Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 14 de mayo de 2013

La Ascensión


P. Matta el Meskin



Alegrémonos en la fiesta de la Ascensión en la cual Cristo nos ha hecho sentar con él en los cielos y ha preparado para nosotros la feliz morada que nos prometió, a la derecha del [Trono] en lo alto de los cielos, a fin de que en él fuésemos para siempre reconciliados con el Padre y custodiados por la gracia y por la misericordia del Altísimo. Distinto del primer Adán que permaneció en un paraíso de árboles y frutos y era visitado por Dios de cuando en cuando, nosotros en nuestro amado Redentor –el segundo Adán- permanecemos siempre con Dios. Incluso aunque ahora estemos en el exilio de nuestra morada celestial, incluso si sufrimos un poco de modo que nuestra fe pueda recibir la justificación y nosotros podamos ser dignos de esta espléndida herencia, vivamos por medio de la fe, como si estuviésemos constantemente sentados en los cielos. Vivamos llenos de la esperanza puesta en nosotros por Cristo y colmados del amor que cambia el dolor en alegría y lo invisible en visible, a través de los ojos del corazón. Así nosotros esperamos con paciencia y agradecimiento el día de la reunificación, cuando gozaremos al ver el rostro del Amado, Cristo, del cual no seremos jamás privados.

Esta era también la alegría de Cristo, antes de subir al Padre: don por el cual oró (cf. Juan 17), a fin de que pudiésemos estar donde él mora para siempre y pudiésemos contemplar su gloria y vivir en ella. Después de la ascensión de Cristo esta gloria se ha vuelto una realidad viva, como atestigua el mártir Esteban, que mientras abandonaba su tienda terrena, sus ojos contemplaron, en la certeza de la fe y de la visión, el lugar preparado para él por Cristo, una morada asombrosa, no hecha por manos de hombre, establecida para siempre en los cielos: el cuerpo de Cristo que todo encierra.

Ahora nosotros comemos su cuerpo y bebemos su sangre con ojos cerrados: no podemos ver el esplendor de su cuerpo ni la gloria de su sangre sin ser aterrados, sin caer rostro en tierra y permanecer mudos al recibir el terrible carbón ardiente de la divinidad. Pero ¿Por qué nunca podemos vernos a nosotros mismos unidos a este cuerpo en la luz plena de la divinidad? ¿Por qué nunca podemos ver la sangre de Cristo que se difunde en nosotros y nos transmite al Espíritu divino derramándolo en nuestro ser, y así poder convertirnos en un reino de sacerdotes para Dios su Padre y reinar con él en la herencia de la ilimitada calidad de los hijos del único Padre?

El apóstol Pablo nos incita con una insistencia espiritual comprensible sólo por quien ha sido iniciado por el Espíritu en los secretos de la divina presencia: “Si estáis resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde se encuentra Cristo” (Col 3, 1). Por tanto, la resurrección por sí sola no es suficiente. Después de la resurrección está la gloria de la vida en presencia de Dios, donde Cristo se ha sentado con nosotros a la derecha del Padre, a disposición de aquellos que lo aman y que no pueden soportar vivir sin él.

En cualquier lugar donde se encuentre Cristo, también nosotros tenemos el derecho de estar. Esta petición está dentro de la naturaleza misma del pedido y de la complacencia de Cristo. Hemos en efecto obtenido este derecho en virtud de nuestra humanidad con la cual Cristo se ha unido con gusto y con amor, prometiendo no abandonarla ni olvidarla ni siquiera por un instante, ni siquiera por un solo cerrar de ojos.

Buscar las cosas de arriba donde se encuentra Cristo significa buscar permanecer constantemente en la presencia de Dios: esto se ha vuelto para nosotros un derecho eterno en Cristo, derecho que ahora invocamos con insistencia y con lágrimas. Una vez que lo hayamos poseído no puede sernos quitado, porque es la herencia reservada para nosotros en el cielo, que no disminuye por nuestra enfermedad ni se desvanece con el venir a menos de nuestro ser carnal.

