Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 11 de febrero de 2014

La oración de Jesús y la oración del corazón.

Archimandrita Placide Deseille


Suele ocurrir frecuentemente que se emplean las expresiones “oración de Jesús” y “oración del corazón” como si fueran equivalentes. Pues, si nosotros damos a estas expresiones su significado pleno, si nosotros las entendemos en todas sus fuerzas, ellas no son equivalentes. La oración de Jesús puede ser, según nuestro grado de madurez espiritual, tanto una oración “activa” como una oración del corazón.

¿Qué es, en primer lugar, la oración de Jesús? Algunos prefieren hablar de “oración a Jesús”. Yo pienso que es aquí donde se yerra sobre la razón por la cual se habla de “oración de Jesús”. Esta oración no es simplemente una oración dirigida a Cristo. Muchas otras oraciones, en los libros litúrgicos o en los manuales de oración, están dirigidas a Cristo. Y ellas no son por esto la “oración de Jesús”.

Lo propio de la oración de Jesús, es estar principalmente compuesta del nombre de Jesús, que es como su sustancia. Es precisamente por esto que se la llama “oración de Jesús”. “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”, dicen simplemente, incansablemente, los monjes griegos de la Santa Montaña.

El nombre de Jesús es como un “ícono verbal”. Desde el hecho, en efecto, que un ícono propiamente dicho representa la persona de Cristo, de la Madre de Dios o de un santo, y se vuelve como el relevador de su presencia, de su irradiación y de su intercesión en nuestro favor. El ícono, indudablemente, no es más que una tabla de madera, no tiene absolutamente nada de divino en sí mismo, pero por el hecho de que representa sea a Cristo, sea a su Madre toda santa, sea a tal o cual santo, nos beneficiamos por su intermediario de la irradiación espiritual de la energía de Cristo resucitado, o de la presencia misericordiosa del santo o de la santa que intercede por nosotros de una manera del todo particular cuando veneramos su imagen. Del mismo modo, cuando nosotros rezamos la oración de Jesús, el nombre de Jesús que pronunciamos es de alguna manera un ícono de Cristo y a través de este nombre divino, si bien este no es más que una palabra humana en su sustancia, la energía deificante de Cristo resucitado nos alcanzan. Éste es una especie de sacramento, una realidad sensible toda penetrada de la presencia actuante de Cristo. De allí viene la fuerza, el poder de la invocación de este Nombre dulcísimo de Jesús.

Pero, ¿cuándo esta oración puede ser calificada de “oración del corazón”? Algunos pasajes de la decimo novena Homilía espiritual [1] de san Macario de Egipto nos ayudará a comprenderlo:

Cuando alguno se aproxima al Señor, es necesario en primer lugar que se haga violencia para cumplir el bien, incluso si su corazón no lo quiere, esperando siempre su misericordia con una fe inquebrantable. Que se haga violencia para amar sin tener amor; que se haga violencia para ser dulce sin tener dulzura; que se haga violencia para ser compasivo sin tener un corazón misericordioso; que se haga violencia para soportar los desprecios, para permanecer paciente cuando es despreciado, para no indignarse cuando es tenido por nada o deshonrado, según estas palabras: “Queridos míos, no hagan justicia por sus propias manos” (Rom 12,19). Que se haga violencia para orar sin tener la oración espiritual. Cuando Dios vea como lucha y se hace violencia, mientras que su corazón no lo quiere, le dará la verdadera oración espiritual, le dará la verdadera caridad, la verdadera dulzura, entrañas de compasión, la verdadera bondad, en una palabra le colmará de los dones del Espíritu Santo.

Todo esto es muy esclarecedor. San Macario nos enseña que debemos  en primer lugar practicar las virtudes y la oración sin sentir algún deseo, valerosamente, nos obligamos, solo porque la Palabra de Dios nos lo pide. Esto no quiere decir que la gracia de Dios esté ausente. Sin ella, no podríamos hacer nada. Pero su presencia no se hace sentir. Nosotros tenemos la sensación de que todo depende de nuestro esfuerzo, que debemos remar para hacer avanzar a nuestro barco. Y debemos reemprender este trabajo, volver a las palabras de nuestra oración, cada vez que percibamos, por un esfuerzo de atención, que nuestro espíritu se extravía en la distracción.

Esta es la primera fase de la oración de Jesús. No se puede todavía hablar de “oración del corazón”. Es necesario esforzarnos en decirla, en “encerrar a nuestro espíritu en las palabras”, según la expresión de san Juan Clímaco (La escala, 28, 17) [2], es decir dirigirnos al Señor pensando que él está presente y que nos escucha, y estar atentos a las palabras que le dirigimos, pero sin reflexionar sobre estas palabras, sin dejar que nuestros pensamientos se desparramen incluso sobre temas edificantes.

