Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

sábado, 28 de diciembre de 2013

La oración, ley espiritual.

P. Matta el Meskin



La importancia de una ley espiritual

Las reglas de la vida espiritual no son como las leyes de la física que gobiernan la naturaleza, ni como las leyes civiles fijadas por una autoridad para garantizar la seguridad  y la justicia. Estas leyes en efecto son generalmente “cerradas”, es decir no abren hacia una realidad más allá de sí mismas. Son áridas, castigan y no recompensan: en realidad, limitan la libertad del hombre.

Las reglas de la vida espiritual, en cambio, son como los escalones de una escalera: si tú estás firme sobre un escalón, este te posibilita subir al que sigue. La ascesis es infinita, porque la vida espiritual no conoce límites: las leyes espirituales no son cerradas sobre sí mismas. No debes por tanto confundir las leyes físicas con las espirituales ni por consecuencia temer por las leyes espirituales marcado por la ansiedad que provoca en ti la experiencia que tienes del significado corriente del término “ley”.

En el ámbito espiritual la ley es extremadamente generosa: si tú la observas, sacarás de ella un enorme beneficio. Si la cumples fielmente, serás capaz de observar una ley superior con mayor generosidad y libertad. Si, sin embargo, rechazas o transgredes la ley espiritual, no por esto caes bajo su venganza, como te sucede en cambio si no cumples una ley importante o si transgredes una ley del estado. La ley espiritual en efecto es enteramente positiva, no contiene ninguna negatividad, como Dios mismo. Esto significa que en la ley espiritual existe una relación con Dios sólo para aquellos que la aceptan y la siguen. Porque quien sigue a Dios, crece y se vuelve libre. Quien en cambio rechaza la ley espiritual, se priva a sí mismo del crecimiento y de la libertad. Si quieres una imagen simple de los efectos de la ley espiritual, puedes encontrarla en las palabras de Cristo: “Caminad mientras haya luz, para que no os sorprenda las tinieblas” (Juan 12,35). La ley espiritual es como una luz en la cual encuentras refugio para poder caminar paso a paso bajo su guía. Mientras que permanezcas aferrado a ella, avanzarás; pero si desatiendes o ignoras la luz, esta no te abandonará ni se vengará, sin embargo tú habrás sido derrotado por las tinieblas y no estarás más en condición de caminar.

Puedes encontrar otra viva imagen de la ley espiritual en las palabras del Señor: “Este es mi mandamiento, que os améis los unos a los otros” (Juan 15,12). Si sigues esta ley, caminas en la luz –para usar las palabras del apóstol Juan- es decir progresas, creces en el amor. Pero ¿hacia dónde estás caminando? ¿Hasta qué punto debes crecer en el amor? La respuesta a estos interrogantes es muy importante. En efecto, estás caminando hacia la fuente misma de la luz, hacia Cristo que es la luz del mundo, y debes crecer en el amor hasta alcanzar la plena estatura de Cristo que es amor perfecto: he aquí una magnífica expresión de un crecimiento sin fin.

Lo que has aprendido sobre la ley del amor vale también para la ley de la oración. En efecto, las palabras del Señor “sobre la necesidad de orar siempre, sin desanimarse” (Lc 18,1), “velad y orad” (Mt 26, 41), “lo que digo a vosotros lo digo a todos: velad” (Mc 13, 37), “velad y orad para no caer en tentación” (Mc 14, 38), revelan la importancia de la oración en la vida espiritual y la presentan bajo la forma de ley. El evangelio testimonia que Cristo mismo ha observado esta ley: “fue a la montaña a orar y pasó toda la noche en oración” (Lc 6, 12), “fue al monte, solo, a orar” (Mt 14,23).

Por estas insistentes exhortaciones sobre la importancia de la oración te es fácil darte cuenta cómo esta esconde en sí aspectos verdaderamente esenciales para el hombre y que no es un simple mandamiento que pueda ser descuidado o sustituido con alguna otra cosa o con otro mandamiento. Por las repetidas exhortaciones  de Cristo a orar y por su mismo recurso a la oración continua e incesante –al punto de dedicarle noches enteras- puedes deducir que la oración es una irrevocable regla de la vida espiritual, envuelta en numerosos misterios. Su importancia y seriedad es tal que tan sólo el descuidarla te expone a pruebas y tribulaciones.