La relación entre la humanidad y el Espíritu vivificante se ha hecho posible gracias al sacrificio redentor de Cristo: “Es bueno para vosotros que yo me vaya… cuando me haya ido les enviaré [al Consolador]” (Juan 16,7). “Él me glorificará, porque tomará de lo mío y se los anunciará” (Juan 16,14). Por esto la gloria de la cruz y de la sangre derramada es la posesión de la santa Trinidad en su totalidad: posesión del Padre que acepta el sacrificio del Hijo y lo glorifica (“Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío”. Juan 17, 10), posesión del Espíritu Santo que mora en el Padre y por esto posee todo lo que pertenece al Padre, incluso el sacrificio y la gloria del Hijo.

Vivir en la presencia de Dios, conscientes de la unión con Cristo que él ha libremente realizado en nosotros y para nosotros, es el secreto de la felicidad otorgada por Cristo en medio de los sufrimientos del mundo y a pesar de la impotencia de la humanidad y su trágico fracaso. Esta conciencia nos da una paz interior que supera la inteligencia con todas sus ansias y sus debilidades.

Pero este sentimiento de estar en la presencia de Dios no es simple alegría de la cual gozar. Por el contrario, es oración con todo su celo, su quietud y su sobriedad: es la oración perfecta en la cual el cuerpo encuentra reposo, el alma encuentra paz y el Espíritu se alegra en el recuerdo de la Trinidad, en la glorificación del Padre, en la repetición del nombre del Salvador, en la invocación incesante del Espíritu Santo, con la esperanza y la audacia que derivan de la cruz y de la sangre derramada.

Estamos obligados a gemir en nosotros mismos con motivo del peso de la carne: esta es como una tienda lacerada por fuertes vientos y nosotros anhelamos  revestirnos del hábito celeste. Pero esto no es posible, mientras no nos despojemos antes del hombre viejo para revestirnos de Cristo y permanecer en él sin temor: lo que es corruptible en efecto no puede heredar la incorruptibilidad. Por esto nuestras oraciones permanecerán mezcladas con lágrimas, y nuestra alegría de permanecer en la presencia divina será atravesada por gemidos de aflicción a causa de nuestra incapacidad de llevar aquí y ahora el hábito celestial. Pero nosotros sabemos por fe que, como hemos llevado el hábito terreno, así llevaremos el celestial y no seremos jamás encontrados privados de la gracia divina: él que nos ha creado es el mismo que nos ha recreado y preparado para una renovación en la plenitud de la santidad y de la justicia de Dios.

Debemos por tanto admitir nuestra atroz miseria, incluso si nos ha sido entregada y transmitida toda la riqueza de la herencia del Hijo. Este mundo de falsedad y de engaño no reserva riquezas para nosotros: aquí no está la ciudad permanente para nosotros, ni una morada estable, no está el honor, ni la fama, ni la verdadera consolación para nosotros. Estamos, en cambio, en búsqueda del mundo por venir, donde no hay engaño, ni sombra, ni cambio. En esta línea Pablo nos impulsa a “buscar las cosas de arriba”. ¿Cómo puede un hombre buscar aquellas cosas si desea cosas que están sobre esta tierra y todavía codicia lo que están en las manos y sobre la boca de los otros? O nosotros aceptamos las cosas más terrenas porque son nuestra alegría, nuestra consolación y nuestra gloria, o bien rechazamos lo que es de abajo a favor de las cosas de arriba, para gloria de Dios.

Los que buscan y codician honores sobre esta tierra no tendrán más el poder de la fe en las cosas de lo alto para ser capaces de buscarlas; los que buscan lo que está sobre la tierra no pueden buscar lo que está en los cielos. Cuantos no se consagran en verdad a buscar las realidades celestiales son privados de la gloria de la ascensión y pierden los frutos de la cruz y de la resurrección. Cristo en efecto ha soportado el sufrimiento, los padecimientos y la crucifixión por amor de la alegría puesta ante él: la alegría de la gran reconciliación definitiva acontecida cuando él ofreció al Padre la humanidad junto a sí mismo –una humanidad redimida, justificada, purificada y lavada en su sangre- y la hizo sentar junto a sí a la derecha del Padre.

