Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Consejos prácticos sobre la oración de Jesús

Teófano el Recluso



La simplicidad de la Oración de Jesús

La práctica de la Oración de Jesús es simple: permanece en la presencia del Señor con la atención en el corazón e invocando: “Señor Jesucristo, Hijo de dios, ten piedad de mí.”

Lo esencial no está en las palabras, sino en la fe, en la contrición y en la sumisión al Señor. Con estos sentimientos se puede estar delante de Dios incluso sin palabras y estar igualmente en oración.


Bajo la mirada de Dios.

Trabaja recitando la Oración de Jesús. A la costumbre de recitar oralmente esta oración une también el recuerdo del Señor, acompañado de temor y de devoción. Lo más importante es que tú camines en la presencia de Dios, bajo su mirada, consciente de que Dios te está observando, está buscando tu alma y tu corazón, está viendo todo lo que sucede en ellos. Esta consciencia es la palanca más poderosa del mecanismo de la vida espiritual.


Un refugio para los indolentes.

La experiencia de la vida espiritual nos enseña que quien tiene celo en la oración no tiene necesidad de que se le enseñen como perfeccionarse en este campo. Avanzando con paciencia, el esfuerzo mismo de la oración conduce a la cumbre suprema de la oración.

Pero, ¿qué deben hacer las personas débiles e indolentes, sobre todo aquellos que, antes de haber entendido la verdadera naturaleza de la oración, se han endurecido en los hábitos cotidianos y se han dejado enfriar por una repetición formalista de las oraciones obligatorias? Estos tienen todavía la posibilidad de usar la técnica de la Oración de Jesús como refugio y fuente de fuerza. ¿No es pues sobre todo para ellos que ha sido inventada esta técnica, de modo de injertar en sus corazones la verdadera oración interior?


Un remedio contra la somnolencia

En los libros se encuentra escrito que cuando la Oración de Jesús adquiere fuerza y se establece en el corazón, entonces nos llena de energía y aleja la somnolencia. Pero una cosa es que ésta se vuelva habitual por la lengua y otra es que ésta se establezca en el corazón.


Cavar profundamente.

Cava profundamente en la Oración de Jesús con toda la fuerza que seas capaz. Esto te recompondrá a ti mismo, dándote una sensación de fuerza en el Señor, y producirá  fruto en  el hacerte permanecer constantemente junto a Él, mientras tú estés sólo o con otros, mientras tú hagas trabajos hogareños, o leas o reces. No debes sin embargo atribuir la fuerza de esta oración a la repetición de ciertas palabras, sino al dirigir la mente y el corazón hacia el Señor cuando repites las palabras, es decir, a la actividad que acompaña esta repetición.


Una lámpara para nuestros pasos

Aprende a practicar la oración de la mente en el corazón. La Oración de Jesús es en efecto una lámpara para nuestros pasos y una estrella que nos guía por el camino al cielo, como enseñan los santos Padres en la Filocalia. La Oración de Jesús, cuando brilla incesantemente en la mente y en el corazón, es una espada contra la debilidad de la carne y los deseos malvados de la gula y de la lujuria. Después de las palabras iniciales: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios”, puedes también continuar así: “por la intercesión de la Madre de Dios, ten piedad de mí, pecador”.

La oración exterior por sí sola no es suficiente, Dios presta atención a la mente: por esto los monjes que no concilian la oración interior con la exterior no son monjes, son semejantes a leña quemada. El monje que no conoce o que ha olvidado la práctica de la Oración de Jesús no lleva el sello de Cristo. Los libros no pueden enseñarnos la oración interior, pueden sólo hacernos ver algunos métodos técnicos para practicarla. Es necesario en cambio recitarla con perseverancia.


Las manos al trabajo, la mente y el corazón con Dios.

Ya has leído algo respecto a la Oración de Jesús y sabes algo gracias a tu experiencia personal. La disciplina necesaria al alma puede ser mantenida sólo con la ayuda de esta oración. Sólo a través de ella podemos conservar intacta nuestra disciplina interior incluso cuando somos distraídos por las preocupaciones cotidianas. Sólo esta oración nos hace posible la observancia del mandato de los Padres: “las manos al trabajo, la mente y el corazón con Dios”. Una vez  que esta oración se ha injertado en el corazón, entonces no hay interrupciones interiores y ella fluye siempre con el mismo perenne movimiento.

El camino para llegar a una disciplina interior rigurosa es muy trabajoso, pero es posible conservar esta disposición de espíritu (o una semejante) durante los variados e inevitables tareas que cada uno debe desarrollar: lo que hace posible esto es la Oración de Jesús injertada en el corazón. ¿Cómo se injerta? No se puede saber con precisión, sino lo esencial es que esto sucede. Quien hace este esfuerzo se vuelve siempre más consciente de este injerto, pero no se da cuenta cómo sucede. Para alcanzar esta disciplina interior debemos caminar siempre en presencia de Dios, repitiendo la Oración de Jesús lo más frecuentemente posible. Apenas tengamos un momento libre comencemos de nuevo y así el injerto se realizará.

