Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 23 de abril de 2013

Juan Pablo II, Ángelus del 11 de agosto de 1996


Castelgandolfo


Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Continuando la reflexión sobre el Oriente cristiano, deseo centrar hoy la atención en el desarrollo de la teología oriental que, también en los siglos posteriores a la época de los Padres y a la dolorosa separación de la Sede apostólica, ha elaborado perspectivas profundas y estimulantes, que toda la Iglesia considera con interés. Aunque en algún punto persistan diferencias, no hay que olvidar que lo que nos une es más que lo que nos separa.

Un desarrollo doctrinal importante se realizó entre los siglos VIII y IX tras la crisis iconoclasta, que desencadenaron algunos emperadores de Bizancio, decididos a sofocar radicalmente la veneración de las imágenes sagradas. Muchos debieron sufrir por su resistencia a una imposición tan absurda: el pensamiento se dirige, en particular, a san Juan Damasceno y a san Teodoro Estudita. Su resistencia victoriosa fue decisiva no sólo para la devoción y el arte sagrado, sino también para la misma profundización del misterio de la Encarnación. En efecto, la defensa de las imágenes se apoyaba, en definitiva, en el hecho de que Dios se hizo verdaderamente hombre en Jesús de Nazaret. Por tanto, el artista se esfuerza legítimamente por reproducir su rostro, valiéndose no sólo de la fuerza de su ingenio, sino también y sobre todo de su docilidad interior al Espíritu de Dios. Las imágenes remiten al Misterio que las supera y ayudan a sentir su presencia en nuestra vida.

2. Otro momento característico de la teología oriental fue el de la llamada controversia sobre el «hesycasmo». Con este término se indica en Oriente una praxis de oración caracterizada por la profunda quietud del espíritu, entregado a la contemplación incesante de Dios a través de la invocación del nombre de Jesús. No faltaron tensiones con el punto de vista católico sobre algunos aspectos de esa praxis. Pero es obligatorio reconocer la bondad del propósito que guió la defensa de ese método espiritual, es decir, el de destacar la posibilidad concreta que se ofrecía al hombre de unirse a Dios uno y trino en la intimidad de su corazón, mediante la profunda unión de gracia que la teología oriental suele designar con el término particularmente intenso de «theosis», divinización.

Precisamente siguiendo esa línea, la espiritualidad oriental ha acumulado una experiencia riquísima, que ha vuelto a proponer con vigor sobre todo la célebre colección de textos realizada a finales del siglo XVIII por Nicodemo Aghiorita, con el título significativo de «Filocalia», o «amor a la belleza». También durante los siglos siguientes, y hasta nuestros días, la reflexión teológica oriental ha conocido un desarrollo interesante no sólo en los lugares clásicos de la tradición bizantina y rusa, sino también en las comunidades ortodoxas esparcidas por el mundo. Entre tantas profundizaciones dignas de notar, basta recordar la teología de la belleza elaborada por Pável Nikolájevič Evdokimov a partir del arte oriental del icono, y la doctrina de la «divinización», realizada por la estudiosa ortodoxa Loth Borovine.

¡Cuántas cosas nos unen! Es hora de que católicos y ortodoxos hagan un esfuerzo suplementario por comprenderse más, reconociendo con renovado asombro de fraternidad lo que el Espíritu está realizando en sus respectivas tradiciones, con vistas a una nueva primavera cristiana.

3. Pidamos a María, Madre de la sabiduría, que nos eduque para que reconozcamos prontamente las infinitas expresiones de la presencia de Dios en la historia de los hombres. Nos ayude, ante todo, a mirar lo positivo más que lo negativo, y a usar todas las inventivas de la comprensión recíproca para dialogar con fruto también sobre los puntos en los que todavía persisten divergencias. Para eso, que nos obtenga del Espíritu Santo la sabiduría del corazón, tan querida a la espiritualidad oriental, y esencial en toda experiencia cristiana auténtica.

