Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 8 de mayo de 2013

Entre la resurrección y la ascensión



P. Matta Meskin



Después de la resurrección, Jesús permanece cuarenta días con sus discípulos: “Él se mostró a ellos vivo, después de su pasión, apareciéndose a ellos por cuarenta días y hablando del reino de Dios” (Hechos 1,3)

Este período definitivo del tiempo en el cual Cristo vivió sobre la tierra en el cuerpo con el cual había pasado a través de la muerte y la tumba y con el cual había resucitado viviente, puede ser considerado el don más grande y más precioso otorgado a nuestra naturaleza humana. La posibilidad de una resurrección de los muertos y de una vida nueva en un cuerpo libre del sufrimiento, de la muerte y de la corrupción originariamente no era accesible a la naturaleza humana. Sabemos que esta se había vuelto mortal después de que el pecado había expulsado al hombre del paraíso, de la vida con Dios, e incluso si algunas veces algunos personajes, como Lázaro, habían resucitado de los muertos por mandato de Dios, el suyo había sido un revivir para morir de nuevo. La posibilidad de resucitar para vivir para siempre con Dios en un cuerpo que no conocerá ni la muerte, ni la corrupción, es el don supremo e indescriptible de Cristo, dado por él a nosotros, cuando resucitó con el cuerpo que había asumido de nuestra condición humana.

Así quien cree en la resurrección de Cristo tiene por consecuencia fe también en la propia resurrección, ya que Cristo da todo lo que le pertenece a todos aquellos que creen.

Pero ¿cómo podemos realmente conseguir la inhabitación del Espíritu de la resurrección y tenerlo firmemente, o mejor, custodiarlo en el corazón como prenda de la vida eterna? O, en otras palabras, ¿cómo podemos vivir ahora en el Espíritu de la resurrección? ¿cómo resucitar de los muertos con Cristo, y tener la confianza que ni la muerte, ni el sufrimiento, ni ningún evento de la vida presente tiene poder sobre nosotros? O también, para poner la pregunta en términos todavía más paradójicos: ¿cómo puede una persona vivir ya en el presente la propia inmortalidad? ¿Cómo hacer para vivir esta cuaresma no como un simple período litúrgico de cuarenta días, sino como una experiencia de vida completamente libre de la muerte y de su poder, una vida post-pascual, una vida de preparación a la ascensión?

La respuesta a este interrogante no está en nuestro poder: debemos dirigirnos al evangelio. Y el evangelio según Juan afirma:

“Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡la paz esté con ustedes! Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: ¡la paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, yo también los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.” Juan 20, 19-23

Todo lo que Cristo hizo por sus discípulos, para que creyesen en su resurrección, fue mostrarles sus manos agujereadas por los clavos y el costado traspasado por la lanza. Esto era más que suficiente para dar a los discípulos – incluso a Tomás, el más incrédulo de entre ellos- la fe en la resurrección, pero no bastaba, ni siquiera con la fe de ellos, para conferirles el Espíritu Santo y el poder de la resurrección. Para poder creer en algo que va más allá de los límites del conocimiento, de la imaginación y de la experiencia –como la resurrección de los muertos- debemos tener una prueba, pero para recibir lo que está más allá de la naturaleza y de la experiencia, más allá de la percepción y del poder de la lógica, es decir para conseguir el poder y la naturaleza de la resurrección nos debe ser otorgado un don espiritual. Por esto vemos a Cristo que, después de haber dado a los discípulos la prueba de la resurrección para que crean y se alegren, va a su encuentro y sopla sobre ellos para conferirles lo que está más allá de la naturaleza y de su alcance: el poder de la resurrección misma.

No se trata solamente de la resurrección de los muertos, sino de la resurrección en el Espíritu de Dios, con una nueva naturaleza para el hombre, que lo prepara a una vida nueva y espiritual, una vida en el Espíritu de Dios, con Dios, una vida en el cual el pecado y la muerte no tienen poder y en el cual no se está sometido a la ignorancia y al sufrimiento.

