Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 6 de septiembre de 2013

El fuego del Espíritu y la oración del corazón

Teófano el Recluso


La oración de Jesús y el calor que la acompaña.

Orar consiste en permanecer espiritualmente frente a Dios en nuestro corazón, en la glorificación, en el agradecimiento, en la súplica y en el arrepentimiento: todo esto de modo espiritual. La raíz de toda oración es el temor de Dios: de éste nace la fe en Dios, la sumisión a Él, la esperanza en Él y la unión a Él con un sentimiento de amor, olvidando todas las cosas materiales. Cuando la oración es eficaz, todos estos sentimientos y movimientos espirituales están presentes en el corazón con todo su vigor.

¿Cómo puede ayudarnos en esto la oración de Jesús? A través de la sensación de calor que se desarrolla en el corazón y alrededor de él, como efecto de esta oración. El hábito de la oración no se viene improvisadamente, sino que requiere un largo trabajo y una paciente fatiga.

La oración de Jesús, y el calor que le acompaña, son la mejor ayuda para que surja este hábito de la oración. Hay que tener cuidado, sin embargo, en que estos son medios, no lo esencial. Es posible que existan tanto la oración de Jesús como la sensación de calor sin que sea una verdadera oración. Esto es realmente posible, por más extraño que pueda parecer.

Cuando oramos debemos tener la mente frente a Dios y pensar únicamente en Él. Pero los otros pensamientos continúan haciéndose camino en la mente y la distraen de Dios. Para enseñar a la mente a permanecer concentrada sobre una cosa, los santos Padres usaban breves oraciones y tenían el hábito de recitarlas incesantemente. Esta repetición  incesante de una breve oración, fija la mente en el pensamiento de Dios y dispersa todos los pensamientos inútiles. Los Padres usaban diversas oraciones breves, pero la oración de Jesús se ha consolidado especialmente y es ciertamente la más usada.

¿Qué es la oración de Jesús? La oración de Jesús es una de las tantas oraciones breves, vocal como las otras. Su objetivo es de concentrar la mente únicamente en el pensamiento de Dios. Cualquiera que haya tomado el hábito de recitar esta oración, y la usa correctamente, conserva efectivamente la “memoria” incesante de Dios.

Ya que el recuerdo de Dios en un corazón sinceramente creyente es acompañado espontáneamente por un sentido de piedad, esperanza, agradecimiento, abandono a la voluntad de Dios y por otros sentimientos espirituales, la Oración de Jesús, que provoca y conserva este recuerdo de Dios, es llamada oración espiritual. Es llamada correctamente así sólo cuando está acompañada de estos sentimientos espirituales, de otro modo permanece como una oración vocal igual a las otras de su mismo tipo.

Esto con respecto a la Oración de Jesús. Veamos ahora qué significa el calor que acompaña la práctica de la Oración.

Para concentrar la mente sobre una sola cosa mediante el uso de una oración breve, es necesario prestar atención de hacer descender la mente en el corazón: mientras la mente permanezca en la cabeza, donde los pensamientos son una muchedumbre, no tiene tiempo de concentrarse en una única cosa. Pero cuando la atención desciende al corazón, ésta atrae consigo todas las fuerzas del alma y del cuerpo. Este concentrarse de toda la vida humana en un solo punto se refleja inmediatamente en el corazón a través de una sensación particular que es el preludio del calor que llegará de improviso. Esta sensación, al principio tenue, se vuelve cada vez más fuerte, más firme, más profunda, la tibieza del inicio se transforma poco a poco en una sensación de calor que concentra la atención sobre uno mismo. Así, mientras que en las fases iniciales la atención es mantenida en el corazón por un esfuerzo de voluntad, con el paso del tiempo esta atención, su fuerza intrínseca, da origen al calor en el corazón. Este calor contiene la atención sin esfuerzos particulares: por esto estas dos cosas se sostienen juntas y no deben de ser separadas. La dispersión de la atención en efecto enfría el calor y este enfriarse debilita la atención. Se deduce de aquí una regla de vida espiritual: “Si conservas tu corazón ante Dios, te acordarás constantemente de Dios”. Esta regla es de Juan Clímaco.