San Macario, a continuación del texto citado más arriba, insiste sobre el hecho que este esfuerzo debe extenderse a todos los ámbitos, y no sólo a la oración, que no puede ser aislada del conjunto de la vida espiritual:

Si alguno, sin tener la oración, se hace violencia sólo para orar, para obtener la gracia de la oración, pero sin hacerse violencia para practicar la dulzura, la humildad, la caridad y los otros preceptos del Señor, sin aplicar su preocupación, su trabajo y sus luchas en adquirir estas virtudes, en la medida donde estas dependen de su voluntad y de su libre arbitrio, le será a veces otorgada parcialmente, según su pedido, una oración inspirada por la gracia, en el reposo y la alegría del Espíritu. Pero, en cuanto a su comportamiento, sigue siendo lo que él era antes. Le falta dulzura, ya que él no ha hecho ningún esfuerzo por adquirirla, ni se ha preparado para recibirla. Le falta humildad, ya que no la ha pedido y no se ha hecho violencia para obtenerla. No tiene una caridad que se extienda a todos, ya que no se ha preocupado y no ha luchado por ella en la oración, ni ha buscado practicarla. Le falta fe y confianza en Dios. No se conoce a él mismo, no está convencido de su indigencia, y no se ha esforzado, en la tribulación, de pedir al Señor una fe firme para con él y una confianza verdadera.

El conjunto de estos esfuerzos constituye lo que los Padres llaman, desde Evagrio el Póntico, la praxis, la fase activa de la vida espiritual. Cuando el hombre haya sido purificado de sus pasiones y de sus vicios y haya alcanzado la verdadera humildad, y cuando Dios lo juzgue oportuno, le otorgará los dones de su santo Espíritu. Entonces comenzará la segunda fase de esta vida espiritual, la théôria o fase contemplativa. El hombre entonces no tendrá más que remar para hacer avanzar su embarcación, sino que deberá tender las velas, según una expresión de san Juan Clímaco (op. cit., 26,5) para dejarse conducir por el soplo del Espíritu Santo, es decir por algunas luces interiores y algunos instintos divinos que este Espíritu suscitará en su conciencia, los cuales le permitirán actuar con espontaneidad, facilidad y alegría:

Quien quiere verdaderamente agradar a Dios, obtener de él la gracia celestial del Espíritu, crecer y volverse perfecto en el Espíritu Santo, debe pues hacerse violencia para practicar todos los mandamientos de Dios y someter su corazón que no lo quiere […] Y así, orando y suplicando al Señor, será completamente escuchado, recibirá la gracia de gustar a Dios y participará del Espíritu Santo, y así, hará crecer y aumentar la gracia que le ha sido dada y que encuentra su lugar de reposo en su humildad, en su caridad, en su dulzura. Es el mismo Espíritu que le otorga todo esto y que le enseña la verdadera oración, la verdadera caridad, la verdadera dulzura, por las que él se hace violencia […] El mismo Espíritu en efecto ora en nosotros, de tal manera que es él quien nos enseñará la verdadera oración, que nosotros no podemos tener ahora, incluso haciéndonos violencia. (san Macario. op. cit., 7-9)

Es solamente entonces que se puede hablar de “oración del corazón”, de “oración espiritual” o de “adquisición del Espíritu Santo”. Bien entendida, esta etapa espiritual comporta aspectos diversos, y no excluye momentos de abandono pedagógico por parte del Señor. La oración de Jesús tiene aquí su lugar, y otros estados de oración pueden también manifestarse bajo la conducción del Espíritu.

Para llegar aquí, no puede existir un método, pues todo depende de la gracia de Dios y de la humildad del hombre. No obstante, se puede decir que la oración de Jesús, practicada en la fase activa de la vida espiritual, puede preparar al alma mejor que otras formas de oración. En efecto, esta conduce a un cierto empobrecimiento de la inteligencia discursiva, ella no incita a la inteligencia a reflexiones, a consideraciones múltiples. Esta es una simple suplica del alma ante el rostro de Cristo, que produce ya una gran simplificación de la actividad mental, y que por ese modo, encamina al hombre hacia el descubrimiento de estos instintos profundos inscriptos en él por el Espíritu Santo y que son la esencia misma de la oración.



Archimandrita Placide Deseille

Conferencia dada el jueves 6 de marzo del 2008
en la parroquia San Serafín de Sarov
y la protección de la Madre de Dios en París.


  
Notas:

 [1] Les homélies spirituelles de saint Macaire, traducción del padre Plácide (Deseille), abbaye de Bellegontaine, 1984.


[2] Traducción del padre Placide (Deseille), abbaye de Bellefontaine, 1993.


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