Juan Pablo II

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana
Publicado en: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/angelus/1996/documents/hf_jp-ii_ang_19960811_sp.html

Juan Pablo II, Ángelus del 4 de agosto de 1996


Castelgandolfo


Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Un gran elemento de unidad entre el cristianismo de Oriente y el de Occidente es la veneración común a los Padres de la Iglesia. Con esta expresión se indica a los santos de los primeros siglos, en su mayoría también pastores que, con su predicación y su reflexión teológica, defendieron la fe de las herejías y desempeñaron un papel decisivo en el encuentro entre el mensaje evangélico y la cultura de su tiempo. La Iglesia los considera testigos cualificados de la tradición. Algunos de ellos son auténticos gigantes en la historia del pensamiento cristiano y de la cultura universal.

La fascinación de la época de los Padres se debe también al fecundo intercambio que se realizó entonces entre Oriente y Occidente.

Una gran influencia tuvieron, en particular, dos escuelas, que surgieron en Oriente: en Alejandría de Egipto y en Antioquía de Siria. En una, la exégesis de las Escrituras se realizaba principalmente según el método alegórico; en la otra, por el contrario, se prefería el método histórico-literal. En consecuencia, las dos escuelas desarrollaron puntos de vista complementarios en la reflexión sobre las verdades de la fe, en particular sobre el misterio de la Encarnación. En Alejandría, donde dejó un signo imperecedero el genio de Orígenes, se ponía el acento en la gloria del Verbo hecho hombre; en Antioquía se subrayaba la verdadera humanidad que él había asumido. Ambas perspectivas son esenciales para captar la identidad de Jesucristo, tal como la profesa la fe eclesial.

2. Gran parte de ese pensamiento llegó al Occidente cristiano, suscitando un intercambio vital entre las comunidades orientales y latinas. Por eso, sería difícil hacer una distinción neta entre ambas tradiciones durante esos siglos; más aún, contraponiéndolas, se las forzaría. La Iglesia se enriquece de ambas. Entre las grandes figuras de Oriente baste recordar a los tres santos «jerarcas»: san Basilio Magno, san Gregorio Nacianceno y san Juan Crisóstomo. Dieron una contribución inestimable a la profundización de la visión cristiana de Dios, subrayando que, por su naturaleza inefable, está por encima de todos nuestros pensamientos, pero, al mismo tiempo, es aquel que vino a nosotros, en la historia de la salvación, abriéndonos los secretos de su vida trinitaria, y dándose en el Verbo encarnado y en la efusión de su Santo Espíritu. Era una reflexión sobre Dios y, al mismo tiempo, una reflexión sobre la dignidad del hombre, formado a imagen del Creador y llamado a vivir, en Cristo, como hijo en el Hijo.

Los grandes padres y doctores de Occidente, desde san Ambrosio, pasando por san Agustín y san Jerónimo, hasta san Gregorio Magno, prosiguieron el camino, llegando a ser igualmente beneméritos en la penetración del misterio. Eran voces diversas, pero convergentes, al servicio de la única verdad cristiana. El pensamiento patrístico fue verdaderamente una gran sinfonía de pensamiento y de vida.

3. Amadísimos hermanos y hermanas, dejémonos guiar por la Virgen santa para descubrir este patrimonio inmenso y siempre actual. Los Padres nos hablan todavía, y merecen que los valoremos cada vez más en la teología y en la formación cristiana. Verdaderos imitadores de la Madre de Dios, nos brindan el ejemplo de una inteligencia que nunca fue especulación árida, sino que se conjugó con la oración y la santidad. Siguiendo su escuela, nos resultará más fácil secundar el Espíritu de Dios, que llama con fuerza a los creyentes a realizar la perspectiva de la plena unidad eclesial.