El soplo del Espíritu Santo a sus discípulos por parte de Cristo nos evoca al soplo de Dios sobre Adán en la primera creación: “Entonces el Señor Dios plasmó al hombre con el polvo de suelo y sopló en sus narices un soplo de vida y el hombre se volvió un ser viviente” (Gn 2,7). En ambos casos el soplo es creativo y dador de vida: el primer soplo es una creación física para una vida terrena y limitada en el tiempo; el segundo es una creación espiritual para una vida celestial y eterna.

Adán recibe el primer soplo y gracias a este se convierte en el padre de todo el género humano: por él arranca la secuencia de la vida humana sobre la tierra. Este soplo ha conservado su eficacia sobre la naturaleza adámica hasta nuestros días.

Los discípulos, unidos en la fe, recibieron como Iglesia el segundo soplo de Cristo, por el cual él hizo, por la Iglesia, la fuente de la nueva creación espiritual, y este soplo suyo ha permanecido por la Iglesia como fuente de una nueva y eterna vida celestial.

El apóstol Pablo hace una clara comparación entre estas dos vidas:

“Esto es lo que dice la Escritura: El primer hombre, Adán, fue creado como un ser viviente; el último Adán, en cambio, es un ser espiritual que da la Vida. Pero no existió primero lo espiritual sino lo puramente natural; lo espiritual viene después. El primer hombre procede de la tierra y es terrenal; pero el segundo hombre procede del cielo. Los hombres terrenales serán como el hombre terrenal, y los celestiales como el celestial. De la misma manera que hemos sido revestidos de la imagen del hombre terrenal, también seremos de la imagen del hombre celestial.” (1 Cor 15, 45-49)

Así el soplo de Cristo constituye una nueva creación de la naturaleza adámica, transmitiéndole una nueva naturaleza espiritual, que originariamente no le pertenecía, y otorgándole la potencialidad de la resurrección de los muertos y de la vida eterna con Dios. Cristo es aquí considerado como un nuevo padre para el hombre, ya que lo ha engendrado nuevamente por medio del propio Espíritu después del nacimiento físico y le ha dado una vida nueva que se vuelve efectiva y manifiesta después o más allá de la vida terrena. Esta comienza después de la muerte con la resurrección, pero la resurrección empieza místicamente ahora, cuando recibimos, después de nuestro nacimiento físico, un nuevo nacimiento del agua y del Espíritu, y recibimos el Espíritu de la resurrección que la Iglesia infunde en nuestro ser.

Nosotros ahora hemos experimentado ambos nacimientos, y las dos vidas obran en nosotros, vida sobre vida. La espiritual es iniciada después de la física, y esta va disminuyendo para ceder poco a poco el paso a la otra. “Aunque nuestro hombre exterior [la naturaleza física] se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día” (2 Cor 4, 16). Es necesario sin embargo subrayar que, mientras la vida física se deteriora inevitablemente y automáticamente, más allá de que nosotros lo queramos o no, la vida espiritual o la naturaleza de la resurrección adquiere poder en nosotros a través de nuestra voluntad y de nuestro deseo. Este es el motivo por el cual Cristo, cuando sopló el Espíritu Santo sobre sus discípulos para revestirlos de la naturaleza y del poder de la resurrección, les dijo: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22). El verbo “recibir” expresa aquí una dependencia del grado de preparación y del deseo de la persona. Cristo no otorga el Espíritu Santo a nuestra persona de modo automático o mecánico: nuestra naturaleza humana recibe el don de la vida eterna y la naturaleza de la resurrección en base a la intensidad del esfuerzo, del deseo y de la voluntad expresada por la entereza del alma, del corazón y de la mente.

El primer soplo, al momento de la creación física, fue recibido sin ninguna respuesta de la voluntad humana: es dado en general y así la vida humana se vuelve la posesión legítima de todos cuantos tienen un cuerpo. El segundo soplo, en el momento de la creación espiritual, fue recibido en la alegría solo por los discípulos entre miles y miles de personas de la raza humana. Por esto los discípulos son considerados las primicias del Espíritu. Pero notad que el evangelio dice: “Los discípulos se alegraron al ver al Señor” (Jn 20,20). Es la alegría de la fe en la resurrección de Cristo la que ha preparado a los discípulos para recibir el soplo del Espíritu de la resurrección.