Aquí surge la pregunta si este calor es o no espiritual. No, no es espiritual, es un calor normal, físico. Pero porque que mantiene la atención de la mente en el corazón y de este modo favorece el desarrollo de los movimientos espirituales descriptos antes, es llamado espiritual, siempre con la condición de que no sea acompañado de un placer sensual, aunque sea pequeño, sino que mantenga el alma y el cuerpo en sobriedad. Podemos entonces decir que cuando el calor que acompaña a la Oración de Jesús no incluye sentimientos espirituales, no debe ser llamado espiritual: es sólo un calor sanguíneo. No hay nada de malo en sí con este calor sanguíneo, a menos que no esté conectado a un placer sensual, ni siquiera pequeño. En este último caso, en cambio, es algo peligroso y tiene que ser eliminado.

Las cosas comienzan a ir mal cuando el calor desciende a partes del cuerpo más bajas que el corazón. Y empeora aún más cuando, gozando de este calor, nos imaginamos que esto es lo más importante y no nos preocupamos más de los sentimientos espirituales ni del recuerdo de Dios, sino sólo que el corazón tenga este calor. Esta actitud equivocada puede a veces suceder, si bien no a todos y no siempre. Debe ser notado rápidamente y corregido porque sino de este modo permanecerá sólo el calor físico que no debemos considerar como algo espiritual o debido a la gracia. Este calor es espiritual sólo cuando está acompañado por el ímpetu espiritual de la oración. Si alguien lo llama espiritual cuando no hay movimiento se equivoca, y lo hace aún más quien se imagina que es debido a la gracia.

El calor que deriva de la gracia es de una naturaleza particular y es el único realmente espiritual. Es distinto del calor de la carne y no produce ningún cambio significativo en el cuerpo, sino que se manifiesta con un sutil sentimiento de dulzura. Cada uno puede reconocer y distinguir el calor espiritual en base a esta sensación particular. Cada uno debe hacerlo por su cuenta, no hay necesidad de otros para hacer esto.


Un corazón ardiente

¿Cómo hicieron nuestros ascetas, nuestros Padres y maestros para encender interiormente el espíritu de oración y permanecer firmes en él? Su objetivo fundamental fue el de volver al corazón incesantemente ardiente de amor exclusivo para el Señor. Dios reclama para sí el corazón porque en éste está la fuente de vida. Donde está el corazón, allí está también la consciencia, la atención, la mente: está el alma entera. Cuando el corazón está en Dios, entonces el alma entera está en Dios y el hombre permanece incesantemente en adoración a Dios en espíritu y en verdad.

Algunos llegan rápido y fácilmente a este estado esencial: ¡a tanto llega la misericordia de Dios! El temor de Dios les ha sacudido profundamente, su consciencia ha sido rápidamente estimulada con gran fuerza, el celo ha sido encendido rápidamente en ellos y les ha hecho caminar puros y sin mancha a los ojos del Señor: ¡su ardor en el agradar a Dios ha transformado velozmente la pequeña llama en un fuego crepitante! Ellos son almas seráficas, ardientes, rápidas en sus movimientos, activísimas.

Para otros en cambio todo se arrastra lentamente. Quizás son indolentes por naturaleza o quizás las intenciones de Dios sobre ellos son distintas, pero su corazón se calienta lentamente. Cumplen todas las prácticas de piedad y exteriormente su vida parece ser recta, pero no todo funciona bien porque el corazón está privado de lo que debería contener. Esto puede suceder no sólo a los laicos, sino también a quien vive en los monasterios e incluso a los eremitas.


¿Cómo encender una llama perenne en el corazón?

Te explicaré ahora cómo encender una llama perenne en el corazón.

Recordad cómo podemos obtener el calor en el mundo físico: frotamos dos pedazos de leños, uno contra otro, y se desprende calor, y luego produce fuego; o bien, dejamos un objeto al sol y éste se calienta y, si concentramos los rayos sobre éste, termina encendiéndose. El método para dar vida al calor espiritual es exactamente el mismo: el frotamiento necesario está representado por la lucha y por la tensión de la vida ascética, mientras la oración interior dirigida a Dios representa la exposición a los rayos del sol.