 Juan Pablo II

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana
Publicado en http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/angelus/1996/documents/hf_jp-ii_ang_19960804_sp.html


Juan Pablo II, Ángelus del 28 de julio de 1996


Castelgandolfo 


Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Al reanudar hoy la reflexión sobre las riquezas del cristianismo oriental, deseo señalar el papel especial que en esas tradiciones desempeña el monaquismo. Este nació precisamente en Oriente y recibió las líneas primordiales de san Antonio, san Pacomio y san Basilio. De esta experiencia se sirvió san Bernardo, padre del monaquismo occidental. El monaquismo «ha sido, desde siempre, el alma misma de las Iglesias orientales», visto como «síntesis emblemática del cristianismo» y «punto de referencia para todos los bautizados, en la medida de los dones que el Señor ha ofrecido a cada uno» (Orientale lumen, 9).

Históricamente, este modelo de vida trata de encarnar el carácter radical de las exigencias evangélicas y se afirma como un desarrollo natural del ideal del martirio, particularmente vivo en la Iglesia de los primeros siglos, impulsada por las persecuciones a testimoniar a Cristo hasta la efusión de la sangre. ¿Y quién es, en realidad, el monje, sino uno que entrega a Cristo toda su vida? Es, por antonomasia, el hombre de Dios. Si no derrama su sangre, como el mártir, sin embargo hace renuncias radicales, sobre todo mediante la práctica de la virginidad, la pobreza y la obediencia. Esta elección de la mortificación no significa desprecio de las criaturas, sino atracción irresistible por el Creador. Es el anhelo de la deificación que la gracia suscita en el corazón humano, la necesidad de subir desde el riachuelo hasta el manantial, desde los rayos hasta la fuente de la luz.

2. Mientras el monaquismo occidental, sin perder las formas originarias, ha ido articulándose poco a poco en nuevas y múltiples formas de vida consagrada, en Oriente ha conservado una gran unidad, distinguiéndose por su índole fuertemente contemplativa. Precisamente por esta característica sigue ejerciendo una fascinación particular en el hombre de nuestro tiempo que, aplastado a veces por el ritmo frenético de la vida, va en busca de sí mismo. El monaquismo da una respuesta singular a esta exigencia. En efecto, no sólo brinda perspectivas de paz y de interioridad, sino también la capacidad de testimoniar intensamente la concepción cristiana del hombre y del mundo, en pos de una armonía profunda que, lejos de contraponer el espíritu a la materia, la persona a la sociedad y Dios al hombre, unifica todo en un designio superior de belleza, de solidaridad y de santidad.

El hombre salió de las manos de Dios hermoso y santo. La ascesis monástica tiende, precisamente, a recuperar la belleza originaria, dañada por el pecado. Sostenida por la gracia, hace emerger la perfección espiritual a la que la naturaleza humana ha sido elevada. En la Vida de san Antonio leemos que su rostro irradiaba una paz tan imperturbable, que todos se sentían atraídos y confortados por él (cf. Atanasio, ib., 14, 4-6). Este es el signo que el mundo espera de nosotros cristianos y, en particular, de cuantos viven la vocación monástica.

3. La Madre de la Iglesia, venerada con idéntico amor por los monjes en Oriente y Occidente, conceda una fidelidad a toda prueba a quienes están llamados a esta vida de consagración especial. Que al dirigir su mirada hacia ella, icono de la Iglesia y esplendor de belleza, crezcan día tras día en su amor a Cristo y lleguen a ser para la comunidad cristiana ejemplo de vida evangélica fermento de comunión. Su experiencia de hombres de oración y su ecumenismo contemplativo, arraigado en lo esencial, impulse y fortalezca a la Iglesia para proseguir por el camino hacia la unidad plena.

 Juan Pablo II

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana
Publicado en: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/angelus/1996/documents/hf_jp-ii_ang_19960728_sp.html


Juan Pablo II, Ángelus del 7 de julio de 1996



Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Con las solemnes celebraciones litúrgicas realizadas en la basílica de San Pedro ayer por la tarde y esta mañana, hemos recordado el IV centenario de la Unión de Brest, el acontecimiento eclesial que en 1596 marcó el restablecimiento de la unidad entre una parte de la Iglesia en esa región y la Sede de Pedro. Esta sugestiva conmemoración ha querido ser acción de gracias al Señor y, al mismo tiempo, expresión de la gran estima que la Iglesia de Roma tiene por las comunidades católicas de Oriente en el respeto a la sensibilidad ecuménica que caracteriza cada vez más las relaciones entre católicos y ortodoxos.