Así el Espíritu y la naturaleza de la resurrección no son otorgados en modo genérico a todo hombre, más allá de si lo desea o no. Son aquellos que creen y se alegran por la resurrección de Señor los que son llamados a recibir el Espíritu de la resurrección. La alegría es siempre la demostración más grande de la prontitud de la voluntad, que se saca de la voluntad de resucitar de los muertos o de la voluntad de vivir con Cristo: esta voluntad no es nunca simple deseo, sueño o argumento de meditación, es por el contrario, fatiga, esfuerzo y trabajo concreto. “Si por tanto estáis resucitado con Cristo buscad los bienes de arriba” (Col 3,1)

Siendo así las cosas, nuestras súplicas y fatigas cotidianas y la fuente de nuestra alegría son manifestaciones auténticas de nuestra posición en relación a la resurrección. Esto significa que debemos cada día, o más bien a cada hora, conformar las cosas en la cual nuestra voluntad se alegra en lo que requiere la vida con Cristo, que es vida de resurrección, de modo de poder recibir realmente el soplo del Espíritu Santo en vista a la renovación continua de nuestra naturaleza.

Surge entonces la pregunta: ¿cómo podemos comenzar ya desde ahora a vivir una vida “post-resurrecional”, una vida eterna con Dios, mientras vivimos aún en un cuerpo aplastado por el peso del pecado? ¿No es pues algo cierto e inevitable que la muerte reina sobre el cuerpo a través del pecado?

La respuesta nos viene del evangelio: Cristo, a menudo después de haber soplado el Espíritu de la resurrección sobre sus discípulos llenos de alegría, les dijo: “A quien perdonen los pecados le serán perdonados, a quienes no se los perdonen permanecerán no perdonados”. (Jn 20, 23). Aquí, por primera vez en la historia de la humanidad, el pecado termina bajo el poder del hombre, que estaba en un tiempo caído él mismo bajo el poder del pecado. El soplo del Espíritu conferido por Cristo a sus discípulos tiene aquí claramente el poder de renovar la naturaleza profunda de la humanidad. Somos aquí testigos de una radical y prodigiosa convulsión en la vida del hombre.

Este nuevo poder, que hemos recibido del soplo del Espíritu Santo salido de la boca de Cristo, revela de modo cierto y claro que los discípulos han realmente recibido la resurrección, si bien mística e invisiblemente: en efecto, ¿cómo pueden perdonar los pecados aquellos que están muertos y bajo el poder del pecado? Si los discípulos han recibido el poder de perdonar los pecados de los hombres, esto significa indudablemente que –gracias al soplo del Espíritu Santo recibido de la boca de Cristo- ellos han destruido el poder que el pecado tenía sobre ellos y así han vencido al poder de la misma muerte, es decir han resucitado de los muertos, espiritualmente y sumamente vencedores. Y no es todo: gracias a aquel Espíritu Santo que hace morada en ellos, se vuelven capaces de destruir el poder que el pecado ejerce también sobre otros y, por consecuencia, el poder de la muerte. Lo que significa que gracias a su resurrección en Cristo fueron capaces de comunicar el Espíritu de la resurrección  a cuantos fuesen dignos: “A quien perdonéis los pecados le serán perdonados y a quien no se los perdonéis, permanecerán no perdonados”. (Jn 20, 23)

Podemos así ver que la relación entre el Espíritu de la resurrección y la vida humana más allá del poder del pecado y de la muerte se hace realidad en el misterio del perdón, misterio de extraordinaria profundidad y de gran respeto hacia el hombre. Es el misterio de la vida de Cristo en la obra posterior a su resurrección de los muertos: con su muerte ha vencido a la muerte y ha dado la vida eterna a cuantos estaban en la tumba.

