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martes, 1 de abril de 2014

San Isaac el Sirio. Discurso 2 (Primera Colección)


Sobre la renuncia al mundo y la huida de la familiaridad con los hombre [1]



Cuando nosotros queremos huir del mundo y volvernos extraños a los quehaceres terrestres, nada puede mejor separarnos de este mundo, matar nuestras pasiones, despertarnos y hacernos revivir a las cosas espirituales, que la aflicción (penthos) y la pena del corazón, acompañadas del discernimiento. En efecto, el rostro de un hombre modesto y reservado refleja la humildad del Cristo amado.

2. Y a la inversa, nada nos une más al mundo y a las cosas del mundo y a todos los que allí se entregan a la bebida y a vivir en el libertinaje, y nada nos separa más de los tesoros de la sabiduría y del conocimiento de los misterios de Dios, que las bromas lascivas y las palabras marcadas de una familiaridad (parrhèsia) desubicada. Ellas son obra del demonio de la lujuria.

3. Pero, puesto que, he experimentado tu sabiduría espiritual, mi querido, yo te exhorto con amor fraternal a cuidarte de las maniobras y de las empresas del Enemigo, por miedo a que sus palabras tramposas enfríen en tu alma el fervor del amor de Cristo que, por ti, a gustado el vinagre sobre el árbol de la cruz; por temor también a que, en lugar de dulces meditaciones y de libres conversaciones con Dios, él llene tu alma, cuando tú estés despierto, de una multitud de imaginaciones inconvenientes, y cuando tú duermas, este Adversario se apodere de ti con sueños desubicados y vergonzosos, de los cuales los santos ángeles no pueden soportar su hediondez. Por temor finalmente a que tú te vuelvas de este modo para los otros una causa de caída espiritual, y que, tú mismo, no seas aguijoneado sin cesar por la tentación.

4. Hazte pues violencia para imitar la humildad de Cristo, de suerte que el fuego que él ha encendido en tu corazón arda allí siempre más. Por este fuego, todos los desórdenes que suscita el mundo son aniquilados, aquellos que matan al hombre nuevo según Cristo y manchan las moradas espirituales del Señor santo y poderoso. Puedo decir en efecto, en concordancia con el santo apóstol Pablo, “nosotros somos el templo del Dios viviente” (1 Cor. 3, 16); santifiquemos pues y purifiquemos este templo, como [Dios] mismo es puro y santo, a fin de que él desee permanecer allí. Adornándole de todo tipo de acciones buenas y virtuosas, a fin de que su divina voluntad encuentre en nosotros su reposo; perfumémosle de inciensos de una oración pura y venida del corazón, oración que es imposible adquirir si se está continuamente enredado en la agitación del mundo. Así, la nube de la gloria de Dios cubrirá tu alma de su sombra y la luz de su majestad resplandecerá en tu corazón. Los santos ángeles, habitantes de su morada, estarán llenos de alegría y de dicha, y los demonios impúdicos desaparecerán ante la llama del Espíritu Santo.

5. Repróchate pues continuamente a ti mismo, hermano, y di:

“¡Ay de ti, alma miserable! Tu separación del cuerpo es inminente. ¿Por qué pones tu alegría en esto que hoy mismo tú vas a tener que dejar y que no volverás a ver jamás? Examínate pues a ti misma, oh alma mía, piensa en todas tus acciones, en su naturaleza y en sus circunstancias. ¿Con quién has pasado los días de tu vida, por quién te has afligido, quién te ha alegrado por tus combates, para que él venga a tu encuentro en el momento de tu partida? ¿Mira a quién has dado alegría y satisfacción durante tu carrera, de modo que tú puedas encontrar el reposo en su puerto? ¿Y por quién has aguantado tantos males y penas, de modo que tú puedas ir hacia él con alegría? ¿De quién te has hecho amigo en el mundo a venir, de modo que él te reciba en el momento de tu partida? ¿En el campo de quién tú has trabajado para que él te pague tu salario al declinar el día, cuando tú te separes de tu cuerpo?”