Así como los padecimientos de la cruz fueron coronados con la resurrección, así la resurrección fue coronada con la ascensión y con el sentarse a la derecha del Padre. En la ascensión por tanto está inserto el misterio de la extrema resistencia de todo sufrimiento, incluso el de la muerte.  Y en el sentarse en los cielos junto a Cristo está la suma esperanza, la máxima alegría y el objetivo último de la creación entera, de la antigua como de la nueva.



P. Matta el Meskin
Comunione nell’ amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Págs. 229-233


domingo, 12 de mayo de 2013

Juan Pablo II, Ángelus del 4 de noviembre de 1996




Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Durante los días pasados la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los fieles difuntos nos han hecho sentir la íntima comunión que nos une a nuestros hermanos que ya han entrado en la eternidad. Ahora experimentan profundamente a Dios, cantan su misericordia y celebran su amor. La liturgia que celebramos en la tierra es participación misteriosa en esa liturgia celestial.

El sentido de la liturgia es particularmente vivo entre nuestros hermanos orientales. Para ellos la liturgia es verdaderamente el «cielo en la tierra» (Orientale lumen, 11). Es la síntesis de toda la experiencia de fe. Es una experiencia profunda, que abarca a la persona humana en su totalidad, tanto espiritual como corporal. En la acción sagrada todo tiende a expresar «la divina armonía y el modelo de la humanidad transfigurada» (ib.): las formas del templo, los sonidos, los colores, las luces y los perfumes. Incluso la larga duración de las celebraciones y las continuas invocaciones expresan un progresivo ensimismarse de la persona en el misterio celebrado (cf. ib.).

La atención especial que los orientales dedican a la belleza de las formas también está al servicio del misterio. Según la Crónica de Kiev, san Vladimiro se convirtió a la fe cristiana también por la belleza del culto que realizaban las Iglesias de Constantinopla. Un autor oriental ha escrito que la liturgia es «la puerta regia a través de la cual se ha de pasar», si se quiere captar el espíritu del Oriente cristiano» (cf. P. Evdokimov, La oración de la Iglesia oriental).

2. Pero la oración, tanto en Oriente como en Occidente, tiene muchas otras expresiones, además de la litúrgica. Con una predilección especial, los autores espirituales sugieren la oración del corazón, que consiste en saber escuchar la voz del Espíritu en un silencio profundo y acogedor.

Particularmente estimada es la llamada oración de Jesús, divulgada también en Occidente por el texto conocido como «Los relatos de un peregrino ruso». Se trata de la invocación «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mi pecador». Repetida frecuentemente, con estas palabras u otras parecidas, esa densa invocación se convierte en una especie de respiración del alma. Así, el hombre siente más fácilmente la presencia del Salvador en todo lo que encuentra, y experimenta que Dios lo ama, a pesar de sus debilidades. Aunque la rece en la intimidad, tiene una misteriosa irradiación comunitaria. Esa «breve oración», decían los padres, es un gran tesoro y une a todos los que oran ante el rostro de Cristo.

3. Dejémonos guiar por los santos, venerados con igual amor tanto en Oriente como en Occidente, a redescubrir el valor de la oración. Que nuestra maestra sea, sobre todo, la Virgen María. Su Magníficat nos ayuda a penetrar de alguna manera en la singular liturgia que ella celebró, adorando al Verbo hecho carne en su seno. Que ella nos guíe a las profundidades de la oración cristiana, para que nuestra vida llegue a ser una perenne liturgia de alabanza.


Juan Pablo II

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana
Publicado en: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/angelus/1996/documents/hf_jp-ii_ang_19961103_sp.html


Juan Pablo II, Ángelus del 29 de septiembre de 1996.




Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Cierto extravío de la cultura humanística ha llevado a numerosos hombres y mujeres de nuestro tiempo a alejarse de Dios. Pero con el ocaso de las ideologías se ha visto con toda su dramática claridad que, cuando el hombre es huérfano de Dios, pierde también el sentido de su existencia y, en cierto modo, es huérfano de sí mismo.