¿Y existe una relación entre el soplo del Espíritu Santo por parte de Cristo sobre los discípulos después de la resurrección y el descenso del Espíritu Santo en el día de Pentecostés? La relación entre los dos eventos es fuertísima y están ligados el uno al otro. El soplo de Cristo sobre los discípulos otorgó a ellos la resurrección y la vida eterna y así la naturaleza humana tuvo acceso al poder de la resurrección de los muertos y se convirtió en morada de la vida eterna. El descenso del Espíritu Santo en Pentecostés comunicó a la naturaleza humana un poder espiritual de lo alto que ligó y unió los unos a todos los otros hombres a través del Espíritu Santo. Esta unidad pudo realizarse mediante una palabra espiritual, un movimiento del corazón, un gesto escondido de servicio, milagros o prodigios, o mediante un ejemplo realmente vivo y patente. El fin completo era formar un organismo humano íntegro, unido a Cristo y por medio de Cristo, por el cual la naturaleza humana podía ser preparada como un todo, como Iglesia, para la vida con Cristo en los cielos.

Así el soplo del Espíritu Santo sobre los discípulos después de la resurrección debía conferir a la naturaleza humana el espíritu y el poder de la resurrección, mientras que el descenso del Espíritu Santo sobre los discípulos después de la ascensión debía comunicar a la humanidad el espíritu y el poder de la ascensión. Este es el motivo por el cual Cristo resucitó de los muertos como primicia y ascendió a los cielos y nos ha precedido penetrando en el santuario celestial. Si en efecto Cristo no hubiera resucitado con nuestro cuerpo, nosotros no habríamos podido resucitar y el hombre no habría podido conocer nada de la vida eterna. Y si Cristo no hubiese también ascendido a los cielos con nuestro cuerpo, no habría sido nunca posible para el hombre ascender a los cielos, aunque hubiese resucitado de los muertos. Así Cristo otorga estos dos poderes, de la resurrección y de la ascensión, a través del Espíritu Santo, que toma lo que es de Cristo y lo da a nosotros (cf. Juan 16, 14). Por esto el apóstol Pablo confirma con certeza que Dios “con él nos ha resucitado y nos ha hecho sentar en los cielos” (Ef 2, 6).

Nosotros hemos ahora resucitado con Cristo y vivimos nuestra resurrección a través del soplo del Espíritu Santo. Si también el Espíritu de Pentecostés ha descendido sobre nosotros, entonces estamos prontos también para nuestro ascensión y nada nos separa del cielo, si no la espera de la venida de Aquel que está ya a la puerta: “Yo volveré y los tomaré conmigo” (Juan 14,3)


P. Matta el Meskin
Comunione nell’ amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
Págs. 221-228

lunes, 6 de mayo de 2013

A los adversarios y denigradores de la “Oración de Jesús”

Paisij Velickovskij




Yo, ceniza y polvo, postrado con toda mi alma y todo mi corazón ante el inaccesible esplendor de la gloria divina, te ruego, oh dulcísimo Jesús, Hijo único y Verbo de Dios, esplendor del Padre soberano y figura de su hipóstasis, tú que has restituido la vista al ciego, disipa las tinieblas de mi corazón, ilumina mis confusos pensamientos, otorga la gracia a mi alma descarriada. Pueda este escrito glorificar tu nombre santísimo y servir a los que quieren unirse a ti, nuestro Dios, en el santo ejercicio de la oración espiritual y llevarte siempre en el corazón, tú que eres la perla inestimable. Puedan ellos también reconducir por el recto camino a la gente sin fe que osa maldecir este santo ejercicio.

¿Qué motivos tenéis pues para calumniar esta oración? ¿Osáis juzgar vana la invocación del Nombre de Jesús? ¿Merece el corazón estos ultrajes, este corazón sobre el cual como sobre un altar nuestro espíritu celebra la gloria de Dios y ofrece el misterio de su sacrificio de alabanza?

