Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 24 de diciembre de 2014

El aspecto escondido de la navidad

Matta el Meskin


El reino que viene

El Nuevo Testamento y el cristianismo no son opuestos al Antiguo Testamento y al judaísmo. Así, el Nuevo Testamento es la declaración del cumplimiento de todas las promesas y los misterios del Antiguo respecto al Mesías, el reino de Dios y la salvación.

Porque les aseguro que Cristo se hizo servidor de los judíos para confirmar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas que él había hecho a nuestros padres, y para que los paganos glorifiquen a Dios por su misericordia. Así lo enseña la Escritura cuando dice: Yo te alabaré en medio de las naciones, Señor, y cantaré en honor de tu Nombre. Y en otra parte dice: ¡Pueblos extranjeros, alégrense con el Pueblo de Dios! Y también afirma: ¡Alaben al Señor todas las naciones; glorifíquenlo todos los pueblos! Y el profeta Isaías dice a su vez: Aparecerá el brote de Jesé, el que se alzará para gobernar las naciones paganas: y todos los pueblos podrán en él su esperanza. (Rom 15, 8-12)

En nuestros días la Iglesia, en medio de todas las naciones del mundo, es la revelación y el cumplimiento de las esperanzas de todos los escritos del Antiguo Testamento respecto al reino de Dios, en el cual Cristo que es la cabeza, reina y gobierna el reino universal de salvación. La esperanza entera del pueblo de Israel, con todos sus profetas y sus instituciones, estaba focalizada sobre la salvación del mundo entero: esta salvación está ahora obrando a través de la Iglesia.

Es también claro que a lo largo de todo el Antiguo Testamento hay un desarrollo del concepto del reino de Dios que viene y del modo en el cual el Mesías es comprendido y profetizado. Este es el motivo por el cual, cuando Juan el Bautista comenzó a predicar la conversión y el reino de Dios, la multitud se reunió en torno a él en un número que no tenía precedente en el ministerio de todos los otros profetas. La espera consciente del reino había alcanzado una gran madurez e intensidad. Es una espera y un vivo sentido de la inminencia que encontramos también en las declaraciones de Simeón y de la profetiza Ana. El espíritu de profecía habló también por boca de Zacarías, Isabel y Juan, confirmando que el reino estaba verdaderamente cercano. Pero Juan el Bautista fue extremadamente honesto consigo mismo y con sus seguidores diciendo: “¡Yo no soy el Mesías!”

No debemos olvidar que al inicio de su ministerio, Jesús fue acogido sin dudas como el Mesías salvador gracias a la sinceridad y a la fidelidad de Juan el Bautista: todos los seguidores de Juan, incluso sus discípulos más íntimos, pasaron al grupo del Mesías.

Todo el pueblo acogió a Cristo como el rey que venía en nombre del Señor, el Hijo de David venido para anunciar el inicio del reino del Mesías, reino que el pueblo sabía que era eterno. Cuando Cristo se mostró reacio en revelarse a sí mismo, la gente no tuvo duda de llevarlo fuera para hacerlo rey a la fuerza. Pero él huyó de ellos, porque la comprensión que ellos tenían de la salvación y del reino de Dios era incompleta y errada.

Todo esto muestra hasta qué punto la fe en la doctrina de la venida del reino de Dios había impregnado la mente del pueblo e incluso de los paganos. La gente común tiene siempre una conciencia aguda de lo que Dios está obrando, como dice el proverbio: “Voz del pueblo, voz de Dios”.

Es también claro que a lo largo de toda la historia de Israel hay un fuerte vínculo entre los tiempos de aflicción, de exilio y de doloroso castigo de Dios por un lado y, por otro, el brotar de la esperanza en la venida del Mesías y en su salvación. Anhela la salvación, en efecto, quien ha experimentado la amargura del exilio en el propio cuerpo, en la propia mente y en el propio espíritu.

Una rápida ojeada a los salmos –en particular a los versículos “El Señor reina, exulta la tierra” (Sal 97, 1) y “El Señor reina, tiemblan los pueblos” (Sal 99,1) –nos revela cuán impaciente fue la espera y con cuánta fatiga Israel buscaba discernir, en las tinieblas de la historia y de los acontecimientos, el rey que debía venir. Es cuanto encontramos no solo en los salmos, sino también en las profecías que constantemente indican el reino de Dios y el Mesías que debe venir para gobernar la tierra entera en la justicia y en la rectitud, para reunir a las naciones bajo su estandarte y para guiar a los redimidos a su redil, donde todos lo alabarán y lo servirán.

Cada vez que la moral declinaba y la consciencia se corrompía, cuando los pilares de la sociedad –es decir los jefes- se derrumbaban y las condiciones se volvían más críticas, entonces reflorecían las esperanzas en la venida de un rey que reformaría la conducta de las naciones y curaría la enfermedad que había golpeado al pueblo con la decadencia moral. A veces las profecías eran muy explícitas al indicar que sería Dios mismo quien gobernaría las naciones rebeldes golpeándolas con la vara de su ira y destruyendo a los hipócritas con el simple soplo de su boca. Dios se volvería para siempre el Padre de los redimidos ya perdonados y sería llamado el Príncipe de la paz sobre la tierra.

Luego viene el Mesías y cumple todas las obras que habían sido escritas sobre él. El evangelio nos refiere que Juan mandó a sus discípulos a preguntar: “¿Eres tú aquel que debe venir o debemos esperar a otro?” En otras palabras: “¿Eres tú el redentor, el salvador, el sanador que debe gobernar a Israel y someter a todas las naciones y los pueblos?” Y Jesús responde: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!” (Mt 11, 4-6) Es decir, feliz quien recibe a Cristo como el rey de justicia que viene. “Hemos encontrado aquel del cual han escrito Moisés en la Ley y los Profetas, Jesús, hijo de José de Nazaret” (Juan 1, 45). Por tanto, el significado espiritual del reino de Dios en el Nuevo Testamento es que hemos recibido de los profetas una herencia verdaderamente preciosa: la feliz esperanza en la cual murieron las generaciones pasadas.

El reino de Dios, que el Mesías que viene estaba a punto de revelar y proclamar, era la esperanza más íntima y más querida por sobre toda otra, no sólo para los profetas, sino para todos los rabinos y los maestros y para el pueblo entero. Los interrogantes encontraron una respuesta y las cuestiones abiertas una solución en virtud del reino que debía venir: “la samaritana dijo: ‘Sé que debe venir el Mesías (es decir, el Cristo): cuando él venga nos revelará todo’” (Juan 4,25).


El aspecto visible de la navidad

Estamos acostumbrados a focalizar nuestras meditaciones sobre el nacimiento de Cristo sobre lo que ha sucedido visiblemente en la historia: el Verbo se ha hecho carne y nosotros hemos contemplado su gloria. La vida se ha hecho visible y nosotros la hemos visto con nuestros ojos y tocado con nuestras manos. Dios ha aparecido en la carne.

Los pastores recibieron un signo del cielo y corrieron a ver el prodigio en la gruta: un niño envuelto en pañales que yacía en un pesebre. De él había sido dicho que era aquel que liberaría a su pueblo de todos los pecados. Vinieron también los magos, después de un largo viaje, guiados por una estrella del cielo movida por una fuerza proveniente de lo alto: así el testimonio del Salvador del mundo venía del exterior, no de Israel, en un momento en el cual los jefes y los rabinos no supieron reconocer y proclamar a su Salvador.


El aspecto escondido de la navidad.

Pero quisiéramos ahora considerar qué a sucedido de modo invisible en el día del nacimiento de Cristo. Ha sido demostrado de modo irrefutable en la escena de la historia y del tiempo, así como en el corazón de los apóstoles, de los santos y de la Iglesia entera, que Aquel que había nacido era verdaderamente el rey que debía venir, el salvador, el redentor, el poseedor de la llave de la casa de David, aquel que cuando cierra ninguno puede abrir y cuando abre nadie puede cerrar. Su reino es un reino eterno que no acabará jamás, según la visión del profeta Daniel (cf. Daniel 6, 27).

Este es el otro aspecto del nacimiento de Cristo, ya que en Cristo se cumplió la promesa de Dios hecha desde el inicio de la era de la salvación, y la manifestación sobre la tierra del reino de Dios, guiado y gobernado por él. Este era el reino del cual habían hablado incesantemente los profetas. Los ejércitos celestiales proclamaron la salvación: “Ha nacido por vosotros un salvador”, y los magos anunciaron el reino eterno: “¿Dónde ha nacido el rey de los judíos? … Hemos venido para adorarlo” (Lc 2,11; Mt 2,2).

Así podemos contemplar el rostro escondido del día de Navidad: los tronos fueron destruidos y fueron preparados otros. Una época terminaba y se iniciaba otra, como había dicho la Virgen María en su inmortal himno de alabanza: “Ha derribado a los poderosos de sus tronos y ha elevado a los humildes”, “ha desplegado el poder de su brazo” (Lc 1, 52.51). Ya en la anunciación el ángel había proclamado con claridad y alegría: “Él será grande y llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará por siempre sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33).

Es sorprendente que el reino de Cristo, portador de salvación, haya podido ser proclamado mientras él estaba aún en el seno, y confirmado de muchos modos: primero por el ángel, luego por la Virgen al momento de haberlo concebido, luego por el sacerdote Zacarías y por Isabel. En el día de su nacimiento fue reconfirmado por los ejércitos celestiales y por los magos, que habían soportado las fatigas del largo viaje para poder ver al rey de los judíos, adorarlo y ofrecerle los dones que expresaban la esencia de la fe de ellos en su reino.


