Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 2 de mayo de 2013

Cartas para persuadir a la práctica de la oración interior - Carta XXV


Arsenio Troepol'skij



Carta XXV


Recuerda siempre que el deber de orar incesantemente a Dios es una de las obligaciones más importantes e ineludibles para todo cristiano. Dios quiere que nosotros oremos siempre, y esto lo prescribe con un claro mandamiento. Pero si incluso no nos hubiese dado semejante mandamiento, sería nuestro propio bien el debernos persuadir a orar. Dios desea nuestra oración. Por esto Jesucristo dice tan claramente en el evangelio: “Pide y se te dará, busca y encontrarás, golpea y se te abrirá” [1]. Según su intención, nosotros estamos obligados a marcar tan  profundamente este mandamiento en el corazón, que el ponerlo en práctica se vuelva nuestra constante ocupación: “Es necesario orar siempre sin desfallecer” [2]. No prescribe de ayunar constantemente, de hacer siempre limosna y todo lo demás, porque esto está más allá de nuestras fuerzas. Pero manda a orar siempre, porque esto nosotros si lo podemos hacer siempre. En efecto, ¿qué se necesita para esto? Es necesario sólo que nuestra mente y el corazón estén constantemente vueltos a Dios. Pero fuera del mandamiento de Dios, obliga también a la oración aquel bien que depende de nosotros: Dios quiere que todos los hombres sean salvados [3], y ninguno puede salvarse sin la gracia de Dios. Pero Dios nos da su gracia solo a condición de que nosotros la pidamos. Si descuidáis esta condición, también él,  permaneciendo fiel a sus palabras, negará su gracia. De tal modo, así como es indispensable la gracia para salvarse, así también es indispensable la oración para obtener la gracia de la salvación. ¡Entendéis ahora cuán sagrado es para nosotros el deber de la oración! Para salvarse es necesario convertirse del camino del pecado; pero para convertirse son necesarios medios poderosos, como para vencer las perversas inclinaciones de nuestro corazón, fortalecernos contra la seducción del mundo y sostenernos en la lucha hasta la victoria contra las pasiones.  Pero Dios no nos concederá tales medios si no se los pedimos: es decir si no nos ponemos a orar. Y es digno de mención que de todas las obras de la fe, la oración es la más fácil y la más accesible para todo tipo de personas. Para realizar esta obra, no es necesario ser cultos, ricos o cosas semejantes. Los analfabetos pueden orar tan bien como los sabios; los pobres como los ricos, [pueden orar los enfermos] como también los sanos. Reuniremos en vano escusas dando como motivo nuestras ocupaciones: pero tenemos como ejemplo seguro el del rey profeta, que a pesar de sentirse abrumado por las ocupaciones del gobierno de todo su reino, no sólo oraba siete veces al día [4], sino que permanecía también constantemente en la oración interior, como él mismo da testimonio de esto: “Veo siempre al Señor ante mí” [5] y “mis ojos están siempre vueltos al Señor” [6]. La característica peculiar de la oración auténtica es su asiduidad, o bien su frecuencia. Vemos de esto un ejemplo elocuente en la cananea: su oración por la curación de la hija no fue rápidamente escuchada por el Salvador, pero ella, permaneciendo firme en la esperanza, no cae en el desaliento, no dejó de orar hasta cuando no obtuvo lo que pedía. De tal modo, mediante la asiduidad y la frecuencia de la oración, ella fuerza a Jesucristo a escucharla, y él alaba la fuerza de su fe [7]. ¡He aquí un ejemplo digno de ser imitado! Nosotros estamos obligados a orar constantemente, a pedir constantemente y a golpear a la puerta [8]: a Dios le agradan nuestras oraciones perseverantes. Él desea que nosotros, invoquemos con fuerzas su misericordia, porque a través de esto le damos la prueba más abrumadora de nuestra decisión, de nuestro amor hacia él, de nuestra humildad y de la conciencia de nuestra dependencia de Dios.

Es necesario orar siempre sin desfallecer (Lc 18, 1). El deber de orar es la obligación esencial de todo creyente. Obligación que le es impuesta por el claro mandamiento del Salvador y cuyo cumplimiento está constantemente solicitado al cristiano por la conciencia de las propias necesidades y por la atracción de su espíritu. Lo ha argumentado magníficamente un autor (Simeón). La gracia es necesaria al hombre para realizar el bien; la oración le es necesaria para recibir la gracia [9]. Sabe vivir bien –dice san Agustín- aquel que sabe orar [10]; y por consiguiente, quien no ora, inevitablemente vivirá mal. En efecto, sin la oración ningún creyente es capaz de realizar las propias tareas y vencer las pasiones.

