolor. Su amor era perfecto. Amaba a su Dios e Hijo infinitamente, y amaba también al pueblo con un gran amor. ¿Qué habrá experimentado cuando aquellos mismos hombres que ella amaba tanto, y para los cuales había deseado la salvación, crucificaron a su hijo amado?

No podemos comprenderlo, porque amamos poco a Dios y a los hombres.

Como el amor de la Madre de Dios es desmesurado e intangible, así también su aflicción es para nosotros desmesurada e intangible.

Oh purísima Virgen, Madre de Dios, dinos a nosotros tus hijos: ¿cómo has amado a tu Hijo y Dios cuando vivías en la tierra? ¿Cómo exultaba tu espíritu en Dios tu salvador [1]? ¿Cómo mirabas su bellísimo rostro pensando que precisamente a él servían todas las potencias celestiales con temor y amor?

Dinos: ¿qué ha experimentado tu alma cuando tenías sobre tus rodillas al niño divino? ¿Cómo lo has educado? ¿Cómo estaba apenada tu alma cuando con José lo buscaste por tres días en Jerusalén? ¿Qué tormentos has padecido cuando el Señor fue entregado para ser crucificado y murió en la cruz?

Dinos: ¿cómo fue tu alegría en la resurrección? O ¿qué nostalgia envolvió tu alma después de la ascensión del Señor?

Nuestras almas desean conocer tu vida con el Señor sobre la tierra, tú en efecto no has querido dejar todo esto  escrito, sino que has escondido tu misterio en el silencio.

He visto muchos milagros y misericordias por parte del Señor y de la Madre de Dios, y no soy absolutamente capaz de corresponder a este amor.

¿Cómo agradeceré a la purísima Señora que en el pecado no me ha despreciado, sino que misericordiosamente me ha visitado y corregido? No la he visto, pero el Espíritu Santo me ha concedido conocerla por sus palabras llenas de gracia [2]: mi espíritu se alegra y mi alma se vuelve hacia ella con tanto amor, que ya la sola invocación de su nombre es dulce a mi corazón.

Un día, cuando era aún novicio, estaba orando ante el ícono de la Madre de Dios, y la oración de Jesús entró en mi corazón y allí comenzó a brotar por sí misma. En otra ocasión, en la iglesia, mientras escuchaba la lectura del profeta Isaías, en las palabras: “Lavaos y seréis puros” [3], pensé: “¿Pudo darse que la Madre de Dios había pecado en algún caso, quizás incluso sólo con un pensamiento?” Y maravillosamente en mi corazón, junto a la oración, una voz pronunció claramente: “La Madre de Dios no pecó jamás, ni siquiera con el pensamiento”. Así el Espíritu Santo ha testimoniado en mi corazón su pureza. Sin embargo, durante su vida terrena, también en ella había una cierta imperfección y estaba sujeta a inocentes errores de imperfección. Se lo ve en el evangelio, cuando ella, volviendo de Jerusalén, no supo donde estaba su hijo y lo buscó luego por tres días junto a José [4].

Cuando medito sobre la gloria de la Madre de Dios mi alma es presa del temor y temblor.

Pequeña es mi inteligencia, pobre y débil mi corazón, pero mi alma goza y es atraída a escribir sobre ella, aunque sólo sean algunas palabras.

Mi alma teme semejante tarea, pero el amor me obliga a no esconder mi gratitud por su misericordia.

La Madre de Dios no ha puesto por escrito sus propios pensamientos, ni su amor hacia su Dios e Hijo, ni el sufrimiento de su alma en el momento de la crucifixión, porque nosotros no habríamos podido entender, su amor por Dios era más fuerte y más ardiente que el amor de los serafines y el de los querubines, y todas las potencias celestiales de los ángeles y de los arcángeles se asombran por ella.

Si bien la vida de la Madre de Dios está como escondida por un santo silencio, el Señor ha dado a conocer sin embargo a nuestra iglesia ortodoxa que con su amor ella abraza al mundo entero, y que en el Espíritu Santo ve a todos los pueblos de la tierra y, a semejanza de su propio Hijo, tiene por todos compasión y amor.

