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viernes, 27 de septiembre de 2013

La oración del corazón frente al sufrimiento


P. Boris Bobrinskoy



Para sostener la visión, el drama, la realidad del sufrimiento, estamos completamente obligados a encontrar el verdadero método, la fuerza, la gracia que nos ayude a no endurecernos ni a destruirnos frente a éste. Este punto de apoyo, esta palanca que, si nosotros lo encontramos  verdaderamente, nos permitiría elevar el mundo, es para nosotros cristianos, el Señor Jesús. Es Él quien nos permite beber en la fuente infinita de su compasión. Es a través de Él que nosotros podemos refugiarnos en el seno del Padre, revestirnos de misericordia y llenarnos de la compasión del Espíritu Santo.

¿Cuál es el papel de la oración del corazón en este proceso? Antes que nada, cuando hablamos de la oración del corazón, es necesario distinguir dos cosas. Por una parte, algunas técnicas particulares que tienen una significación histórica, metodológica, pedagógica, que pertenecen a algunos medios, que exigen un cierto modo de vida. Por otra parte, esto que santa Teresita de Lisieux llamaba muy simplemente “refugiarse en los brazos de Jesús”, es decir volverse hacia Él con todo nuestro ser. Nosotros no escribiremos aquí sobre la oración del corazón, pero sí la descubriremos y hablaremos de ella según nuestro propio interés.


El sufrimiento propio y el sufrimiento de los otros

Para el hombre orante frente al sufrimiento, sin entrar en las diferentes formas de sufrimiento, se encuentra el sufrimiento propio y el sufrimiento de los otros. Encontrar fuerzas para resistir a su propio sufrimiento, aceptarlo, asumirlo, vivirlo como un camino que nos eleva hacia Dios, es en realidad el aprendizaje que todos debemos hacer, tarde o temprano. Esto no es jamás fácil, pero es posible y a la vez necesario. Esto participa de una elección y de una decisión de fundarnos en Aquel que ha tomado sobre Él no sólo nuestro pecado, sino también nuestros sufrimientos.

Está también la oración del hombre frente al sufrimiento de los demás. Un primer punto fundamental es recordarnos que el hombre es, por naturaleza, por su vocación primera y última, un ser de comunión, un ser compartido y –frente a lo que se ha convertido el mundo y a lo que sufre el ser humano- un ser de compasión. Etimológicamente, compadecerse quiere decir “sufrir con”, es decir compartir el sufrimiento de otros, tomarlo sobre sí.

Ahora bien, hay un segundo punto fundamental, el pecado, el temor y todas sus consecuencias que son el odio, la violencia, el egoísmo, el egocentrismo bajo todas sus formas visibles o sutiles, todo esto nos hace extraños: a los otros, a nosotros mismos y a Dios. No podemos abrirnos a Dios sin abrirnos al prójimo. No se puede dejar entrar en sí mismo el sufrimiento y las necesidades de los otros sin buscar las fuerzas, y estas brotan del amor de Dios mismo. No se puede jamás realizar todo esto si uno no se esfuerza –por la purificación y el camino que Dios impone vivir- en unificarse interiormente. Es todo este misterio del corazón humano lo que presupone y significa la oración del corazón.

Esta exigencia, este trabajo interior de preparación, de fortificación, de madurez humana y espiritual es una condición previa esencial. Cuando el grado de horror y de sufrimiento es muy elevado –pienso especialmente en algunas formas de enfermedades, en las torturas, en las guerras, a esta suma inimaginable de sufrimientos que nuestro siglo conoce-, este puede volverse insostenible. Si el hombre en tales circunstancias, quiere permanecer abierto, sensible y permeable a estos sufrimientos, corre muchos peligros. El riesgo puede ser el de destruirse, el de –si quiere permanecer vivo- blindarse [aislarse] e insensibilizarse por la necesidad de protegerse y por seguridad, el de desarrollar reacciones inversas como el sadismo y la crueldad. Y la persona no está inmunizada contra esta. Es necesario hablar de todos estos peligros. Todos nosotros rozamos, tanto los santos como los pecadores, los abismos del odio y del mal que no preguntan para encontrar en nosotros una connivencia. Estos abismos y estas fuerzas nos incitan a todos, sin excepción. Yo diría también que no podemos hablar con un cierto grado de veracidad si no conocemos, desgraciadamente, su sabor y su olor. Pienso aquí en la experiencia de los santos, sea la experiencia de san Serafín de Sarov que ha dejado presentir su combato nocturno, o santa Teresita de Lisieux tentada por el ateísmo, o también en los grandes novelistas cristianos como Bernanos y Dostoïesvski quien, en el corazón del abismo y del subsuelo del ser humano, han descubierto a la vez el fondo de la increencia y el misterio de Cristo.