¿El espíritu y el corazón no son acaso creados por Dios y cosas buenas en sí mismas, como todo el cuerpo humano? ¿Qué se puede pues reprochar al ser humano que, desde lo profundo de su corazón y con todo su espíritu, eleva su oración al dulcísimo Señor para implorar su gracia? O ¿Despreciáis y rechazáis la oración espiritual porque pensad que Dios no escucha una oración murmurada en el secreto del corazón y le agrada solo la que pronuncia los labios? Si es así, ofendéis a Dios.

¡Y tengo otras preguntas para hacerles! ¿Despreciáis esta oración porque habéis podido constatar una mala influencia? ¿Habéis alguna vez visto o sentido que quien la practica haya sufrido algún daño en la mente o en el alma, o bien haya confundido la ilusión con la verdad, y habéis deducido que la causa de todos estos males era la oración espiritual? En absoluto ha sido así. La santa oración espiritual, aquella que la gracia de Dios hace eficaz, aleja al hombre de las pasiones, lo mantiene en la ferviente fidelidad a los mandamientos de Dios y lo preserva contra todas las flechas y ataques del tentador.

Estoy de acuerdo por cierto que si alguno, por simple capricho rechaza la oración en voz alta, que está recomendada por los santos Padres, y no quiere escuchar el consejo de maestros expertos, éste se arroja a las redes y en las trampas del demonio. ¿Esto equivale tal vez a decir que, en este caso, la oración puede ser puesta en juicio? ¡Lejos de esto! La testarudez, el orgullo y la falta de humildad son más bien las cosas que despliegan las seducciones diabólicas y las ilusiones espirituales de las que algunos son presa.

La divina oración espiritual tiene sus raíces en la palabra misma de nuestro Señor Jesucristo: “Pero tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra detrás de ti la puerta y ora a tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,6).

San Juan Crisóstomo, esta boca de Cristo, este astro del universo, este maestro ecuménico, no ha querido aplicar este texto a la oración de los labios y de la lengua, sino a una oración que sale de lo profundo del corazón.

San Basilio el Grande, esta columna de fuego, este ardiente portavoz del Espíritu Santo, afirma que el hombre posee en su profundidad una boca espiritual que le permite alimentarse de la Palabra divina. San Gregorio el Teólogo, dice de la oración espiritual: “Tu espíritu permanece incesantemente como un templo de Dios porque tú conservas en lo profundo de tu corazón la inmortal presencia del rey divino”.

Es necesario saber que según los escritos de los santos Padres hay dos tipos de oración espiritual: uno para los principiantes, que puede ser comparado a la acción (praxis), y otro para los perfectos, que corresponde a la contemplación (theoria). La primera es inicio, la segunda el punto de llegada, ya que “actuar” significa elevarse para “contemplar”. Justamente en esto está en efecto todo esfuerzo ascético cuando se lucha con la ayuda de Dios: se combate por amor de Dios y del prójimo, por la dulzura, la paciencia y la humildad y para cumplir todas las otras leyes de Dios y de los Padres; se combate por la perfecta obediencia del alma y del cuerpo, por los ayunos, las vigilias, la contrición, las genuflexiones y todas las otras mortificaciones de la carne, por la exacta observancia de las prescripciones respecto al oficio divino y a la oración en la celda, por el ejercicio espiritual de la oración privada, por las lágrimas y la meditación sobre la muerte. Todo esto es una lucha hasta tanto nuestra razón humana sea presa de nuestro caprichos y de nuestras testarudeces. Todo esto, se sabe bien, puede ser llamado “actuar”, “acción”, praxis. Pero “ver” y “contemplar”, todo esto todavía no lo es.

Cuando, sin embargo, con la ayuda de Dios, a través de este combate y sobre todo con gran humildad, el hombre ha llegado a lavar su alma y su corazón de toda impureza espiritual y de los placeres de la carne, entonces interviene la gracia divina, nuestra madre común: ella ilumina nuestra razón, la toma de la mano como la madre lo hace con su niño, la hace ascender escalón por escalón y le revela, según el grado de su pureza, los misterios indecibles e insondables de Dios. Esta es la verdadera visión, la contemplación (theoria).

