Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 30 de junio de 2014

Sobre la ascesis y la oración de Jesús

John B. Dunlop.



Muchos consejos de Ambrosio [de Optina] eran sobre temas relativos a la ascesis monástica. El ayuno, en particular, constituía a menudo un problema. Sobre la abstinencia de alimentos el starec escribe:

Ayunar es loable y necesario en el tiempo y en lugares oportunos; lo mejor es mantener la moderación en el uso de los alimentos y la bebida, evitando por un lado la saciedad, cuyo signo es una leve pesadez de la mente, y por otro un rigor excesivo e inadecuado. Ambos extremos son malos y nocivos. La moderación y un justo camino medio entre los dos extremos hacen a la persona más capaz de emprender la vida espiritual [1].

Usted me escribe nuevamente respecto al alimento, que le es difícil acostumbrarse a consumir sólo una pequeña cantidad y que después de haber terminado el almuerzo continúa teniendo hambre. Respecto al alimento los santos padres han establecido los siguientes tres estados: la continencia (vozderzanie), que se tiene cuando después de haber tomado el alimento uno se queda con un poco de apetito; la satisfacción (dovol’ stvo), que se tiene cuando no estáis ni saciados ni hambrientos; y la saciedad (sytost’), que tiene lugar cuando coméis al punto de quedar saciados y quedáis con una cierta pesadez. Entre estos tres grados cada persona elegirá aquel que está en sus posibilidades, según sus fuerzas y su constitución, sana o enferma. Para una persona enferma es difícil tomar alimento sólo una vez al día. [2]

Ayunar no se os asigna. Buscad más bien ser moderada en el uso del alimento, para la gloria de Dios. La irritabilidad no se doma con el ayuno, sino con la humildad y la autocrítica, y además comprendiendo que merecemos la situación desagradable en la cual hemos caído. Además, no se le asigna orar a cada hora de un modo preestablecido. Orad siempre que Dios os conceda el tiempo y la oportunidad, aunque con humildad y sin alimentar la ira y la indignación contra los otros. [3]

Sobre el tema de la ascesis en general, Ambrosio escribe:

Me escribe que si comienza a prepararse  y a forzar vuestra débil carne, puede que tenga que caer en cama. Pero usted se debe preparar con el alma y no mediante el cuerpo. Por ejemplo, usted misma reconoce que a menudo debe combatir el orgullo intelectual. Cuide este aspecto y rechace los pensamientos orgullosos y todos los otros pensamientos que repugnan a Dios.
Escribe también que cuando está mal tiene mucha dificultad para hacer las postraciones hasta la tierra, y me pregunta qué hacer. Sobre este tema os he dicho y escrito más de una vez que es contraproducente obligar a vuestro débil cuerpo más allá de su capacidad, y que de esto puede brotar sólo confusión sobre confusión.  Si no sois capaz de hacer postraciones completas, entonces sólo esbócelas, o bien en vez de postrarse, mientras estáis de pie, sentada o incluso acostada en la cama, orad y hacéis el signo de la cruz en las primeras treinta oraciones de cada cien de las quinientas oraciones del rosario. [4]

Se debería tener presente que los consejos de Ambrosio sobre temas como el combate invisible de la mente o el ayuno está siempre dirigido a personas específicas, de modo que puede ser tomado como norma general de comportamiento solo con reserva. Se debería notar también que la gran mayoría de sus cartas están dirigidas a monjas. Obviamente, su concejo sobre determinados aspectos de la ascesis hubieran sido bastantes más rigurosos si se hubieran dirigido a monjes.

Además de la obediencia y el ayuno, la tercera espada de la cual dispone  el monje es la oración. En nuestro capítulo segundo hemos presentado el trasfondo teórico para el desarrollo del tema. Veamos ahora de qué modo Ambrosio consideró el tema desde el punto de vista concreto.


