Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 25 de febrero de 2014

La participación en la naturaleza divina

Schimonje Hilarión

Cuarta parte


Con su ascensión al cielo, Jesús nos ha dejado su Nombre omnipotente, lleno de gracia y de verdad, anunciando que su Nombre pertenece a aquella misma potencia divina, energía y particularidad presentes en él mismo, que es Dios

Si el creyente sigue las palabras de Jesús e invoca noche y día, con la mente o con los labios, el Nombre de Dios, cumpliendo cuanto le sea posible también con los otros mandamientos evangélicos, se convertirá él mismo en oración y después de un breve o largo tiempo experimentará gracias asombrosas, como atestigua Isaac de Nínive:

El Espíritu, cuando habita en un hombre, no lo deja desde el momento en el cual este hombre se ha vuelto oración, porque el mismo Espíritu no deja de orar en él.
Por más que este hombre duerma o vele, ya la oración no se aparta de su alma. Sea que coma, o beba, o duerma, o haga cualquier otra cosa, y hasta en el más profundo sueño, el perfume de la oración se eleva sin cansancio en su corazón. La oración no lo abandona más. En todos los momentos de su vida, incluso cuando parece  cesar, esta está secretamente activa en él de continuo. Uno de los Padres portadores de Cristo dice que la oración es el silencio de los puros. En efecto, sus pensamientos son movimientos divinos.
Los movimientos del corazón y del intelecto purificado son las voces llenas de dulzura con los cuales tales hombres no dejan de cantar en secreto al Dios escondido. [Discurso ascético 85]

Naturalmente esta comprensión se la puede alcanzar sólo con el corazón iluminado por el espíritu y no con la mente grosera y carnal, que entra irregularmente en la esfera espiritual y quiere percibir corporalmente las cosas espirituales. Aquellos que se encuentran en tal condición material y quieren acceder prematuramente a la dimensión del espíritu se preguntan: “¿cómo puede este darnos a comer su carne?” (Jn 6,52); o bien, en la plena incomprensión, se interrogan: “¿cómo puede nacer un hombre cuando es viejo? Puede acaso entrar por segunda vez en el seno de su madre y renacer?” (Jn 3,4).

Y el Señor dice: “Aquel que ha nacido del Espíritu es espíritu” (Jn 3,6). Esto significa que las cosas espirituales se pueden comprender sólo espiritualmente a la luz de la gracia.

Todo fiel servidor de Cristo lo invoca con fervor y lleva su santo Nombre en el corazón espiritual con devoción y amor. Para éste el Nombre santo es como el Señor mismo, nuestro Salvador amadísimo, el cual antes de todos los siglos ha nacido del Padre, consubstancial y es idéntico a él en todas las cosas.

El Señor es esencia espiritual contemplada por el intelecto, así también su santo Nombre. Nuestra relación y acercamiento a él sucede espiritualmente a través de las fuerzas interiores del alma, por esto no se puede separar el Nombre del Señor Jesucristo de su santísima persona.

El conocimiento, y aún más la experiencia de este profundo misterio, es preciosa en la vida interior y sirve como fundamento y punto central de esta. Este sentimiento arraigado de Dios da a nuestra invocación continua, dirigida a él, fuerza divina, estabilidad y concentración. Este recoge en las profundidades del corazón todas las fuerzas interiores y penetra en nuestra naturaleza espiritual como un rayo de sol a través del vidrio de un vaso. Así, nuestra alma, resplandeciendo de la luz divina irradiada de nuestro Señor Jesucristo, presente en su santo Nombre, sube a lo alto sin cansancio hasta la más elevada perfección espiritual y unión con Dios.

Entonces sucede algo maravilloso y sobrenatural: el santo Nombre se encarna, en un cierto sentido, en nosotros y, a través de la percepción interior del alma, experimentamos claramente en el Nombre de Dios al Señor mismo que vive en nosotros. Esta divina percepción del Señor y de su Nombre se funda en una identidad en la cual es imposible distinguir el uno del otro. Se puede explicar mejor con la siguiente reflexión: ya que en el Señor “habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,9), se deduce que su divina perfección debe también habitar en su santísimo Nombre, Jesucristo, desde cuando el Dios-hombre asumió nuestra naturaleza.

Si la plenitud de la divinidad estaba visiblemente en la carne, por tanto corporalmente, esta lo está también de modo invisible y espiritual en el santo Nombre, que puede ser percibido sólo por el corazón y por la mente del orante purificado, que lleva el santo Nombre en el santuario interior del corazón como si llevase la misma magnificencia de la esencia de Cristo en el Santo de los Santos.

Según las palabras de san Macario, custodiando el santo Nombre en nuestro interior nosotros nos acercamos a la misma esencia de Cristo, a su naturaleza divina-humana. En tal fluir juntos nos volvemos con él un solo espíritu según el testimonio del santo Apóstol (cfr. 1 Cor 6,17) y tomamos inevitablemente parte de los atributos divinos de Cristo. Y, sensiblemente, a través de la estrechísima unión con él, gustamos su bondad, su amor, su paz, su felicidad; y ya que el Señor es bueno, nos volvemos buenos según su imagen, mansos, incapaces de maldad y humildes; tenemos un indecible amor por todos los seres y percibimos la vida eterna.

Solo el orante, que siente claramente en el espíritu la presencia divina, puede dar testimonio de que en el Nombre del Señor Jesucristo está el mismo Dios y su santa esencia. Alcanzada esta altísima condición espiritual, el orante recibe la certeza de confiarse sólo a la percepción de su corazón a través del Espíritu del Señor y no más de las reflexiones ilusorias de la mente. Por esto el santo Apóstol dice: “El Dios de nuestros Padres te ha predestinado a conocer su voluntad” (Hech 22, 14).

Quien celebra en sí mismo, con sensible convicción, la liturgia interior del santo Nombre, reconoce en el alma la salvífica presencia del Señor, su vida e incluso, si así nos podemos expresar, su respiración. En el santo Nombre, invocado frecuentemente, se encuentra la más estrecha unión con Dios, la vida eterna, en la cual el Señor mismo permanece.

Según los santos Padres, no existe ninguna unión mayor que la del Espíritu de Dios con nuestra alma. La santa unión sucede concreta y perceptiblemente durante la invocación interior, mediante la cual nuestro intelecto desciende al corazón y se une con la esencia espiritual e invisible de Jesucristo.

El metropolita de Moscú, Filaret escribe:

El hombre no es creado de modo que pueda vivir separado de Dios y lejos de él. Si el alma humana es la respiración de los labios de Dios, esta misma cercanía entre el alma y Dios debe ser como la percepción de la respiración de alguien que está cerca de nosotros. La separación entre el hombre y Dios está en contra de la naturaleza del hombre…

La Sagrada Escritura afirma: “En él vivimos, nos movemos y estamos” (Hech 17,28). Cuando el Nombre del Señor establece su morada en nuestro corazón este se vuelve un vaso de la divinidad, tierra de luz y de gozo, sentimiento espiritual de la vida eterna.


Texto extraído de Sobre la Montaña del Caucaso,
diálogo de dos eremitas sobre la oración de Jesús.
Publicado en Diario sobre la oración de Jesús, del schimonje Hilarión.
Pasajes escogidos a cargo de Vincenzo Noja.

Ed. Paoline. Milano. 2010. Pp. 55-61.





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