¿Quién es el hombre? El cristianismo, en su doble tradición occidental y oriental, siempre ha considerado seriamente este interrogante. De él ha nacido una antropología profunda y armónica, basada en el principio de que hay que buscar la verdad última del ser humano en aquel que lo ha creado.

La espiritualidad oriental da una contribución específica al conocimiento auténtico del hombre, insistiendo en la perspectiva del «corazón». Los cristianos de Oriente suelen distinguir tres tipos de conocimiento. El primero se limita al hombre en su estructura bio-psíquica. El segundo pertenece al ámbito de la vida moral. Pero el grado más alto del conocimiento de sí se alcanza en la «contemplación», a través de la cual, entrando profundamente en sí mismo, el hombre se reconoce como imagen divina y, purificándose del pecado, se encuentra con el Dios vivo, hasta transformarse él mismo en «divino» por el don de la gracia.

2. Éste es el conocimiento del corazón. Aquí «corazón» indica mucho más que una facultad humana, como es, por ejemplo, la afectividad. Se trata, más bien, del principio de unidad de la persona, como «lugar interior» en el que la persona se recoge completamente para vivir en el conocimiento y en el amor del Señor. A esto se refieren los autores orientales cuando invitan a «bajar de la cabeza al corazón». No basta conocer las cosas, no basta pensarlas, sino que es preciso que se transformen en vida.

Este importante mensaje vale no sólo para la experiencia específicamente religiosa, sino también para la vida humana en su conjunto. La cultura científica que domina hoy pone a disposición de todos nosotros una cantidad enorme de informaciones; pero, se constata todos los días que eso no basta para un camino auténtico de humanización. Hoy, más que nunca, tenemos necesidad de redescubrir las dimensiones del «corazón», tenemos necesidad de más corazón. Una confrontación renovada con las perspectivas cristianas, en su peculiar riqueza oriental y occidental, brinda aquí una aportación de gran valor.

3. Amadísimos hermanos y hermanas, dejémonos guiar por María santísima para descubrirnos a nosotros mismos cada vez más profundamente. Para subrayar la actitud meditativa de la Virgen con respecto a los acontecimientos de su vida, el Evangelio dice que María «conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2, 51).

Que la Madre de Dios nos enseñe el camino que, desde la superficie de nuestro ser, nos lleva hacia nuestra intimidad, en el sagrario misterioso donde es posible estar cara a cara con Dios, que nos acoge y nos ama.


 Juan Pablo II

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana
Publicado en: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/angelus/1996/documents/hf_jp-ii_ang_19960929_sp.html

Juan Pablo II, Ángelus del 15 de septiembre de 1996.




Amadísimos hermanos y hermanas:

1. La difusión del ateísmo es uno de «los problemas más graves de esta época» (Gaudium et spes, 19). Pero el mismo Concilio, al hacer esta dura afirmación, advirtió que a veces el ateísmo, más que rechazo de Dios, es rechazo de una falsa imagen suya. Los que han recibido la gracia de la fe tienen el deber de dar un testimonio luminoso y creíble de ella, manifestando el rostro auténtico de Dios y de la religión (ib.).

El Oriente y el Occidente cristiano coinciden en considerar que, si Dios permite que lo conozcamos, de algún modo, por el camino de la inteligencia, mucho más aún nos sale al encuentro por el camino del amor. La espiritualidad oriental, en particular, subraya que nuestros pensamientos y nuestras palabras nunca podrán «capturar», por decirlo así, el misterio de Dios. Ante él no puede darse más que la adoración silenciosa. Sin embargo, por otra parte, Dios mismo se ha entregado a su criatura a través de su Hijo hecho hombre y del Espíritu Santo que actúa en los corazones. En Cristo, Dios salió de su silencio, revelándose como unidad de tres Personas divinas y llamándonos a una íntima comunión con él.