La insistencia de Cristo sobre la realidad del reino

Otro aspecto del nacimiento de Cristo niño, envuelto en pañales y puesto en un pesebre, es justamente este reino, proclamado por los cielos, por los ángeles y por los soberanos, reino que Cristo con su nacimiento, había venido a establecer y gobernar en favor del hombre. Cristo había nacido con las llaves de David sobre sus hombros, según las palabras del ángel a la Virgen: “El Señor Dios les dará el trono de David su padre y reinará para siempre sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin”. (Lc , 1-32-33)

Debemos focalizar nuestra atención sobre este segundo aspecto porque en realidad es la esencia del significado de Navidad. Si leemos atentamente, descubrimos que es este otro aspecto el que domina el evangelio y toda la Escritura. Cristo mismo, en su predicación y en sus parábolas, atribuyó al reino de Dios una centralidad que no otorgó a ningún otro tema. El reino de Dios fue también el mensaje con el cual inició su ministerio: “Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca” (Mt 4, 17). Si traemos a la memoria los eventos registrados en el evangelio, encontramos que en las enseñanzas finales de Cristo –aquellas impartidas después de la resurrección, durante los cuarenta días en los cuales se apareció a los apóstoles- habló con ellos del reino de Dios (cf. Hechos 1,3). Todos tienen presente también las palabras de Cristo respecto al reino y diseminadas a los largo del evangelio: Cristo las utilizó para intentar explicar y describir el inexplicable e indescriptible reino de Dios, apelando a todo tipo de imágenes. El cuidado del Señor al presentar estas parábolas del reino revela el enorme significado atribuido por Cristo al concepto de reino. Ninguna parábola a solas podría describir el reino de Dios, y ni siquiera todas las parábolas juntas serían suficientes. De otra manera Cristo no habría tenido necesidad de emplear cuarenta días, en la plenitud de su resurrección y transfiguración, para explicar nuevamente los misterios del reino de Dios, después de haberles ya hablado constantemente por tres años y medio, tanto explícitamente como en parábolas.

El reino de Dios, después de todo lo que ha sido dicho en el evangelio y después de todas las explicaciones, permanece siendo siempre una novedad que espera su cumplimiento. Cuando todas nuestras parábolas y sus significados llegan al final, la realidad del reino permanece inmutable. Es una vida que no puede ser descripta, pero que es vivida: ¡he aquí el por qué, por más que hablemos del reino, nos damos cuenta que nos faltan palabras! El reino permanece como algo del cual el alma tiene necesidad mucho más de cuanto necesita de la mente o la fantasía.


Cristo y sus parábolas del reino.

Cuando Cristo nace de la Virgen, tenía la apariencia de un hombre como los otros, no obstante estuviese rodeado de eventos extraordinarios. Esta era y es todavía la opinión de muchos: ellos vieron en Cristo un gran hombre, nacido de una Virgen santa, en virtud de un incomprensible milagro. El milagro es considerado de igual manera que un insondable enigma. Sucede exactamente lo mismo cuando Cristo expone sus parábolas del reino. Algunos las consideraron simplemente como parábolas que contenían una sabiduría enigmática. Y Cristo se había luego reencontrado en el estrecho círculo de sus discípulos y les había revelado explícitamente el secreto de las parábolas, presentadas como enigmas respecto al reino de Dios. “Sus discípulos lo interrogaron sobre el significado de la parábola. Y él les dijo: ‘A vosotros les he dado a conocer los misterios del reino de Dios, pero a los otros solo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no entienden’” (Lc 8, 9-10).

Jesucristo en su nacimiento, crucifixión y resurrección, ha sido como una de las parábolas que eran a menudo contadas acerca del reino de Dios. El Cristo nacido de la Virgen exteriormente no era nada más que un proverbio enigmático, pero los que tienen ojos para ver y orejas para oír percibieron el otro aspecto de la navidad: Dios ha aparecido en la carne, pues el niño que ha nacido revela el misterio de los cielos, el misterio del poder, de la autoridad y de la gloria de Dios, y la impronta de su naturaleza (cf. Hebreos 1,3).

Sorprendentemente, Dios proveyó a los escépticos un ejemplo que les acusase de su estupidez. El ejemplo, que se vuelve muy pronto un testimonio del inescrutable misterio de Cristo, es el de los magos que llegaron del lejano oriente para postrarse ante el niño-rey nacido en Belén. Los magos eran plenamente conscientes del aspecto escondido de la navidad: sus ojos estaban abiertos para ver la estrella en el cielo, sus orejas estaban abiertas para escuchar el misterio. Así ellos comprendieron cada cosa, obedecieron a la visión y no se rebelaron a la llamada.

Este es el Cristo nacido en Belén: un misterio al mismo tiempo visible y escondido. Uno puede contentarse por lo que ve exteriormente: una historia, una máxima, un enigma. Es lo que sucede cuando, en cada relato del evangelio, no se ve más allá del Cristo de la historia. Pero si los ojos y las orejas están abiertos, Cristo y su nacimiento asumen otro intangible significado que ningún libro y ninguna mente humana puede contener. Cristo se vuelve el misterio contenido en sus parábolas del reino: una fuente de visión que satisface sin límites, una fuente de comprensión y de sabiduría más allá de toda razón. Es el grano de trigo –como dice de sí mismo y en una de las parábolas del reino-  que contiene el misterio de la muerte y resurrección y el misterio del hambre y de la saciedad.

Todo esto para decir que la preocupación de Cristo por explicar el reino de Dios estaba motivada por el hecho que de aquel modo él se revelaba a sí mismo y explicaba su nacimiento. Si nosotros recorremos todas las parábolas de Cristo y las penetramos en profundidad en el Espíritu, descubrimos tantísimas cosas del misterio de Cristo mismo. Cuando el Señor envió a sus discípulos a predicar, y les dio a ellos autoridad, mostró el alcance del vínculo existente entre el reino y él: “Id y anunciad el reino”, “vosotros seréis mis testigos”, “quien los acoge me acoge a mí y quien me acoge, acoge a aquel que me ha enviado”. Aquí Cristo se pone a sí mismo en el centro del anuncio del reino. Es verdad que el reino es “el reino de mi Padre”, y “Yo soy el camino” y “nadie va al Padre si no por mí”. “Quien niega al Hijo no posee tampoco al Padre”.


Cristo niño revela los misterios del reino

Es verdad que el reino de Dios es poder, y Cristo nacido en Belén revela como este poder de Dios es iluminador, calmo y humilde.

Es verdad que el reino de Dios es un sistema, una organización, una ley, y Cristo nacido en Belén revela el amor, la compasión, la humildad y el sacrificio de sí de un corazón determinado por hacer explotar las fuerzas de este sistema, de esta organización y de esta ley.

Es verdad que el reino de Dios es el poder lógicamente supremo y la autoridad divina absoluta, forma de gobierno celestial y decreto divino, y lo que ha sucedido en Belén nos revela que el reino de Dios, a pesar de toda su tremenda superioridad celestial, no es más extraño a nuestra extirpe, ni inaccesible a la vista, ni difícil de escuchar. El milagro eterno ha sucedido, el prodigio más allá de la lógica humana se ha cumplido y los cielos han anunciado el mensaje: “Hoy os ha nacido en la ciudad de David un salvador, que es Cristo el Señor. Este signo es para vosotros: encontraréis un niño envuelto en pañales, que yace en un pesebre” (Lc 2, 11-12).

Cristo recién nacido en el pesebre nos revela el otro rostro del reino y cómo es posible que en una gran simplicidad y humildad, en la suprema benevolencia divina, la salvación haya alcanzado el cumplimiento en aquel reino.


La simplicidad de Cristo recién nacido y el reino.

La manifestación del reino como poder y organización, como sistema y autoridad en la persona de Cristo, manifestado en la humildad de su nacimiento en Belén, nos da un sentido penetrante del reino. Como Cristo mismo dijo con fuerza: “El reino de los cielos está cerca de vosotros”, “El Señor está cerca”. Verdaderamente debemos darnos cuenta que el niño que está frente a nosotros en Belén es de una simplicidad extrema: podemos ganarnos su simpatía con el amor, igual que a todo niño podemos abrazarlo y besarlo. Este es el modo que Dios ha elegido para representar la cercanía y la simplicidad del reino de los cielos. O mejor, es en la extrema simplicidad que el reino se ha hecho cercano y nos ha hecho posible acceder a él, gracias al nacimiento de Cristo en ese accesibilisimo  establo en lugar de los palacios de los reyes rodeados por murallas y por puertas atrancadas y custodiadas por servidores y mayordomos.

Verdaderamente creo que todos los que han gustado el don celestial y se han vuelto partícipes del Espíritu Santo, han gustado también la buena palabra de Dios y las maravillas del mundo futuro (cf. Hebreos 6, 4-5). Ahora estos perciben claramente la verdad de esta afirmación y con qué liberalidad el don celestial ha sido otorgado y con qué facilidad se lo puede alcanzar. Como dice la Escritura: “el reino de los cielos sufre violencia y los violentos se lo adueñan” (Mt 11, 12). Como en efecto podemos abrazar a un recién nacido, así podemos adquirir el Espíritu Santo en nuestros corazones.