La regla de las siete horas canónicas de oración fijada por la Iglesia encuentra el fundamento espiritual justamente en el mandamiento del Señor de “orar siempre, sin parar”. Así, para garantizar que la jornada entera (y por tanto cada momento) sea colmado por la oración, la Iglesia ha dividido las doce horas del día en seis partes y ha fijado para cada una de ellas una oración adaptada, compuesta por la salmodia, por un pasaje de la Escritura y por una oración. Además ha sido colocada una oración en el corazón de la noche, subdividida en tres partes de modo de cubrir el arco entero de la noche. De este modo, mediante las sietes horas canónicas, se ha hecho posible el cumplimiento del precepto de Cristo sobre la oración continua. Esta recitación ritmada del salterio constituye una norma de oración basada en el mandamiento de Cristo que invita a usar el tiempo y a regular la vida entera santificándola mediante la oración, además expresa la constante vigilancia del corazón en la espera de los últimos días y de la venida del Esposo, como nos ha recordado Cristo mismo: “lo que les digo a vosotros se los digo a todos: ¡velad!” (Mc 13, 37). Así las siete horas terminan cada día con la oración en el corazón de la noche para testimoniar la vigilancia en la espera del regreso de Cristo.

Ahora, si eres consciente que la vigilancia del corazón y la santificación de cada momento del día constituyen la base de la disciplina en la oración, puedes entonces adaptar estas normas a tu ritmo de trabajo cotidiano, sobre todo si tus condiciones de trabajo no te permiten casi nunca observar la práctica de los siete momentos de oración cotidianos.

La vigilancia del corazón durante el cumplimiento de tus deberes cotidianos –de cualquier tipo que sean: en la casa como en la escuela, o en una fábrica, en el campo, en un negocio o en una oficina- sustituye el permanecer en oración en lo secreto de la habitación: te lleva de inmediato al cumplimiento de la regla de orar en obediencia al pedido del Señor. La vigilancia del corazón – es decir el poner repetidamente durante el día la atención en el Señor Jesús, manteniendo una viva conversación secreta con él, hecha de silenciosas palabras de amor- no es en absoluto inferior al estar en oración en una iglesia.

Para santificar tu jornada te bastan solo pocos minutos, siete veces al día, justo el tiempo para recitar un salmo, la oración prevista y un versículo del evangelio: para hacer esto te es suficiente retirarte a un lugar tranquilo, es más a veces puedes permanecer incluso en el lugar de trabajo. Debes sin embargo saber también elegir la posibilidad de usar el tiempo libre por la mañana y por la tarde, es decir antes y después del trabajo, para recitar enteramente y con calma laudes y completas: testimoniarás así tu plena disponibilidad a dedicar el mayor tiempo posible a Dios.

En cuanto a la oración en el corazón de la noche, el auxilio, la gracia y la fuerza obtenida practicándola son suficientes para compensar cualquier cansancio o fatiga que te imagines que deberás padecer por el levantarte a esa hora. Si puedes trabajar hasta tarde en la noche, no puedes considerar menos el privarte a ti mismo de compartir algunos minutos de la noche con el Hijo de la Luz, dando gloria al Esposo. Las vigilias nocturnas son un símbolo de la espera y de la acogida del Esposo (cf. Mt 25, 1-13). La realidad que este signo quiere indicar es que en el momento presente la acogida del Esposo sucede de modo parcial, en vista del día escatológico en el cual llegaremos a la consumación y a la victoria en el encuentro definitivo con el Señor.

Ahora que la regla de la oración se ha vuelto una auténtica luz que te guía hacia el encuentro con el Señor, puedes entender cómo la escrupulosa observancia de la norma te permite crecer más junto a Dios. Así, encontrando al Señor cada día, crecerán la amistad, el amor y la intimidad entre tú y él. Por consecuencia la misma oración tendrá mayor fervor, insistencia y amor. Cristo en efecto ha pedido que la oración sea hecha con insistencia y confianza y ha dado el ejemplo de la viuda que iba al juez de la ciudad y lo importunaba para obtener justicia contra el adversario. Y el juez la escuchó, a pesar de ser inicuo, por su insistencia. Jesús ha así llamado la atención sobre la importancia de la insistencia en la oración: “Y Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que gritan día y noche hacia él, y les hará esperar mucho? Os digo que les hará justicia rápidamente” (Lc 18, 7-8).


La oración como don

Observar la regla cotidiana de la oración con escrupulosidad e insistencia y cumpliéndola con amor y perseverancia, no es simplemente un deber que cumples porque te has comprometido, así como si se tratase de dar a Dios una parte de tu tiempo y de tus fuerzas y nada más. Si en efecto el ritmo de la oración fuese sólo un deber, Cristo no nos habría invitado a orar con tanta insistencia.

Así, más allá de la escrupulosidad e de la perseverancia en la oración se encuentra un don, un don preciosísimo, más precioso que cualquier cosa de la cual el hombre pueda tener necesidad o que pueda encontrar, más precioso incluso que todas las glorias del mundo. Este don es el Espíritu Santo, que Dios desea ofrecer al hombre, no como recompensa, sino en respuesta a la oración y a la insistencia en la súplica: “Cuanto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Lc 11, 13).