2. El cristianismo, como se ve, antes que ser una doctrina, es un «acontecimiento», más aún, una Persona: es Jesús de Nazaret. Él es el centro de la fe cristiana. Para gozar de su intimidad, legiones de santos, de monjes y de ascetas lo han abandonado todo. Pero a Cristo se le puede encontrar también por las sendas del mundo. El gran Dostoievski, en una de sus cartas, recordando la incredulidad y la duda que marcaron tantos momentos de su vida, brinda este conmovedor testimonio: «En esos momentos compuse un credo: creer que no hay nada más hermoso, más profundo, más amable, más razonable y más perfecto que Cristo, y que no sólo no hay nada, sino que —me lo digo con un amor celoso— no se puede tener nada» (Carta a la señora Von Visine, 20 de febrero de 1854). A su vez, un pensador ruso reciente, Semen Frank, reflexionando sobre el enigma del dolor, escribe: «La idea de un Dios que vino al mundo, que sufre voluntariamente y participa en los sufrimientos humanos y cósmicos, la idea de un Dios-hombre que sufre, es la única teodicea posible, la única justificación convincente de Dios». (Dieu est avec nous, París 1955, p. 195).

Éste es el anuncio que, al acercarse el tercer milenio, están llamados a proclamar cada vez con más armonía los cristianos de Occidente y de Oriente. Deseo repetir una vez más, como escribí en la carta apostólica Orientale lumen: «Que no se desvirtúe la cruz de Cristo, porque, si se desvirtúa la cruz de Cristo, el hombre pierde sus raíces y sus perspectivas: queda destruido. Éste es el grito al final del siglo veinte. Es el grito de Roma, el grito de Constantinopla y el grito de Moscú. Es el grito de toda la cristiandad: de América, de África, de Asia, de todos. Es el grito de la nueva evangelización» (n. 3).

3. La Virgen santísima, cuya íntima participación en la cruz de su Hijo la Iglesia recuerda precisamente hoy, nos ayude a cultivar un amor cada vez más personal, profundo y coherente a Jesucristo. Nuestro anuncio de él no debe reducirse a palabras vacías. Deben ser palabras llenas de vida, palabras de hombres y mujeres profundamente transformados, porque han recibido la gracia de una esperanza que no defrauda, y dan razón de ella viviendo en el amor a Dios y a los hermanos.


 Juan Pablo II

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana
Publicado en: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/angelus/1996/documents/hf_jp-ii_ang_19960915_sp.html

Juan Pablo II, Ángelus del 8 de septiembre de 1996



Castelgandolfo


 Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Entre las señales de esperanza de nuestro tiempo, tan rico en luces y sombras, está ciertamente la nueva exigencia de espiritualidad, que se siente a pesar del avanzado proceso de secularización. El hombre se da cuenta de que no bastan la ciencia, la técnica y el bienestar económico. Los bienes que produce la civilización industrial pueden hacernos más cómoda la vida, pero no satisfacen las necesidades del corazón. En cierto sentido, la televisión y la informática nos meten el mundo en casa, pero esto no siempre implica profundidad y serenidad en las relaciones humanas.

En este marco, numerosas personas sienten urgente necesidad de volver a las raíces, un deseo intimo de silencio, de contemplación y de búsqueda de lo absoluto. Entre tantas palabras, a menudo engañosas y vacías, se busca una palabra de vida.

A esa necesidad el cristianismo da siempre una respuesta que brota de la revelación bíblica y está avalada por la experiencia de innumerables santos. Deseo destacar hoy la aportación que brinda el cristianismo oriental, cuya espiritualidad merece ser conocida cada vez mejor no sólo en sus rasgos más externos, sino sobre todo en sus motivaciones profundas.

2. Los Padres de Oriente parten de la conciencia de que el auténtico compromiso espiritual no se reduce a un encuentro consigo mismo, a una recuperación de interioridad, aunque sea necesaria, sino que debe ser un camino de escucha dócil del Espíritu Santo. En realidad —afirman—, el hombre no llega a su plenitud si se cierra al Espíritu Santo. San Ireneo, obispo de Lyon, que por sus orígenes y su formación se puede considerar un puente entre Oriente y Occidente, aseguraba que el hombre está formado por tres elementos: el cuerpo, el alma y el Espíritu Santo (cf.Adversus haereses, 5, 9, 1-2). Ciertamente, no quería confundir al hombre con Dios, pero le urgía subrayar que el hombre sólo alcanza su plenitud cuando se abre a Dios. Para Afraates el sirio, que recoge el pensamiento de san Pablo, el Espíritu de Dios se nos comunica de un modo tan íntimo, que casi se convierte en parte de nuestro «yo» (cf. Demonstrationes 6, 14). Al mismo tiempo, un autor espiritual ruso, Teófanes el recluso, llega a llamar al Espíritu Santo «el alma del alma humana» y afirma que la finalidad de la vida espiritual es una «progresiva espiritualización del alma y del cuerpo» (cf. Cartas sobre la vida espiritual).