Un medio para reavivar la Oración de Jesús es la lectura, y es mejor leer sobre todo textos referidos a la oración.


El camino más fácil para alcanzar la oración incesante.

Habituarse a la Oración de Jesús y hacerla enraizar en nosotros es el camino más fácil para llegar al lugar de la oración incesante. Hombres de gran experiencia han descubierto, a través de una iluminación divina, que esta forma de oración es un medio simple pero eficacísimo para instaurar y reforzar la vida espiritual entera y la vida ascética, y en sus reglas para la oración han dejado respecto a esto instrucciones detalladas.

Lo que buscamos en todos nuestros esfuerzos y combates ascéticos es la purificación del corazón y el restablecimiento del espíritu. Hay dos modos de alcanzarlo: la vía activa, es decir la práctica de una disciplina ascética, y la vía contemplativa, que consiste en el dirigir la mente a Dios. Con el primer método el alma se purifica y así recibe a Dios; con el segundo, Dios mismo del  cual el alma se ha vuelto consciente quema toda impureza y viene a morar en el alma purificada. Este segundo método está enteramente resumido en la Oración de Jesús, como dice san Gregorio Sinaíta: “A Dios se conquista a través de la actividad y el trabajo, como a través del arte de invocar el Nombre de Jesús”. Él agrega que el primer camino es más largo que el segundo, el cual es también mucho más eficaz. Por este motivo algunos santos Padres han dado primaria importancia, entre todos los diversos tipos de prácticas espirituales, a la Oración de Jesús. Ésta ilumina, refuerza, reanima, vence a cualquier adversario, visible o invisible, y conduce directamente a Dios. ¡Cuán potente y eficaz es! El Nombre del Señor Jesús es el depósito de todo lo bueno, el depósito de la fuerza y de la vida en el Espíritu.

Deberemos por tanto dar desde el comienzo todas las instrucciones sobre la práctica de la Oración de Jesús a quien se arrepiente o empieza a buscar al Señor. Sólo después podremos introducir al principiante a otras prácticas, porque es éste el modo para darles firmeza lo más rápidamente posible, haciéndolos espiritualmente maduros e interiormente pacificados. Muchos, ignorando estas cosas, gastan tiempo y fatiga sin avanzar más allá de actividades formales y exteriores del alma y del cuerpo.

La práctica de la oración es llamada “arte”, y en realidad es un arte muy simple. Permanece consciente y atentamente en tu corazón y grita incesantemente: “¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí!”, sin crearte en la mente ninguna visión o imagen, y creed que el Señor te ve y te escucha.

Es importante conservar la atención en el corazón y, al hacer esto, controla un poco también la respiración para adecuarla al ritmo de las palabras de la oración. Pero lo más importante de todo es creer que Dios está cerca y te escucha: recita la oración únicamente para que Él te escuche.

Al comienzo, y a veces por un largo período, esta oración permanece como una actividad como cualquier otra, pero con el tiempo  pasa a la mente y finalmente pone raíces en el corazón.

Es posible desviarse de este correcto modo de orar, por esto debemos aprenderlo de alguien que conozca todos los detalles. Los errores más frecuentes derivan del hecho de que la atención resida en la cabeza y no en el corazón. Aquel que mantiene la propia atención en el corazón está salvado. Más seguro aún está quien se aferra continuamente a Dios con contrición y le ruega ser liberado de la ilusión.


Un único pensamiento o bien el pensamiento de lo Único.

Esta breve oración a Jesús tiene un objetivo bastante elevado: profundizar el recuerdo de Dios y el sentimiento de amor hacia Él. Las invocaciones del alma a Dios son interrumpida muy fácilmente por las primeras impresiones que nos vienen y además, a pesar de estas invocaciones, los pensamientos continúan zumbando en la cabeza como mosquitos. Para frenar este murmullo es necesario anclar la mente en un único pensamiento, en el pensamiento del Único. Una oración breve ayuda a la mente a volverse simple y unida. Ésta desarrolla un sentimiento de amor hacia Dios y se le injerta. Cuando este sentimiento nace en nosotros, la consciencia del alma se establece en Dios y el alma comienza a realizar todas las cosas según la voluntad de Dios. Mientras recitas la breve oración, debes conservar el pensamiento y la atención dirigida hacia Dios: si en efecto tu oración se limita a las palabras, eres un “bronce que resuena”.


Las técnicas y métodos  no tienen importancia, una sóla cosas es lo esencial.

La oración “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí” es una oración verbal como todas las otras. De por sí no tiene nada de especial, pero recibe toda su fuerza del espíritu según la forma en que es recitada.

Los distintos métodos descriptos por los Padres –estar sentados, hacer postraciones y las otras técnicas usadas cuando se recita esta oración- no vienen bien para todos: es más, sin una dirección personal son realmente peligrosas, y es mejor no buscar realizarlas. Hay un único método obligatorio para todos: permanecer con la atención en el corazón. Todo lo demás es accesorio y no conduce a lo esencial.