6. Examínate, oh alma, y mira en qué lugar está tu partida. Y si tú has trabajado en el campo del pecado, que produce frutos amargos para los que lo cultivan, gime y, con lágrimas y sollozos, lleno de inquietud, grita estas palabras que pueden aplacar a tu Dios mejor que los sacrificios y holocaustos. Que de tu boca se escape estos gemidos dolorosos que alegrarán a los santos ángeles. Baña tus mejillas de tus lágrimas, a fin de que el Espíritu Santo repose en ti y que él purifique las manchas de tu malicia. Aplaca a tu Señor por tus lágrimas, a fin de que él venga a ti. Invoca a María y a Marta, para que ellas te enseñen a proclamar tu aflicción. Grita al Señor y dile:

7. “Señor Jesucristo, nuestro Dios, tú que has llorado por Lázaro y has derramado sobre él lágrimas de tristeza y de aflicción, recibe mis lágrimas amargas. Por tu santa pasión, cura mis pasiones. Por tus heridas, sana las heridas de mi alma. Por tu preciosa sangre, purifica mi sangre y pon en mi cuerpo el perfume de tu cuerpo vivificante. Que la hiel de la cual tú has sido abrevado por tus enemigos endulce la amargura de la cual el diablo, mi enemigo, ha abrevado a mi alma. Que tu cuerpo santísimo, extendido sobre la cruz, eleve hacia ti a mi intelecto, que los demonios han abajado. Que tu cabeza santísima, que tú has inclinado sobre la cruz, enderece a mi cabeza, humillada por los demonios que me combaten. Que tus manos santísimas, clavadas sobre la cruz por los impíos, me lleven hacia ti desde el abismo de perdición, como tu santa boca lo ha prometido. Que tu santo rostro, escupido y abofeteado, haga resplandecer mi rostro, manchado por el pecado. Que tu alma que, sobre la cruz, has entregado al Padre, me conduzca hacia ti, por tu gracia. Yo no tengo un corazón quebrado, de los que tú buscas; no tengo arrepentimiento, no tengo compunción, ni las lágrimas que acompañan a tus hijos hacia la verdadera patria. Yo no tengo, oh Maestro, lágrimas de consolación. Mi intelecto ha sido oscurecido por la vanidad del mundo y yo apenas puedo mirar hacia ti. Mi corazón se ha enfriado a causa de la multitud de mis pecados y no puede calentarse por las lágrimas de tu amor. Pero tú, Señor Jesucristo, mi Dios, tesoro de tus bienes, dadme un perfecto arrepentimiento y un corazón adolorido, para que yo te busque con toda mi alma. Pues, sin ti, no puedo más que ser extraño a todo bien. Otórgame, Dios bueno, tu gracia. Que el Padre, que te ha engendrado de su seno fuera del tiempo y de toda eternidad, renueve en mí los rasgos de tu imagen. Yo te he olvidado, no me olvides. Yo me he alejado de ti, sal en mi búsqueda y, habiéndome encontrado, condúceme a tus pastizales, cuéntame entre las ovejas del rebaño de tus elegidos, y aliméntame con ellos en los verdes pastizales de tus divinos misterios, de los cuales el corazón puro es morada y donde aparece el esplendor de tu manifestación. Este esplendor es la consolación y el reposo de los que penan por ti en las tribulaciones y los ultrajes de toda clase. Pueda yo también, volverme digno de esta iluminación, por tu gracia y tu amor a los hombres, oh nuestro Salvador Jesucristo, por los siglos de los siglos. Amén.”



Discurso 2 de la Primera colección de Isaac el Sirio.
Saint Isaac le Syrien. Discours ascétiques (según la versión griega).
Traducción al francés, introducción y notas por P. Placide Deseille.
Monastére Saint-Antoine-Le-Grand y Monastére de Solan. 2011



[1] Este discurso es en realidad de Juan de Dalyatha (Discurso 20 según la nomenclatura de Assemani, Bibl. Orient., T. 1, p. 435 ss.). Sobre este autor sirio-oriental, cuya vida debe ser situada entre el 690 y 780, cf. R. BEULAY, L’enseignement spirituel de Jean de Dalyatha (“Théologie historique” 83), Paris, 1990.


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