El verdadero enemigo de esta elevación interior es el pecado. Es preciso vencerlo para dejar lugar al Espíritu de Dios. En él, por decir así, se transfigura no sólo el hombre, sino también el mismo cosmos. Se trata de un camino difícil, pero la meta es una gran experiencia de libertad.

3. Elevemos la mirada a María, cuya Natividad celebramos hoy con alegría. La Virgen es imagen ejemplar de criatura habitada por el Espíritu Santo. Ella lo acogió con prontitud en la Anunciación y así se convirtió en Madre del Redentor. Luego lo recibió en Pentecostés, junto con los Apóstoles, en medio de los cuales estaba como Madre de la Iglesia. Que ella suscite ahora en cada uno de nosotros un gran deseo de vida espiritual, ayudándonos a desarrollar esta dimensión fundamental de nuestro corazón con plena docilidad al Espíritu de Dios.


Juan Pablo II

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana
Publicado en: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/angelus/1996/documents/hf_jp-ii_ang_19960908_sp.html

Juan Pablo II, 1 de septiembre de 1996.




Queridísimos hermanos y hermanas:

1. El cristianismo ha marcado profundamente no sólo la vida espiritual de la humanidad, sino también la cultura de los pueblos. El viaje que el viernes y el sábado próximos haré a Hungría para conmemorar el milenio de la célebre abadía benedictina de Pannonhalma, pondrá de relieve también la gran síntesis de fe y cultura que se da en ese centro prestigioso del monaquismo occidental en los confines con el cristianismo oriental.

Al Oriente cristiano la humanidad debe inmensos tesoros. Yo deseo rendir homenaje aquí a su cultura rica y multiforme, que brilla en la arquitectura monumental de Constantinopla, Moscú, San Petersburgo y otras muchas ciudades. Es cultura que se refleja también en los magníficos mosaicos, en las cúpulas doradas, en los iconos ricos de misterio, en las mismas ceremonias litúrgicas, tan solemnes y majestuosas. El arte religioso de Oriente testimonia el esplendor de Cristo, tanto cuando lo presenta en la imponente figura del Pantocrátor, como cuando lo muestra en la silenciosa comunión de la intimidad divina, como se trasluce, por ejemplo, en el delicado icono de la Trinidad de Andrej Rublëv.

2. La cultura del Oriente cristiano ha producido también sólidas expresiones literarias, contribuyendo notablemente a la elevación de la conciencia de la humanidad, incluso en nuestro tiempo. Quiero poner un ejemplo, que llevo en mi corazón: el de Vladimir Soloviev. Para él, el fundamento mismo de la cultura es el reconocimiento de la existencia incondicional del otro. De ahí deriva su rechazo de un universalismo cultural de tipo monolítico, incapaz de respetar y acoger las múltiples expresiones de la civilización. Fue coherente con esta visión incluso cuando se hizo ardiente y apasionado profeta del ecumenismo, prodigándose en favor de la reunificación entre la ortodoxia y el catolicismo.

¿Y cómo olvidar a Fiodor Dostoievski, uno de los mayores escritores de todos los tiempos? Su mirada de creyente penetra las profundidades del espíritu humano, describiendo la gran aventura de la libertad, en sus infinitos recorridos, a la luz de la convicción de que Cristo es el secreto de la verdadera libertad. En el fondo de su visión humana y cristiana toca cuerdas verdaderamente universales, manifestando un conocimiento íntimo del hombre y una gran ansia por su destino. El alma profunda de su pensamiento es el amor a Cristo. En él ve la fuente de la belleza, la belleza sin ocaso, la belleza «que salva al mundo». Por esto se entristece profundamente —baste recordar la célebre «Leyenda del gran Inquisidor»— cuando observa que los hombres, a veces incluso los creyentes, tienen miedo de Cristo, de la verdadera libertad que él vino a traer.