El reino y Cristo a nuestro alcance.

Miremos de cerca y por mucho tiempo a los ojos del niño Jesús envuelto en pañales y acostado en el pesebre: en sus ojos podemos ver el otro rostro de la navidad, podemos ver el reino en toda su altura y profundidad. Nosotros lo miramos y él nos mira con extrema simplicidad y benevolencia. Toma en brazos al niño Jesús y sentirás cómo es liviano el reino, si bien es un yugo por llevar y un fardo que cargar.

Si quieres creer verdaderamente que el reino de Dios está personificado en Jesucristo, escucha las palabras del mismo Señor que unen el reino con su persona. Él habla del discípulo que ha abandonado todo “por mí y por el evangelio” (Mc 10, 29), y es obvio que el evangelio es la predicación del reino. Los discípulos eran absolutamente conscientes de la realidad de este vínculo entre el reino y Cristo. El evangelista Lucas escribe claramente: “Cuando comenzaron a creer en Felipe, que anunciaba la buena noticia del Reino de Dios y del nombre de Jesucristo, hombres y mujeres se hicieron bautizar” (Hechos 8,12).


El reino visible y el reino escondido

El Señor se refería a esta realidad en su profundidad cuando decía a sus discípulos: “El reino de Dios está en medio de vosotros” (Lc, 17,21), y cuando decía a Pedro: “A ti te daré las llaves del reino de los cielos” (Mt 16, 19). Esta promesa era en referencia a la confesión de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente” (Mt 16,16): la fe en Cristo en efecto es la llave del reino, según las profecías respectivas: “la llave de la casa de David” (cf. Is 22,22; Ap 3,7).

Pero la verdad del reino escondido era oscura para muchos, como para las mujeres simples que eran solícitas servidoras de Jesús. La madre de los dos hijos de Zebedeo, por ejemplo, que aprovecha la ocasión propicia para pedir al Señor que sus dos hijos se sentaran uno a su derecha y otro a su izquierda en su reino.

La sensación del reino inminente o la expectativa de que el Señor sería revelado imprevistamente en su reino no eran extrañas a la atmósfera en la cual vivían todos los compañeros de Cristo. El mismo poder de Cristo era la manifestación del reino de Dios, y así el reino se volvía siempre más cercano a ellos después de cada milagro, hasta que se volvió parte integrante de sus conciencias. Los discípulos terminaron por convencerse que estaba ya por realizarse y se volvieron así fervientes con respecto a esto, hasta ponerse en un estado de espera impaciente y a veces también de tensión: “Estos creían que el reino de Dios debía manifestarse de un momento a otro” (Lc 19,11). Así Cristo comenzó a enseñarles en parábolas que faltaba un largo camino todavía por recorrer antes de volver, y que debería pasar todavía mucho tiempo antes de que el reino fuese manifestado: “Un hombre de noble estirpe partió para un país lejano para recibir un reino y luego volver” (Lc 19,12).

Esta percepción de la inminente salvación y de la aparición del reino de Dios en la revelación del reino visible de Cristo impregnaba a todos los discípulos y a la gente en general durante los últimos días terrenos de Cristo, al punto de que la multitud, una semana antes de la crucifixión, se puso a gritar: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna, en lo más alto del cielo!” (Mc 11, 9-10).


El reino de Dios viene con poder.

Y el pregón de la multitud llegaba con cincuenta y siete días exactos de anticipo respecto a lo que sucede el día de Pentecostés. El descenso del Espíritu Santo con poder de los cielos realizó el reino, aunque sólo de modo parcialmente visible. La salvación descendió de lo alto, Cristo es revelado como salvador y redentor, y el reino de Dios se volvió una realidad interior que colmó a los discípulos y les hizo hablar en todas las lenguas a todas las naciones llamadas a la salvación.

Esta realización del reino por el poder del Espíritu Santo en el día de Pentecostés es a lo que se refiere Cristo cuando dice: “Hay algunos entre los presentes que no morirán antes de haber visto al Hijo del hombre venir en su reino” (Mt 16,28).

Pero hemos visto ya a los ángeles anunciar la aparición del mismo reino de otra manera, más profunda, en el momento del nacimiento de Cristo en Belén. Los ángeles usaron las mismas palabras cantadas por los niños el domingo de Ramos, mientras proclamaban junto a los ejércitos celestiales: “Gloria a Dios en lo más alto del cielo y paz en la tierra… benevolencia a los hombres”, uniendo así el reino de Dios en los cielos con su aparición sobre la tierra. Este grito de los ángeles coincide misteriosamente con el canto de los niños: “¡Hosanna en lo más alto del cielo! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino de nuestro padre David, reino que viene en el nombre del Señor!”


Las alabanzas de los ángeles es un himno teológico

En este punto es muy importante darse cuenta de lo que los ángeles querían decir uniendo la gloria de Dios en lo más alto de los cielos con la paz y la benevolencia sobre la tierra. ¿No es pues la realidad de la encarnación, el misterio escondido en el otro aspecto del nacimiento de Cristo en un establo? El vínculo entre cielo y tierra, entre lo visible y lo invisible, entre Dios y el hombre es la realidad de la natividad. Es la auténtica manifestación del reino de Dios entre los hombres: Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”.

El himno de los ángeles no es un simple canto o una antífona festiva: es una declaración teológica y una revelación del significado verdadero del misterio de Cristo, angélicamente expresado en un canto de alabanza.

Nos damos cuenta que no obstante la encarnación del Verbo, el Hijo unigénito de Dios, es decir, su volverse hombre o, como dice Pablo, el habitar corporalmente en él toda la plenitud de la divinidad (cf. Col 2,9) y la manifestación de Dios en la carne (cf. 1 Tm 3,16), a pesar de esto, percibimos en el canto de los ángeles que la unión no ha abolido el cielo y la tierra. Así, se continúa dando gloria a Dios en lo alto de los cielos mientras, al mismo tiempo y por la misma razón, la plenitud de la paz y de la benevolencia desciende sobre la humanidad. En efecto, la unión realizada en la persona de Cristo no elimina nada, sino, por su humildad y condescendencia, aumenta la gloria dada a Dios en los cielos, así como nuestra paz y nuestra felicidad son aumentadas por el amor, por la redención y por la salvación descendida sobre una tierra llena de fatigas y de penas. Este es el significado del reino y de su manifestación: que nosotros podemos adquirir sobre la tierra la plenitud del designio de Dios y su celestial beneplácito. Es también la sustancia de la oración que el Señor enseñó a sus discípulos a fin de que la meditaran cada vez que la recitaban: “venga tu reino, se haga tu voluntad, como en el cielo sobre la tierra”.

Ya que Cristo había unido en sí mismo la voluntad del Padre y la voluntad de la humanidad y éstas las había hecho propia, única voluntad, era capaz de otorgarnos la gran gracia en virtud de la cual nos volvemos a su vez capaces de cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida terrena y de recibir constantemente en lo profundo del corazón –por medio del misterio del cuerpo y de la sangre y en la medida del grado de nuestra oración- el reino de Dios del cual continuamos invocando su venida.

Si volvemos a la alabanza de los ángeles: “Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra… benevolencia a los hombres”, vemos en esta una promesa segura que la oración: “Padre nuestro, que estás en los cielos…” que recitamos cada día, será escuchada, pero lo será en nuestro Señor Jesucristo. Justamente como los ángeles cantaban y proclamaban que a causa del nacimiento de Cristo en Belén se da gloria a Dios en lo más alto de los cielos y es otorgada la paz sobre la tierra y la benevolencia a todos, así frente al misterio de la encarnación de Cristo pedimos con confianza: “Venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo así en la tierra”.

Es Cristo el secreto de estos dos vínculos supremos entre el cielo y la tierra y entre Dios y el hombre.

Volvamos la mirada a Cristo niño nacido en un establo. Meditemos sobre la simplicidad y la humildad de su ingreso en el mundo, porque justamente gracias a este somos capaces de abrirnos un camino hacia el otro aspecto de este nacimiento maravilloso y ver a Dios. Somos capaces de tomar el misterio de la voluntad de Dios y del misterio del Reino, que ahora está a nuestro alcance, igual que aquel niño manso que yace en el pesebre.


Matta el Meskin
Comunione nell’amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 1999 Magnano.
Pp. 91-105

jueves, 18 de diciembre de 2014

El Cristo de la historia: un Cristo viviente.

Matta El Meskin


“Pero vosotros, ¿quién decís que sois?
Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente”
Mt 16, 15-16

El nacimiento de Cristo, su muerte y su resurrección son acontecimientos sobrenaturales que van más allá de su dimensión histórica y es por esto que su impacto directo sobre la humanidad entera ha superado toda medida lógica humana. En cuanto a la autoridad de Jesús, basta pensar aquello que los discípulos llegaron a afirmar después de la resurrección de Cristo, dando su testimonio del proceso sufrido ante los escribas y los ancianos judíos: “En ningún otro hay salvación. No hay en efecto otro nombre dado a los hombres bajo el cielo por el cual podamos salvarnos” (Hech 4, 12).