¡Oh, si supiésemos cuánto la Santísima ama a todos los que observan los mandamientos de Cristo, y cómo tiene piedad y se aflige por todos los que no se arrepienten! Lo he experimentado yo mismo. No miento, hablo ante el rostro de Dios que mi alma conoce: es en mi espíritu que conozco a la purísima Virgen. Yo no la he visto, pero el Espíritu Santo me ha concedido conocerla y su amor por nosotros. Sin su misericordia estaría perdido ya desde hace tiempo; pero ella quiso visitarme y corregirme, para que no pecase. Me ha dicho: “No me gusta ver lo que haces”. Y sus palabras gentiles, tranquilas, mansas, actúan directamente sobre el alma. Han pasado más de cuarenta años, y mi alma no puede olvidar aquellas dulces palabras y no sé, pecador como soy, cómo podré corresponder a este amor por mí que soy impuro, ni cómo podré dar gracias a la Madre del Señor buena y compasiva.

Verdaderamente es ella nuestra intercesora junto a Dios y su nombre solo basta para alegrar mi alma. E incluso todo el cielo y toda la tierra se alegra por su amor.

Milagro incomprensible: ella vive en los cielos y contempla incesantemente la gloria de Dios, si bien no se olvida de nosotros miserables y con su misericordia cubre toda la tierra y todos los pueblos.

El Señor nos ha dado a su Madre purísima. Ella es nuestra alegría y nuestra esperanza. Es nuestra madre según el espíritu, cercana a nosotros según la carne. Y toda alma cristiana se vuelve hacia ella con amor.



San Silouan del Monte Athos
Nostalgia de Dios. Silvano de Monte Athos. Todos los escritos.
Ed. Qiqajon. Comunitá di Bose. 2011
Págs. 159-162





[1] Lc 1, 47.

[2] Cf. infra, p. 166.

[3] Is 1, 16

[4] Lc 2, 44-46



lunes, 18 de marzo de 2013

San José, Custodio del Misterio




José, hijo de David, no temas al insondable plan de Dios.
El Padre Eterno ha querido confiarte su Hijo,
a su Único, su Todo, a la Luz de sus ojos;
ha querido que tú, pequeño artesano, hagas las veces de Él,
y modeles con arte el barro que el Eterno tomó para Sí.

Y mientras los hombres piensan cómo atrapar y deshojar el Misterio,
—hoy más que nunca—
tú piensas cómo preservarlo y custodiarlo.
El Dios escondido desde siglos se confía a que tú lo escondas
del indiscreto, del curioso y del mirón.
Y tú -experto en escondrijos- Lo escondes y te escondes con Él.

Levántate José y llévame contigo a Egipto o Nazaret,
inclúyeme en el encargo divino y cárgame con ellos,
oh pequeño pastor del Oculto;
escóndeme en la hendidura de tus vínculos
y dame parte en el sueño que sueñas para los tuyos.

Orante absorto del Portal: ¿en qué traes tu oración?
¿Es agua serena, es fuego inquieto, es brisa suave o huracán?
Tu cargado silencio es escuela, es modelo, es refugio.
Tú miras, callas, crees, adoras, amas...
desde el discreto umbral.

Cuando el Verbo se hizo Carne,
tu carne se hizo asombro.
Asombro que dilatara de tal modo tu ser,
que lo hizo capaz de portar y custodiar el Misterio.

Sin tocarla, ni pretender atraparla,
tú recoges y resguardas la Luz increada dada a luz en la carne.
Y replegándote en pasmo sobre ti,
abrazas sin aliento el impacto del Misterio
en tu más profundo centro.
Y en silencio lo guardas y gustas,
mientras un suave murmullo te susurra por dentro:
datus est, filius datus est nobis...

Padre José: Dios te ha confiado su Tesoro más preciado,
y de tu fiat y amén vivimos los redimidos.
Tú le mostrarás al Arquitecto del cosmos cómo trabajar la madera;
a la Palabra eterna, le enseñarás hablar;
al Amigo del Hombre a forjar vínculos de amistad;
al Guardián de Israel a no temerle a la noche,
al que enseñó a caminar a Efraím, a dar primeros pasos,
al que juega desde siempre ante el Padre a decir: Shemmá...
al Bienamado del Padre, a refugiarse en tus besos.

Amado Padre, callado Padre, Abbá José:
tu bastón me infunde confianza y seguridad.
Oh tú, experto en viajes nocturnos,
condúceme en mi deambular a tientas y tropiezos,
en esta posmoderna tierra baldía.
Pues entre nostalgias, miedos e incertidumbres,
es bajo tus ramas frondosas que me refugio
y al amparo de tus alas que recobro confianza.
Inmenso José, padre José: tu cayado me calla y serena
y me conduce a los pastos secretos
donde atesorar contigo el Misterio.


                                                              P. Diego de Jesús
                                                Monje del Monasterio del Cristo Orante