Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 18 de julio de 2013

La oración pura

Archimandrita Sofronio




La enseñanza del staretz Silouan del Monte Athos.

Toda la vida del staretz Silouan del Monte Athos fue oración. Él oraba incesantemente durante la jornada, cambiando según las circunstancias el método de oración.

Tenía también el don de la más excelsa forma de oración, la de los hesicastas (la oración del corazón), a la cual consagraba sobre todo las horas nocturnas, cuando reinaba el silencio total y la oscuridad favorables a esta oración.

Los diversos métodos o formas de oración forman parte, normalmente, del núcleo central del ascetismo. También para el Staretz asumían ese mismo significado. Nos detendremos un poco sobre esto.


Los tres métodos de oración

La oración es la creación suprema, la creación por excelencia y por esto presenta una infinita variedad de formas. Sin embargo, es posible considerar un cierto número de métodos de oración, como hicieron los Padres de la Iglesia, según la tensión o actitud interior de las principales facultades espirituales del hombre.

Estos métodos corresponden a las etapas del desarrollo natural del espíritu humano, es decir:

- el impulso de la mente hacia el exterior.
- su retorno a sí misma.
- su ascenso a Dios a través del hombre interior.

Este orden ternario ha servido a los Padres como base para definir tres métodos de oración:

- el primero está caracterizado por la imaginación, ya que la mente no tiene aún la capacidad de elevarse directamente a la pura contemplación.
- el segundo está caracterizado por la meditación.
- el tercero por la inmersión en la contemplación.

Para los Padres, solo el tercer método es el correcto y fecundo, pero tienen conciencia que a causa de la impotencia humana el hombre no logra dominar la oración pura cuando se encamina por la vía que conduce a Dios, juzgando entonces naturales y útiles, en un primer momento, los dos primeros métodos.

Sin embargo, ellos precisan que si el hombre se limitase al primer método cultivándolo continuamente, su oración no permanecería solo estéril, sino que podría generar también en profundos trastornos espirituales.

En cuanto al segundo método, si bien superior al primero, también este es poco fructuoso: no arranca al hombre de la continua lucha contra los pensamientos que lo asaltan, no lo libera de las pasiones y con mayor razón no le da la posibilidad de acceder a la contemplación pura.

El tercer método, el más perfecto, es el permanecer de la mente en el corazón donde, desde lo profundo de su ser es liberado de toda imagen, el hombre está ante Dios en una oración pura.

El primer método de oración no ayuda al hombre a salir del extravío que le es connatural. Mantiene al espíritu en un mundo ilusorio, bajo el dominio del sueño, semejante a aquello de la “poética creatural”. Lo divino, la realidad espiritual en general, se presenta con diversas características imaginativas y la vida humana concreta se impregna también ella, poco a poco, de aquellos elementos que provienen de la esfera imaginativa.

El segundo método, hace que el corazón y la mente se abran de par en par y por tanto que puedan entrar todas las cosas que son extrañas a él. En este punto el hombre se encuentra constantemente expuesto a diversas influencias extrañas que no comprende con exactitud su naturaleza e ignorando completamente el modo en el cual surgen en él estos pensamientos y estas luchas, se muestra impotente para resistir como conviene el ataque de las pasiones. Sin embargo, durante esta oración, el hombre a veces recibe la gracia para acceder a un estado espiritual favorable, pero su disposición interior, que es imperfecta, le impide permanecer en él.

Satisfecho por algunos conocimientos espirituales adquiridos y por su conducta relativamente correcta, se deja arrastrar por la teología especulativa, pero en la medida en que progresa por este camino, la lucha interior, con las sutiles pasiones del alma –vanidad y orgullo-, se complica y poco a poco la gracia se aleja de él de modo perceptible.

El desarrollo de este método de oración, caracterizado por la concentración de la atención en el cerebelo se encuentra, por consiguiente, al mismo nivel que el de las contemplaciones “filosóficas”, las cuales reconducen al intelecto a la esfera de los conceptos abstractos y de la imaginación. El aspecto conceptual y abstracto de la actividad imaginativa es sin duda menos primitivo y menos opaco, por consiguiente menos lejano a la verdad que el primero [método].

El tercer método de oración une el intelecto al corazón. Esta unión es generalmente el estado natural de la vida religiosa, estado deseado, buscado y recibido de lo alto. Cuando ora con atención, “desde lo profundo del corazón”, el creyente conoce este estado y lo percibe aún más cuando la compunción y la dulce presencia del amor de Dios se adueñan de él. Durante la oración las lágrimas de compunción son señal segura de la fusión del corazón y de la mente, un signo de que la oración ha llegado al primer lugar y al grado más elevado de su ascenso hacia Dios. Por este motivo, los ascetas tienen una gran estima por las lágrimas. Pero hablando ahora del tercer método de oración, debemos considerar algo aún más grande y es que la inteligencia, mediante la atención, se une a la oración y permanece en el corazón.