La oración contemplativa –la “oración pura” de Isaac el Sirio- mirada respetuosa sobre Dios mismo: he aquí lo que es. Que nadie vaya a aventurarse en esta contemplación con sus propias fuerzas o con su propia cabeza, sin que Dios lo visite y lo guíe con su gracia. “Si, no obstante esto, alguno tuviese la pretensión de elevarse sin la luz de la gracia divina, sabed que, dice san Gregorio el Sinaíta, sus visiones son sólo quimeras proyectadas en él por el engaño del maligno”.

Es necesario también saber que Gregorio el Sinaíta ha distinguido ocho tipos de contemplaciones. “Podemos contar, dice, ocho principales objetos de contemplación. Primero: Dios, la Causa invisible, eterna e increada de todas las cosas, la unidad de la Trinidad en tres personas y la Divinidad sobrenatural. Segundo: el orden y la jerarquía de las potencias espirituales. Tercero: el plan divino de la creación. Cuarto: la encarnación del Verbo de Dios. Quinto: la resurrección del universo. Sexto: la segunda y terrible venida de Cristo. Séptimo: las penas eternas. Octavo: el reino de los cielos y su infinita eternidad”.

Se sabe bien también que la santa acción de la oración espiritual ha representado la constante ocupación de nuestros Padres colmados de Dios y que esta ha iluminado como el sol la vida de los monjes: sobre el Sinaí, en el desierto de Escete, sobre el monte de Nitria, en Jerusalén y en nuestro monasterios: en una palabra, en todo el Oriente; en Constantinopla, sobre la santa Montaña del Athos, sobre las islas y, en tiempos más recientes, por gracia de Cristo, también en toda Rusia. Nuestros Padres, ebrios de Dios, todos ardientes del fuego seráfico del amor de Dios y del prójimo, han tenido el privilegio de volverse, gracias a este espiritual recogimiento, fidelísimos custodios de los mandamientos de Dios y vasos del Espíritu Santo. Estos en efecto habiendo purificado su corazón y su alma y borrado en sí mismo los defectos del hombre viejo. En una santa exaltación y ya que el Espíritu comunicaba a ellos la sabiduría, a propósito de la oración espiritual han escrito páginas todas inspiradas del Antiguo y Nuevo Testamento. Era el designio de la Providencia que la santa ocupación de ellos no cayese luego en el olvido. Entre las filas de los verdaderos creyentes ninguno ha jamás denigrado esta práctica espiritual, esta vigilancia del paraíso del corazón. Se la ha siempre estimado, respetado como portadora en sí misma del más alto provecho espiritual.

Pero Satanás, artífice de toda malicia, enemigo de toda buena acción, se ha dado cuenta de que esta ocupación espiritual permitía a los monjes permanecer a los pies de Cristo en el amor  y de progresar en la perfección con una fidelidad siempre más total a los mandamientos divinos. Ha usado entonces todos sus artificios para desacreditar a los ojos de los hombres esta actividad tan saludable para el alma y extirparla para  siempre de la tierra. Así el Maligno ha reclutado en las tierras de Italia, al heresiarca Barlaam, la víbora calabresa, y encerrándose en él con todo su poder maléfico, le ha inspirado venir a difamar nuestra fe ortodoxa.

El mismo Señor Jesucristo, desde los orígenes de la fe ortodoxa y hasta nuestros días, ha sido piedra de tropiezo para los incrédulos y salvación del alma para los creyentes. Lo mismo sucede con la oración de Jesús: si bien, ha sido una piedra de tropiezo y una ocasión de escándalo para algunos fieles y algunos escépticos, ninguno sin embargo, antes de este heresiarca, osó denigrar dicha ascesis y criticar a quienes la practican.

Barlaam, este reptil salido del infierno, se ha ido pues de Calabria a Grecia y ha puesto su primera residencia en Tesalónica, no lejos del monte Athos. Justo aquí, entre los monjes aghioritas, escuchó hablar de la santa oración espiritual. Entonces, apoyado en su gran saber filosófico y en sus conocimientos astrológicos, comenzó a destilar su veneno contra los monjes, contra la oración, contra la misma Iglesia de Dios y su doctrina. Y sobre la luz divina de Cristo, el esplendor increado y eterno que en el monte Tabor ha resplandecido sobre sus santos discípulos y apóstoles, éste afirmó que fuese creada.