Y por esto, para ser vencedores en la lucha espiritual, no nos queda más que un [instrumento]. Y un instrumento fácil, eficaz y el más fiable. Es la oración. La enormidad de sus ventajas es evidente. Ya por el hecho de que ella nos tiene ocupados exclusivamente con Dios, nos aparta de las distracciones mundanas. Nuestro espíritu, enteramente colmado por el pensamiento de su Creador, se libera de los pensamientos peligrosos, que ofrecen ocasión a las tentaciones y son causa de pecado. La primera obra buena de la oración está justamente en el prevenir la tentación, en el pararla en el umbral del corazón, impidiéndole entrar. “Velad y orad –dijo el divino maestro- para no caer en la tentación” (Mateo 26, 41). La segunda buena acción de la oración consiste en el hecho de que ella pide  y nos obtiene la ayuda del Omnipotente, con la cual nosotros venceremos con seguridad. Esta ayuda invencible nos ha sido prometida, pero prometida sólo con la condición de una oración frecuente. Es más: al poder de vencer las pasiones, la oración une la dulzura que hace a nosotros mismos agradable y deseable nuestro servicio.

Es necesario orar siempre sin cansarse, dice a sus discípulos nuestro divino Salvador [11]. La misma enseñanza fundamental la repite por su parte también su gran Apóstol [12], e incluso mucho antes el Espíritu Santo lo había transmitido a los hebreos. El piadoso Tobías había enseñado a su propio hijo a cumplir constantemente con este deber, tan necesario en sí mismo y tan útil para el hombre en todo el curso de la vida [13]. David en todo momento del día dirigía a Dios su oración. El cuerpo, que vive gracias al aire, lo inhala continuamente a través de la respiración; el alma, que vive por la gracia, del mismo modo debe atraerla a sí por medio de la oración. La costumbre de orar, el espíritu de oración, es esto lo que Dios quiere de nosotros. Este espíritu de oración nos debe acompañar por todas partes y siempre. Esta santa costumbre, como también todas las otras, siempre es expresada y sostenida con actos frecuentes, que no deben absolutamente asustarnos por ser difíciles sino más bien comprometernos por hacerlos.


 Arsenio Troepol'skij
L' esperienza della vita interiore
Edizioni Qiqaion. Comunità di Bose. 2011
Pags. 104-107

[1] Mt 7,7; Lc 11,9.

[2] Cf. Lc 18, 1.

[3] Cf. 1 Tm 2, 4.

[4] Cf. Sal 118, 164.

[5] Sal 15, 8.

[6] Sal 24, 15.

[7] Cf. Mt 15, 22-28

[8] Cf. Mt 7,7

[9] Cf. Pseudo-Simeón el Nuevo Teólogo, Las tres formas de la oración, en Dobrotoljubie V, p. 468; La Filocalia IV, p. 511.

[10] Cvetnik duchovnyj. Nazidatel’ nyja mysli i dobrye sovety, vybrannye iz tvorenij muzej mudrych i svajatich, Izadnie Athonskogo Russkogo Panteleimona Monastryrja, s.l. 1903 (rist.: Moskva 1992), parte I, p. 105.

[11] Cf. Lc 18,1

[12] Cf. 1 Ts 5,17

[13] Cf. Tb 4, 19


domingo, 28 de abril de 2013

“Oración y súplicas con lágrimas” (Heb 5,7)


P. Gabriel Bunge


Nadie se maravilla si un hombre derrama lágrimas porque ha sido afectado por un gran dolor. También las lágrimas de alegría nos son familiares. Pero, ¿las lágrimas en la oración?

Para los padres, en realidad, lágrimas y oración iban juntas, inseparablemente, y no eran en absoluto consideradas un signo de inoportuno sentimentalismo. Esto vale también para el hombre bíblico.

Escucha mi oración, Señor,
acerca el oído a mi grito,
no seas sordo a mis lágrimas [1]

Las lágrimas acompañan sobre todo a la “súplica” (déesis). Así, por ejemplo, es entre las lágrimas que un padre desesperado pide la curación de su hijo [2], como también es entre las lágrimas que la pecadora, sin hablar, pide a Cristo el perdón [3].