El fuego en el corazón puede ser encendido por la disciplina ascética, pero este esfuerzo por sí sólo no inflama velozmente el corazón. Hay muchos obstáculos por el camino, por esto, desde los tiempos más antiguos, algunos hombres llenos de celo por la salvación y maduros en la vida espiritual –movidos por la inspiración divina y sin faltarles la lucha ascética- han descubierto otro modo de calentar el corazón y nos han transmitido sus experiencias. Este método parece muy simple, pero en realidad no llega a entenderse sino con dificultad. El atajo para llegar a nuestro objetivo es la práctica de la oración interior a nuestro Señor y Salvador, dirigida a Él con todo el corazón.

Este es el modo en el cual debe ser recitada:

Permanece con la mente y la atención en el corazón, con la certeza de que el Señor está cerca de ti y te escucha, e invócalo con fervor: ‘Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador’. Haz esto en todo momento: en la iglesia, en la casa, mientras viajas, mientras trabajas, en la mesa, en la cama, en conclusión, desde el momento en el cual abres los ojos hasta cuando los cierres.

Haciendo esto será exactamente como si pusieses un objeto al sol, porque esta oración significa permanecer ante el rostro del Señor, que es el Sol del mundo espiritual. Desde el comienzo deberás fijar un momento preciso, a la tarde y a la mañana, para dedicar a esta oración. Luego verás que la oración comenzará a traer frutos, mientras se adueña de tu corazón y se arraiga profundamente en él.

Si observas todo esto con celo, sin pereza y omisiones, el Señor dirigirá su mirada misericordiosa sobre ti y encenderá una llama en tu corazón: esta llama testimonia con certeza el despertar de la vida espiritual en las partes más íntimas de tu ser, es la prueba segura de que el Señor reina en ti.

El carácter distintivo de esta situación en la cual el Reino de Dios se revela en nosotros o en el cual el fuego espiritual perenne se enciende en el corazón – que es lo mismo- es que toda tu persona se concentra sobre la vida interior. La consciencia entera  se recoge en el corazón y permanece ante el rostro del Señor: nosotros revelamos ante él todos nuestros sentimientos y caemos a sus pies con humilde arrepentimiento, prontos a consagrar toda nuestra vida al servicio sólo de Él. El alma permanece en esta situación día a día, desde el momento en el cual nos despertamos hasta cuando el sueño cierra nuevamente nuestros ojos, pasando a través de todas las actividades y las ocupaciones del día. Cuando se establece una disciplina semejante, el desorden, que reinaba en el alma hasta aquel momento, desaparece.

La sensación de incompletud y de insatisfacción que nos turbaba antes que fuese encendido en nuestros corazones el fuego espiritual, el irrefrenable vagabundeo de los pensamientos al cual estábamos sujetos: todo esto ahora desaparece. La atmosfera del alma es ahora clara y despejada de nubes: permanece un único pensamiento y un único recuerdo, el de Dios. Hay claridad en nosotros y fuera de nosotros y gracias a esta claridad podemos notar todos los movimientos y los podemos juzgar en base a sus méritos en la luz espiritual que proviene del Señor, objeto de nuestra contemplación. Todo pensamiento o sentimiento malvado que asalta al corazón encuentra una firme oposición, apenas se acerca es rechazado. Si algo malo se insinúa en nosotros a pesar nuestro, es rápidamente confesado humildemente al Señor y purificado mediante el arrepentimiento interior, o la confesión exterior, de modo que la conciencia permanece siempre limpia frente al Señor.  Como recompensa por esta lucha interior, nos es concedida la audacia de acercarnos a Dios en la oración que arde incesantemente en el corazón. El calor permanente de la oración es la verdadera respiración de esta vida, así como el progreso en nuestro camino espiritual termina apenas desaparece este calor, justamente como la vida del cuerpo termina apenas cesa la respiración natural.


La transfiguración del alma y del cuerpo obrada por el fuego divino.