Vivir la vida en Cristo

Entonces, ¿dónde encontrar las fuerzas para resistir a esta aniquilación psíquica y espiritual? Más aún, ¿dónde encontrar las fuerzas para sostener, consolar, compartir? ¿cómo permanecer vivos? ¿Cómo no aislarse, ni destruirse? ¿Cómo llorar y sufrir con quien llora y sufre? Este problema es permanente para todos nosotros.

Es aquí cuando es necesario volverse hacia la oración del corazón. De una manera muy progresiva, pues no se trata de hacer de ella una panacea, una llave maestra, una técnica a toda prueba contra todas las pruebas. No, lo importante no es la técnica, sino nuestra vida profunda de creyentes. Es al nivel del ser y de la vida, de la profundidad, que se ubica la actitud de los cristianos frente al sufrimiento. Ser cristianos, esto quiere decir vivir la vida de Cristo, dejarse penetrar por su Espíritu, por su soplo de misericordia. Esta significa, según las palabras mismas de la Biblia, adquirir las entrañas de compasión y de ternura del Padre. Esta supone, para tomar las palabras de san Pablo en el segundo capítulo de la carta a los filipenses, el tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús. No en el sentido de un mimetismo cualquiera, de una imitación exterior, sino de una verdadera “transferencia”. Para que nosotros podamos vivir en Cristo y para que Cristo pueda vivir en nosotros, una transferencia de presencias, de centros de vida, de gracia, de amor debe obrarse en nosotros. Sobre un plano, evidentemente, mucho más importante y fundamental que el plano psicológico. Esta transferencia se obra de una manera global, constante y progresiva, por la vida sacramental, el amor, la oración y la fe. Para nosotros cristianos, la Iglesia es el lugar de aprendizaje de esta transferencia.  Lo que está en juego aquí, es toda la pedagogía de la Iglesia, su transmisión sacramental y litúrgica, su metodología espiritual, su experiencia ascética de vida interior, esto que los Padres llaman el combate invisible contras las pasiones.

Es en este marco global, en este contexto unificado de la vida de Cristo, que se debe situar la oración del corazón. La Vida en Cristo es el título de una de las más bellas obras de un místico espiritual bizantino del siglo XIV, Nicolás Cabasilas, quien nos enseña la vida cristiana a través de los sacramentos, la profundización en la oración y la misericordia. Mi vida en Cristo es también el título de un libro de san Juan de Kronstadt, gran espiritual ruso del comienzo del siglo XX, quien nos ofrece una meditación sobre la vida de Jesús. La vida en Cristo es pues una vida en la Iglesia, por la oración, la ascesis, el amor, el culto y los sacramentos. Es en todo esto en donde es necesario ubicar la oración del corazón. No simplemente como un modo o una práctica entre otros, sino como una realidad centralísima, a través de la cual el hombre encuentra verdaderamente el secreto de su existencia.


El corazón, sede de la vida espiritual

Según la antropología bíblica y la espiritualidad cristiana más auténtica del Occidente como el Oriente, la noción de corazón no se refiere simplemente a la vida afectiva en el sentido puramente banal y humano del término, como uno de los componentes de la existencia humana. En la Biblia, el corazón aparece como la sede por excelencia de la vida espiritual: el lugar de la presencia de Dios, y también el lugar en el cual se arraigan las fuerzas insospechadas y frecuentemente desconocidas del mal. Fuerzas a la vez impersonales y personales, que a menudo no podemos nombrar, que se identifican o se superponen de una manera tan íntima a nuestro propio ser que no sabemos cuándo ellas se ponen en marcha. Esto llega a tal punto que no sabemos si somos nosotros quienes obramos, si somos nosotros quienes somos malos o si hay otras fuerzas en nosotros que actúan y que nos son extrañas.