Y Cristo mismo “en los días de su vida terrena ofreció oraciones y súplicas con fuertes gritos y lágrimas a aquel que podía liberarlo de la muerte” [4]

*

Las lágrimas pertenecen al “modo práctico” de la oración, porque son parte de las fatigas de la praktiké, es decir del primer grado de la vida espiritual.

“Aquellos que siembran entre lágrimas, cosechan entre cantares”: Los que realizan la praktiké entre las fatigas, “siembran entre lágrimas”. Aquellos en cambio que reciben sin fatiga el conocimiento, “cosechan con júbilo” [5]

¿Por qué esta insistencia sobre la necesidad de las lágrimas, que suena tan extraña para el hombre moderno? El cristiano ¿no está destinado, sin embargo, a la alegría?

Seguro, pero los padres juzgan la condición del hombre de modo más realista que nosotros.

Abba Longino poseía una gran compunción durante la oración y la salmodia. Un día su discípulo le preguntó: “Abba, ¿es esta la regla espiritual, que el monje llore siempre durante su oficio?” Y el anciano respondió: “Sí, hijo mío, esta es la regla que Dios nos pide. En principio, en efecto, Dios no ha creado al hombre para que llorase, sino para que se alegre y exulte, le dieran gloria [con corazón] puro de pecado e íntegro como los ángeles. Pero, cuando el hombre cayó en el pecado, tuvo necesidad de las lágrimas. Y todos aquellos que han caído, tienen la misma necesidad. En efecto, donde no hay pecados, no son necesarias tampoco las lágrimas” [6]

*

Objeto de este primer grado de la vida espiritual es, por tanto, sobre todo lo que la Escritura y los padres llaman “penitencia”, “conversión”, “cambio de mentalidad” (metánoia). Sin embargo, ya al sólo pensamiento de tal conversión se contraponen inesperadas resistencias interiores.

Evagrio con este propósito habla de una cierta “dureza” (agriótes, lit.: “rudeza”) interior o “insensibilidad” (anaisthesía) espiritual [7] y entumecimiento, contra los cuales son de ayuda sólo las lágrimas de “luto” (pénthos) espiritual.

Pide antes que otra cosa el don de lágrimas para ablandar, por medio de la compunción, la dureza que permanece en tu alma y para obtener por él, “mientras confiesas en contra de ti al Señor tu iniquidad” [8], el perdón [9].

Esta “dureza” es ciertamente revelada a cada hombre en la forma de aquel oprimente estado de ánimo que los padres llaman akedía, taedium cordis, desánimo, disgusto, vacío interior… Las lágrimas son para esto un poderoso remedio.

Oprimente es la tristeza
e insoportable el tedio,
pero las lágrimas a Dios
son más poderosas que ambos.[10]

Al contrario, “el espíritu de akedía alejan las lágrimas y el espíritu de tristeza destruye la oración” [11]. ¿Qué hacer pues si nos encontramos en el callejón ciego de la aridez interior, del tedio y de la tristeza? Evagrio aconseja entonces de

dividir, entre las lágrimas, al alma en dos partes, una de las cuales consuela y la otra es consolada, sembrando en nosotros mismos una esperanza buena y cantando en nosotros las palabras encantadoras del santo David: “¿Por qué te entristecéis, alma mía, y por qué me turbás? Espera en Dios, para que yo conozca: la salvación de mi rostro y mi Dios” [12]

*

Pero, pues, más allá de que sea agradable al Señor una oración presentada entre lágrimas [13], ¡éstas no pueden volverse fin en sí mismo! En efecto, en toda actividad ascética del hombre, en cuanto es su actividad, está implícita la fatal tendencia a hacerse autónoma. El medio se vuelve imprevistamente el fin.

Si incluso derramases ríos de lágrimas en tu oración, no te ensoberbezcas absolutamente en ti mismo, como si tú te encontrases por encima de la masa. En efecto, tu oración ha recibido sólo una ayuda [divina] para hacerte capaz de confesar prontamente tus pecados y atraer sobre ti la benevolencia del Señor a través de las lágrimas.
No transformar, por tanto, en pasión el medio de defensa contra las pasiones mismas, ¡para no hacer enojar aún más al dador de la gracia! [14]

Quien pierde de vista el objetivo de las lágrimas, es decir la “extremadamente amarga conversión” [15], corre el peligro de “perder la cabeza y de desviarse” [16]. Por otra parte, ninguno se imagina, en cuanto “progresado”, de no tener más necesidad de las lágrimas.