No pretendo que todo sea realizado apenas lleguemos al estado de comunión consciente con Dios. Este es sólo el fundamento echado para un paso posterior, para un nuevo capítulo en nuestra vida cristiana. Desde este momento tiene inicio la transfiguración o espiritualización del alma y del cuerpo, mientras nosotros participamos siempre más en el espíritu de vida que está en Jesucristo.

Habiendo adquirido dominio de sí, el hombre comienza a hacer entrar en sí todo lo que es verdadero, santo y puro y a sacar fuera todo lo que es falso, malvado y carnal. Hasta ahora había hecho esfuerzos enormes por lograrlo, pero luego era hurtado el fruto de sus esfuerzos en cada momento de la jornada: todo aquello que había logrado obtener era inmediatamente destruido. Ahora todo es distinto: el hombre permanece firmemente parado sin ceder mínimamente frente a las dificultades y se comporta coherentemente en aquello que es el objetivo de su vida.

Según San Barsanufio, cuando recibimos en el corazón el fuego que el Señor ha venido a traer sobre la tierra (Lc 12, 49), todas las dificultades humanas comienzan a arder en nosotros. Cuando, después de un continuo frotar, el fuego finalmente se enciende y los pedazos de leños comienzan a arder, estos crujen y echan humo hasta que no son encendidos completamente. Pero cuando están completamente en llamas parecen invadidos por el fuego y producen una luz y un calor agradable, sin más humo ni crujidos. Lo mismo sucede con los hombres: reciben el fuego y comienzan a quemar y sólo quien lo ha experimentado puede decir cuánto humo y cuántos crujidos hay. Pero cuando el fuego ha encendido perfectamente, entonces el humo y el ruido cesan y reina únicamente la luz. Esta es una condición de pureza, y el camino para alcanzarlo es muy largo, pero el Señor es misericordioso y omnipotente.

De todo esto aparece evidente que cuando un hombre ha alcanzado el fuego de la comunión consciente con Dios, lo que le espera no es la paz, sino un gran trabajo. Pero de ahora en adelante encontrará el trabajo liviano y lleno de frutos, mientras que antes el trabajo era arduo y estéril.


Desorden interior y luz interior.

El problema que mayormente agobia al buscador de Dios es el desorden interior en los pensamientos y en los deseos: todos sus esfuerzos intentan encontrar el modo de eliminar este desorden. Hay un solo modo para lograrlo: obtener el sentimiento espiritual, es decir, el calor del corazón unido al recuerdo de Dios.

Apenas este calor se haya encendido, tus pensamientos se calmarán, la atmósfera interior se volverá limpia, los movimientos del alma, tanto buenos como malos, te aparecerán claros desde su nacimiento y tendrás así el poder de alejar rápidamente a los malos. Esta luz interior se extiende también a las cosas externas y hace nítida la diferencia entre lo justo y lo equivocado, dándote la fuerza de perseverar en lo que es justo, a pesar de todos los obstáculos. En pocas palabras, empieza ahora la auténtica vida espiritual activa, la cual antes habías continuamente buscado y que si se te había aparecido lo había hecho sólo de modo esporádico.

Aquel deseo de Dios del cual he hablado antes traerá también calor, pero es un calor momentáneo, que termina con el fin del deseo. En cambio, el calor que se desprende ahora en el corazón, permanece establemente y mantiene la atención de la mente siempre fija en el corazón.

Cuando la mente está en el corazón, tenemos aquella unión de mente y corazón que representa la reintegración de nuestro organismo espiritual.


El fuego interior perenne y la venida del Señor al corazón.

El Señor vendrá para difundir su luz sobre tu comprensión, para purificar tus emociones, para guiar tus acciones. Sentirás en ti mismo una fuerza que antes ignorabas que existía. Esta luz llegará: imperceptible a los sentidos y  a la vista, invisible y espiritual, pero eficaz como ninguna otra. El síntoma de su venida es el surgimiento de un fuego constante en el corazón: cuando la mente permanezca en el corazón, este fuego perenne le infunde el recuerdo de Dios y tú adquieres el poder de permanecer en el interior de ti mismo  y por esto todas tus potencialidades interiores se vuelven realidad. Acepta todo lo que es agradable a Dios y rechaza lo que es malvado. Realiza tus acciones con plena conciencia de la voluntad de Dios a su mirada. Obtén la fuerza de gobernar el curso entero de tu vida, tanto interior como exterior, y adquiere el dominio de ti mismo. El hombre es generalmente más pasivo que activo. Cuando experimenta conscientemente la venida de Dios en su corazón alcanza la libertad de acción. Entonces se cumple la promesa: “Si pues el Hijo os hace libres, seréis libres verdaderamente” (Jn 8, 36). El Señor te trae todo esto y no algo completamente desconocido.