Esta turbada por el cansancio que os da la oración. ¡Reprochad a otros por no haberos enseñado como orar correctamente! Como le han enseñado los otros no lo sé, pero a mí me cuenta que os gusta ser libre de decir la oración que queréis. A esto le respondo: cuando a un monje le es entregado el rosario, en la ceremonia de tonsura, se le dice lo siguiente: “Tomad, hermano, la espada espiritual que es la palabra de Dios, la oración continua de Jesús. Ten siempre el nombre del Señor en tu mente, en tu corazón, en tus pensamientos y sobre tus labios, di constantemente: Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador”. Estas palabras muestran como un monje debe practicar la oración que es capaz de hacer. Obviamente, sería incómodo y peligroso para uno que no ha conseguido el hábito de la oración oral, aprender la oración mental y, aún más, la oración del corazón. Tal persona caería en la tentación del enemigo. Por otra parte, que un pensamiento haya venido a usted y le haya impedido, espantándole, hacer la oración oral, sugiriéndole que de ese modo tendría mayor estima por usted misma, es obviamente una tentación del enemigo. En general todos los cristianos tienen en común el mandamiento apostólico respecto a la oración oral: expresar constantemente la alabanza a Dios, es este el fruto de los labios de los que confiesan al Señor. Usted por esto puede sin falta recitar la oración de Jesús sin debilitarse en vuestros esfuerzos, no temiendo ningún daño y sin preocuparos de la estima de usted misma. Y cuando le sea incómodo recitarla vocalmente, podéis recitarla con la mente y en vuestros pensamientos. En cuanto a la oración mental, por ahora déjela, ya que requiere la observancia y el cumplimiento de muchas condiciones. Además, toda oración exige tres condiciones: la humildad, la caridad y el amor; si no las tenéis, debería tener remordimiento en la conciencia y humillarse mayormente. [5]

Me escribe haber notado de algún modo una luz resplandeciente en lo alto, una luz que irradia de las palabras de la oración de Jesús, etc. No creáis en ninguna de estas cosas, son todas fantasías que deben ser rechazadas. Durante todas vuestras tentaciones, busque salvaguardar  la oración. Si no puede pronunciar la oración entera, es decir todas las palabras de la oración de Jesús, entonces repita simplemente “Jesús, Jesús”. Esto no está prohibido o rechazado por los santos padres. “Derrotad a vuestros enemigos con el nombre de Jesús”, dice Clímaco. Grande es el poder de este nombre. No escribiré otra cosa, porque no es apropiado escribir en una carta sobre la oración de Jesús y en particular sobre la oración del corazón. Sería más conveniente poderlas hablar personalmente. [6]

Me escribe que, habiendo perdido la oración del corazón, habéis quedado sin armas. Ya le he escrito que en todas vuestras tentaciones y en todos los casos insólitos que os acontecen, no debéis abandonar la oración. Si no podéis orar con el corazón, orad con la mente y con los labios. No importa cómo oréis, mientras que no abandonéis la oración. Durante el rito de la tonsura se dice que quien recibe la tonsura debe tener siempre el nombre del Señor Jesús en la mente y en el corazón, en los pensamientos y sobre los labios. Es necesario estar atentos no sólo en el corazón, sino también en la mente, en los pensamientos y en los labios. Pero en usted se nota una insistencia inoportuna en querer ordenar las cosas a su manera. Insiste en tener la oración del corazón y, cuando no la tenéis, permaneced completamente sin oración. Me escribe que, cuando con dificultad logra encontrar el lugar del corazón, una maldición contra vuestros cercanos comienza a combatir contra usted. Esto muestra cómo vuestra oración es todavía incorrecta, visto que el fruto de la verdadera oración es la humildad y el amor hacia el prójimo. Me escribe que el enemigo os susurra que usted es mejor que todos los otros: enviad al remitente las tentaciones de este tipo. Son vuestras obras las que tienen que mostrar cuán buena es. [7]

En vuestra última carta describe cómo un pensamiento os ha obligado a pedir al Señor que os haga descender la mente en el corazón. Pero en ninguno de los santos padres se encuentra semejante oración. Es mejor orar humildemente de este modo: “Señor, ten misericordia de mí en el modo que tú sabes que es el mejor”. El Señor nos ha mandado a orar: “Padre nuestra. Hágase tu voluntad”. Pero en vuestro caso, en toda circunstancia, incluso en la oración, emerge que queréis absolutamente que todas las cosas sean según vuestra voluntad o la sugerencia del enemigo. El Señor nos proteja de todo mal y en especial del engaño del enemigo, signo claro de esto es la confusión desordenada y la tentación de la presunción y, por consecuencia, pensamientos fríos o deseos mundanos, o bien sentimientos de ira e irritabilidad. [8]

