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martes, 7 de enero de 2014

La tradición siríaca del desierto: Abraham de Kashkar

Regla monástica


Las Reglas de Abraham de Kashkar, que no es otra cosa que la meditación de la Escritura y de los padres, no pretenden, según las palabras del mismo Abraham, legislar la vida monástica, sino simplemente inspirar la ascesis del monje, revelándola como camino de conversión y de curación, en la búsqueda de la profunda comunión con los hermanos.

La simplicidad y la profundidad evangélica de estas Reglas fueron las razones principales de la gran difusión que este escrito conoció en el seno de la Iglesia sirio-oriental. [1]


Reglas  escritas en los días de nuestro santo padre mar Abraham, presbítero y monje, prior de los hermanos peregrinos que habitan en el cenobio [2] del monasterio de Marde, es decir el gran monasterio que está sobre el monte Izla.

En el mes de Hazirán del cuarentésimo año del rey Kosroe [3], bajo la guía del amigo de Dios mar Simeón, obispo metropolita de Nísibe, nosotros los hermanos que habitamos en el monasterio de Marde nos hemos reunidos. Y esta es la común voluntad de todos nosotros, que es con motivo de la gracia de nuestro adorable Dios; de él, que “quiere que todos los hombres se salven [4] y lleguen al conocimiento de la verdad” (cf. 1 Tm 2,4); que ha infundido también sobre nosotros “la riqueza” de su compasión (cf. Ef 1,7); que nos ha hecho dignos de este Nombre del cual éramos indignos, siendo nosotros miserables y frágiles más que todos los hombres. Él, en efecto, en su benevolencia, nos ha dado el ser, y de ser bellos siendo por él; pero nosotros, por la depravación de nuestras conductas y por nuestra negligencia, hemos despreciado “este Nombre invocado sobre nosotros” (cf. Sant. 2,7), como se ha cumplido cuanto se dice en la santa Escritura: “todos caminan según la voluntad de su corazón y según la propia inteligencia” (cf. Jer 16,12)). Y también nosotros confesamos ser pecadores y pequeños más que todos.

Por esto todos nosotros invocamos la misericordia de Dios, para que venga en ayuda de la debilidad de nuestra voluntad, y lleve a término y cumpla en nosotros la entera satisfacción de la voluntad de Dios. En efecto: “Es él quien suscita en vosotros tanto el querer como el actuar, conforme a su designio de amor” (Fil 2,13). Y también, dice nuestro Señor: “sin mí vosotros no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Y ya que esto es digno de fe y verdad para nosotros, imploramos su gracia para que ponga en nosotros su poder, a fin de que en pensamientos, palabras y obras seamos encontrados según la complacencia de su voluntad, y nos conceda un lugar de conversión.

Ya que desde que residimos en este lugar, los hermanos que habitan aquí han trabajado y se han cansado escavando grutas y construyéndose celdas para habitarlas, y también porque hace poco nos hemos adherido a esta forma de vida [5], hemos descuidado de establecer sobre nosotros algo adecuado al estilo de esta forma de vida [6].

Ahora, en cambio, que por la gracia de nuestro Señor tenemos un poco de reposo de la fatiga y del trabajo del cuerpo, estando juntos entre nosotros, hemos pensado elegir de las divinas Escrituras y de las palabras de los santos padres algo adecuado a la curación de nuestras heridas y a la cicatrización de nuestras llagas.

Comenzamos entonces aquí, por el poder de nuestro Señor, suplicando e implorando a cuantos se encontrarán con estas palabras que no piensen que en nuestra pobreza nosotros hemos hecho algo por nosotros mismos. Nosotros, en efecto, no somos legisladores ni para nosotros mismos, ni para los otros, sino somos servidores y súbditos de los mandamientos adorables de nuestro buen Dios (cf. Mc 10,19). Por consiguiente, a cada regla que hemos extraído de las santas Escrituras y de las palabras de los santos padres, hemos agregado [sólo] breves explicitaciones.

