Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 26 de agosto de 2014

Cuando el suelo sabe a cielo.

P. Diego de Jesús
(monje del Monasterio del Cristo Orante)




Wax to receive and marble to retain
Cera para recibir, mármol para retener
Lord Byron


Ya muchas veces –aunque la recurrencia en esto presumo que es feliz- hemos hablado del espacio sagrado como un ícono tridimensional; o como una imagen sagrada volumétrica.

Las iglesias no sólo contienen sino que son ellas mismas imágenes de culto. Deberían serlo, al menos.

Con esa tónica, con esa unción y parsimonia, esmero y respeto, “con la mirada puesta en el modelo”, es que avanza, con la paciencia de un joyero, la hechura de este santuario del Señor.

También hemos comentado alguna vez cómo el espacio sagrado hay que “leerlo” (y antes “escribirlo”, claro) con una perspectiva invertida. Pero no sólo por aquello del punto de fuga que se nos viene encima, sino desde una hermenéutica más simple: un templo se entiende si se lo mira al revés: patas para arriba. Cuando hablamos de la “nave” del templo, sólo logramos ver la embarcación si percibimos la filosa quilla en el cumbrero de los techos… De ahí que todo –las llamas de los cirios, el incienso y la plegaria misma- gravite hacia arriba.

Así las cosas, valga hacer –ahora sí- foco en la escena fotografiada que ilustra este texto (aunque por cierto es el texto el que intenta glosar la imagen): pueden ver ahí al artesano sacro diseñando con astillas de luna el célico firmamento que el Pueblo de Dios deambulará hacia el Trono del Cordero. Son retazos, “fragmentos” de travertino que el iconógrafo va componiendo del mismo modo como mezcla sus pigmentos para el plasmado de sus íconos. Y como en los íconos –en los otros íconos, insistamos- también en éste se trata de que el cosmos entero se agolpe y concentre para mancomunarse en una sola voz laudatoria a su Autor.

Pincel o cincel en mano –lo mismo da- se arquea el monje para expresar en este caso el piso del templo. Que en la lógica invertida de este “mundo al revés” debe pensarlo como bóveda. Es el Cielo hecho suelo. El estrellado cielo firme que se despliega en su inmensidad como bóveda sobre la inerme barca de Pedro, sobre el Arca de Alianza, sobre la Nave de la Iglesia. Son el Orión y las Pléyades que en cifradas constelaciones orientan al navegante nocturno hacia el Saliente que sale y salva desde el ábside.

Los druidas celtas atendían –con poesía e ingenio- a la milenaria transformación que va padeciendo un elemento del cosmos. Como si de una transmigración se tratara gustaban notar con vértigo todo lo que esa flecha, por caso, había sido antes de asumir su rol de saeta. Con la gracia adicional de insinuar que lo que fue, no se fue del todo y reverbera en las trastiendas recónditas de su identidad actual.


También este piso del santuario –muy a sabiendas de ser ésta su última identidad con la cual aguardará y recibirá al Hijo del Hombre en su retorno glorioso- podría avisar con prestancia:

yo he sido lava incandescente volcada a borbotones; he sido espesa ceniza incensando un orbe inerte; he sido la dudosa espuma de un mar; he sido el argento brillar de la escama de un pez; yo fui el sedoso encaje de una crisálidad; y fui cuenco, y fui asiento y fui epitafio. He sido fuego, he sido aire, he sido tierra y mar. Lo he recibido todo como la cera, y lo he retenido todo como el mármol. Y soy ahora –hasta la Recapitulación del orbe- el cielo firme de la Casa del Hacedor.

Y no lo dice –pues hay cosas que ignora, o que la memoria le deniega- que antes incluso de todo ello, fue una letra de ese Alfabeto divino con que se escribió el mundo…

Y ahora, mientras el cosmos entero se retuerce en un “vólvitur” tan frenético como hastiante, unos monjes arcanos, en medio de una sopa de letras, intentan reescribir una línea de aquel poema primordial, fijando el pétreo firmamento como sendero rocoso y boscoso al Cielo.

No es un tortuoso laberinto (para eso está el nártex). Es un cielo franco y límpido, del color de la más llena de las lunas. Cieloabierto, exquisitamente ajado y estrellado, capaz de conducir al más alejado de los magos, hasta el portal de Logos.

Quienes lo pisen con delicada demora podrán percibir bajo sus plantas –como un ciego atiende a su braile- el crujir de milenios y milenios titilando cual secretas estrellas señalando y susurrando el sendero hacia Belén.



Diego de Jesús
9. VIII. 2014.

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