Como dice Jesús en el evangelio, es del corazón que proceden todos los pensamientos malvados. Es pues el corazón el cual es necesario purificar, para devolverle su vocación primera que es el de ser sede, trono, habitación nupcial de Cristo, de la presencia del Esposo. Afirmar esto, no es sólo hablar del corazón solamente como de un lugar particular que excluiría todo el resto del hombre –inteligencia, sentimientos y voluntad-, sino es mostrar al corazón como un foco de convergencia y de irradiación, como el lugar de unificación de todas las facultades, de todos los sentimientos, de todas las fuerzas vivas del hombre: cuerpo, alma y espíritu.

En este sentido, practicar la oración del corazón, es no solamente buscar esta interioridad, esta intimidad más profunda y más radical con Dios, donde todo el resto en nosotros debe callar, sino también es devolver al hombre esta unidad en la cual la inteligencia no es extraña a la intimidad con Dios. Pues es el hombre todo entero que se pone en marcha en seguimiento de Cristo. En este camino, el mismo cuerpo participa en la oración, refleja en su rostro la presencia y la gracia de Dios. En el origen del drama del pecado del cual nuestra civilización lleva todos los pesos, se encuentra la disociación en el hombre de los diferentes niveles de vida, con la autonomía de los sentidos que se convierten en sensualidad, la de la inteligencia que conduce al racionalismo, finalmente la del corazón que gira al sentimentalismo. Este fenómeno de corte entre la inteligencia y el corazón, que concierne al individuo como a la ciudad, recae también sobre la cultura y la sociedad cristiana, sobre los comportamientos, sobre la vida misma de la fe. Nosotros sabemos cuánto Pascal ha reaccionado contra esto, recordando el predominio, la preeminencia de la razón del corazón.


Tiempos fuertes y oración constante.

Hablar de la oración del corazón, no es ante todo hablar de nuestra propia experiencia, pues ésta es aún muy primaria, elemental. Nosotros debemos tender a vivir a imagen y semejanza de los santos, de los que han sabido realizar este programa de vida. Pero, como nosotros decimos en la liturgia, no hay más que “un solo Santo, un solo Señor”: Jesucristo, que es nuestro modelo absoluto y perfecto. Es en él mismo que Jesús ha  venido a restaurar la unidad del hombre. Es el primero que nos ha revelado no solamente a Dios en su persona, sino también al hombre en él mismo, al hombre perfecto, sin fallas, sin pecado, sin odio, tal como había surgido de las manos de Dios, el hombre vuelto a la vez totalmente hacia Dios y hacia los otros. Y Jesús se ha manifestado durante toda su vida como estando todo entero en oración. Ciertamente, los evangelios –particularmente el de Lucas- nos hablan de los momentos privilegiados de oración donde Jesús se aislaba, en la noche preferentemente o en algunos momentos solemnes como antes del bautismo en el Jordán, antes de la institución del Padre nuestro, antes de su Pasión o también antes de enviar a los discípulos a predicar. En la medida en que Él vivió todas nuestras realidades humanas, Jesús ha tenido tiempos fuertes, momentos de gran emoción donde Él se ha conmovido interiormente, como frente a la muerte de Lázaro, frente a los sufrimientos y ante la muralla de Jerusalén, la ciudad santa que rechaza las palabras del evangelio. Jesús ha llorado, ha sido presa de las emociones, de estas que los Padres nombran “pasiones irreprochables”, es decir, los movimientos sensibles  del corazón frente a la condición humana, frente no sólo al sufrimiento del hombre, sino también al endurecimiento de su corazón, que es la degradación más grande y más irrevocable. Cuando hablamos de sufrimiento, es necesario no sólo ver el sufrimiento psíquico o incluso moral, sino también la compasión de Jesús y de los santos frente a aquellos que –explícitamente o implícitamente, bajo todas las formas confesadas o inconfesadas- rechazan la luz, la verdad, la bondad y el amor. Es necesario expandir así nuestra oración a la medida y a la imagen de la de Jesús.