Me escribe que vuestros enemigos espirituales han desencadenado una gran guerra contra usted que os impiden de realizar la oración mental, haciendo ruido y alboroto alrededor vuestro casi como si estuvieran bailando alrededor suyo. Por este motivo me pregunta a mí, hombre lerdo de mente, qué hacer y cómo comportaros en tales casos. Debería imitar a quienes han agradado a Dios por el modo en el cual han obrado en semejantes circunstancias. En la Vida de Arsenio el Grande se lee que el santo, algunas veces, levantándose de la oración mental, oraba en voz alta con las manos elevadas diciendo: “¡Señor Dios! ¡No me abandones, porque no he hecho jamás nada bueno a tus ojos, pero ayúdame y concédeme el poder comenzar!” En esta breve oración de alguien que agradaba al Señor está expresada ante todo una gran humildad, sentido de autocrítica y humillación de sí y, en segundo lugar, se muestra que este santo no oraba de tal modo sin una razón, y evidentemente, con motivo de su rigurosa vida, había sido asaltado por pensamientos de grandeza por parte de los enemigos de la mente, que no dejan en paz a nadie, sino que atacan a todos, con todos los medios posibles. Es necesario, en especial para nosotros que somos débiles, estar atentos a los pensamientos de grandeza que son más nocivos que cualquier otra cosa en la lucha espiritual, como explica san Marcos el Asceta. [9]

Usted me pregunta muchas cosas y olvida aquello que os he dicho en persona. Recuerdo que no os he aconsejado ocuparse en la oración mental, sino os he aconsejado hacer esta oración oralmente, en la medida en que podáis… Deberíais invocar la ayuda de Dios en vuestra mente sólo cuando os vienen pensamientos de avidez. Hacer la oración oralmente es inoportuno cuando estáis en presencia de otros que están cerca de usted, o cuando está participando en la liturgia de la iglesia. Os habéis dejado de tal manera tomaros por vuestro modo de razonar y por vuestra presunción que, desdeñando los consejos de los otros y obrando según vuestra voluntad, habéis llegado, se diría, a una oración del corazón casi automática durante vuestro sueño. Esto sucede a pocos y raros hombres santos, que han alcanzado una extrema purificación de las pasiones. Pero las personas que están todavía sujetas a las pasiones deberían escuchar atentamente esto sobre lo cual un hombre nos ha contado. Escuchando, estando semidespierto, un movimiento análogo al que usted habéis descripto, él prestó mucha atención y ¿qué oyó? El aullido de un gato, que sonaba de un modo bastante preciso y singular como si fueran las palabras de la oración. ¡Hermana! Debemos humillarnos a nosotros mismos. Nuestra estatura es todavía muy pequeña… [10]

Tratad de recurrir con más frecuencia a la oración de Jesús: en todo tiempo, también en la iglesia, en especial si la lectura no puede oírse a causa del alboroto alrededor de usted o del ruido de los turíbulos. [11]

Podéis siempre susurrar la oración de Jesús, mientras muchos se han provocado daño con la oración mental. [12]

Es bueno orar ante el crucifijo, recordando los sufrimientos del Salvador: los salivazos, las bofetadas, las maldiciones y los golpes. Haciendo esto el espíritu se vuelve humilde. [13]

Antes de la oración del corazón buscad tener la oración mental, manteniendo vuestra atención concentrada en vuestro pecho e implicando la mente en las mismas palabras de la oración. Tal oración es más simple y más conveniente. Y si tenéis algún éxito en esta oración, entonces, según el testimonio de algunos, ésta se transformará en oración del corazón…

Me escribe que ha consultado a vuestros padres espirituales con respecto a vuestra falta de éxito, y éstos os han respondido que estáis apuntando muy alto. Esto en parte es verdad, ya que vuestro intento está acompañado de una cierta confusión. Ante vuestros padres espirituales sin embargo usted debería arrepentirse sólo con expresiones que ellos puedan entender. Pedir el consejo de cualquiera no es conveniente, especialmente con respecto a cuestiones como aquellas sobre las cuales escribe. [14]


Los pasajes que hemos presentado muestran con cual notable medida Ambrosio fue capaz de variar los propios consejos sobre cuestiones de la oración. La cita conclusiva, por ejemplo, se dirige a alguien que ya tiene una considerable experiencia en la oración. Ambrosio sabía siempre adaptar sus consejos a las personas que tenía adelante.

El siglo XIX fue, en general, maravillosamente rico de padres espirituales rusos. Además de los dos predecesores de Ambrosio, Leonid y Macario, ha habido personajes como san Serafín de Sarov, Ignacio Brjancaninov, Teofano el Recluso, Juan de Kronstadt y el anónimo “peregrino”, cuyo tratado sobre la oración es famoso en todo el mundo. Estos hombres estaban fundamentalmente de acuerdo entre ellos, si bien a veces diferían ligeramente en sus consejos y en sus acentuaciones, lo cual podía a veces inducir a sus seguidores a una cierta confusión.