3. Oremos a la Virgen santísima para que nos ayude a encarnar profundamente el cristianismo en la cultura. Como dijo Pablo VI, la ruptura entre Evangelio y cultura es el drama de nuestro tiempo (cf. Evangelii nuntiandi20). Redescubriendo las grandes riquezas culturales del Oriente cristiano, en un nuevo diálogo de comunión, el testimonio cristiano podrá respirar, también a este nivel, con dos «pulmones», ofreciendo nuestra obligada contribución para el futuro de la humanidad.


 Juan Pablo II

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana
Publicado en: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/angelus/1996/documents/hf_jp-ii_ang_19960901_sp.html

Juan Pablo II, Ángelus del 25 de agosto de 1996.




Queridísimos hermanos y hermanas:

1. Durante dos mil años de historia, no pocas veces se ha pedido a los cristianos la prueba suprema del martirio. Permanecen vivos en la memoria sobre todo los mártires de la primera era cristiana. Pero también en los siglos sucesivos han sido muchos los que, en circunstancias diversas, han derramado la sangre por Cristo, tanto en Oriente como en Occidente. La división, que desgraciadamente se produjo entre las Iglesias, no hace menos precioso su sacrificio.

A los mártires se dirige con especial intensidad la veneración del pueblo de Dios, que ve representada al vivo en ellos la pasión de Cristo. En este sentido es emblemática la historia de los santos Boris y Gleb, que se remonta a los albores del cristianismo eslavo del reino de Kiev. Se trata de dos hijos del primer príncipe cristiano, san Vladimiro, que al morir su padre fueron asesinados por su hermano usurpador. La fe del pueblo vinculó inmediatamente esa sangre derramada a la de Jesucristo, y Boris y Gleb fueron llamados strastoterpcy, «los que sufren la pasión». Una narración de finales del siglo XI cita esta conmovedora oración de Boris antes de morir: «Gloria a ti, pródigo Dador de vida, que te has dignado hacerme partícipe de la pasión de los santos mártires (...). Tú sabes, Señor, que no ofrezco resistencia (...). Pero tú, Señor, mira y juzga entre mi hermano y yo; no le imputes este pecado y recibe mi alma en paz».

¡Qué oración tan admirable! Es el rostro de una humanidad hecha icono del rostro sufriente de Cristo.

2. Y ¿qué decir de la gran experiencia de martirio que ortodoxos y católicos han vivido juntos durante este siglo en los países del Este europeo? Muchos testigos valientes del Evangelio, perseguidos por un implacable poder ateo, han «completado» en su carne la pasión de Cristo (cf.Col 1, 24). Verdaderos mártires del siglo XX, son luz para la Iglesia y la humanidad: «Los cristianos de Europa y del mundo, arrodillados en oración junto a los confines de los campos de concentración y de las cárceles, deben agradecerles su luz: era la luz de Cristo, que ellos hacían resplandecer en las tinieblas» (Carta apostólica con ocasión del IV centenario de la Unión de Brest, 12 de noviembre de 1995, n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 24 de noviembre de 1995, p. 7).

La sangre de los mártires —decía Tertuliano— es semilla de nuevos cristianos. Es también linfa de unidad para la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Si al final del segundo milenio, ésta «ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires» (Tertio millennio adveniente, 37), podemos esperar que su testimonio, recogido con cuidado en los nuevos martirologios, y sobre todo su intercesión, aceleren el tiempo de la plena comunión entre los cristianos de todas las confesiones, y en especial entre las veneradas Iglesias ortodoxas y la Sede apostólica.

3. La Virgen santísima, Reina de los mártires, nos obtenga la fuerza interior de los mártires de todos los tiempos, a fin de que podamos ofrecer a Cristo un testimonio claro de vida. Martirio significa precisamente testimonio. Todo cristiano, sin excepción, está llamado a darlo, viviendo en la santidad de la vida diaria, siempre dispuesto a «dar razón de la esperanza» (1 P 3, 15) que hay en él. Que este testimonio se haga más vigoroso gracias al hecho de ser ofrecido juntamente por todos los discípulos de Cristo, unidos en un solo, corazón y un alma sola.