Por más importantes y ricos que sean estos momentos, o cuál sea su significado propio, sería ciertamente un error el querer aislar estos momentos particulares de oración de Jesús. Pues Cristo estaba todo entero en oración: oración total, oración del corazón, oración constante. Un ardor infinito de su ser, invisible a los otros hombres, salvo a los que el Padre les daba el don de ver, en algunos instantes privilegiados o cuando el llamado de Jesús a seguirle se volvía irresistible. Durante su tiempo terrestre, Jesús estaba todo entero vuelto hacia el Padre, sin que ninguna pisca de su existencia quede ajena a esta comunión perfecta y constante con Él. Tal es la oración perpetua: las palabras fluían y brotaban de este ardor [de este abrazo], de esta comunión misteriosa. Y la clave de esta comunión con el Padre, es el Espíritu Santo, Aquel que san Agustín llamaba –con toda la tradición de la Iglesia- el “vínculo de amor entre el Padre y el Hijo”.


La ofrenda del corazón

Estar todo entero vuelto hacia el Padre, es compartir su amor, su compasión infinita hacia la creatura. “Dios ha amado tanto al mundo que Él envió a su Hijo único” (Jn 3, 16). Es por esto que Jesús –por el hecho mismo de que Él está con el Padre- es uno con nosotros, todo entero misericordia y compasión. Él comparte totalmente el sufrimiento y las necesidades de los hombres hasta tomarlas sobre sí. En esta perspectiva, conviene subrayar la importancia de la oración más íntima y aparentemente más “exclusiva”, sea que esta se haga en la vida privada o en la vida pública, cuando la Iglesia se reúne en la comunión y en la alabanza eucarística. Estos momentos de “solo a solo” del creyente con la Santísima Trinidad son necesarios para que nosotros podamos verdaderamente vivir nuestra relación con los otros. Hay en la vida de Jesús tales momentos, fuertes, donde se revela su cumplimiento de amor y de la voluntad del Padre. Pienso especialmente en el bautismo en el Jordán, cuando el Cordero de Dios, como lo llama san Juan Bautista que repite las palabras de Isaías, toma sobre Él o quita de nosotros el pecado del mundo, toda la condición pecadora de la humanidad. Y el pecado no es solamente la falta o la ofensa, es también la degradación, la soledad, el sufrimiento. Es todo esto que Jesús toma sobre Él hasta la muerte.

Así, Jesús es nuestra referencia viviente y permanente. Y no hay otro método, otro aprendizaje de la oración más que la oración del corazón. No hay, en efecto, oración verdadera que no sea oración del corazón. Mientras que el corazón no ora, el hombre no ora. No hay otros caminos que el de recurrir a Jesús, no solamente para encontrar las fuerzas en Él, sino para que Él mismo venga a nosotros. Para que no sea más yo quien ora, sino Él quien ora en mí. Para que no sea yo quien viva, sino Él quien viva en mí: Él en el Espíritu Santo y el Espíritu Santo en Él, de modo que no sea yo quien ore, sino el Espíritu Santo quien gima en mí y quien aclame “Abba, Padre”.

Entonces, afrontar la visión del sufrimiento y del mal bajo todas sus formas, es continuar esto que ha hecho Jesús, dejarle resonar y orar en nosotros estando para esto fortificados por el Espíritu Santo. Este, no lo olvidemos, no es solamente el Espíritu de la victoria y de la resurrección: antes, Él es el Espíritu de la pasión y el Espíritu de la compasión.

Así, cuando el hombre sigue el camino de Jesús, aprende a ofrecer a Dios su propio corazón. Es esta la ofrenda más bella y más total que el hombre puede hacer. Mientras que el corazón permanezca cerrado, todas las cosas y todas las acciones que nosotros podemos ofrecer no serán todavía agradables a Dios. Es lo que los Padres no cesan de repetir, algunas veces de manera muy brutal y dura, siguiendo a David (salmo 51 [50]), al profeta Oseas (6, 6) y a Jesús: “No son los sacrificios lo que quiero, sino la misericordia. Yo aborrezco vuestros sacrificios y vuestros holocaustos; a vuestros ayunos igualmente yo los detesto” (ver Mt 9, 13 y 12, 7).