Cuando te parezca que no tienes más necesidad de las lágrimas en tu oración a causa de los pecados, entonces presta atención a cuánto te has alejado de Dios, mientras en cambio, deberías estar establemente junto a él, y derramar muchas más calurosas lágrimas. [17]

Esta advertencia, fruto de una objetiva valoración de la realidad humana, vale además para la praktiké en su conjunto. Así, Evagrio advierte, por ejemplo, al “gnóstico”, es decir, al contemplativo “que ha sido hecho digno de conocimiento”:

San Pablo “trataba duramente a su cuerpo y lo arrastraba a la esclavitud” [18]. No descuides, pues, durante toda tu vida, tu dieta y no expongas a la reprobación a la impasibilidad, humillándola a través de un cuerpo robusto. [19]

Incluso, si el hombre ha alcanzado el objetivo de la “vida práctica”, es decir el estado de la paz interior del alma, ¡no desaparecen, sin embargo, las lágrimas! Sin embargo, en este nivel, ellas se vuelven la expresión de la humildad y, como tales, una garantía de la autenticidad de este estado de quietud frente a sus multiformes falsificaciones demoniacas [20]. En consecuencia, los padres consideraron a las lágrimas incluso como signo de la proximidad del hombre a Dios, como ya mencionaba Evagrio.

Un anciano dijo: “Un hombre que permanece en su celda y medita los salmos es semejante a un hombre que está fuera y busca al rey. Aquel que ‘ora incesantemente’ es semejante a quien habla con el rey. Quien en cambio pide entre lágrimas es semejante a aquel que abraza los pies del rey e implora de él misericordia, como la prostituta [21] que en poco tiempo lavó con sus lágrimas todos sus pecados” [22]

Seguro, Dios no ha creado al hombre para que llore, sino para que viva en la alegría, como dijo un padre. Pero en Adán han caído todos y, por esto, todos tienen necesidad de las lágrimas, así como todos tienen necesidad de la penitencia y de la conversión. Reconocer esto es un signo de humildad. Como veremos más adelante, lo mismo vale para las llamadas “metanías”, que en el gesto expresan el mismo significado de las lágrimas.

“Cuanto más un hombre está cerca de Dios, tanto más se siente pecador”, ha dicho un padre, porque sólo la santidad de Dios hace verdaderamente manifiesto nuestro ser pecador. Por este motivo, las lágrimas no están sólo al inicio del camino espiritual de la conversión, sino, en realidad, lo acompañan también hasta el objetivo, en el cual estas se transforman “en lágrimas espirituales y en una cierta alegría del corazón”, que los padres consideran como un signo de la acción inmediata del Espíritu Santo y, por tanto, de la cercanía de Dios. [23]


P. Gabriel Bunge.
Vasi di argilla
Ed. Qiqajon. Monasterio de Bose. 1996
Págs. 101-107


Notas:

[1] Sal 38, 13

[2] Mc 9, 24

[3] Lc 7, 38

[4] Hebreos 5, 7

[5] Evagrio, In Ps. 125,5. Evagrio repite más veces este dato de hecho experiencial: cf. In Ps. 29, 6; 134, 7; Pr. 90.

[6] Nau 561 (cf. Detti inediti, p. 561)

[7] Evagrio, Mal.cog. II

[8] Cf. Sal 31, 5.

[9] Evagrio, Or. 5

[10] Evagrio, Virg. 39.

[11] Evagrio, Mon. 56.

[12] Evagrio, Pr. 27. Cita: Sal 41, 6.12; 42,5

[13] Evagrio, Or. 6

[14] Ibid. 7

[15] Evagrio, In Ps. 79, 6

[16] Evagrio, Or. 8.

[17] Ibid. 78

[18] 1 Cor 9, 27

[19] Evagrio, Gnost. 37

[20] Evagrio, Pr. 57

[21] Cf. Lc 7, 38.47

[22] Nau 572 (cf. Detti inediti, p. 224)

[23] Diádoco de Fotice, Cap. LXXIII, citado infra, p. 143.