Por esto debemos prestar la máxima atención cuando el evangelio nos informa sobre la vida de Jesucristo. Aquello que en efecto leemos en el evangelio según Mateo y según Lucas sobre el nacimiento humano que sucedió en el corazón de la historia es colocado por Juan en un contexto divino que trasciende la historia. En efecto, lo que para Mateo y Lucas es el nacimiento del niño Jesús, para Juan es la encarnación de la Palabra existente desde el principio.

Análogamente para su muerte, mientras los tres evangelios sinópticos transmiten el relato desde el punto de vista de la historia individual y humana de Jesús, el cuarto evangelio se aparta para elevarla por encima del nivel de una historia individual y desvela en ésta el misterio de la redención divina que abraza a toda la humanidad:

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron un Consejo y dijeron: “¿Qué hacemos?” Porque este hombre realiza muchos signos. Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro Lugar santo y nuestra nación”. Uno de ellos, llamado Caifás, que era Sumo Sacerdote ese año, les dijo: “Ustedes no comprenden nada. ¿No les parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera?” No dijo eso por sí mismo, sino que profetizó como Sumo Sacerdote que Jesús iba a morir por la nación, y no solamente por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos. (Juan 11, 47-52)

Podemos percibir y sentir justo en el corazón del evangelio como la historia y la eternidad se han mezclado en una asombrosa sintonía. La historia era y permanece historia: ésta se refiere solo al pasado con sus acontecimientos, ya concluidos y transcurridos, impresos en los días, en los meses y en los años. El hombre ha considerado siempre inconcebible la eventualidad que un día la historia y la eternidad pudiesen mezclarse. En aquel tiempo, en la persona de Jesucristo, la historia se ha puesto firmemente de pie, viva y dadora de vida, poderosa en su eficacia, entrelazada con las profundidades mismas de Dios y de la eternidad, pronta a transportar el pasado mortal del hombre a una vida eterna e inmortal que no decae.

La historia –o el tiempo- era el punto en el cual la historia de cada creatura estaba obligada a detenerse, ya que era creada, vivía y moría. Así fue hasta que- en la plenitud del tiempo- nace, en un día, en un mes y en un año preciso de la historia, un niño llamado Jesús. Él fue registrado como un ciudadano normal en los registros del censo imperial. A dos mil años de distancia de aquel nacimiento y conformemente a cuanto es indicado en los evangelios, claros acontecimientos han mostrado con insistencia y con signos evidentes que en aquel lugar y en aquel niño había sido inaugurada una nueva historia de la humanidad. Un misterio que engloba también el cielo y sus creaturas invisibles y se dilata hasta la eternidad de Dios.

He aquí el testimonio del evangelio según Lucas:

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!” Lucas 2, 8-14

Este evento celestial fue la primera abierta violación de los confines impuestos al espacio de la humanidad y su capacidad de contar la historia a nivel del tiempo. La violación por parte de los ángeles del campo visible y audible del hombre es algo que originariamente no pertenecía a la historia o a la capacidad receptiva humana. Es evidente que aquel que ha nacido es de condición tal que, una vez abajado a nivel humano y terreno en el pesebre de Belén, inmediatamente se abre un pasaje hacia la condición divina y celeste. Esto no sucede pues sin efecto en lo más alto del cielo.

El ángel que realiza una tarea particularísima: aparece como un evangelista a servicio de los hombres y así –en base a las órdenes recibidas de Dios- se hace cargo de recordar a cada uno la importancia de este día en la historia de la humanidad:  día de “gran alegría” del cual todos podrán sacar su felicidad sobre la tierra. En la óptica divina, en efecto, el día de la navidad de Cristo representa el nacimiento de un Salvador. El ángel entra aquí por primera vez en la historia como un narrador de los días, pero al mismo tiempo revela el valor de este momento, valor escondido en la naturaleza de Aquel que ha nacido: no es un día a la manera de los hombres, sino es “el día de la salvación”, “gran alegría”, “complacencia en los hombres”. Con el nacimiento de este niño salvador, los días de dolor han terminado y han iniciado los de felicidad. Se ha puesto fin a la época de la desobediencia del hombre y se ha iniciado la de la glorificación de Dios por parte de los hombres en la tierra como de los ángeles en los cielos, ¡ambos sobre el mismo nivel! No obstante, el “hoy” del saludo del ángel puede hacer pensar en un punto de partida temporal, se trata del inicio de una época post-histórica: es la historia de la salvación eterna, la historia de la alegría divina que debía ser derramada sobre la tierra para no ser jamás arrancada del corazón del hombre.

Así la violación del mundo del hombre por parte de los ángeles y de la multitud de ejércitos celestiales es en realidad el preludio del ingreso del hombre en el mundo celestial, en el mundo de los ángeles y de Dios, en la persona de Aquel que ha nacido para trascender los límites del tiempo y del espacio. En otras palabras, el nacimiento de Cristo fue el inicio de una reconciliación entre dos mundos: el de Dios y sus ángeles por un lado y el hombre y sus sufrimientos por otro. Fue el punto de partida de la revelación de lo que está en los cielos y la manifestación del invisible. Es a partir de la navidad que los evangelistas empezaron a escribir la historia de Cristo. Pero estos contaron la historia de Dios, no la del hombre. Narraron el cumplimiento de las promesas eternas de Dios, hechas en los tiempos antiguos y realizadas en el tiempo establecido en Jesucristo, su Hijo, ofrecido por Dios mismo a nuestra tierra en una carne semejante a la nuestra. Su venida había sido anunciada por todos los profetas en las santas Escrituras, que el Espíritu Santo había grabado en los corazones de hombres y mujeres de fe, para que sean conservadas y custodiadas con cuidado a través del transcurrir de los siglos hasta el día de la aparición de Cristo.

La historia de Cristo es la historia de Dios en relación a la salvación humana. Cristo, en efecto, es la Palabra de Dios para el hombre, como se afirma en la Carta a los Hebreos: “En estos días que son los últimos nos ha hablado por medio del Hijo” (Hebreos 1,2).

Si bien la historia de la vida de Cristo salvador puede parecer una historia narrada en el tiempo bajo la forma de eventos delimitados por el tiempo y por el espacio, en realidad es la manifestación de Dios en la verdadera naturaleza del género humano, la manifestación del cielo sobre la tierra, de la eternidad en la plenitud del tiempo.

Los evangelios parecen un relato escrito por cuatro personas empeñadas en hacer una indagación sobre todo cuanto ha sucedido. Pero el Espíritu Santo que ha inspirado a los evangelistas, mientras les dejaba describir a Cristo según cuanto habían visto, experimentado y observado, ejercitaba al mismo tiempo el propio control sobre cada cosa vista y vivida. De tal modo los vinculaba a su fuente divina con sutiles alusiones y con explicaciones: así el Espíritu revelaba el misterio de la eternidad a través de la historia, el misterio del invisible en lo visible e incluso el misterio de la divinidad en la carne. Así el evangelio revela infaliblemente lo excepcional de la persona de Cristo. No es en absoluto difícil, ni siquiera para la gente simple y sin instrucción, percibir espiritualmente este dato. Una persona semejante trasciende la historia, va más allá de los eventos y de las circunstancias referidas en los evangelios, permanece siempre viva y eficaz porque cada línea del evangelio la revela como la persona del Hijo del Dios viviente.

El Espíritu Santo hizo que se transmitiera la experiencia de los evangelistas y su comprensión espiritual con la misma inefable alegría con la cual habían a su vez acogido el mensaje: por esto les confió las verdades más profundas de la fe. Juan evangelista nos revela la autenticidad del sentimiento que experimentaba mientras escribía el evangelio:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos. Porque la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y les anunciamos la Vida eterna, que existía junto al Padre y que se nos ha manifestado. Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos también a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos esto para que nuestra alegría sea completa. 1 Juan 1,1-4

El lector del evangelio debe por esto adherirse firmemente al Espíritu que inspiró el texto y no perder jamás de vista este elemento en su camino por la historia hacia la eternidad, en su pasaje de lo visible a lo invisible. De otra manera terminaría perdido en los sucesos de la historia, ¡poniéndose a buscar entre los muertos a aquel que está vivo!

Es absolutamente imposible –según la tradición evangélica entera- que alguien pueda reconocer a Cristo como Señor si no por obra del Espíritu Santo. Análogamente Cristo no puede revelarse a alguien si no es por medio del Padre que está en los cielos. Este dato nos revela las dimensiones de la profunda, sustancial e infinita relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, no solo en su entidad personal, sino también en relación a la posibilidad de su manifestación: Dios puede ser revelado solo en su totalidad.

La encarnación de Cristo, su nacimiento y su ingreso en la sustancia de la historia humana han puesto al evangelio en condición de moverse entre la historia y la eternidad, haciendo posible un misterio que está más allá de la razón. Este evento además hace a Dios accesible al conocimiento humano después del aislamiento, el exilio, la separación e incluso la hostilidad en la cual todos habían vivido, lejos del único santo, absoluto e incognoscible Dios.

No olvidemos que el encuentro entre la eternidad y la historia vivida de modo realista y tangible, no tenía absolutamente ningún precedente. En el nacimiento de Jesús, Dios se ha revelado en persona. En éste lo invisible se ha hecho visible y lo incognoscible se ha hecho conocer en una fúlgida manifestación de la gloria de Dios.