1. Ante todo [es necesaria] la quietud, según el mandamiento de los padres y según la palabra del Apóstol a los Tesalonicenses [donde dice]: “Pero yo los exhortos, hermanos, a hacer mayores progresos todavía, que sean diligentes en permanecer en la quietud y en el ocuparos de vuestras cosas” (1 Ts 4,10-11); y también dice: “A estos les ordenamos y les rogamos, en nuestro Señor Jesucristo, que trabajen y coman el propio pan en la quietud” (2 Ts 3,12). Y también Isaías dice: “Obra de la justicia es la paz, y la práctica de la justicia es la quietud” (Is 32, 17).

Y también, abba Antonio dice: “Como el pez, cuando es sacado del mar, muere, así también el monje que permanece fuera de su celda” [7]. Y Marcos el Monje [ha dicho]: “Si el cuerpo no está en la quietud, no está en la quietud [ni siquiera] la mente” [8].

La quietud, pues, se custodia por medio de estas dos vías: o con la lectura constante y la oración, o con el trabajo manual y la meditación. Como dice abba Isaías y como también [dice] la Sabiduría: “Muchos males genera el ocio” (Sir 33,28); y también: “Aquel que no está ocupado en un trabajo, yace constantemente en los deseos” (Pr 21, 25).

Perseveremos pues en nuestra celda, en la quietud, y huyamos del ocio que causa daño.


2. Sobre el ayuno.

De las palabras de nuestro Señor [aprendemos]: “Cuando sea elevado el Hijo del hombre, entonces, en aquellos días, ayunarán” [9]. Y también el Apóstol dice: “En el ayuno frecuente” (2 Cor 11, 27). Y también [ha dicho]: “Ayunando y suplicando a Dios” (Hechos 14,23).

Y también los padres [han dicho]: “El ayuno te fortalecerá ante Dios”; y también: “No estar [jamás] cansado de la obediencia del ayuno”.

Los frutos del ayuno, en efecto, y la ayuda que por este viene, los aprendemos con exactitud de Moisés, de Elías y de sus compañeros, de nuestro Salvador, de los apóstoles y de los santos padres. Custodiemos entonces el ayuno, como algo que es causa de muchos bienes.


3. Sobre la oración, la lectura y el oficio de las horas.

De la palabra de nuestro Salvador [aprendemos]: “Les dijo también una parábola sobre la necesidad de orar siempre, sin cansarse” (Lc 18,1); y también: “Estad despiertos y orad en todo tiempo, ect.” (Lc 21,36); y también: “Velad y orad para no caer en tentación” (Mc 14,38). Y el Apóstol dice: “Perseverad en la oración, en ella estad vigilantes y dad gracias” (Col 4,2). Y también Marcos dice: “la oración es madre de las virtudes” [10].

Sobre la lectura, cuando el Apóstol escribe a su amigo Timoteo, dice así: “Hasta que yo llegue, dedícate a la lectura, a la exhortación y a la enseñanza; dedícate a estas cosas y en ellas permanece” (1 Tm 4,13.15). Y el Señor, nuestro Dios, dijo a Josué, hijo de Nun: “Este libro de la Ley no se aleje de tu boca, medítalo noche y día, etc” (Js 1,8). Y también Moisés dijo al pueblo: “Sea signo sobre tus manos y memorial entre tus ojos, para que la Ley del Señor esté sobre tu boca” (Ex 13,9). Y los padres [han dicho]: “Si la lectura no es perseverante, como también la súplica dirigida a Dios, no puede haber en el alma una conducta bella”. Y el santo Marcos dice: “Ora a Dios y se abrirá el ojo de tu inteligencia, para que [tú] conozcas la utilidad que [viene] de la oración y de la lectura” [11].