Todas nuestras acciones, todas nuestras obras, incluso las más nobles, no alcanzan ni a los otros, ni a Dios, si ellas no están precedidas, acompañadas, seguidas, interiorizadas por esta ofrenda del corazón. Es cuando el corazón se abre, cuando deja de estar blindado, cuando se fortifica en el espíritu de compasión, cuando es capaz de llenarse de la miseria del mundo. Tal es la oración del corazón, tal es también la liturgia eucarística, la misa, la Santa Cena donde, en la oración pública, la Iglesia intercede por las necesidades del mundo. Se debe hacer esta intercesión de una manera general, pero también lo más concretamente posible, evocando las necesidades y las dificultades de los que nos rodean. Hay así una continuidad, una continuación de la eucaristía pública en la oración del corazón que los Padres consideran como una eucaristía interior. Las dos, en efecto, son de la misma naturaleza. […]


El solo a solo con Dios

Quisiera distinguir tres aspectos, completamente necesarios, de la oración. Primero, toda oración – sea la oración más personal e íntima como la oración litúrgica, la eucaristía eclesial- tiene un aspecto “exclusivo”. Toda oración supone una “puesta a parte”, sea la de la comunidad litúrgica, sea la de estar orando en un cara a Cara personal con Dios.  “Dejemos, canta la Iglesia ortodoxa en la Divina liturgia, dejemos ahora todas las inquietudes de este mundo”. O también: “elevemos nuestros corazones hacia el Señor”, “que toda carne humana haga silencio”, “confiemos nuestra vida toda entera a Cristo nuestro Dios”. El Señor nos enseña: “Cuando tú ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta, y ora a tu Padre que está allí en lo secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará” (Mt 5,6). No es necesario hacer alarde de la oración. La oración verdadera exige estos momentos de soledad, del “solo a solo”. Esta dimensión “solitaria” no es solamente una característica del monaquismo. Ella constituye una exigencia de toda oración, como camino de los desposorios del alma humana con el Esposo divino. […]


La “misa sobre el mundo”.

El segundo aspecto es que toda oración tiene igualmente un aspecto “inclusivo”, que se opone a esta primera dimensión “exclusiva”. Estos dos términos opuestos muestran bien la alternancia, el movimiento pendular de la oración. Bajo su aparente contradicción se manifiesta, en profundidad, una necesaria complementariedad. Hemos visto cuánto estaba Jesús totalmente vuelto al mismo tiempo hacia el Padre y hacia los hombres.  En esta perspectiva, por su propia dinámica y una exigencia espiritual irresistible, la oración interior tiende a convertirse en intercesión, súplica por los hombres y por el mundo entero. Esto es lo que Teilhard de Chardin llamaba la “misa sobre el mundo”.

Cristo vuelto totalmente hacia el Padre lleva al mundo entero en su intercesión: “Padre, quiero que allí donde yo estoy, ellos estén también conmigo” (Jn 17, 24). Es allí mismo donde está Jesús –a la derecha del Padre- donde nosotros estamos llamados a sentarnos con Él en los cielos, como lo dice tan a menudo san Pablo en las cartas de la cautividad (a los Efesios y a los Colosenses) y en la Carta a los Hebreos. De la misma manera, la veneración de la Madre de Dios nos evoca y simboliza esta intercesión maternal de Cristo y de los santos: “mis pequeños hijos, dice san Pablo, por vosotros sufre de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros.” (Ga 4,19). Sobre el plano espiritual, el hombre como la mujer –de la misma manera- sufren dolores de parto por los que ellos dan a luz al mundo, por aquellos también que ven alejarse de la gracia de la casa de Dios. Por consecuencia, la oración, la más profunda y la más personal, no escapa a esta exigencia de abrazar al mundo, de llevarle a Dios, de llevar su sufrimiento, su horror, el mal para que ellos sean quemados y exorcizados. Pero esto no es posible más que en la medida en que las raíces del mal, que yacen en mi propio corazón, son también exorcizadas y quemadas en el cara a Cara con el Nombre de Jesús.