El efecto que distingue este desarrollo y esta interiorización del intelecto, consiste en la cesación de la actividad imaginativa y en la liberación de la mente de toda imagen que se haya introducido. Solo entonces el intelecto se vuelve todo ojo y todo oído, ve y escucha cada pensamiento que nace del exterior aún antes que entre en el corazón.

El intelecto en oración no impide solo a los pensamientos entrar en el corazón,  sino que los “rechaza” y de ese modo se pone al reparo de todo “vínculo” con ellos. Se llega así a detener el generarse de toda pasión desde su primer estadio, es decir cuando está recién germinando.

  
Archimandrita Sofronio.

martes, 16 de julio de 2013

El otro, el mismo.

P. Diego de Jesús



Cristo es el centro de nuestra Fe. Y el centro de este Cristo es un apretado nudo —ñudo dirá la Santa— que nadie sabría cómo desatar (ni da igual, como en el caso del gordiano, cortarlo que desatarlo, según el simplismo alejandrino). Ese nudo es la unión sin confusión de las dos naturas —la divina y la humana— en la constitución misma de Nuestro Señor.

En otro centro —otro y el mismo— se da otro nudo —otro y el mismo— no pocas veces cortado de un bruto espadazo en pos de conquistar el Misterio. Y es de tipo moral: ¿hay que amar a Dios o al prójimo? A ambos, de acuerdo… pero ¿primero a Dios y luego al prójimo?; más a Dios y un poco menos al prójimo?; da igual?; no importa el orden?, sí importa?, hay correlatividad, cuál es la secuencia?

El Evangelio de hoy (Lc X, 25-37) ofrece una magnífica solución al asunto: ni cortar ni desatar; el secreto del nudo está en asumirlo —muy apretado— como tal.

El preguntón tramposo intenta la zancadilla: ¿quién es mi prójimo? Al Señor —esta vez— no le importa la mala intención. Pudiendo espetarle un “entonces yo tampoco te responderé”, como hiciera otras veces, se esmera en alumbrar la aporía, pues sabe que, más allá de la zancadilla, el nudo es real. Pero no responde de forma abstracta, bajo definiciones de diccionario: “prójimo, dícese de aquella persona que…”. No. Ni de

forma hiperconcreta, por singulares, por casuismo: “prójimo: es fulano, mengano y sotano”. Ni conceptos universales y abstractos ni singulares individuales… ni —como ya dijimos— el redondo ninguneo de la pregunta.

La opción del Maestro es sorprendente. Su respuesta es un “había una vez”, es un cuento, un relato, una saga. Donde ocurren cosas y hay personajes… pero al no ser una novela, ni un relato histórico, sino un exquisito mito, todo lo que ocurre dentro del relato pierde la gravedad sublunar y danza mágicamente sobre un registro de consistencia —de pondus, digamos— que sólo se da dentro del presurizado relato. Pues los personajes mutan e intercambian su identidad como en los mejores sueños.

La respuesta del Señor en definitiva se abrevia así: Yo soy la respuesta. No sólo tengo la respuesta; soy la respuesta. Pues en Mí se aúna y anuda el amor a Dios y el amor al hombre. No son dos mandatos. Es Uno solo, como el Padre y Yo somos Uno, como Ustedes son Uno conmigo. Amarme a Mí es concentrar el doble mandamiento del amor en su inefable unidad. Pues yo soy el Dios verdadero y soy tu prójimo más próximo. Yo soy el Extranjero Más-Allá-de-todo y soy más íntimo a ti que tú mismo. En Mí, amen a Dios y al prójimo, unidos (ambos mandatos) sin mezcla ni confusión, diferenciados, sin división.

Pero el Señor no lo dice así: lo cuenta en el famoso relato que es cuento veraz y respuesta rotunda. Y observen entonces de qué modo mágico y exquisito va mutando la identidad de los personajes a medida que avanza la saga: había una vez un Hombre, un hijo de Hombre. Que desciende. El verbo empleado ya es muy sugestivo… muy crístico. Desciende desde las alturas de la Ciudad de Dios, desde el hontanar de la Sión divina. Se anonada rumbo a los bajos más pantanosos, que eso es Jericó (ciudad antiquísima, situada a 240 metros bajo el nivel del mar). ¡Es Cristo! Y el oyente del relato no puede evitar “percibirlo” —¡cuánto más si el relator es Él mismo!—. Cristo atacado, lastimado, mal herido por la malicia de los hombres. Y fuera de la ciudad queda agonizante, pendiendo entre la vida y la muerte. Los hombres todos pasan de largo sin atenderlo: vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Quien logró meterse en la saga a fondo, se encuentra realísimamente ante “este Cristo muy llagado” —al decir de Teresa— que yace en agonía hasta el fin de los tiempos, a la vera de nuestros caminos, buscando consoladores sin hallarlos.