Valora bien la importancia de la oración y reflexiona cuánto conviene que te dediques a esta disciplina con escrupulosidad y perseverancia: esta te hace capaz de recibir al Espíritu Santo.

Si sólo supieses que es el Espíritu Santo el que infunde el amor en el corazón, el que enseña humildad, el que da el don de la paz del corazón, que consolida tu fe en Dios y tu esperanza en la vida eterna, que ilumina tu mirada para que tú puedas discernir la verdad y la voluntad de Dios, que inflama el corazón con el espíritu de oración, que te anima a permanecer vigilante con una fuerza y un celo que sobrepasa la posibilidad de la carne. Entonces te darás cuenta del fruto precioso que puedes recoger por la oración. Es ese el secreto escondido detrás de la insistente invitación de Jesús a orar: el valor de la oración consiste en la adquisición del Espíritu Santo, sin el cual el hombre no vale nada.

La oración por tanto es la regla más importante en la vida espiritual, es el secreto para un crecimiento espiritual fecundo y es el coronamiento de cada esfuerzo en el camino según Dios. A través de la oración en efecto el hombre adquiere el Espíritu Santo que lleva a la perfección el crecimiento espiritual de cada uno.


Cristo te espera

Cada vez que te pones ante Cristo para orar con fervor en la súplica, tu voluntad encuentra a la suya y obtienes misericordia. A través de la frecuencia y la sinceridad de la oración las dos voluntades tienen a acercarse.

Sólo en la oración Cristo puede alcanzarte y manifestare su voluntad. Cristo espera, desea, tu oración: “Estoy a la puerta y llamo” (Ap 3,2). En el evangelio él ha revelado la importancia y la necesidad de la oración, insistiendo para que oremos siempre, incesantemente y sin cansarnos jamás (cf. Lc 18,1), porque es justamente en la oración en donde puede alcanzarte, revelarte su voluntad y darte su gracia.

El pecado es odiado por el Padre y entristece el corazón de Cristo, porque ha sido la causa de la cruz, de los sufrimientos terribles que el Señor ha soportado sin ninguna piedad por parte de los hombres. Sin embargo, apenas el pecador se presenta ante Dios Padre, manteniéndose firme junto a la cruz y elevando súplicas en nombre de la sangre de Cristo, su pecado le es perdonado, la condena deja de pesar sobre él y él no es más maldecido. Por esto es bueno tener una cruz y besarla a menudo durante la oración.

Cristo se ha sometido a la cruz en vista de la alegría que le era puesta adelante (cf. Hebreos 12,2), es decir, la alegría de salvar a los hombres y de reconciliarlos con el Padre. Y en vista de esta misma alegría es que él continúa llevando el peso de nuestros pecados y que está siempre dispuesto a perdonarlos, aunque se repitan muchas veces al día, con tal que cada vez volvamos a él con un corazón contrito. Los sufrimientos que él ha soportado hasta la muerte muestran claramente su disponibilidad ilimitada a llevar el peso de nuestros pecados, porque su corazón conoce la debilidad de nuestra naturaleza, la debilidad de nuestra voluntad y la gran miseria del hombre.

Por esto, durante la oración, preséntate a Cristo con la actitud del pecador consciente de la propia miseria, con la cabeza inclinada, golpeándote el pecho, con la frente cubierta de polvo, pero al mismo tiempo con la certeza de ser acogido y perdonado por Cristo, en razón de su gran compasión, de la predilección que él tiene por los más débiles y de la alegría que experimenta cada vez que vuelves a él.



Matta el Meskin,
Consigli per la preghiera.
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.


Publicado por esicasmo.it




lunes, 23 de diciembre de 2013

Toma y nombra

P. Diego de Jesús



La angélica consigna que recibe José en sueños contiene variedad de capas geológicas. La inmediata la conocemos bien: es consigna práctica por hacerse cargo de su casta esposa.

Pero hay más tela para cortar.

El seráfico mandato dice “no temas tomar contigo” y como un eco reverberante atraviesa todas las generaciones de cristianos para clamar a las puertas de nuestro corazón: oh tú, cristiano, no temas tomar contigo.

El ángel interpela, requiere, demanda. ¿Pero qué?

La primera lectura es simple y bella: a la Madre de Dios. Rotundamente cierto. Sería una versión alternativa al mandato que recibimos del mismo Señor en el Gólgota: he ahí a tu madre, tómala contigo (emplea Juan el mismísimo verbo que Mateo). Pero hay más tela.