La invocación del Nombre

Esta relación con el Nombre de Jesús que consume, purifica y santifica, es importantísima en la oración. La Escritura da al nombre en sí mismo, al misterio del Nombre –del hombre, de Jesús, de Dios-, un sentido entero, pleno y simbólico. El nombre simboliza la presencia. Una presencia no teórica, sino activa. Una presencia de gracia o una presencia del odio y del mal. Es por esto que nosotros no queremos nombrar las fuerzas del mal. Un lenguaje puro y “virginal” evita nombrar indebidamente estas fuerzas así como también, de distinto modo, al Nombre de Dios, a menos que se lo haga en la oración. Por otro lado, en efecto, la oración es la única manera de nombrar a Dios. Esto no quiere decir que nosotros no debemos predicarle, pero no podemos hacerlo verdaderamente más que en la medida en que esta predicación es interiorizada por una oración continua. Es la única condición para hablar de Dios, para que el nombrarle sea verdaderamente legítimo.

Por tanto, el signo propio del cristiano, es este Nombre de Jesús que entra en su vida. Es necesario recordar aquí que no son ni los Padres bizantinos, ni de los hesicastas del monte Athos, del Sinaí, de Palestina o incluso de Egipto –con san Macario, san Antonio y san Pacomio- los que inventaron la oración del corazón y la invocación del Nombre de Jesús. En efecto, si nosotros leemos las fuentes mismas de nuestra fe cristiana –el libro de los Hechos de los Apóstoles y las cartas de san Pablo – vemos que el nombre de “cristianos” no fue utilizado, popularizado y vulgarizado más que en Antioquía, los creyentes eran llamados “aquellos que en todo tiempo invocan el Nombre del Señor”. Así es por otra parte como termina la primera predicación de san Pedro en el capítulo dos de los Hechos: “Y todo el que invoque el Nombre del Señor será salvado” (Hechos 2,21). Este Nombre del Señor, es el Kyrios que es el equivalente griego del “Yahvé” hebraico. Nombre inefable y santo de Dios, el cual Jesús mismo hereda con pleno derecho. Es por esto que san Pedro dirá que Él ha sido “hecho Señor”. Así el Padre no es ya el único poseedor de este Nombre de “Señor”. Jesús participa plenamente en el Señorío divino y posee este Nombre como un título propio.

Así, la invocación del Nombre del Señor, es decir de Jesús, es una oración muy primitiva. Incluso antes de que el Nombre de Jesús sea corrientemente utilizado, nosotros encontramos el término “Señor” ya en el lenguaje arameo: Maranatha, “ven Señor”. Ciertas liturgias modernas gustan de reproducir este maranatha o la forma griega Kyrie Eleison- que es por otra parte tomada sin ser traducida en las liturgias latinas y occidentales. Este Kyrie Eleison es pues un vestigio del tiempo en donde la oración del corazón, no era un privilegio de los especialistas, de los profesionales de la oración, sino donde el pueblo de Dios entero la practicaba. Bajo formas variadas, esta se amolda al perfil más personal de cada uno. La Iglesia bizantina ha enseñado la importancia del Nombre de Jesús, de este Nombre que es resplandeciente, que nosotros invocamos como una bendición, que ponemos como una santificación sobre toda creatura, y especialmente sobre el sufrimiento.


La dimensión apostólica de la oración

Hemos llegado así al tercer aspecto de la oración del corazón, y de toda oración pública o privada: la dimensión “apostólica”. No es suficiente entrar en el “solo a solo”. No es suficiente incluso llevar ante Dios todas las necesidades y miserias, todo el fardo del mundo. Es necesario también salir de este cara a Cara, descender del Tabor, salir de nuestras Iglesias para entrar en el mundo como apóstoles: “Yo los envío al mundo, pero vosotros no sois del mundo” (Jn 17,18); “Id y predicad a todos los pueblos” (Mt 28, 19). Esta nos recuerda que este último mandamiento no significa una predicación ante todo verbal, sino un testimonio viviente y vivificante del Nombre del Salvador, del Nombre que salva, del Nombre de Jesús. Por consecuencia, el envío de los fieles al final de la liturgia tiene una significación simbólica y profunda: no es más que el anuncio del fin de la primera parte de la eucaristía, porque en ese momento, la Iglesia o el creyente entra en el mundo para llevar a los hombres la presencia y la palabra viviente de Jesús.



P. Boris Bobrinskoy
La compassion du Pére
Ed. Cerf. París. 2000
Pp. 97-112