Junto a su discípulo Akindin hizo el mismo discurso a propósito de los otros atributos divinos, los cuales por esencia y naturaleza, pertenecen a la única y misma esencia de la santa Trinidad, así como a los rayos, el esplendor y la luz con propios del sol. Tales atributos son: la eficiencia, el poder, la gracia, la luz y el esplendor, los dones, las perfecciones y todo lo que en Dios no se puede medir ni numerar. A todos los cristianos ortodoxos los cuales confiesan que en Dios no puede haber nada creado y que en él todo es increado y eternamente existente, los han considerado como adoradores de dos o más dioses, pero en realidad ellos eran de los sin Dios.

Por esto los Padres aghioritas de la santa Montaña del Athos se han reunido en un concilio local. Han declarado anatema las calumnias de Barlaam, después que estos han rechazado todas las exhortaciones orales y escritas que han sido hechas. Más tarde, los cuatros grandes concilios realizados en Constantinopla en la iglesia de la divina Sabiduría (Haghia Sofia), extendieron el anatema a todos los herejes y a sus seguidores. A los primeros dos de estos concilios había asistido Gregorio Pálamas, cuando era aún un simple monje. Estuvo también presente en el tercer concilio en su calidad de obispo de Tesalónica. En cuanto al cuarto concilio, tuvo lugar sólo después de su muerte. En todas estas asambleas, la Iglesia pronunció el anatema contra todos los herejes que rechazaron hacer penitencia y abjurar de sus errores, mientras los monjes del Athos fueron alabados por toda la Iglesia por la pureza de su fe, reconocida exenta de todo error, difamación o mentira. Así la oración de Jesús, pronunciada no sólo con los labios, sino desde el fondo del corazón iluminado por la razón, fue sustraída de los golpes de los herejes y glorificada por toda nuestra santa Iglesia como una obra divina.

Y ahora, les ruego y ruego también a Dios: frecuenten con un santo ardor, con una fe a toda prueba los escritos de los Padres y las enseñanzas que os han entregado. Esta enseñanza está acorde con la Sagrada Escritura, con las declaraciones de los Doctores ecuménicos de la Iglesia y con la santa Iglesia misma, ya que en todas estas fuentes de verdad, quien actúa es siempre el Espíritu. Y el Espíritu es quien instruye a los Padres, nuestros maestros en la vida monástica. Y ya qué la fidelidad de ellos ha sido agradable a Dios, los misterios del reino de Dios les han sido revelados. Dios les ha revelado el sentido profundo de la Sagrada Escritura y por esto los escritos de los Padres contienen la verdadera enseñanza para los monjes que quieren asegurar su salvación. Permanezcan firmemente adheridos a esta enseñanza, y manteneos lejos de toda controversia y huid de toda discusión cuando los detractores de la oración espiritual quieran ganarlos para su causa. Ni ellos, ni otros en efecto pueden presentar un solo testimonio a favor de su falsa sabiduría. No pueden fundarla más que sobre una razón impía y extraviada.

En cuanto a vosotros que sostenéis la verdad, como fieles y sinceros hijos de la Iglesia ortodoxa de Dios, construida sobre la roca firme de la fe. No les faltan en efecto testimonios para la auténtica observancia de los mandamientos de Dios y para la práctica de la santa oración de Jesús: están todos nuestros santos ebrios de Dios que puedo citarles aquí…. Seguid bien sus santas enseñanzas. Esforzaos con el cuerpo y con el alma por practicar todas las obras buenas y agradables a Dios. Haced esto que podéis con la ayuda de la gracia de Dios. Amén

Paisij Velickovskij


Extraído de Igor Smolitsch,
Santidad y oración.
Ed. Gribaudi

Publicado por Esicasmo.it