En cuanto a los frutos de esta oración, ha sido dicho que no hay nada en el mundo más sublime: pero esto es falso, ¡la Oración de Jesús no es un talismán! No hay nada en las palabras de la oración  y en su recitación que de por sí pueda dar frutos. Se puede recibir cualquier fruto sin esta oración, incluso sin ninguna oración verbal, basta sólo dirigir la mente y el corazón hacia Dios.

La esencia de la oración es permanecer establemente en el recuerdo de Dios y caminar en su presencia. Se puede decir a cualquiera: “Seguí los métodos que prefieras, recitá la Oración de Jesús, haz inclinaciones y postraciones, ve a la iglesia, haz lo que quieras, basta que te esfuerces en estar siempre en el constante recuerdo de Dios”. Recuerdo haber conocido en Kiev a un hombre que decía: “No he jamás usado algún método, no conocía la Oración de Jesús, pero gracias a la misericordia de Dios camino siempre en su presencia: cómo esto ha sucedido, no lo sé ni yo, ¡Dios me lo ha concedido!”.

Es importantísimo darse cuenta que la oración es siempre un don de Dios, de otro modo nos arriesgamos de confundir el don de la gracia con un logro cualquier de nuestra parte.

Muchos dicen: “practica la Oración de Jesús porque esta es la oración interior”. Esto no es exacto: la Oración de Jesús es un buen medio para llegar a la oración interior, pero por sí misma no es una oración ni interior ni exterior. Cuantos toman el hábito de recitar la Oración de Jesús hacen bien, pero si se frenan allí y no van más allá, quedan a mitad de camino.

Incluso si estamos recitando la Oración de Jesús, debemos siempre tener el pensamiento dirigido hacia Dios, de otra manera ésta es un alimento seco. Es algo bueno que el Nombre de Jesús se apegue a vuestra lengua, pero a pesar de esto es aún posible no acordarse en absoluto de Dios e incluso alimentar pensamientos opuestos a Él. Por esto todo depende de la libre y consciente mirada dirigida hacia Dios y del esfuerzo ponderado de permanecer firmes en este estado.


¿Por qué la oración de Jesús es más eficaz que las otras oraciones?

La Oración de Jesús es como cualquier otra oración: es más eficaz que todas las otras sólo en virtud del omnipotente Nombre de Jesús, nuestro Señor y Salvador. Pero es necesario invocar el Nombre con fe plena e inquebrantable, con la profunda certeza de que Él está cerca, ve y escucha, presta atención de todo corazón a nuestra invocación y está pronto a escucharla y a concedernos cuanto buscamos. No hay que avergonzarse de esta esperanza: si a veces hay que esperar para el cumplimiento, esto puede derivar del hecho de que quien invoca no está aún preparado para recibir cuanto pide.


No es un talismán

La Oración de Jesús no es un talismán: su poder le viene de la fe en el Señor y de una profunda unión de la mente y del corazón con Él. Con una actitud así, la invocación del Nombre del Señor se vuelve eficacísima en muchos modos, pero una mera repetición de las palabras no tiene ningún sentido.


Una repetición mecánica no sirve para nada

No olvides que no debes limitarte a una repetición mecánica de las palabras de la Oración de Jesús.  Esto te conduciría únicamente al hábito de repetir automáticamente la oración con la lengua, sin jamás pensar en lo que dices. Naturalmente no hay nada de malo en esto, pero constituye sólo el extremo límite exterior de la obra. Lo esencial es permanecer conscientemente en la presencia del Señor con temor, fe y amor.


Oración verbal y oración interior.

Se puede recitar la Oración de Jesús con la mente en el corazón sin ningún movimiento de los labios: esto es mejor que la oración verbal. Usa la oración verbal como soporte de la oración interior, a veces esto es necesario para reforzar esta última.


Evita las imágenes.

Cuando practiques la Oración de Jesús no interpongas ninguna imagen como intermediario entre la mente y el Señor. Las palabras que son pronunciadas son sólo una ayuda, pero no lo esencial: lo principal es permanecer ante el Señor con la mente en el corazón. Lo esencial es permanecer en Dios y este caminar en la presencia de Dios significa que tú vives con la convicción constantemente presente en tu consciencia de que Dios está en ti, así como está en todas las cosas. Vive con la firme certeza de que Dios ve todo lo que está en ti y que te conoce mejor de cuanto tú mismo te conoces. La certeza de que la mirada de Dios escruta tu ser interior no debe ser acompañada por ninguna imagen divina, sino que debe limitarse a una simple convicción y sensación. Un hombre que se encuentre en una habitación caliente siente el calor que lo envuelve y lo penetra: tal debe ser el efecto sobre nuestra naturaleza espiritual de la presencia omnicomprensiva de Dios, verdadero fuego en la habitación de nuestro ser.

Las palabras “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí” son sólo instrumento y no la sustancia de la oración, pero son un instrumento fuerte y eficaz porque el Nombre del Señor Jesús inspira temor a los enemigos de nuestra salvación y es una bendición para todos aquellos que lo buscan. No olvides que esta práctica es simple y no debe tener nada de fantasioso. En cualquier situación implora a Dios, a su purísima Madre y a tu ángel custodio: ellos te enseñarán todo, directamente o mediante otros.



Teofano el Recluso

Publicado en esicasmo.it