No busques medir tus progresos.

El calor del corazón es algo bueno que debe ser cuidado y mantenido. Si se debilita, debes continuamente reavivarlo, recogiéndote interiormente e invocando a Dios. Para evitar que este calor te abandone, debes desterrar la distracción del pensamiento y las impresiones que te vienen de los sentidos, todas cosas incompatibles con este estado de ánimo. Evita el apego del corazón a cualquier cosa visible o el absorbimiento de la atención en algunas preocupaciones mundanas. Tu atención a Dios sea  inquebrantable y la tensión de tu cuerpo no sea jamás relajada, como la cuerda de un arco o como un soldado durante un desfile. Pero lo más importante es rogar a Dios y pedirle que prolongue este don misericordioso del calor del corazón.

Si te viene a la mente la pregunta “¿Habré llegado?”, adopta como regla de una vez por todas la de sacar sin piedad todas las preguntas de este tipo apenas se te presenten. Estas provienen del adversario: si demoras para dar una respuesta, el adversario pronunciará sin demora la respuesta: “¡Sí, has llegado! ¡Lo has hecho muy bien!” Desde aquel preciso instante comienzas a crecer en soberbia, a alimentar ilusiones sobre ti mismo y a pensar que los otros son buenos para nada. La gracia desaparecerá, y el adversario te hará creer que aún la posees: así creerás poseer algo, mientras que en realidad no tendrás absolutamente nada. Los santos Padres han escrito: “No te evalúes”. Si crees poder responder a alguna pregunta respecto a tus progresos significa que estás empezando a medirte para ver cuánto has crecido. Te suplico evitar esto como evitarías al fuego.


Dos tipos de calor

El calor verdadero es un don de Dios, y hay también un calor natural que es fruto de nuestros esfuerzos y de las actitudes pasajeras. Ambos se distancian como el cielo de la tierra. Al comienzo no se puede saber con claridad de qué tipo de calor se trata: esto se manifiesta solamente más tarde.

Me dices que los pensamientos te cansan, que no te permiten permanecer firmemente ante Dios: este es un signo de que tú calor no proviene de Dios sino de ti mismo. Los primeros frutos del calor de Dios es la unión de todos los pensamientos en uno solo y su incesante concentración en Dios. Piensa en la mujer [del evangelio] a la cual se le freno imprevistamente el flujo de sangre: de igual modo, cuando recibes el calor de Dios, el flujo de tus pensamientos se frena.

¿Qué es necesario hacer entonces? Conserva igual el calor natural, pero no le atribuyas ningún valor y considéralo solo una especie de preparación del calor de Dios. Luego, sufriendo por la escasa resonancia que tiene en tu corazón el calor divino, ora incesantemente y con gemidos: “¡Sé misericordioso! ¡No quites de mí tu rostro! ¡Haz resplandecer tu rostro sobre mí!” Al mismo tiempo, aumenta las prácticas ascéticas, reduciendo el alimento y el sueño y aumentando el trabajo. Finalmente, entrega todo en las manos de Dios.


Calor físico, calor lujurioso y calor espiritual

Según Speransky, los que tienen celo por la vida espiritual empiezan con la invocación: “¡Señor, ten piedad!”, pero pronto superan esta fase. También nosotros hemos experimentado esto. La llama, una vez encendida, quema por sí sola y nadie sabe de qué se alimenta. Aquí está el misterio. Sólo en el momento en el cual volvemos a nosotros mismos, encontramos nuevamente la invocación: “¡Señor, ten piedad!”, en nuestros pensamientos. Las palabras de esta oración son: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí”, o bien, “Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí”.