Sin embargo, es siempre necesario no olvidar que nadie se adentra en los evangelios al nivel de una investigación puramente histórica que hace de Cristo el objeto de investigaciones, indagaciones y análisis, descuidando otro elemento fundamental en la aproximación al evangelio. Los evangelistas han escrito sus textos y demostrado sus relatos teniendo la mirada fija en Cristo como Señor y Dios, que los ojos de sus corazones contemplaban como viviente. De este modo el evangelio ha tomado forma por sus manos: no como un informe meticuloso de una determinada historia que tenía como protagonista a un hombre llamado Jesús, sino –al contrario- como testimonio de una realidad viva que había tocado sus ojos y sus corazones (es decir, la realidad del Señor Jesucristo, el Hijo de Dios viviente que había colmado su ser, sus sentimientos y su fe) y que habían registrado en la memoria con absoluta fidelidad y precisión. De este modo, fueron capaces de demostrar a los creyentes que Jesús, el Cristo viviente que había resucitado de los muertos en la gloria, era Dios más allá de toda duda. Justamente él, el mismo Jesús que había nacido en Belén, había vivido en Nazaret, había predicado en Galilea y había sido crucificado en Jerusalén.

Es por tanto indispensable que el lector de los evangelios ponga delante de sus propios ojos esta realidad viviente antes de sumergirse en el mensaje contenido en esos textos: la historia entonces se transfigurará delante de él. ¡Los evangelios, antes de ser un libro de historia, son libros de fe!   Por esto, la fe en la persona de Jesucristo revela todos los misterios del evangelio y resuelve todos los problemas históricos puestos por un relato escrito hace dos mil años. Hemos así constatado, y podemos constatar cada día, que el evangelio es revelado con mayor profundidad, gracia y discernimiento en los corazones simples que tienen una fe firme.

El evangelio no revela sin embargo la verdad como una hipótesis global que debe ser aceptada o rechazada en bloque. Al contrario, se dirige a cada corazón de modo específico y personal, revelando a cada hombre la verdad de modo adecuado a su estatura espiritual, al  nivel de su fe, a su grado de aceptación de la verdad, en un flujo continuo de revelación que crece con el crecer de la fe y con el pasar del tiempo.

Es oportuno que el lector del evangelio se acerque a la verdad contenida en éste, con la misma óptica y con el mismo espíritu que el de los evangelistas, a fin de recibir las palabras del Espíritu allí contenidas. No es nuestra intención hacer más ardua la tarea del lector. Estamos por el contrario dando la clave de lectura del misterio del evangelio. Si el lector obedece al Espíritu del evangelio, se esfuerza por consentir y someter la propia mente a la verdad, entonces la verdad misma se transfigurará ante él, volviéndose igual a la contemplada por el evangelista. Entonces el lector será investido por el soplo del Espíritu del evangelio y por su flujo inefable que lo transportará con la mente y con el corazón directamente por la palabra al cara a cara con la persona de Jesucristo.

Así se realiza el milagro del evangelio: “Entonces abrió sus mentes a la inteligencia de las Escrituras” (Lc 24, 45). Aquí la historia es transfigurada y Cristo es manifestado como Dios por el testimonio del Espíritu en nuestros corazones.

Partiendo de este punto (es decir de la atención por el espíritu del evangelista y por un libre sometimiento al Espíritu Santo que dirige las palabras y confiere su forma) nos movemos hacia la indispensable atención por las palabras de Cristo mismo, por él pronunciadas y confirmadas con calma y firmeza: por la pura y simple atención del corazón por estas palabras podemos percibir la persona de Cristo mismo. ¡En cada palabra, en cada frase Cristo se pronunciaba realmente a sí mismo!

Cada vez que prestamos el oído atento a su proclamación de la relación que lo une a Dios, nos volvemos conscientes, de modo cierto y firme, del misterio de su eterna calidad de Hijo de Dios. Escuchamos su voz: “Mi Padre que está en el cielo” (Mt 7, 21; 10, 32; 12, 50; 18, 10.19; etc.), “Mi Padre celestial lo hará” (Mt 18, 35), “Yo debo estar en las cosas de mi Padre” (Lc 2, 49), “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn 5,17), “Mi Padre que me las ha dado” (Jn 10,29), “Os he hecho ver muchas obras buenas por parte de mi Padre” (Jn 10, 32), “Yo soy la verdadera vid y mi Padre el viñador” (Jn 15,1), “Abba, Padre” (Mc 14, 36). Podemos percibir aquí –sin ninguna dificultad- que la relación entre Cristo y Dios es eterna y por encima de su condición humana, y que indudablemente existía antes de su nacimiento en Belén.

Las palabras de los evangelistas revelan de por sí grandeza de alma, pero dejan transparentar –con extrema evidencia- que la magnanimidad de quien las ha pronunciado es todavía más grande. El alcance teológico evidenciado por los términos usados es seria y profunda, pero el lector o el oyente no tiene ninguna dificultad en percibir que la mente que las ha elaborado y pronunciado posee una profundidad y una seriedad aún mayores. La audacia de las expresiones en los pasajes citados supera toda comprensión, pero se trata de una audacia confiada y mansa que induce a la lógica a aceptar sin esfuerzo que Cristo no está diciendo más que la verdad, manifestándola con autoridad en sí mismo, sin ficción alguna. ¡Verdaderamente el Cristo que habla en el evangelio habla de sí mismo, de la verdad, de Dios! ¡Cristo es la Palabra de Dios!

Cristo imprime firmemente en la mente de sus discípulos esta verdad (su eterna calidad de Hijo de Dios) para que todos puedan captar en ésta el misterio de su vínculo personal con el Padre, misterio que debía revelarse como la vía que en Él nos conduce más cerca de Dios, Padre también nuestro.

Cristo insiste también sobre otro hecho de extrema importancia: la manifestación del reino de Dios y la relación que tiene con su venida a nuestro mundo. Cristo empezó su predicación dirigiendo al mundo estas palabras: “¡Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca!” (Mt 4,17), y con esto hacía referencia a sí mismo. Durante su vida terrena se empeñó en subrayar con fuerza que el reino de Dios había ya empezado, había ya venido, era inminente. Él proclamó que su venida en el mundo constituía la inauguración del tiempo del reino de Dios e indicó en su encarnación y nacimiento el auténtico ingreso de la humanidad en la esfera del reino de Dios. Esto significa, en consecuencia, el ingreso de todos los que están unidos a él en la fe, como destacaron los ángeles la noche de su nacimiento: “¡Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombre que él ama!” (Lc 2,14). La iniciación de la tierra y del hombre en la esfera del reino y de la paz de Dios significa aquí la irrupción del reino de Dios en el mundo del hombre.

Cristo continuará remarcando esto hasta el día de su crucifixión cuando esté frente a Pilato: “Entonces Pilato le dijo: ‘Por lo tanto, ¿tú eres rey?’. Respondió Jesús: ‘Tú lo dices. Yo soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo” (Jn 18, 37).

Sólo cuando recordamos que él estuvo frente a Pilato, nosotros percibimos la gravedad y la enormidad de la acusación presentada legalmente a Pilato en contra de él para crucificarlo porque había declarado: “Yo soy rey”.

No olvidemos que Cristo remarcó su calidad real teniendo delante de sí la cruz, mientras los soldados se preparaban a crucificarlo y el cáliz de la amargura estaba ya colmado y preparado. ¿Cómo podemos olvidar la espalda desnuda, los latigazos por la flagelación, la cabeza cubierta de salivazos? Frente a todo esto estaba Jesús: lo escuchamos todavía repetir: “Yo soy rey. ¡Para esto he nacido y para esto he venido al mundo!” Y ahora cerremos un instante los ojos, imaginemos de nuevo esta escena y escuchemos atentamente para sentirlo pronunciar la solemne declaración con su voz firme. En este momento un sentimiento de fe nos invade y nos permite comprender que éste es verdaderamente el Hijo de Dios y que su reino es un reino eterno, que no acabará jamás y que no es de este mundo. Si el reino de Dios ha entrado en nuestro mundo a través del nacimiento de Cristo, es gracia a su muerte que nosotros entramos en el reino de Dios en los cielos.

Volvamos ahora a nuestro punto de partida: estamos de nuevo en Belén, en una humilde casa alquilada por José después del nacimiento de Jesús. María está sentada con el niño Jesús -que ya tiene dos años- en su regazo. Es de noche y la oscuridad envuelve la casa y la ciudad. De improviso aparece una luz semejante al resplandor de un relámpago que inunda el campo y la casa. José sale afuera y ve una estrella extraordinariamente luminosa que se ha parado exactamente sobre la casa, como si quisiese señalar con sus rayos el lugar donde se encuentra el niño. José percibe rápidamente que la estrella indica una revelación. Al momento de entrar para decírselo a María, escucha un gran ajetreo en el sendero y en la puerta de la casa. Entonces sale y ve una escena particular: una caravana de camellos adornados con todas sus arreos es conducido de la mano de un pelotón de servidores y transporta algunos hombres ancianos cuyo aspecto traduce una condición elevada y rica: son príncipes orientales. Descienden y sus rostros irradian alegría y simpatía, a pesar del cansancio por el largo viaje. Se adelantan y preguntan a José: “¿hay en esta casa un niño de casi dos años? Ha sido anunciado por el cielo, su madre es una virgen y los profetas han hablado de él.” José con una sella invita al silencio y los conduce rápidamente al interior de la casa, donde se encuentran el niño y la madre. Con enorme asombro ve la cara del niño resplandecer como si un rayo de la estrella estuviese atravesando la pared y se hubiese posado sobre ese rostro. La madre está envuelta en luz, como si los cielos se hubiesen abierto.