La Virgen encinta es paradigma del Misterio. Ella contiene al Incontenible, guarda y resguarda al Dios Infinito. Y como tal, ella es ícono y arquetipo de todos los Misterios de nuestra fe.
Y ahí también hay que poder aplicar el mandato angélico: “no temas tomar contigo”.

Claro que no es un “tomar” cualquiera. Es tomar lo virginal, lo intocado e intocable, para recibirlo como tal. Casi como si nos mandaran: camina sobre la nieve sin marcarla.

Toma sin agarrar.
Toma sin asir.
Tomo sin “conocer”, en su vasto sentido bíblico.
Toma así al Misterio de nuestra Fe.

El verbo original es muy bello, hasta en su música: paralabein (Mt 1,20). La Tradición lo asumió con el accipere latino, que empleamos desde hace siglos cada día en la Eucaristía para tomar y comer, tomar y beber, el Fuego divino.
El verbo tomar castellano no es el más feliz. Habría que imaginar un acorde analógico en que resonara al unísono: recibir, acoger, guardar, albergar, aceptar, hacerse cargo… y con una sutil pero feliz disonancia, pulsar incluso la voz “esconder”.
Todo “eso” es consigna. De José para con María. De nosotros para con el Misterio entero.

El oxímoron que implica la virgen-madre, intocada fecundidad, justifica el “no temas” del Ángel (siempre que un ángel dice no temas, la cosa es para temblar entero). No temas tamaño imposible, semejante opuesto: toma sin tocar, guarda sin poseer, recibe sin atrapar. El cristiano que se toma en serio esto, hace de ello consigna para la plegaria y para la meditación de los Misterios: hacerse cargo de lo absolutamente ajeno y desmedido. Custodiar lo impropio. La liturgia es sin duda su prototipo.

Pero hay más.
Si Agustín recibió aquel famoso “toma y lee”, José recibe consigna más audaz: “toma y nombra”.
No le alcanza al ángel conminarlo al “no temas tomar”. Redobla la exigencia: ahora, nombra el Misterio guardado.
Y también aquí el eco llega con voz de trueno hasta nuestro sueño: oh tú, cristiano adormilado: ¡despiértate, tú que duermes! ¡Hazte cargo del Misterio y llámalo por su nombre!

Se suele decir –y no es mal consejo- que hay que llamar las cosas por su nombre. Es una consigna a favor de la verdad, de la caridad, de la sinceridad. Es un fustigue al maldito arte del eufemismo. ¡Las cosas, por su nombre! Bien: algo de eso clama la voz del alado emisario: llama a las cosas de Dios por su nombre.

Pero no abundan los plurales en boca del ángel. Si Adán recibió el amplio mandato de ponerle nombres a todas las cosas, José recibe un solo nombre. Le pondrás por nombre Jesús.

Otra vez podemos poner cara de naipe y creer que la consigna no nos atañe. Y a lo Judas preguntar: -¿yo, Maestro?

- Sí, vos. Le pondrás por nombre Jesús.
- ¿A qué, a quién?
- Al vasto e incontenible Misterio que aceptaste “tomar contigo sin temor”. Le pondrás por nombre Jesús.

A ese impenetrable versículo bíblico: le pondrás por nombre Jesús.
A esa velada Presencia del sagrario: le pondrás por nombre Jesús.
A ese hermano tuyo, distante y distinto: le pondrás por nombre Jesús.
A ese misterio recóndito de tus límites y penas: le pondrás por nombre Jesús.
A esa enfermedad: le pondrás por nombre Jesús.
A esa angustia insostenible: le pondrás por nombre Jesús.
A esa sola cosa necesaria, que es todo: le pondrás por nombre Jesús.

Cuando se habla de la oración continua se suele aplicar este adjetivo a la variable temporal. Pero es imprescindible completar los ejes de esta existencia sublunar con el eje espacial: el Nombre de Jesús no sólo ha de poder ser nombrado siempre, sino también sobre todo. Para que ese continuo que es nuestra vida quede íntegramente embebido en Él.

Todo cuanto ocurre –adorable, al decir de Bloy- amerita ser nombrado con Adán, y ser renombrado con José. Ser ungido por ese Dulcísimo Nombre que no sólo “está sobre todo nombre” sino que contiene en Sí todos los nombres y todas las cosas. Todo cuanto es y ocurre está preñado de lo divino. Y ha de poder ser casta y virginalmente recibido, custodiado y nombrado.
Es entonces que el Misterio tomado y nombrado nos alumbra.

Que el castísimo esposo de la Madre de Dios nos enseñe a hacer caso al Ángel.




Diego de Jesús
22.XII.2013