La llama de la cual hablo no se enciende inmediatamente, sino sólo después de muchos trabajos, cuando surge en el corazón cierto calor, que aumente siempre más y que quema siempre más intensamente durante la oración interior. La oración al Señor, ofrecida desde lo profundo, genera calor espiritual. Los Padres hacen una clara distinción entre tres tipos de calor:

1. el calor físico: el cual es bueno y es el resultado de la concentración de nuestras facultades en las regiones del corazón mediante la atención y el esfuerzo.

2. el calor lujurioso y carnal,  producido en nosotros por el adversario.

3. el calor espiritual, sobrio y puro. Éste último es de dos tipos: natural, fruto de la unión entre la mente y el corazón, o don de la gracia.

La experiencia nos enseña cómo distinguir estos distintos tipos. El último está lleno de dulzura y por esto deseamos conservarlo, sea por motivo de la dulzura en sí misma, sea porque lleva a la justa armonía a todo lo interior. Pero quien se esfuerce por mantener y aumentar este calor únicamente por motivo de su dulzura, dará vida en sí mismo a una especie de hedonismo espiritual. Por esto, los que son sobrios, no prestan atención a esta dulzura, sino que buscan sólo estar firmemente arraigados ante el Señor, entregándose completamente a Él y confiándose en sus manos. Estos no descansan en la dulzura que emana de aquel calor, ni le fijan su atención. Pero es también posible concentrar toda la atención sobre esta sensación de dulzura y de calor, deleitándose en ella como en una habitación o un vestido caliente, y frenarse en este punto, sin buscar subir más alto.

Algunos místicos no van más allá de este estadio, y lo consideran como el grado más alto que puede alcanzar el hombre: les sumerge en una especie de vacío, en una suspensión absoluta de todo pensamiento. Se trata en este caso del “estado de contemplación” alcanzado por algunos místicos.


Interioridad y calor del corazón

El mundo espiritual está abierto para aquel que vive interiormente. Permaneciendo en nuestro interior y contemplando la visión de otro mundo, despertamos en nuestros sentimientos espirituales una sensación de calor, y, a veces, esta sensación de calor espiritual nos hace capaces de permanecer en el interior y despierta la conciencia de la existencia de una realidad espiritual interior. La vida espiritual progresa gracias a la acción recíproca de estos dos factores: la interioridad y el calor. Aquel que vive este sentimiento interior de calor del corazón se encuentra con el espíritu unido y vinculado, pero el espíritu de una persona que le falte este calor vagabundeará continuamente. Por esto, si deseas una interioridad más constante, esfuérzate por obtener el calor del corazón, y esfuérzate también de entrar y permanecer en tu interior. Este es el motivo por el cual quien busca únicamente recogerse en la mente –sin calor en el corazón- trabaja en vano: en un momento, en efecto, todo desaparece. […]


Conservar el calor y el recogimiento

Apenas te despiertes por la mañana, busca recogerte interiormente y suscitar en ti un sentimiento de calor. Este debe ser considerado tu estado normal: apenas cambien, puedes estar seguro que algo en tu interior no está en orden. Después que, por la mañana, hayas logrado obtener esta condición de calor y de recogimiento, debes desarrollar todas tus tareas de modo tal que no destruya este orden interior y, apenas tengas posibilidad, haz lo que está a tu alcance para favorecer esta condición. No hagas jamás nada que pueda destruirla, esto significaría volverte enemigo de ti mismo. Ten en cambio como regla la conservación del recogimiento y del calor, permaneciendo con el pensamiento dirigido a Dios. Esta única cosa te indicará luego lo que debes hacer y a lo que en cambio debes huir.

La Oración de Jesús es una ayuda poderosísima para esto. Su práctica debería volverse muy habitual por ser repetida incesantemente en lo más profundo del corazón. Pero este hábito no se conseguirá sin un esfuerzo constante. Si todavía no tienes el hábito, debes ponerte a trabajar inmediatamente. Tengo la impresión de que tú la practicas sólo cuando recitas las oraciones previstas: la Oración de Jesús tiene ciertamente su lugar también allí, pero debes practicarla incesantemente mientras estés sentado y mientras camines, mientras comas y mientras trabajes. Si no está firmemente arraigada en tu corazón, olvida cualquier otra cosa y practica únicamente la Oración de Jesús, hasta que se haya arraigado en ti: esta tarea es muy simple.