Los magos, hombres sabios, se postran juntos y permanecen ante el niño cantando una dulce melodía, con una veneración increíble, mientras sus rostros irradian alegría y dulces lágrimas descienden a lo largo de las barbas blancas haciéndoles resplandecer de luz.

Luego se acercan al niño, cada príncipe con un regalo en la mano. El primero se postra y abre su baúl: oro trabajado, semejante a aquel con el cual se adornan las coronas de los reyes. El segundo se arrodilla, a su vez, y toma con la mano una caja de incienso con un perfume delicioso: lo esparce sobre las manos del niño, que aparece así como un sacerdote que trae un mensaje. Llega luego el tercero y también él se postra: tiene en la mano una enorme cantidad de mirra, como aquella usada por el Señor el día de su sepultura. Quizás es incluso la misma, conservada con cuidado por él, para el día de su pasión.

¡No puedo experimentar más que asombro por estos magos y por sus dones, y aún más por Aquel que les envió guiándolos hasta Belén!

Una vez más estamos frente al Espíritu que habla, pero sin usar palabras. El oro en las manos de los magos, materialmente no es más que dinero, riqueza, augurio o don, pero según el Espíritu es un acto de coronación real, con el cual el niño era coronado desde la cuna, para que fuese siempre reconocida la verdadera realeza de Cristo. ¿No le hemos escuchado decir frente a Pilato: “Yo soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo” (Jn 18, 37)?

El evangelio y su contenido me inspiran temor: su conclusión se vuelve a iluminar el inicio, y éste último vierte su propia luz, viva y penetrante, hasta la conclusión del relato.

Así el Espíritu sopla entre las líneas y las palabras y atraviesa los capítulos. Felices los que siguen al Espíritu para caminar en la luz: a ellos es revelado el misterio de Cristo.


Matta el Meskin
Comunione nell’ amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 1999 Magnano
Pp. 79-90




jueves, 11 de diciembre de 2014

La espera del Mesías.

Matta El Meskin



El curso entero de la historia está en manos de Dios

Todo el Antiguo Testamento [1], desde el primer capítulo del Génesis, presenta la historia humana como un movimiento de creación y desarrollo que inicia desde Dios y luego se establece en el hombre. Dios continúa dirigiéndolo y controlándolo con gran precisión según su particular designio y su voluntad, de modo que tanto en la vida de un individuo como en la de una generación o de una nación, el movimiento de la historia aparezca claramente en total y perfecta sumisión a su voluntad y a su presciencia. Dios es “el Rey de los siglos” (1 Tm 1, 17) y todo se cumple “según el designio preestablecido y la presciencia de Dios” (Hechos 2, 23). Dios establece también el movimiento del tiempo a favor del hombre habiendo “establecido el orden de los tiempos y los confines del espacio” (Hechos 17, 26).


Trascendencia de la historia en Dios

El movimiento del tiempo se muestra como independiente de nosotros y así parece libre y no relacionado con el hombre: en efecto el sol surge y se oculta, más allá de si el hombre lo quiere o no lo quiere, y los años transcurren, el verano y el invierno, cambian independientemente de su voluntad. El tiempo parece verdaderamente despreciar al hombre como si estos estuviesen sometidos a su autoridad. En realidad, sin embargo, Dios ha sometido al hombre al transcurrir del tiempo y toda su solemne grandeza, para que a partir de esto el hombre pueda modelar la propia historia espiritual en su desanudarse a través de los siglos y en el elevarse al final más allá del transcurrir del tiempo mismo. He aquí en efecto a qué está llamado el hombre: será unido a Dios en la vida eterna, donde no habrá ni sol ni luna, ni verano ni invierno (cf. Ap 21, 23). Cristo indicaba este cumplimiento al cual tiende la historia cuando dijo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24, 35).

Considerado como movimiento que se verifica en la realidad material, en el cielo y sobre la tierra, el tiempo es algo muerto y pasajero, pero en la realidad humana éste está vivo, es una historia duradera, la historia de la salvación, la historia de la palabra de Dios que no vuelve nunca vacía. Es un movimiento que se inicia desde Dios y en Dios termina, llevando consigo a la humanidad redimida: “Antes de formarte en el vientre materno te conocía, y antes que tu salieses a la luz te había consagrado” (Jer 1,5). Así, si el hombre obra según la voluntad de Dios, es decir en armonía con el conocimiento de Dios y con la consagración a él, entonces se eleva más allá del movimiento del tiempo y lo somete realmente a la voluntad de Dios, transformando las horas, los días y los años en una historia de salvación, en una edad divina, vida eterna en el reino de Dios: “Este es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación” (2 Cor 6,2).

El hombre que se opone a la voluntad de Dios y deliberadamente desprecia el conocimiento y la santidad, cae presa del pasar del tiempo y se vuelve parte muerta de una edad muerta. Y el hombre, que está obligado por la necesidad a dominar el movimiento del tiempo, cumple así la voluntad de Dios pero por obligación, sin acogerla, ni quererlo y sin alegrarse por esto. Es como el frío del invierno o el calor del verano, importantes pero al mismo tiempo insignificante, los cuales sirven al crecimiento de las creaturas, pero no son queridos por estas; dan su energía, fuerza y renovación, mientras que en sí mismos están muertos.


La intervención de Dios en la historia humana.

Todo el Antiguo Testamento es una historia viva que con claridad y vivacidad narra la constante condescendencia de Dios y su comunicación con el hombre para elevarlo por encima del pasar del tiempo muerto. Dios ha cumplido esta obra interviniendo con su Palabra y transformando el sucederse de los años y de las generaciones en una historia sagrada y viva, la historia de Dios con el hombre y del hombre con Dios.

Esto significa que toda la Torá es tanto la historia de la acción de la palabra de Dios en la humanidad, como una historia de las acciones de los hombres en comunión o en contraste con la palabra de Dios. En ambos modos Dios se revela con todos sus atributos. El pasar del tiempo en el Antiguo Testamento al final ha conducido justamente a la revelación de Dios, y de todos sus atributos, al hombre y en el hombre. Esto ha sucedido tanto cuando la voluntad de Dios era observada, como cuando fue rechazada. El rechazo opuesto por el hombre a la voluntad de Dios era un nuevo elemento en el cual se ha podido revelar la habilidad de Dios en el conducir a la humanidad a la sumisión.


Cada persona es parte de cada libro de la Biblia.

Cuando leemos los libros de la Biblia, a primera vista estos parecen constituir solo una historia de eventos temporales. Pero si consideramos en profundidad su fin y objetivo y  referimos a nosotros mismos esto que leemos, descubrimos que su intención es revelar, justamente en nuestras personas, al Dios viviente. Nos es dado ver a nosotros mismos como somos y luego comenzar a ver a Dios como él es, especialmente confrontándolo con nosotros. ¿Cuál es el significado de la revelación de Dios al hombre? Aquí está todo el secreto de la Torá y del evangelio, el significado fundamental de la humanidad y la plenitud de la historia: “Esta es la vida eterna, que te conozcan, el único Dios verdadero, y a aquel que has mandado, Jesucristo” (Jn 17,3).


Acercarse a Dios en el tiempo a través del conocimiento

Dios es verdad, vida y luz eterna. El conocimiento de la verdad es participación en la verdad. El conocimiento de la luz es iluminación. Perdiendo el conocimiento de Dios, el hombre ha perdido la verdad en sí mismo y ha perdido la vida y la luz eterna. No puede ser más consciente de nada fuera del pasar del tiempo que transcurre por encima de su persona y le tiene en su poder, hasta que no cae muerto bajo éste. Todos los caminos posibles para el conocimiento de Dios han sido preparados para el hombre. Es el conocimiento de Dios que salva al hombre del caer bajo el dominio del tiempo y de su engañosa finalidad, representada por la muerte. El conocimiento de Dios es la revelación constante que él hace de sí en las mentes y en los corazones de cada pueblo mediante la comunicación del amor. Además, justamente en el vivir en perenne y gozosa unión con la fuente del ser, hay una garantía de vida y de inmortalidad. Esto provoca inevitablemente nuestro elevamiento por encima del pasar del tiempo y de la muerte, hasta la percepción de nuestra cualidad de ser más grandes que el tiempo, por encima de los eventos, más verdaderos y más duraderos que la muerte.


La palabra racional y la Palabra encarnada

A fin que, sin embargo, la revelación de Dios fuese más perfecta, todas las generaciones debían tener la experiencia del conocimiento de Dios en cada época, para que al final todas pudiesen conocer a Dios como la verdad plena que trasciende la percepción individual y conocer la vida eterna como vida que se extiende por encima del tiempo y de la existencia de la persona particular. Por esto, era necesario que la humanidad pasase a través de dos edades de la vida con Dios, o Testamentos, cada una completamente distinta de las otras.

La primera, que llamamos Antiguo Testamento, representa la revelación indirecta a través de palabras racionales. La segunda, que llamamos Nuevo Testamento, representa la revelación directa a través de la Palabra encarnada.