 Juan Pablo II

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana
http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/angelus/1996/documents/hf_jp-ii_ang_19960825_sp.html

Juan Pablo II, Ángelus del 18 de agosto de 1996.





Queridos hermanos y hermanas:

1. En los santos resplandece de modo especial la luz de Cristo, que ilumina el rostro de la Iglesia (cf. Lumen gentium, 1). Su veneración es un puente que une vitalmente a las Iglesias de Oriente y Occidente, favoreciendo el intercambio de los dones espirituales y el camino hacia la plena unidad.

Además, en el amor a la santísima Virgen, se diría que los cristianos occidentales y orientales compiten, reconociendo en María a la Madre del Redentor y de la Iglesia, la síntesis y culminación de las maravillas realizadas por Dios en favor del hombre. Precisamente estos días hemos celebrado su Asunción al cielo. En Oriente, donde esta solemnidad se llama también «Dormición» de María, se trata de la máxima fiesta mariana, para la cual los fieles se preparan con ocho días o más de ayuno y oración.

En efecto, en la Asunción de María emerge un aspecto de la visión cristiana, que la tradición oriental subraya justamente: si toda persona humana ha sido hecha a imagen y semejanza de Dios, María, llena de gracia, es la que más se asemeja. En ella se realiza plenamente el designio de Dios que quiere elevar al hombre a la altura de su vida trinitaria. María ha sido elevada a la plenitud de la visión de Dios. Y ello no sólo porque ha dado su carne al Verbo de Dios, como verdadera Madre, sino sobre todo porque lo custodia para siempre en su corazón, como está espléndidamente representado en el icono Znamenie. El conocido himno akathistos a la Madre de Dios presenta a María como «compendio de las verdades de Cristo».

2. Los santos son, junto con María, el gran tesoro de la Iglesia en Oriente y en Occidente. Son el esplendor de la Redención obrada por Cristo. Su muerte es recordada como nacimiento para el cielo, y cada día la liturgia conmemora a algunos. Muchos de ellos son comunes a ambas tradiciones, especialmente los de la época bíblica y los de los primeros siglos cristianos. A ellos están dedicados infinidades de expresiones de alabanza. El arte los hace objeto de espléndidas representaciones. El pueblo los siente como patronos y modelos de vida.

Si se compara la liturgia oriental con la occidental, se encuentra una evidente complementariedad. También en este campo es preciso conocerse y apreciarse más.
A este propósito me complace recordar el caso de san Gregorio Magno: el gran Papa, que había sido apocrisiario en Constantinopla, comprendió su ministerio de Sucesor de Pedro como el de «siervo de los siervos de Dios». Fue apreciado por los cristianos de Oriente y éstos lo recuerdan con el singular epíteto de Gregorio el Diálogo. Expresión sugestiva, que al mismo tiempo que evoca una famosa obra del gran Pontífice, suena también como inspiradora de un programa de santidad y de ministerio, en el que el decidido servicio a la verdad camine siempre al mismo paso que la capacidad de escucha y la viva búsqueda de la comunión entre los hermanos.

3. Confiamos a la intercesión de María el camino ecuménico en el que los cristianos están empeñados y al que el concilio Vaticano II ha dado un impulso decisivo. Si nos volvemos al pasado bajo la mirada de la Madre común y a la luz de los santos, será más fácil construir un futuro de santidad y, con él, un futuro de unidad. Sombras, incluso graves, no han faltado desgraciadamente en la historia de las relaciones entre Oriente y Occidente. Pero ahora más que nunca hay que mirar adelante, mientras se acerca a grandes pasos el tercer milenio. Que María santísima, modelo de la Iglesia, icono viviente de su misterio, guíe y sostenga nuestros pasos.

 Juan Pablo II

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana
http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/angelus/1996/documents/hf_jp-ii_ang_19960818_sp.html