Pero el relato avanza.

Y tras el sacerdote y el levita, muy gradualmente va asomándose a la escena un nuevo personaje, bajando por el mismo sendero. Lento en el alba, diría Borges del Alquimista. Se trata de un extranjero, nos avisa el Relator. Pero, vaya sorpresa y emoción cuando, a medida que se va acercando al centro de los hechos empezamos a notar… ¡que otra vez es Cristo mismo! ¡Son sus atávicos rasgos, es su géstica, su modo de viandar los polvorientos senderos palestinos… ¡es el Señor! gritaría Juan desde la barca.

Y sí, es Él, el Buen Samaritano. No en vano la Literatura (y la mística) cristianas lo han llamado “El Extranjero”, como uno de sus Nombres más propios: el totalmente Otro, el venido de otro mundo. Se detiene, se inclina, colma de luz con su solo mirar el hondón de cada llaga, de cada trauma (como dice el griego), de cada hombre lacerado por el pecado y el abandono. Él es el Filántropo, como le canta tanto el Oriente cristiano. Y el Compasivo. Nos es a todos conocida la imagen de este Cristo Médico, que con el aceite y el vino de los Sacramentos sana y redime al hombre herido.

Pero cuando el divino Relator avanza en su narración con los detalles mismos con que el Extranjero cuida del malherido, vendando las heridas, echando vino en el abierto cáliz de esas Llagas… pues —como en los mejores sueños, insistamos— vuelve a mutar la identidad y Aquel que recibe el Élaion —que es aceite pero también piedad (Eleison)— es Cristo mismo en su perpetua Pasión y Agonía. Y el inclinado sobre el Siervo Sufriente vuelve a ser el Cireneo, la Verónica, la Magdalena, la Madre, el Centurión… y el amor sincero del cristiano piadoso que ya no sabe cuál de ambos mandamientos está “cumpliendo” inclinado —¿en adoración?, ¿en auxilio?— sobre este Cuerpo y esta Sangre, sobre este Cordero degollado-pero-vivo, presente en todos los Sagrarios y leprosarios que jalonan el itinerario de Jerusalén a Jericó.

Y el Cireneo carga al hombro la Cruz de nuestro Señor, y Cristo carga a sus hombros a la agónica oveja y llegan a la Posada y —¡nuevamente!— el Posadero es Cristo mismo, Cabeza de su Iglesia, que en sus ministros y bautizados todos cuida, atiende, cobija, vela por cada hombre que llega a su Refugio malherido. Yo soy Sacerdote y Templo; Yo soy Posada y Posadero. ¿Y de quién, sino de Cristo, puede ser la sólita expresión “cuando vuelva”? El Peregrino extranjero retornará; y cuánto gusta en avisarlo de mil modos, en cientos de registros… Volverá y pagará a los ayudantes de la posada todo lo gastado en su Nombre.

Volvamos ahora al afuera del Relato; salgamos de su clima y gravitación propias. Allí está Jesús, cerca de Betania, afrontando la pregunta, la aporía, la inquietud cristiana de dos mil años: ¿cómo conciliar el doble mandamiento del amor? ¿Dónde se cruzan los maderos de la Cruz? ¿Hay un dónde, hay un quién, hay un cómo que ofrezca genuinamente la densidad completa de ambos mandatos?

Sí —responde límpido el Señor. En Mí. Mío es el oro, el inmutable oro: en el arco, en el brazo y en la flecha. Yo soy la Llaga y el cauterio suave. Mía la herida y su medicina. Soy la endíadis de todo lo divino y todo lo humano.

Desde este “en Mí”, desde esta Vida “en Cristo”, el nudo de su doble natura ha mudado a ser el nudo de la doble caridad que hace factible la inverosímil Religión donde piedad y solidaridad se han inmixiados —si me permiten el neologismo eucarístico— para siempre. Desde entonces, el Único es el otro, y el otro, el mismo Único. En el astro y en el lodo, el mismo y solo Oro. Desde entonces, adorar el Santísimo es el acto de mayor fraternidad humana, es la acción social más eficaz; y la delicada inclinación sobre la cama de hospital del moribundo, un acto de latría, una Liturgia ante el Dios Viviente. Un culto a la sinestesia, si se quiere. Una vindicación al hipostasiado oxímoron, hecho un Tú fiel e inalterable.

Tan Uno es este Cristo hecho mandato, que el Cielo prometido y el infierno tan temido no varían ni un ápice en lo que abordan: su Rostro —incesante, intacto, incorruptible—: infierno para los réprobos, Paraíso para los elegidos. Dios Único y Comunión de Hermanos. Y retumbará desde los angélicos coros, cual litúrgica cadencia, ante las eternas Bodas del Herido Samaritano: que el hombre no separe lo que Dios ha unido.


Diego de Jesús
14.VII. 2013