Con este espíritu reanudo la reflexión comenzada la semana pasada sobre las riquezas eclesiales y espirituales, que constituyen un patrimonio común de la Iglesia en Oriente y Occidente. Hoy, de modo especial, quisiera hablar de los grandes concilios que se celebraron precisamente en Oriente, durante los siglos en que existía la plena comunión entre los patriarcados orientales y Roma, pues representan un punto de referencia indestructible para la Iglesia universal.

Como es sabido, los primeros cuatro concilios, celebrados entre los años 325 y 451 en Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia, desempeñaron un papel particularmente significativo. Más allá de los acontecimientos históricos en que se sitúa cada uno de ellos, y a pesar de algunas dificultades terminológicas, fueron momentos de gracia, a través de los cuales el Espíritu de Dios derramó abundante luz sobre los misterios fundamentales de la fe cristiana.

2. Y ¿cómo podría subestimarse su importancia? En ellos se discutía sobre el fundamento, es decir, el centro mismo del cristianismo. En Nicea y Constantinopla se precisó la fe de la Iglesia en el misterio de la Trinidad, con la afirmación de la divinidad del Verbo y del Espíritu Santo. En Éfeso y Calcedonia se discutió sobre la identidad divino-humana de Cristo. Ante quien sentía la tentación de exaltar una dimensión en perjuicio de la otra o de dividirlas en detrimento de la unidad personal, se afirmó claramente que la naturaleza divina y la humana de Cristo permanecen íntegras e inconfundibles, indivisas e inseparables, en la unidad de la persona divina del Verbo. ¡Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre!

Se llegó a esta síntesis luminosa, bajo la asistencia del Espíritu Santo, gracias a la contribución de las Iglesias de Oriente y de Occidente. Ciertamente, no faltaron tensiones en la celebración de esas asambleas conciliares. Pero al final, incluso en los momentos más críticos, prevaleció el vivo sentido de la fe, corroborado por la gracia divina. Entonces se manifestó de forma evidente la fecundidad de la auténtica «sinergia» eclesial que le ministerio del Sucesor de Pedro está llamado a asegurar, y no ciertamente a mortificar. En particular, se manifestó en la carta que el Papa León envió al patriarca Flaviano de Constantinopla, el famoso Tomus ad Flavianum, que tanta importancia tuvo en las decisiones dogmáticas que se tomaron en Calcedonia.

3. Amadísimo hermanos y hermanas, entonces, como siempre, el camino de la Iglesia estuvo acompañado por la intercesión maternal de la Virgen santísima, a la que el Concilio de Éfeso, en el año 431, reconoció el título de «Theotókos», «Madre de Dios», subrayando así que la naturaleza humana que ella transmitió a Cristo, pertenece a aquel que desde siempre es Hijo de Dios. También ahora nos dirigimos con confianza a María. Que ella, amada por igual en Oriente como en Occidente, mantenga firmes a los cristianos en las inmutables verdades de la fe, y los abra a las legítimas diversidades de la tradición teológica y eclesial que no perjudican sino que, por el contrario, enriquecen la comunión, que esperamos que sea cada vez más plena, especialmente con vistas al gran jubileo del año 2000.

Juan Pablo II

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana
Publicado en: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/angelus/1996/documents/hf_jp-ii_ang_19960707_sp.html

lunes, 22 de abril de 2013

El Pastor herido




Es el lento y pesado pisar sobre la rugosa alfombra ocre de crujientes hojas que cantan su última canción.

Avanza el pastor por las entrañas del espeso bosque. Hilos de luz descienden casi pidiendo permiso al señorío de las frondosas copas centenarias.

Bruma y humedad, líquenes musgos hongos y la hiriente música del ocre quebradizo bajo las sandalias.

Su rostro denota la misteriosa conjunción de experiencias tan diversas como lo son cada una de las formas y figuras de la selva primordial que lo circunda.