Respecto al oficio de las horas, el Salmista dice: “Siete veces al día te alabo con motivo de tus justos juicios” (Sal 119, 164). Y [también está escrito]: “[Daniel] inclinaba las rodillas tres veces al día, orando ante Dios” (Dn 6,11); y: “Pedro y Juan fueron juntos al templo, al momento de la oración de la hora nona” (Hch 3,1); y también: “Mientras ellos estaban prontos por él, Pedro subió a la terraza para orar, a la hora nona” [12]. Y también [es dicho]: “Señor, a la mañana escucha mi voz y a la mañana me preparo y me muestro a ti” (Sal 5,4); y también: “mi oración es como incienso ante ti y la ofrenda de mis manos es como la ofrenda de la tarde” (Sal 141,2).

Comprendamos estas cosas y apliquémonos a ellas, repitiendo la palabra del Salmista: “Nunca olvidaré tus mandamientos porque en ellos está mi vida” (Sal 9,93).


4. Sobre el silencio, sobre la mansedumbre, sobre la soledad y sobre la [necesidad de] que ninguno hable mientras hablan sus hermanos y que se hable con voz dulce y no gritando o con ira.

Sobre el silencio, el profeta Jeremías dice: “Feliz el hombre que toma tu yugo sobre sí en su juventud, que permanece en la soledad y hace silencio, etc”. (Lam 3,27-28). Y también, a Arsenio le fue dicho en una revelación: “Huye, haz silencio y permanece en la quietud”; y también: “Haz silencio, no pienses en ti mismo” [13].

Sobre la soledad, pues, Elías dice a Dios: “He tenido miedo ante tu mano y me he sentado en la soledad” [14].

Sobre la mansedumbre, el Señor dijo a Isaías: “¿Sobre quien posaré mi mirada y [en quien] habitaré, si no en quien es manso, humilde de espíritu y [en quien] es movido [15] por mi palabra?” (Is 66,2); y también [dice]: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis reposo [16] en vuestras vidas” (Mt 11,29).

Sobre [la necesidad] de que ninguno hable mientras habla su hermano, la Sabiduría [ha dicho]: “En medio de los discursos no hablaré” (Sir 11,8); y: “El silencio es fruto de la sabiduría” (Sir 20,5); y [también]: “quien habla mucho revela la deficiencia de su mente” (Sir 20,8).

Sobre [la necesidad] de hablar con dulzura, sin gritar y sin ira, el Apóstol [ha dicho]: “[Desaparezca de vosotros] toda aspereza, cólera, turbulencia y maledicencia, etc” (Ef. 4,31). Y también [está escrito]: “Sed manso, retrocede de la ira, etc”. (Sal 37,8).

Apliquémonos pues a estas cosas, sin las cuales no es posible agradar a nuestro Señor.

5. Que durante el ayuno cuaresmal ningún hermano salga fuera de su celda sin necesidad, y [sin] el permiso de la comunidad [17].

6. Que el hermano no vague por monasterios o ciudades; que no entre en la ciudad, si no es obligado por una enfermedad, y con el permiso de la comunidad; que no vague de casa en casa, ni coma en casa de los fieles; que no tome algo en nombre de la comunidad, o en cualquier otro título, mientras está con nosotros.

7. Que ninguno murmure contra su hermano, ni [lo corrija] delante de otro. Por el Salmista [es dicho]: “Al que difama en secreto a su prójimo lo hago desaparecer” (Sal 101,5); y: “te sientas y meditas contra tu hermano, etc.” (Sal 50,20); y también: “No murmuréis como algunos de ellos los cuales murmuran, etc.” (1 Cor 10,10).  Cuidémonos, pues, de calumniar, como de un veneno mortal, para que no seamos compañeros de los malvados.

8. Que en el día domingo, cuando los hermanos se reúnan, el hermano que llegue antes a  la iglesia, tome un libro santo, se siente en el lugar establecido y lo lea [18] hasta que lleguen todos los hermanos. Para que el pensamiento de cada uno de los que llegan sea capturado por la escucha de la lectura, y no se disipen en discursos nocivos.