Permanece de pie o sentado en actitud de oración ante un icono y lleva tu atención a dónde está tu corazón, luego, sin prisa, recita la Oración de Jesús acordándote constantemente de la presencia de Dios. Continúa así por media hora, una hora o incluso más: al comienzo será un poco duro, pero una vez adquirido el hábito, te será espontánea como la respiración.

Cuando hayas establecido esta disciplina interior, la vida espiritual – o la obra espiritual, como es llamada- empezará en ti. Para esto lo primero que se requiere es una conciencia pura, irreprensible no sólo en las relaciones con Dios, sino también frente a los hombres, a ti mismo e incluso frente a los objetos inanimados. Si alguna cosa, incluso de poca importancia, se insinúa en tus pensamientos y en tus palabras y perturba tu conciencia, de inmediato arrepiéntete interiormente ante Dios que ve todo y pondrá paz en tu consciencia.

Queda luego la batalla con los pensamientos que continuarán a menudo zumbándote alrededor como mosquitos fastidiosos. Debes aprender por ti mismo a vencerlos: la experiencia te será de maestra. Quiero sin embargo darte al menos un consejo: es normal que los pensamientos giren alrededor de la cabeza y esto no tiene importancia. Estate atento en cambio a aquellos que te atraviesan el corazón como una flecha, dejando un signo como la flecha deja una cicatriz. Ponte rápidamente a la obra y borra este signo con la oración, remplazándolo con el sentimiento opuesto. Pero si se mantiene el calor interior, casos semejantes son raros y poco graves.


Todo está en manos de Dios.

Donde está el celo, allí está presente también, como una llama, la gracia del Espíritu Santo.  La llama es alimentada por el aceite y el aceite espiritual es la oración. Apenas la gracia toca el corazón, la semilla de la oración es allí puesta y rápidamente la mente y el corazón se dirigen hacia Dios: los pensamientos divinos entonces nacen espontáneamente.

La gracia de Dios orienta la atención de la mente y del corazón hacia Dios y la mantiene fija sobre Él. Ya que la mente no permanece jamás inactiva, cuando es dirigida hacia Dios piensa en Él. Este es el motivo por el cual el recuerdo de Dios es el compañero fiel del estado de gracia. El recuerdo de Dios no está jamás ocioso sino que nos lleva siempre a meditar sobre la perfección de Dios y sobre su bondad, su verdad, la creación, su providencia, la redención, el juicio y la recompensa. Todas estas realidades juntas constituyen el universo de Dios o el reino del Espíritu. Aquel que está lleno de celo vive siempre en este reino y, al mismo tiempo, el vivir en este reino ayuda y reaviva el celo. Todo elemento de este reino es como un pedazo de leño para el fuego espiritual: ten siempre un poco de esta leña a mano y, apenas te des cuenta que el fuego del celo disminuye, toma un pedazo de leño de tu montón espiritual y atiza el fuego. Verás que todo irá bien. De todos estos movimientos espirituales se desprenderá el temor de Dios y permanecerás en adoración ante Dios en tu corazón. Este temor de Dios es el custodio y el defensor del estado de gracia: sumérgete en este temor, reflexiona profundamente sobre esto e imprímelo a fondo en la conciencia y en el corazón. Reavívalo constantemente en ti y esto a su vez te llenará de vida.

Tu habitación es exactamente como una celda en el desierto. Te es posible no ver ni sentir nada, puedes leer un poco y reflexionar, puedes orar y de nuevo ponerte a reflexionar: no hay necesidad de otra cosa. ¡Ah, si Dios nos quisiese conceder el calor del corazón y fijarlo en nosotros! Una conciencia pura y una oración incesante a Dios producen generalmente este calor, pero todo está en las manos de Dios.



Extractos de Cariton di Valamo, L’arte della preghiera. Ed. GRIBAUDI.
Publicado en esicasmo.it