Sus rasgos curtidos semejan infinitos cauces de una cuenca milenaria que ha llevado alguna vez aguas al polvo agostado.
O pueda sospecharse también que esa cara tan surcada sea la versión en carne de una escritura arcana que está diciendo un nombre o una pasión, o ambas cosas.

Y mientras los haces puros descienden con callada parcimonia y las húmedas entrañas del orbe responden exhalando su incontenible bruma —gemido y nostalgia de un cosmos en espera—, los ojos del pastor parecen no condescender al contrapunto que unos y otros le ofrecen en ceremonial signo de pleitesía.

Él mira sin ver; o tal vez, muy por el contrario, esté viendo casi sin mirar.
Sabe que jamás un árbol le taparía el bosque, ni el más denso bosque le ocultaría el fresco brote asomando entre las agujas de pinocha.

¿Qué busca este cazador cuyos ojos muestran ansia, inquietud, prisa, atención, pasión, angustia, concentración, y tanto más?

¿Qué buscas, Hombre misterioso e inmenso del magno bosque?
¿Por qué a cada paso tiñes de rojo las caídas hojas inertes?
Hay sangre en tus sandalias y angustia en tu mirada. ¿Quién eres?
Y el pastor detiene con imprevista brusquedad su resuelto andar.
Todo calla repentinamente con él.
La canción de las hojas contienen el aliento mientras el pastor inclina su oído auscultando en un más allá que parece agrietarse detrás de cada corteza, en busca de una moneda, una oveja, un hijo, o todo ello junto.

Sólo su agitada respiración y el rotundo latir de su corazón dominan la muda escena.
El pastor está herido: de sangre están teñidos sus vestidos, manchados como los del lagarero.
Sangre manan sus manos y sus pies, aunque parece también haber un oscuro manchón brotando de su costado derecho.

Mira. Escucha. Piensa. Tal vez rece… cómo saberlo.

Lo cierto es que todo en él denota búsqueda. Un buscar “cuidadosamente”, como aporta Lucas (15,8).
Y el mayoral levanta su rostro cual elegante venado.
Como procurando descifrar en la delgada brisa la clave de su búsqueda.
Y repentinamente, como recibiendo una consigna de recóndita fuente, el pastor toma una flauta de su zurrón y comienza a entonar la canción. Describirla sería agravio y empresa perdida. Sólo decir que su melodía era hiriente como la nostalgia más profunda, y dulce como el arrullo con que una madre mese la cuna de su niño. De su único niño.

Y el bosque entero se inclinó. Ramas frondosas, rígidos troncos se doblaron cual tierna caña al viento ante este Encantador del sinuoso cosmos, nuevo Orfeo enamorado.
Pero la melodía no era para el bosque, ni para la bruma ni para el sol.
Lo entendimos cuando de la oscura entraña del monte una inerme oveja miraba al pastor, literalmente encantada.

Un hilo de  luz la bañaba y atenuaba la totalidad de su entorno casi hasta la inexistencia.



Pastor y oveja sin más.
Sin contexto ni pretexto.
Casi sin tiempo ni espacio. Sin ese andamiaje con que las circunstancias le quitan vértigo a nuestra identidad.
Brutal y desnuda presencia de uno ante el otro.
Y él no disimuló que para ella era su canción, su frenética pesquisa, su pasión y hasta sus heridas. Sólo calló delatar que para ella era su mismísimo existir.
Y guardó su flauta.
Y se le acercó.
Más aún de lo cerca que podría estar ella de sí misma.
Y se inclinó como una muda catarata se derrama —voraz y serena— como hilos de fina sal sobre el indefenso abismo y no vuelve en bruma a las alturas sin haber fecundado la inerte piedra.

Así cargó sobre sí el pastor a su bella oveja.
Y sus sangrados pies de barro se tornaron pies de ciervo, de hábil cervatillo, que brincando de roca en roca dejaron atrás el murmurante y negro bosque para escalar al país de la luz, donde el pastor y ciervo como cordero incandescente alumbra la ciudad sin sombras.



Padre Diego de Jesús