Concluimos este capítulo con algunos pasajes seleccionados que muestra de qué modo Ambrosio respondía a las preguntas de sus colegas en la dirección espiritual.

A uno le escribía:

Me escribe preguntando por qué el obispo Teófano no aprobaba las obras del obispo Ignacio Brjancaninov. No he leído todas las obras de éste último, pero recuerdo algunas de sus traducciones inexactas en los pasajes de los santos padres. Por ejemplo, en la Filocalia, Simeón el Nuevo Teólogo, tratando de la tercera vía para conseguir la atención en la oración, habla de la obediencia a un starec y padre espiritual, sin la cual es difícil salvarse con la oración de Jesús. Pero el obispo Ignacio refería esto a una simple obediencia monástica, y usted mismo sabe cuál diferencia hay entre estas dos formas de obediencia. Puede darse que el obispo Teófano haya encontrado muchos otros pasajes transmitidos de modo poco cuidado por el obispo Ignacio. Sin embargo, su ensayo sobre la muerte está bien escrito y también el tema sobre el engaño de la mente y de corazón no están mal explicados por él. [15]
  
Ambrosio conocía también el “manuscrito del peregrino”:

Comenzaré con vuestra última carta, en la cual escribe que ha logrado tener entre las manos un manuscrito en el cual se muestra de manera simple cómo un cierto campesino de la provincia de Orel, que fue instruido por un señor desconocido, alcanza la oración de Jesús oral, mental y del corazón. Usted escribe que el manuscrito o memoria de este campesino fue terminado en 1859. Poco antes de este tiempo oímos de nuestro llorado starec padre Macario, que había ido por él un laico, el cual había alcanzado tal nivel de la oración espiritual que el padre Macario no supo qué decir cuando éste le exponía las distintas condiciones de la oración del corazón. Macario pudo sólo decirle: “conserva tu humildad, mantén tu humildad”. Y desde aquel momento habló con asombro de aquel hombre. En aquel tiempo yo uní el hecho al comerciante de Orel, Nemytov, que era un gran hombre de oración. Pero ahora pienso que quizás era este laico del cual usted me escribe. [16]


Poco después Ambrosio tuvo también oportunidad de leer directamente el manuscrito. Si bien aprueba la obra, él dijo que estaba convencido de que el “peregrino” fue poseedor de un “talento” bastante particular, concedido solamente a pocos:

Diré pocas palabras sobre el manuscrito del peregrino. En este no hay nada de errado. El peregrino vivió como un peregrino y condujo la vida de un itinerante, no condicionado por las preocupaciones o deberes, ejercitándose libremente en la oración, como deseaba. Pero usted debe conducir vuestra vida como tesorera de vuestro monasterio y como una mujer enferma que está bajo la obligación de la obediencia monástica. [17]


John B. Dunlop.
Ambrosio de Optina
Ed. Qiqajon. Pp. 127-136



Notas:

[1] Carta del 17 de noviembre de 1870, en Dusepoleznoe Ctenie II (1892), p. 231.

[2] Carta del 10 de octubre de 1867, en Dusepoleznoe Ctenie III (1903), p. 300.

[3] Carta del 29 de noviembre de 1860, en Dusepoleznoe Ctenie I (1901), p. 614.

[4] Carta del 11 de diciembre de 1875, en Dusepoleznoe Ctenie II (1806), pp. 97-98.

[5] Carta del 10 de septiembre de 1883, en Dusepoleznoe Ctenie II (1892), pp. 543-544.

[6] Carta del 26 de noviembre de 1868, en Dusepoleznoe Ctenie II (1896), p. 451.

[7] Carta del 28 de diciembre de 1868, ibid., pp. 452-453.

[8] Carta del 1º de marzo de 1869, ibid., p. 454.

[9] Carta del 19 de octubre de 1870, en Dusepoleznoe Ctenie III (1896), pp. 152-153.

[10] Carta del 10 de noviembre de 1864, en Dusepoleznoe Ctenie III (1898), p. 383.

[11] Carta del 9 de octubre de 1863, en Dusepoleznoe Ctenie I (1892), p.677.

[12] Archimandrita Agapit, Zizneopisanie II, p. 69.

[13] Dusepoleznoe Ctenie II (1892), p. 240.

[14] Carta del 6 de abril de 1879, en Dusepoleznoe Ctenie I (1905), p. 560.

[15] Carta del 18 de abril de 1879, ibid., p. 563.

[16] Carta del 7 de noviembre de 1879, en Dusepoleznoe Ctenie II (1905), p. 203.


[17] Carta del 8 de febrero de 1880, ibid., p. 207.


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