9. Que no nos sustraigan del ayuno si no por estos motivos: una enfermedad del cuerpo, la llegada de huéspedes, un largo viaje, un trabajo pesado durante todo el día. Fuera de estos casos, quien sea encontrado que se sustrae [del ayuno] por pereza, sepa que es extraño a nuestro cenobio.

10. Que los hermanos que se han procurado sus celdas observen, con toda diligencia, las cosas dichas arriba. En cuanto a los nuevos hermanos que lleguen, sean probados por el tiempo establecido. Si la comunidad les permite fabricarse celdas, los hermanos ancianos que no trabajen de ningún modo; y, según sea posible a la fuerza de la comunidad, se les ayude como es costumbre.

11. El hermano que se enferma y es llevado a la ciudad, no entre en casa de los fieles, sino permanezca en el xenodoquio para que no sea motivo de escándalo [19] para los fieles.

12. Si alguno se da cuenta que su hermano desprecia una de estas cosas dichas arriba, no divulgue el hecho a sus hermanos, para no turbarlos, porque la palabra perturbadora turba el corazón del hombre, sino que lo llame y le hable, cara a cara, en soledad, según la palabra de nuestro Salvador: “ve y corrígelo en privado” (Mt 18,15); y si no [se corrige], [lo corriges] ante dos; y si no escuchara, sea corregido por toda la comunidad; y si se resistiera y no acogiera la corrección, sepa que es extraño a nuestro cenobio (cf. Mt 18,16-17).




Placide Deseille,
El Evangelio en el desierto.
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.2000
Pp. 189-197


Notas:

[1] Este texto siríaco es inédito en italiano y aparece aquí por primera vez, al cuidado de Sabino Chialà.

[2] El término siríaco aquí empleado no es sinónimo de “monasterio” en cuanto edificio o en cuanto estructura de una especial forma de vida monástica, sino indica más bien el conjunto de los que forman una comunidad. Esta misma precisión vale también para las otras recurrencias al mismo término.  

[3] Según esta indicación, la regla fue escrita en junio de 571.

[4] El verbo siríaco aquí utilizado significa en primer lugar “vivir”, y también “estar a salvo”.

[5] Literalmente: “conducta”.

[6] Literalmente: “conducta”.

[7] Antonio 10.

[8] Marcos el Monje, Trattati spirituali e teologici II, 29; traducción francesa: Marc le Moine, Traités spirituaels et théologiques, por C.-A. Zirnheld, intr.. K. Ware, SO 41, Bellefontaine 1985.

[9] Cruce de dos textos: Juan 8, 28 y Mt 9, 15.

[10] Marco il Monaco, Trattati spirituali e teologici II, 33.

[11] Ibid. I, 5

[12] Combinación de Hechos 10,10 y 10,9.

[13] Arsenio 1-2

[14] Se trata en realidad de Jer 15,17.

[15] Este verbo tiene el significado de “ser movido, sacudido, tocado, puesto en movimiento, estimulado”.

[16] Los términos aquí traducidos con “manso” y “descanso” derivan ambos de una misma raíz siríaca, que tiene justamente tal amplitud semántica. En esta lengua, por tanto, más que en griego, resalta la consecuencialidad entre las dos afirmaciones de la cita bíblica.

[17] Literalmente este término significa “cuerpo”, entendido como conjunto de sujetos. Aquí es claro que el autor se refiere al “cuerpo de la comunidad”. También en las otras repeticiones del término “comunidad”, el sustantivo siríaco correspondiente es el mismo.

[18] El verbo aquí empleado significa en primer lugar “meditar”, pero puede también tener el valor de “susurrar”, “leer repetidas veces”. Considerando la referencia final a los hermanos, los cuales al llegar deberían ser capturados por la lectura, parece preferible la última interpretación.


[19] En un sentido metafórico este término podría ser entendido también como “carga, peso”.


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