La diferencia entre Antiguo y Nuevo Testamento es resumida por el inicio de la Carta a los hebreos: “Dios, que había hablado en los tiempos antiguos muchas veces y de diversos modos a los padres por medio de los profetas, en estos días que son los últimos nos ha hablado por medio de su Hijo”. (Heb 1,1-2)

Esto muestra claramente que la revelación en el Antiguo Testamento era indirecta, es decir revelación a los profetas a través de la Palabra inspirada de Dios, sucedida en tiempos diferentes (“en los tiempos antiguos”) y a través de eventos diferentes (“muchas veces y de diversos modos”). El Nuevo Testamento en cambio es la autorevelación directa de Dios (“por medio del Hijo”) que trasciende la historia (“ha hablado a nosotros”). Esta revelación no queda inactualizada o limitada por la historia (“en estos días que son los últimos”), ya que la Palabra se ha hecho carne. La revelación de Dios en los dos Testamentos se coloca sobre dos planos distintos y complementarios: el primero es el plano histórico objetivo, basado sobre la palabra racional inspirada a través del pasar del tiempo, el cambio de los eventos y el sucederse de las generaciones. El segundo es el plano de la real auto-revelación, basado en la encarnación de la intemporal Palabra de Dios. Esta segunda es una revelación directa que trasciende el tiempo y se ha cumplido gracias a la encarnación, con la aparición de Dios en la carne, sin que Dios en sí mismo sufriese cambio.


La revelación de Dios en el hombre y en sí mismo en los dos Testamentos.

El método históricamente usado por Dios para revelarse en el Antiguo Testamento tenía tres componentes fundamentales.

El primero consistía en el hacer al pueblo en cuanto nación algunas promesas específicas temporales respecto a la existencia de la nación y de sus relaciones con las otras naciones. Dios habría cumplido las promesas en el tiempo fijado, por medio de los jueces, de los jefes y de los reyes, de los cuales había preestablecido los movimientos y las acciones: así el pueblo habría podido percibir a Dios en su perfecta conducción de los eventos.

El segundo componente estaba constituido por los mandamientos, por las legislaciones y por las normas religiosas y litúrgicas, incluyendo la necesaria consagración de los ministros y la unción de los sacerdotes, para enseñar al pueblo y hacerlo acercar a Dios: así el pueblo habría podido percibir a Dios a través de la purificación.

El tercero consistía en el dar al pueblo las profecías y las indicaciones espirituales sobre el futuro que le esperaba en la continua relación con Dios y sobre la misión en las relaciones con los otros pueblos de la tierra. Esto fue la tarea de los profetas que hablaron movidos por el Espíritu de Dios: así el pueblo podía conocer a Dios en el arrepentimiento y en el retorno a él.

Lo más sorprendente es que cada uno de estos tres componentes está  presente en cada libro de la Biblia, y un estudio y meditación profunda muestran que estos forman un plan claro y perfecto, dotado de un método lógico y de un fin preciso.

Los jueces, los jefes y los reyes que se sucedieron los unos a los otros en Israel en un arco de dos mil años, tenían claramente en común una autoridad divina, no obstante las diferencias morales y religiosas entre ellos y sus muchos fallos. Verdaderamente es como si hubiesen sido designados por Dios para realizar un único plan divino, independientemente del éxito y de los fracasos particulares.

Lo mismo vale para los levitas y los sacerdotes. A pesar de sus rangos, funciones y cualidades diversas y a pesar de los fracasos de muchos, ellos estaban unidos por un único servicio que realizaban para el pueblo y que Dios aceptaba sin mirar la sinceridad y la rectitud o la infidelidad y la rebeldía de quienes lo realizaban.

Lo mismo se puede decir también de las palabras de los profetas. Todas las profecías que, dignamente o indignamente, fueron pronunciadas en el tiempo del Antiguo Testamento son testificadas por la Escritura como palabras del Espíritu Santo y se cumplieron en el tiempo establecido, más allá de si el profeta que las anunciaba era impuro o si el pueblo rechazaba la profecía.

Además, estas tres vías, ejemplificadas en el rey, en el sacerdote y en el profeta, fundamentan el método pedagógico históricamente usado por Dios para revelarse a sí mismo al pueblo de Israel en el correr de los siglos, están ligadas entre ellas en una suprema unidad de objetivo que progresa en el tiempo. El reino de Israel, es decir el método de gobierno y el modo de vivir del rey, era garantía de la práctica del culto de Dios, del servicio del santuario, del mantenimiento del sacerdocio, del sacrificio cotidiano a Dios y del cumplimiento de todas las funciones sacerdotales. Todo esto, a su vez, estaba relacionado con las palabras de los profetas respecto a la integridad y a la exactitud de los objetivos que motivaban a Israel en cuanto pueblo. La unidad de Israel puede pues parecer fundada sobre un sistema –un sistema de monarquía, sacerdocio y profecía- pero en su esencia se trataba de una unidad orgánica viviente. El rey, el sacerdote y el profeta no representaban tres sistemas, sino eran tres componentes de un cuerpo viviente que Dios controlaba y guiaba a un fin específico y hacia una meta de importancia vital para el mundo entero: la revelación de Dios mismo.

El plan divino que está tras la constitución de este cuerpo viviente (un pueblo guiado por un rey divinamente consagrado, servido por un sacerdote divinamente constituido, inspirado por un profeta que hablaba movido por el Espíritu Santo) se puede sintetizar en el deseo de Dios de revelarse a sí mismo al mundo a través de este cuerpo vivo que progresaba en el tiempo y en el arco de muchas generaciones. El rey, en su absoluta soberanía, revelaba a Dios cual gobernante y salvador del pueblo. El sacerdote, en su servicio sacerdotal, lo revelaba cual reconciliador y sanador del pueblo. El profeta, en sus palabras y en sus visiones, lo revelaba como aquel que conforta y enseña al pueblo.

Pero hay otro misterio sorprendente a tener presente, complementario a lo anterior. Dios no ha considerado al pueblo de Israel como un cuerpo separado de sí. Lo pensó como su hijo primogénito, ya que era el primero entre los pueblos del mundo en ser amado por Dios. Lo pensó también como su siervo dilecto, porque era el primer pueblo que servía a Dios según un específico sistema cultual. Sin embargo, no ve estas cosas en la persona de sus reyes o de sus sacerdotes o de sus profetas, y ni siquiera en la nación, también ésta rebelde. Las ve en la persona del Mesías, que debía dar plenitud al concepto de realeza, en el sentido de gobierno justo y divino; al concepto de sacerdocio, en el sentido de redención y salvación;  y al concepto de profecía, en el sentido de una revelación de Dios directa y no mediada por alusiones. El Mesías los representaría ante Dios en su calidad de hijos verdaderos, siendo el Hijo divino de Dios, si bien al mismo tiempo permanecía según la carne un siervo de Dios y un verdadero israelita, ya que era de la estirpe de Abraham, hijo de David.

Así el Mesías desde el inicio fue considerado rey, sacerdote y profeta:

Rey eterno a imagen del cual fueron creados David y todos los reyes divinamente consagrados y en el cual la realeza alcanzaría su culmen. El comando del Reino de Israel debía permanecer sobre sus espaldas para siempre, en la verdad divina y no simplemente en la historia, porque su trono no pasará jamás: “Un niño ha nacido por nosotros, nos ha sido dado un hijo. Sobre sus espaldas está el signo de la soberanía y es llamado: Consejero admirable, Dios poderoso, Padre por siempre, Príncipe de la paz. Grande será su dominio y su paz no tendrá fin sobre el trono de David…” (Is 9, 5-7)

Sacerdote a imagen del cual fue creado cada sacerdote para que sirviese ante Dios como mediador para el pueblo, y en el cual el sacerdocio encuentra su culmen. La mediación reside en su persona, ya que él es el único mediador de la redención, el perdón de los pecados y la reconciliación eterna entre Dios y el hombre.

Profeta en cuyo nombre todo profeta profetizó y del cual había indicado la venida en la plenitud de los tiempos. En él debían alcanzar la cumbre todas las profecías, todo conocimiento, toda la sabiduría del eón presente, ya que Cristo es la perfecta revelación viviente frente a Dios y al hombre. Ya no hay más necesidad que se profetice de él, ya que toda carne ha visto la salvación de Dios.

El Nuevo Testamento indica la misteriosa y perfecta relación entre Israel como pueblo y el Mesías, es decir Cristo. Todo lo que era atribuido a Israel puede ser atribuido al Mesías de modo preciso y puntual. Por ejemplo, el retorno del Señor Jesús de Egipto donde se había refugiado con su madre y José, Dios dice de él: “Desde Egipto he llamado a mi hijo” (Mt 2, 15). Esta misma palabra había sido dicha al pueblo de Israel cuando dejó Egipto (cf. Es 4, 22-23: “Israel es mi hijo primogénito… deja partir a mi hijo”, y Os 11,1). Es como si el pueblo de Israel hubiese obrado simbólicamente, poniendo en práctica la obra, la vida y el carácter del Cristo que viene.

Las características comunes al pueblo de Israel y al Mesías se extienden verdaderamente a todo aspecto, hasta el punto que las profecías dirigidas a Jacob –llamado Israel- debían ser comprendidas también como referidas al Mesías y puede ser explicada y aplicada tanto al Mesías como al pueblo de Israel, sin ninguna contradicción. Esto es el maravilloso misterio que está detrás del hecho de que Cristo es llamado Hijo y Siervo y, al mismo tiempo, Rey, Sacerdote y Profeta, ya que es un verdadero israelita, o más precisamente el verdadero Israel, y es verdaderamente el Hijo de Dios [2].

Esto muestra la interdependencia dinámica entre la persona del Mesías y el pueblo de Israel. Cada palabra dicha por Dios, cada mensaje, cada acción realizada a través de sus reyes, sus sacerdotes y sus profetas para el pueblo de Israel tenían el propio fundamento en la persona del Mesías y estaban destinadas a encontrar su cumplimiento y su meta definitiva en él, el Rey eterno, el único Sacerdote y el Profeta que pronunciaba palabras por sí mismo. De él dependía la existencia entera y la vida entera de Israel.

Así, la historia del pueblo de Israel con el conjunto de los acontecimientos sucedidos a sus reyes, con todos los ritos y el conocimiento del mismo Mesías, es narrada simbólicamente en la forma de un pueblo elegido con atención y amor para representar a Dios en medio de los pueblos de la tierra y proclamar la existencia y la misericordia al resto de las naciones.

Incluso las tragedias de Israel, su esclavitud y los repetidos castigos en el curso de la historia, no pueden ser excluidos de la esfera de acciones positivas con las cuales Dios conducía a Israel siempre hacia delante, lentamente pero con seguridad, haciéndolo acercar a los otros pueblos y reinos de la tierra. Todo esto era en vista a la unidad con las otras naciones del mundo a las cuales Israel debía salir al encuentro en la persona del Señor Jesús, el Mesías. Cuando Jesús hizo perfecta esta unión entre Israel y las naciones, en sí mismo, sobre la cruz, haciendo de los dos un solo pueblo, entonces se concluye la misión histórica de Israel. O más precisamente, la misión del Mesías de la historia se concluye y desde entonces comenzó la misión de Cristo de las naciones, el Cristo de la vida eterna.

La unidad intrínseca y orgánica que existe entre la persona de Israel y la persona de Cristo esclarece el motivo por el cual, fuera de la persona de Cristo que es el principio y el fin de Israel, no se puede explicar y no se puede comprender el fin de todos los eventos históricos, de toda la legislación y los ritos, de todas las enseñanzas y las profecías testimoniadas por el Antiguo Testamento, a pesar de que sean propias del pueblo de Israel y su auténtico patrimonio. Como dice el apóstol Pablo, Cristo es el fin de la ley dada a Moisés; análogamente es el fin del reino fundado por David y también el fin de las profecías anunciadas por los profetas. Verdaderamente él es el fin del mismo Israel y en consecuencia el fin de la humanidad ya que “todas las cosas subsisten en él” (Col 1,17).

El Antiguo Testamento prepara pues el camino a Cristo, representándolo en el tiempo y en la escena de la historia mediante algunas “figuras”. Antes de encontrar en él su cumplimiento, los eventos históricos eran en el fondo una profecía que indicaba de modo específico a Cristo. Lo mismo todos los ritos sacerdotales y los actos de culto atrajeron al espíritu humano hacia el misterio de Cristo, el verdadero Cordero, antes de llegar a un final repentino, cuando su sangre fue derramada sobre la cruz para que todos pudiésemos volver a él la mirada. También las profecías denunciaban constantemente el engañoso revestimiento externo que velaba la verdad del Reino del Mesías viviente, el Reino de gracia y verdad, espíritu y vida, hasta cuando éste se mostró definitivamente y nosotros lo hemos visto y lo hemos tocado con nuestras manos en la Palabra de Vida, Jesucristo, el cual es Espíritu de profecía: (“Ya que el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía”: Ap 19,10). Cristo era y es el eje alrededor del cual la Torá entera y la totalidad de la historia de la humana salvación se decide. Entre las imágenes más bellas del Mesías de Israel, está la visión de Daniel del Mesías como Hijo de hombre. En esta el Mesías de Israel, centro de la salvación, del reino y de la gloria de Israel, se vuelve imagen del Mesías de la humanidad entera, que abraza la totalidad de la creación humana y se vuelve centro de una salvación, de una gloria y de un reino que trasciende la realidad de este mundo: “Mirando en las visiones nocturnas, apareció, sobre las nubes del cielo, uno semejante a un hijo de hombre; llegó hasta el anciano y fue presentado a él, que le dio poder, gloria y reino; todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán; su poder es un poder eterno… y su reino no será jamás destruido” (Dn 7, 13-14). Esta verdad era uno de los aspectos más eminentes de la enseñanza de los rabinos y de los maestros inspirados de Israel en el período precedente al nacimiento de Cristo. Estos insistían en que no hay profecía alguna fuera del Mesías. “Todos los profetas profetizaron solo en relación a los días del Mesías”. “El mundo entero fue creado para el Mesías” [4]. Es la misma verdad que funda los escritos del Nuevo Testamento. Cristo mismo la confirma como un hecho digno de la máxima atención: “Y comenzando por Moisés y por todos los Profetas les explicó en todas las Escrituras lo que se refería a él” (Lc 24,27). Este es el fundamento de la fe impresa en la mente de la Iglesia primitiva. “Todas las cosas han sido creadas por medio de él y en vista a él. Él es antes que todas las cosas y todas subsisten en él.” (Col 1,16-17)

Cuando los maestros y los rabinos de Israel se dieron cuenta de este hecho, comenzaron a reunir todos los eventos y las profecías contenidas en las Escrituras que indicaban al Mesías, incluido lo que respecta a su persona, a su obra y al tiempo de su venida en la historia. Reunieron 458 referencias mesiánicas de los cuales 75 son del Pentateuco, 243 de los libros de los profetas y 138 de la historia de los patriarcas, y las registraron en el tratado Sanhedrin. Desafortunadamente, sin embargo, los últimos maestros y rabinos que vivieron inmediatamente antes de la venida de Cristo permanecieron frenados en intricadas interpretaciones de estos textos respecto al Mesías y se perdieron en deducciones extrañas y absurdas que cubrían la verdad y hacían oscuro el rostro de la persona real en la cual el Mesías viene. Las profecías que se referían al Mesías eran distorsionadas en la mente de los jefes, su capacidad de percibir la verdad se había disuelto y sus ojos se habían vuelto ciegos frente a la visión de la luz, cuando ésta descendió. Además, la conciencia espiritual de los jefes se debilitó a causa de mirar exclusivamente la forma externa de la ley. Para los sacerdotes, los fariseos, los saduceos y los escribas la esencia de la religión consistía en la observancia puntual de la ley, en la repetición de los textos que la contenían, en un rígido apego a los ritos de purificación y a las otras observancias rituales, en la repetición de breves oraciones y en un celo patriótico por recuperar las glorias de un tiempo, el reino y la antigua supremacía. El ámbito de la espera mesiánica para ellos se agotaba aquí y no podían tomar en consideración actividades o acciones o intereses que les fuesen extraños.

Pensaban que incluso la venida del mismo Mesías debía simplemente consolidar la antigua forma de culto con sus precisos detalles y el cumplimiento de sus esperanzas. Así el culto judío se aleja del verdadero significado mesiánico que tenía en la intención divina. Las Escrituras y las profecías no fueron más interpretadas en su significado esencial. En vez de converger en la persona del Mesías que debía venir cual Salvador del mundo a través de Israel, fueron comprendidas como una descripción de un Mesías que vendría como dominador del mundo, instrumento para restaurar la gloria del pueblo de Israel.

Así, apenas Cristo hizo su aparición en público, estalló un conflicto entre él y  los jefes de los judíos: a pesar de que su enseñanza fuese de origen divino, cuanto más su predicación ignoraba el escrupuloso apego a los insignificantes detalles de la ley, las purificaciones y los excesos de religiosidad, la gloria mundana y la supremacía de Israel, tanto más Cristo era rechazado por los sacerdotes, por los doctores de la ley y por los zelotes del pueblo. Estos se dedicaban fanáticamente a sus ritos, a su raza, a su estado y consideraban que Jesús no tenía la calidad necesaria para ser el Mesías según la imagen que se habían hecho, siguiendo sus propias inclinaciones y sus fines corruptos.

Sin embargo, este ofuscamiento del significado esencial de la fe en el Mesías en el interior de los grupos de los sacerdotes, de los escribas, de los fariseos y de los saduceos no era general. Permanecía una parte del pueblo de Israel, que comprendía también a jefes y a  otros hombres piadosos, que supo conservar el espíritu auténtico del culto y adherirse a las fieles promesas de Dios. Este resto de hombres piadosos anhelaba con fe ardiente la venida del Mesías, ya que lo habían vislumbrado en el estudio de los profetas y de los maestros de Israel. El Nuevo Testamento, en las primeras páginas de los evangelios, nos da algunos ejemplos de estos creyentes: el viejo Simeón, la profetiza Ana, el sacerdote Zacarías, Isabel y la santa virgen María.


Matta el Meskin
Comunione nell’ amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 1999 Magnano
Pp. 63-76

Notas:

[1] Durante el adviento la Iglesia reflexiona sobre la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y sobre la confirmación de las profecías vinculadas a la encarnación de la Palabra.

[2] “El cual incluso siendo en forma de Dios no consideró su igualdad con Dios un tesoro celoso, sino que se despojó a sí mismo asumiendo la forma de un siervo y volviéndose semejante a los hombres” (Fil 2, 6-7).

[3] “Ya que satisfizo a Dios hacer habitar en él toda plenitud” (Col 1,19)


[4] Sanhedrin 99ª; 98b.